31 de octubre de 2014

El oso de circo

El terreno era amplio y estaba vacío, salvo por unos pocos tocones cubiertos de setas. Causaba tristeza, pensó Andréi, aunque ya no se notaría cuando la gran carpa blanca y roja se elevara al cielo y la música llenara el aire. Olería a comida, también, y los niños, felices y pendientes del espectáculo, no notarían la desolación. Sus padres más bien estarían pensando en...

—¡Eh, pequeñajo estúpido! —dijo un vozarrón detrás de él—. No te quedes ahí, ve a hacer tu trabajo. ¿O he de patearte el trasero para que te pongas en marcha?

—Sí, señor. Digo, no, señor. —El hombre le dio un tortazo en la nuca—. ¡Ay! Perdón, perdón, ya voy...

Andréi empezó a descargar los camiones junto con sus compañeros: hombres, mujeres y algunos adolescentes mayores que él. No tardaron en dolerle los brazos y la espalda, pero pobre de él si llegaba a detenerse. Cuanto más se enfadaba Maksimilian, el director del circo, más brutales se volvían sus palizas. En fin, por lo menos le darían de comer una vez que acabara sus tareas.

Por lo que había oído Andréi, era la primera vez que montaban la carpa en ese lugar, a pesar de que el circo llevaba un par de décadas recorriendo el país. A él lo habían encontrado en una aldea hacía tres años, arrastrándose por las calles en la primavera tras haber perdido a sus padres a causa de un invierno especialmente duro. El chico no quiso buscar otra familia ni ponerse a merced de un orfanato, y aceptar unirse al circo le pareció una alternativa mejor que morirse de hambre o robar para no morirse de hambre. Y hablando de hambre... ya llevaba como cinco horas cargando objetos de un lado a otro, cumpliendo varias órdenes al mismo tiempo; el estómago había empezado a gruñirle con fuerza, y aún quedaba mucho por hacer. Quizás debiera escabullirse y masticar un pedazo de pan detrás de algún camión, aunque primero tendría que obtenerlo, porque no le había sobrado nada de la cena anterior.

—¡Muchacho, agarra esa cuerda, deprisa!

Andréi corrió sin pensarlo, y atrapó la cuerda en cuestión justo a tiempo para evitar que uno de los soportes de la carpa se desplomara, lo cual habría ocasionado un desastre. La quemazón en sus manos desnudas fue inmediata, pero el chico resistió lo mejor que pudo, tironeando con todas sus fuerzas. Justo entonces pasó lo que había temido: empezó a sentir una oleada de mareo por la falta de alimento. Cerró los ojos, clavó los pies en el suelo y esperó a que se le pasara, porque los desmayos no estaban permitidos ahí. Contó hasta diez. La tensión disminuyó apenas vino alguien más a sostener el pesado mástil, y cuando Andréi soltó la cuerda y abrió los ojos... todo había desaparecido. O mejor dicho: en lugar de carpa, camiones y personas había árboles y más árboles, un bosque antiguo hasta donde alcanzaba la vista. El chico se restregó los párpados, pero nada cambió. El bosque seguía ahí, oscuro y profundo, y aunque se veía un tanto borroso, de él salían trinos de pájaros y olores de tierra y hojarasca.

Una niña lo observaba, asomando entre dos troncos. Tenía el rostro manchado de tierra, el cabello marrón revuelto y lleno de ramitas, y unos ojos verdes que parecían relumbrar como luciérnagas. Su expresión, sin embargo, era más propia de una anciana, como si la niña hubiera nacido al mismo tiempo que el bosque. Andréi tembló de pies a cabeza. Supuso que estaba alucinando a causa del hambre, pero aquellos ojos verdes lo habían llenado de pavor desde el primer instante, como si él fuera un ratón y la niña una serpiente. El chico retrocedió, tropezó con una piedra, y unas manos grandes detuvieron su caída aferrándolo por los hombros.

—Cuidado, niño —le dijo el trapecista—. Y vuelve al trabajo o Maksimilian te dará una tunda.

—S-sí, gracias.

El trapecista siguió de largo. La carpa y demás elementos habían vuelto a su sitio, y de los árboles no quedaban más que tocones polvorientos. Definitivamente necesitaba comer algo, pensó Andréi. O como mínimo tomar un poco de agua. Aprovechó que nadie lo estaba mirando para saciar su sed en el abrevadero de los caballos, y de paso se refrescó la cara y los brazos.

Comenzaba a pensar que su confusión mental se había disipado cuando oyó decir a alguien:

—No me gusta este lugar. Me da mala espina, ¿a ti no?

—No sé. No tiene nada de raro. Pero es un poco silencioso, creo.

—Pues yo siento como si alguien nos estuviera vigilando. Espero que no haya ladrones por ahí escondidos.

—Como están las cosas, nosotros tendríamos que asaltar a los ladrones. Probablemente anden con más dinero encima.

—¡Ja! Buen punto.

Los dos hombres volvieron a lo suyo, y lo mismo hizo Andréi. De este modo llegó la tarde, y con ella el aroma de la comida recién preparada. Era hora de entrar a la carpa. El chico se aproximó a la entrada, pero justo antes de atravesarla, el paisaje volvió a llenarse de troncos y follaje, y la niña le dirigió una vez más su inquietante mirada fosforescente.

—No hay nada ahí —murmuró Andréi—. Estoy imaginando cosas.

El interior de la carpa estaba en penumbra, pero las personas iban de un lado a otro y charlaban entre sí normalmente. Andréi casi que corrió hacia ellas, asustado y aliviado al mismo tiempo, esperando que una cena abundante disipara por fin tan inquietantes visiones.

Las visiones desaparecieron... pero el olor a bosque no dejó de perseguirlo hasta el final del día.

*****

El oso se llamaba Kir, y aunque era muy viejo, eso no bastaba para explicar su pelaje ralo y sus patas deformadas. Por si fuera poco, le habían rebanado los colmillos muchos años atrás, dejándole así un aspecto débil y patético. Andréi sentía lástima por él. El oso estaba acostumbrado a las rutinas del circo, pero la mayor parte del tiempo parecía un prisionero al final de una condena interminable.

Esa noche tocaba la séptima función. Kir había hecho un buen trabajo durante las seis anteriores, pero ahora yacía desplomado en su jaula con los párpados a medio cerrar y resoplando como un perro tuberculoso. Andréi le puso comida y agua; el oso ni siquiera ladeó la cabeza para mirarlo.

—Apártate, chico, tengo que llevármelo.

Ése era Vikentiy, el entrenador de Kir. Pasaba de los cincuenta años, pero tenía buenos músculos y un rostro duro e inclemente. Abrió la jaula, hizo levantar al oso dándole unos golpes con su vara, y una vez que el animal estuvo fuera le puso el sombrero y la gorguera. Para los niños ofrecería una imagen simpática; Andréi, en cambio, pensaba que el oso se veía peor de esa manera, tal vez porque sus padres le habían enseñado que no estaba bien burlarse de los ancianos.

—Creo que no se siente bien —se atrevió a decir el muchacho.

—¿Y tú qué sabes, pequeño idiota? He criado a este oso desde que era un cachorro.

—Sí, pero...

—Cierra el pico y limítate a hacer tu trabajo, o quizás decida obligarte a ti a bailar frente al público. Y por supuesto, al final del día tendrías que dormir en esa jaula. ¿Es lo que quieres, eh?

—No, pero...

—Además, el día que este oso no pueda trabajar tendré que pegarle un tiro, y seguro que tampoco quieres eso, ¿verdad?

—Yo sólo decía que Kir no se siente...

Vikentiy le dio un golpe en el muslo con su vara. No aplicó toda la fuerza de su brazo, pero aun así dolió bastante. Andréi guardó para sí el resto de sus objeciones. Decidió, no obstante, observar la función de cerca, escondiéndose detrás de un telón. El oso siguió a su entrenador al escenario, tambaleándose y cojeando.

—¡Un aplauso para el gran Vikentiy y su fantástico oso bailarín! —terminó de anunciar Maksimilian, empapado de sudor por debajo del maquillaje y su traje con lentejuelas. La orquesta empezó a tocar una melodía alegre. Maksimilian se retiró, Vikentiy tomó su lugar, y el oso, quien debía haber escuchado esa tonada cientos o miles de veces, se paró en sus patas traseras y dio vueltas sobre sí mismo siguiendo las instrucciones que le marcaba el entrenador.

Era evidente que al oso le costaba mantener el ritmo. Cada tanto bajaba los brazos y la cabeza, agotado, pero Vikentiy lo obligaba a continuar a fuerza de toques con su maldita vara. Mientras tanto, los niños aplaudían, entusiasmados.

El asistente del entrenador fue a llevarle la pelota. Se suponía que Kir debía balancearla en su cabezota y luego pararse en equilibrio sobre ella, pero hacia la mitad del acto el oso soltó un gruñido y cayó despatarrado sobre el aserrín, con los ojos en blanco y babeando por un costado del hocico. Los espectadores dejaron oír una exclamación de desconcierto.

Andréi vio a la niña del bosque entre el público, de pie en un pasillo. Podría haber pasado por una integrante del circo, por su aspecto extraño y su vestido de hojas, pero a los pocos segundos resultaba evidente que no pertenecía ahí. Esta vez el chico no se molestó en restregarse los párpados; de pronto estaba seguro de que la niña era real y que algo sobrenatural estaba pasando ahí, a pesar de que nadie más pareciera haberse dado cuenta. Pensó en esconderse antes de que ella lo viera, pero se distrajo por los gritos de Vikentiy y las nuevas exclamaciones de los espectadores. El oso seguía tirado en el suelo, y su entrenador, furioso, le ordenaba levantarse al tiempo que le pegaba con su vara. De lejos quizás no se notara, pero los golpes eran fuertes y le estaban sacando sangre al animal allí donde su pelaje no era lo bastante espeso.

El chico corrió al escenario y se interpuso entre Kir y Vikentiy. Detuvo la vara con ambos brazos, reprimiendo un grito de dolor a la vez que Maksimilian también se apresuraba a calmar al público.

—¡Damas y caballeros, niños y niñas! ¡Parece que nuestra estrella peluda se siente algo indispuesta! ¡Dejemos que se retire y descanse, y hagamos entrar a los mejores payasos de toda Rusiaaaa!

La orquesta, que había detenido la música durante la paliza a Kir, retomó su trabajo como si nada, y los payasos se colocaron en primer plano a fin de captar nuevamente la atención del escandalizado público. No tardaron en conseguirlo. Mientras tanto, Andréi acarició al oso en la frente y tiró de su gorguera con la mayor suavidad posible. Kir gruñó por lo bajo al principio, quizás pidiendo a su modo que lo dejaran en paz ahí donde estaba, pero acabó por levantarse y siguió al chico fuera de la carpa. Vikentiy, aún enfadado, se despidió de los espectadores con una reverencia. No le dedicaron ni un solo aplauso.

Ya en el exterior, Andréi recibió un puntapié en el trasero que lo hizo caer de frente, raspándose las manos y las rodillas. Luego Vikentiy lo agarró por el cuello de la camisa y le gritó a la cara:

—¿En qué estabas pensando, mequetrefe? ¡Atreverte a interferir en mi acto! ¡Debería arrancarte la cabeza ahora mismo!

—Lo siento. F-fue sin querer.

—Debería mataros a ambos, a ti y a ese estúpido oso.

—Yo lo cuidaré. Haré que se mejore. Estará bien para el próximo acto.

Vikentiy dudó. Luego soltó a Andréi y escupió en el suelo.

—Pues más te vale. Repito: si el oso no sirve, le pegaré un tiro. Ahora quita de mi vista a ese condenado animal.

—Enseguida. Gracias.

Lo de dar las gracias había sido pura diplomacia, porque en ese momento Andréi tenía ganas de devolverle a Vikentiy su puntapié, pero directo a los testículos. No podía hacerlo, claro, de modo que le quitó al oso el sombrero y la gorguera y condujo al animal a su jaula empujándolo apenas por el hombro. Kir era una criatura paciente, pensó el chico. O tal vez se hubiera quebrado después de tantos años. El oso entró a la jaula y volvió a desplomarse, cerrando los ojos casi de inmediato. No parecía que quedara mucha vida en su enorme cuerpo enflaquecido. Andréi le acercó su cuenco de agua.

—Tienes que beber, Kir. Anda, bebe un poco. Te hará sentir mejor.

El oso olfateó el agua, metió en ella el hocico unos segundos y apartó de nuevo la cabeza. Andréi cerró la jaula y se sentó junto a la misma. No le preocupaba que Kir lo mordiera, así que metió un brazo entre los barrotes y apoyó su mano en el lomo del animal, esperando transmitirle un poco de ánimo. Lo más probable, sin embargo, era que el oso no aguantara hasta la próxima gira.

—Lo siento. Si no despiertas mañana, prometo que te enterraré yo mismo ahí donde vi el bosque.

Kir profirió un gemido antes de dar media vuelta y echarse a dormir.

*****

Había algo en el aire esa noche. El acto con los caballos había sido un desastre porque los animales no paraban de encabritarse, pero incluso los malabaristas habían tenido problemas a causa de unos nervios sin explicación alguna. El viento agitaba la carpa y unas cuantas aves nocturnas se habían colado en su interior, molestando a los espectadores. Nada de eso era suficiente como para interrumpir la función, pero sí para que hubiera muchas caras de enfado entre el público y los miembros del circo. Maksimilian sudaba más que de costumbre, y su voz subía de tono con cada número que presentaba. Si seguía así, muy pronto estaría chillando. Andréi se esforzó por mantenerse lejos de él.

Kir, por otro lado, parecía haber recuperado las fuerzas, pero no se veía ni de lejos en condiciones de bailar. Más bien le hacían falta unas vacaciones permanentes, masculló el chico, poniéndole el sombrero y la gorguera bajo la mirada implacable de Vikentiy.

—¿Qué has dicho? —preguntó el entrenador.

—Nada —contestó Andréi.

—Te vi mover los labios.

—De acuerdo, dije que Kir podría descansar un día más. Creo que aún tiene mal las patas traseras.

—Qué imbécil eres —gruñó Vikentiy, y empujó al oso para que andara. El animal lo hizo: de mala gana, con un paso rígido, respirando como si el aire mismo le causara dolor. Aquello no iba a salir nada bien, pensó Andréi, quien se escondió detrás de unos cortinajes a pocos metros del escenario. Vikentiy esgrimía su vara como una espada, y ya se le notaban las ganas de usarla para golpear a cualquier criatura que lo hiciera enojar.

Maksimilian anunció al "fabuloso oso bailarín y su igualmente fabuloso entrenador", afirmación que hizo rodar los ojos al chico. La orquesta empezó a tocar como de costumbre, pero cada tanto se escuchaba una nota equivocada o fuera de lugar, acentuando la atmósfera inquietante que ya se había instalado dentro de la carpa.

Andréi volvió a ver a la niña. Fue más fácil que la vez anterior, porque estaba casi en la primera fila. Sus ojos parecían irradiar chispas de furia, y alrededor de ella, desde la tierra seca y el aserrín, brotaban unas ramitas con aspecto de zarzas espinosas.

Kir estaba tratando, sin éxito, de pararse sobre la pelota. Vikentiy le pegó en las ancas, empeorando todavía más el precario equilibrio del animal. La niña del bosque apretó los puños. El oso resbaló de la pelota y se rehusó a intentarlo de nuevo, lo cual le ganó otro golpe de vara. Una ráfaga de viento agitó la carpa... y llevó al interior el sonido del follaje. Andréi estuvo seguro de que, si asomaba la cabeza, encontraría un bosque antiguo cerrándose sobre el circo igual que el lazo de un ahorcado.

Tras un segundo golpe de vara, Kir sacó coraje de alguna parte y le gruñó a Vikentiy, mostrando sus gastados dientes. Antes de que el entrenador pudiera pegarle por tercera vez, el oso se alzó sobre sus patas traseras y se le echó encima, mordiendo y arañando con la mayor fuerza que le permitía su viejo cuerpo. Los espectadores gritaron, muchos abandonaron sus asientos y corrieron a la salida, tropezando unos con otros. Maksimilian desapareció un momento, y cuando regresó al escenario llevaba su rifle en las manos, preparándose para disparar. La niña continuaba en su sitio. De pronto había una media sonrisa en sus labios, y alzó los brazos con las palmas hacia arriba como si fuera algún tipo de señal.

Y era una señal. El aire se llenó de unos rugidos espantosos, más fuertes aún que los chillidos de Vikentiy y los gruñidos de Kir, y unas garras largas y afiladas destrozaron la carpa en toda su circunferencia. Andréi, escondido aún tras los cortinajes, aferrándose a ellos para no temblar de miedo, vio aparecer decenas de cabezas marrones, todas con dientes poderosos y ojos negros de expresión amenazante. Una manada imposible de osos. A diferencia de la niña, estos animales eran visibles para todo el mundo, porque las personas gritaron al enfrentarse a ellos y trataron de esquivarlos en su atropellada huida. Los disparos de Maksimilian acrecentaron el pánico. Andréi sabía que el hombre tenía buena puntería; sin embargo, ni un solo oso cayó muerto o herido.

Kir no había terminado con Vikentiy, pero se apartó de él y se sentó a unos pasos de distancia, cansado. Mientras tanto, los demás osos estaban acorralando a Maksimilian, quien ahora pretendía usar su rifle descargado a modo de garrote. No pudo dar más que tres golpes. Los osos saltaron sobre él, Maksimilian estalló en alaridos, y un minuto después el hombre volvió a estar en silencio. Vikentiy gemía. La niña dio unos pasos hacia él, todavía sonriendo a medias; primero dio a Kir unas palmaditas en la cabeza, luego contempló al hombre con una mirada carente de piedad. Hizo un gesto al oso salvaje más cercano, quien se aproximó con el hocico empapado por la sangre de Maksimilian.

Andréi salió de su refugio. Todas las demás personas habían escapado, incluso los miembros del circo. Los osos les habían permitido marcharse, y por ello el chico dejó de sentir miedo.

—Déjalo —pidió a la niña, señalando al destrozado Vikentiy—. Ya no hará más daño, ¿ves? Se está desangrando. Vuelve a tu bosque. Ya has dejado bien claro tu mensaje, ahora vete. Llévate a Kir.

La niña parpadeó. ¿Cuántos años tendría, cien? ¿Mil? Sin decir palabra, le quitó a Kir el sombrero y la gorguera y los lanzó bien lejos, con desprecio. El oso olfateó su vestido de hojas. Kir no dudó en seguirla cuando la niña se dirigió a la entrada de la carpa.

Vikentiy había dejado de respirar. Andréi se preguntó qué debía hacer. Pronto vendría alguien a buscarlo, supuso, tal vez ese trapecista que solía ser amable con él. O quizás algún espectador hubiese llamado a la policía, en cuyo caso simplemente lo hallarían en medio de la masacre. Podría aprovechar para comer algo, o...

La niña se había detenido justo en la entrada. Tal como había imaginado Andréi, más allá se veía el bosque, denso, ventoso y ancestral. Un bosque mágico, seguramente peligroso y lleno de misterios. En cierto modo, también atrayente.

Andréi vio la pequeña mano extendida hacia él. Kir también lo estaba mirando, y ya no había angustia en su rostro animal sino una paz largamente anhelada. El chico lo pensó un momento... y luego fue a poner su propia mano en la de ella, que era cálida y suave a pesar de las manchas de tierra. Los demás osos salieron por donde habían entrado.

Andréi siguió a la niña sin soltar su mano.

A la mañana siguiente sólo quedaba una carpa rota, camiones vacíos, dos cadáveres y un terreno plano lleno de tocones... y huellas de osos. Estas últimas confirmaban el alocado testimonio de los sobrevivientes, pero aun así resultaba difícil creer semejante historia. Tenía que haber sido algún tipo de montaje, decidieron los policías, un montaje sádico potenciado por la histeria colectiva. Al menos así quedó registrado en los expedientes.

Nadie volvió a ver al muchacho ni al oso del circo.

Gissel Escudero

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