25 de diciembre de 2014

El incidente del elfo

Continuación del cuento Noche de renos.

Había llegado la hora de que Papá Noel saliera a repartir los regalos, por lo que todos los elfos en su taller se dirigieron a la pista de despegue, la mayoría disimulando expresiones de cansancio, aburrimiento o hastío. El frío del Polo Norte se colaba por debajo de la puerta, haciendo que las pequeñas criaturas se calaran los sombreros casi hasta la nariz.

—Bien, una vez más he de salir a repartir alegría, regalos y espíritu navideño —dijo Papá Noel, cargando su bolsa en el trineo—. ¡Será otra noche llena de magia, jo, jo, jo! —Su risa no sonó para nada convincente, y ninguno de los elfos sonrió al escucharla—. Oh, de acuerdo, volveré mañana, chicos. Limpiad todo mientras no estoy. Pero sí agradecería que me desearais suerte. Ya sabéis, por...

—¿El incidente del año pasado con la bruja? —dijo un elfo.

—¿Los bombardeos del ejército? —añadió otro.

—¿La demanda por daños y perjuicios que nos cayó a principio de año? —apuntó un tercero.

—¿La fisioterapia del brazo reinjertad...?

—¡Ya, ya, suficiente! —interrumpió Papá Noel, frunciendo el entrecejo.

—¡Está bien, jefe, suerte con el reparto! —dijeron los elfos al unísono, ahora sí con expresiones más o menos divertidas. Papá Noel subió al trineo, y ya se disponía a tomar las riendas cuando otro de sus subalternos se le aproximó con cierta cautela.

—¿Qué ocurre, Blat? —le preguntó el hombre.

—Bien... eh... ¿Recuerda ese asunto del que le hablé más temprano, señor? Creo... que el problema se ha agravado. Digo yo, tal vez debería buscar a algún experto en el tema mientras esté allá afuera. No nos vendría mal un poco de asesoramiento profesional...

—No me vengas con tus paranoias, Blat.

—Señor, le aseguro que estoy siendo bastante objetiv...

—Entiendo que todos estéis cansados a estas alturas del año. Para eso tenéis vuestras vacaciones.

—Sí, pero en este caso...

—¡Suficiente! No puedo demorarme más, tengo que repartir los regalos. Asegúrate de mantener todo en orden hasta mi regreso.

—Sí, señor. Lo que usted diga, señor.

El elfo soltó un suspiro de resignación mientras veía alejarse el trineo. Sus compañeros fueron a buscar las palas y escobas; en cambio, Blat se dirigió a una sección apartada del taller y observó con el ceño fruncido lo que allí sucedía.

Svel, uno de los elfos más antiguos, estaba sentado frente a su mesa con un martillo en la mano... y la mirada en blanco. Al principio uno podía pensar que simplemente se había dormido con los ojos abiertos, pero cada tanto murmuraba frases sin sentido y apretaba el mango de su martillo. También respondía cuando alguien le hablaba, aunque había que insistir un buen rato para llamar su atención.

—Svel, colega, ¿por qué no vas con los otros a tomar algo? —le sugirió Blat desde una distancia prudencial y con tono suave.

El elfo del martillo no contestó.

—Vamos a hornear unas pizzas —insistió Blat—. Y tenemos cervezas escondidas en el depósito.

Una vez más, no hubo respuesta.

No, aquello no pintaba nada bien, pensó Blat, dijera lo que dijese Papá Noel.

—Bueno... ah... te traeré una tajada de pizza caliente en un rato, ¿de acuerdo? Te hará bien comer algo.

Svel masculló algo sobre los palitos de caramelo, poniendo cara de asco.

—Te entiendo, colega, todos estamos hartos de los dichosos palitos de caramelo. No te preocupes. Te traeré esa pizza y una cerveza bien fresquita, ¿de acuerdo? O mejor un té. Y... eh... ¿qué tal si guardas ese martillo? Oficialmente ya estamos de vacaciones, ¿sabes? No tendremos que tocar esas malditas herramientas por un par de meses.

Svel asintió muy despacio... pero no soltó el martillo. Frunciendo el entrecejo, Blat lo dejó solo. Se dijo a sí mismo que le estaba dando algo de espacio a su compañero para recuperarse del estrés a su propia y extraña manera... pero la verdad era que empezaba a tenerle miedo.

*****

Los elfos del Polo Norte ya no celebraban la Navidad. Había dejado de tener gracia más o menos desde la Revolución Industrial, cuando comenzó la fabricación en masa de juguetes y se disparó el consumismo. Esa noche, por lo tanto, se sentaron frente a la tele a ver una serie policial mientras consumían las pizzas recién sacadas del horno. Unos pocos se fueron a dormir. Otros terminaron de quitar las decoraciones navideñas que Papá Noel insistía en poner cada año "para dar ambiente", desoyendo las quejas del personal. Parecía, en suma, que iba a ser una Navidad tranquila... pero Blat desconfiaba.

Uno de los elfos nuevos se había puesto a trapear los pasillos. Iba tarareando un villancico, lo cual hizo que Blat rechinara los dientes y le dedicara una mirada asesina.

—¿Qué pasa? ¿No lo estoy haciendo bien? —le preguntó el elfo.

—Oh, tu técnica con el trapeador es buena, pero... ¡por el amor del cielo, tararea otra cosa! Digamos que, después de unos cientos de años, algunos de nosotros ya estamos hartos de los villancicos.

—¡Pero si es todo lo que suena en la rocola!

—Eso fue idea de Papá Noel. Y él reemplaza el maldito trasto cada vez que lo saboteamos en secreto. ¡Esto último no se lo digas!

—Oh. No hay problema, no lo diré. Y... seguiré trapeando en silencio. ¿Está bien así?

—Sí, mucho mejor, gracias. Me caes bien, Pilo. Pronto te harás un hueco en nuestra pequeña familia. Ven a comer una pizza cuando acabes.

—Claro.

Pilo sonrió y continuó trapeando. Dejó relucientes los pasillos principales, se metió por los secundarios, y en algún momento, incapaz de evitarlo, volvió a tararear villancicos.

Estaba tan concentrado en la tarea que no vio acercarse a cierta figura, ni llegó a darse la vuelta para que el martillo se le clavara en la frente en lugar de la parte posterior del cráneo. Pilo se derrumbó de cara al suelo, y poco a poco se formó un charco de sangre alrededor de su cabeza.

—Navidad, Navidad, puta Navidad —canturreó entre dientes la figura del martillo antes de marcharse por donde había llegado.

Blat apareció en la escena unos minutos después.

—Oye, Pilo, aquí tienes una cervez... oooooh, mierda.

El elfo contempló el cadáver de su compañero sin darse cuenta de que estaba derramando la bebida. Al charco de sangre se sumó uno de cerveza, creando una mezcla todavía más desagradable.

Genial, pensó Blat. Justo lo que había temido. Pobre y tonto Pilo, con lo buenazo que era. ¿Y qué se suponía que debía hacer él ahora? Papá Noel no iba a interrumpir su tarea para encargarse del maldito problema...

Blat soltó la jarrita, corrió hasta el salón donde estaba la TV y dijo a sus compañeros:

—Muchachos... eh... creo que tenemos un lío muy gordo entre manos. ¿Alguno de vosotros sabe de artes marciales?

*****

El taller del Polo Norte era grande e intrincado como un laberinto. Los elfos se dividieron en grupos para buscar al culpable del asesinato, todos ellos armados con herramientas, cuerdas o incluso botes de pintura en aerosol. Blat estaba seguro de que había sido Svel, y no sólo por sus recientes ataques de catatonía, sino también por las crisis de ansiedad que venía arrastrando durante los últimos cinco años. Una vez lo habían encontrado en los establos, masticando la alfalfa de los renos. Repetía que ya no soportaba la comida navideña, lo cual era entendible porque nueve de cada diez veces era eso lo que la mujer de Papá Noel cocinaba. De verdad, ¿no podían variar el menú más seguido? Incluso Blat se moría a veces por unos tacos o una paella.

Había huellas rojas en el piso. Se alejaban de otro cadáver.

—Creo que es Oluf —dijo uno de los compañeros de Blat, examinando el cuerpo—. Parte de él, al menos. Santas galletas de jengibre...

—Sigamos las huellas —propuso Blat, pero al final no hizo falta, porque de pronto se escucharon unos gritos horribles en la sección principal del taller. Los distintos grupos de elfos corrieron hacia allá. Mientras tanto, se oyeron más gritos, unos golpes, varios crujidos, y entonces los gritos cesaron y poco a poco se elevó una voz que chillaba:

—¡FalaLÁ laLÁ! ¡Falalá LALÁ! ¡¡FALALÁ LALÁ!!

Llegaron al lugar de donde provenía el escándalo. Alguien encendió las luces, revelando un espectáculo que helaba los huesos: allí estaba Svel, efectivamente, cantando en esa forma desquiciada mientras aporreaba con una silla a un tercer cadáver. Por varios minutos nadie supo qué carajo hacer. Aquello era todavía más raro que lo del año pasado, cuando Papá Noel había aparecido cargando su brazo cercenado bajo el brazo sano.

—Oye, oye, cálmate —le dijo Blat al elfo enloquecido, aproximándose a él muy despacio y haciendo un gesto apaciguador con ambas manos.

—¡Villancicos! ¡Villancicos! ¡AAARRRGGGHHH!

—Sí, te entiendo, ya no hay quien los aguante, pero...

La silla se partió a la mitad, esparciendo algunas astillas cubiertas de sangre y trocitos de carne con pelo. Svel, insatisfecho con la masacre, cogió otra silla y fue a estrellarla contra la rocola. La segunda silla también se partió, pero no antes de hacer trizas el aparato, silenciándolo para siempre. Blat no lo admitiría más tarde, pero él mismo había soñado con hacer aquello, pues detestaba la puta rocola con su puta colección de música navideña.

—¡Svel, Svel, ya basta! ¡Todos aquí estamos contigo, te lo juro! ¡Cierra los ojos y RESPIRA!

Svel tomó aire... para vociferar:

—¡¡¡ODIO LA MALDITA NAVIDAAAAD!!! ¡¡¡ODIO A PAPÁ NOEEEEL!!! ¡¡¡ODIO FABRICAR JUGUETES DIEZ MESES AL AÑO!!! ¡¡¡ODIO EL MALDITO BUDÍN DE...!!!

No llegó a terminar la última frase. Haciendo un alarde de puntería, uno de los elfos más corpulentos del taller le arrojó un taladro, dándole justo en la sien. Svel no perdió la conciencia. Cayó al suelo, pero se levantó segundos después y se lanzó sobre el dueño de la herramienta, apretándole el cuello con ambas manos. Varios elfos trataron de separarlo. La lucha duró un buen rato, en el que hubo mordiscos, tirones de pelo, puntapiés, chillidos, insultos, puñetazos, escupitajos y un par de intentos de estrujarle las pelotas al contrincante. Cuando la pelea al fin terminó, Svel yacía en el suelo con los ojos en blanco, muerto.

—Oh, diablos, ¿quién de nosotros lo hizo? —preguntó uno de los elfos sobrevivientes. Le sangraba la frente y había perdido un incisivo.

—Creo que murió solo —suspiró Blat—. Murió de locura navideña. Vamos, chicos, será mejor que lo enterremos afuera, en la nieve. Y a los otros. Traed las palas.

Francamente, yo también odio la maldita Navidad, pensó Blat, pero esto ya no lo dijo en voz alta.

*****

Cuando Papá Noel regresó al taller en la madrugada del 25 de diciembre, los elfos aún estaban limpiando la sangre y arreglando el desorden. El hombre debía haber visto, además, las cuatro tumbas en el exterior, pensó Blat, dado que tenía una expresión conmocionada y su nariz típicamente rosa se había vuelto blanca.

—¿Qué... rayos... pasó aquí? —consiguió preguntar el recién llegado. Blat fue hacia él estrujando su sombrero en un puño.

—Bueno, señor, es por ese problema que usted decidió ignorar olímpicamente por centésima vez antes de partir. Digamos que explotó en su ausencia, y no fue nada bonito. Y ahora le toca a usted consolar a las tres pobres viudas, porque yo no lo voy a hacer. Habrían sido cuatro, pero resulta que la señora de Svel también se había dado cuenta de que él estaba perdiendo la chaveta, y hace tiempo que vivían separados. ¿Ve, señor? Yo se lo dije. ¡Se lo dije, se lo dije, se lo dije! Y también le dije que mirara la documentación que dejé en su escritorio sobre el estrés laboral, pero noooooo, usted insistió en que la Navidad aquí en el Polo no es estresante, que los elfos estamos hechos para disfrutar todo el año de los villancicos, los juguetes y la comida navideña como si no hubiera otras puñeteras cosas en la vida. Pues ¿sabe qué? ¡No es así! Si usted está cansado de este trabajo, ¡nosotros estamos todavía más cansados, demonios! Esto ha sido sólo el principio, señor, a menos que haga algo inmediatamente. Hemos estado hablando entre nosotros, y apenas terminen nuestras vacaciones, las cosas tendrán que cambiar mucho por aquí. Queremos escuchar nuestra propia música. Y turnarnos para cocinar nuestra propia comida. Ah, y más vale que añada la atención psiquiátrica en la parte del seguro médico de nuestros respectivos contratos, porque algunos compañeros por aquí no están muy lejos de acabar como el pobre y desquiciado Svel. He leído sobre el tema, y resulta que hay unas drogas bastante efectivas.

—Eh... —dijo Papá Noel.

—Bien, me alegra que al fin hayamos aclarado este horrible asunto. Con un poco de suerte, no volverá a ocurrir ningún otro incident...

En alguna otra parte se escucharon gritos. Las palabras no se entendían demasiado, pero Blat creyó distinguir "renos", "coces" y "los odio".

—Oh, mierda, ese ha de ser Tafi —dijo Blat—. ¡Chicos, tenemos otro! ¡Pero a ver si lo atrapamos con vida esta vez!, ¿eh? —El elfo miró a Papá Noel—. Atención psiquiátrica, no lo olvide. Alguien que recete antipsicóticos y antidepresivos.

Blat arrancó la palanca de una prensa y envolvió la punta con su chaleco. Luego hizo la prueba golpeando una de sus manos. Sí, serviría para noquear sin romper un cráneo. Cuatro muertos y cuatro viudas en una sola noche eran más que suficientes, pensó.

Y corrió hacia los establos dejando atrás a su regordete y anonadado jefe.

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Puede que tenga la forma de relato de horror navideño, pero has descrito el horror de la vida cotidiana occidental. Es una excelente segunda parte. Creo que hasta me gusta más que la primera. Iba analizando la sucesión de acontecimientos, reacciones y personalidades para aprender. El modo en que presentas la locura del elfo me ha parecido perfecta, y también la naturalidad con la que se lo toma todo Blat, quien se erige como la voz realista dentro del sueño fantasioso de Papá Noel. Me recuerdan un poco a Sancho Panza y el Quijote, siempre tan dispuesto al autoengaño.

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    1. ¡Ja ja! Menudo análisis, chica :-D Me alegra que te haya gustado el cuento, en todo caso. ¡Besos!

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  2. El dueño de la herramienta! ja, ja ja, muy bueno!!

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    1. El taladro, me refería al taladro :-D ¡Pero gracias!

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