25 de diciembre de 2013

Noche de renos

Era la noche antes de Navidad, y unas espesas nubes envolvían la ciudad como una mortaja. Los renos de Papá Noel, sin embargo, volaban entre ellas a toda velocidad, guiándose por el instinto y por la memoria de un trayecto que habían repetido cientos de veces a lo largo de la historia. Antes había habido silencio; actualmente el ruido no se detenía en las grandes ciudades, ni siquiera en la madrugada, ya que los jóvenes salían de parranda y tocaban las bocinas de sus automóviles o rompían botellas en la vía pública, profanando el mensaje de paz y amor hacia el prójimo que debía traer consigo aquella festividad.

Sentado en su trineo, sujetando firmemente las riendas, envuelto en sus pieles y su capa, Papá Noel frunció el ceño. Las cosas habían cambiado, y no para bien en lo que a él concernía. Había menos guerras, cierto, y menos plagas, pero las personas ya casi no creían en la magia. Creían en el dinero y las posesiones, en el entretenimiento vacío y la satisfacción propia, y todo eso se contagiaba a los niños que esa noche debían recibir sus regalos. Tales chicos eran, para definirlos en una sola palabra, unos malcriados. Asumían que los adultos estaban ahí para complacer cualquiera de sus caprichos, sin dar las gracias ni ofrecer a cambio un comportamiento ejemplar. Encima, la tecnología los había pervertido aun más, puesto que ahora pasaban la mayor parte del tiempo pegados a una pantalla aunque hubiese gente alrededor con la que pudieran jugar o intercambiar unas palabras. En suma, Papá Noel comenzaba a sentir que su labor ya no tenía sentido, y que pocos lo echarían de menos si no volvía a aparecer. Su existencia quedaría sepultada para siempre por los grandes centros comerciales y las propagandas televisivas que instaban a consumir, consumir y consumir.

Malditas nubes. Apestaban a contaminación y no le permitían ver más allá de sus primeros dos renos. Mascullando unas palabrotas, Papá Noel inició el descenso hacia la primera hilera de edificios en la costa de aquella ciudad. Algo de bueno sí tenía el alumbrado público, lo cual compensaba la polución lumínica: le servían para guiarse como las pistas de aterrizaje de los aviones.

Justo cuando el trineo sobrevolaba la playa, flotando en silencio sobre las últimas capas nubosas, los renos chocaron contra un objeto sólido que apareció de la nada. De pronto perdieron el equilibrio y se precipitaron hacia la arena, haciendo girar al trineo como los vagones de una montaña rusa, y sólo con un gran esfuerzo Papá Noel consiguió que se enderezaran en el último momento, tal que logró aterrizar en la costa sin mayores contratiempos. La brisa marina despejó el olor a contaminación, y los renos se desplomaron sobre sus patas con la respiración agitada y los ojos saltones por el susto. El objeto contra el que habían chocado se hallaba frente a ellos, una mancha oscura en la arena sucia.

Pero no era un objeto. Era algo vivo, y se enderezó hasta quedar de pie. Sus ropas de color ceniciento flotaron a su alrededor, dándole un aspecto siniestro.

—¡Maldito anciano de mierda! —exclamó ella en un lenguaje antiguo que Papá Noel no había escuchado en siglos. Los renos retrocedieron unos pasos, apelotonándose contra el trineo.

A Papá Noel nunca le habían gustado las brujas. Tampoco había estado de acuerdo con su exterminio, pero el hecho de que usaran magia negra lo ponía nervioso. Algunas se habían adaptado a la vida moderna y paseaban por las calles incluso en pleno día, sin molestar a nadie; otras, sin embargo, se aferraban a las viejas costumbres y últimamente, como él, no andaban de buen humor. Aquélla parecía pertenecer al segundo grupo.

—Mil perdones —dijo Papá Noel—. Es esta niebla; mis renos no os vieron. Seguid vuestro camino, prometo que no volveré a importunaros. Y... eh... feliz Navidad.

Fue mala idea decir la última frase. Los ojos amarillentos de la bruja se tornaron de color rojo, y ella enseñó sus dientes torcidos en una mueca de disgusto.

—Feliz Navidad, feliz Navidad, feliz Navidad —gruñó la bruja en tono de burla—. La más estúpida de las celebraciones, la más excesiva. Insoportable, insoportable. ¡Y ahora también han corrompido la Noche de Brujas, convirtiéndola en una burla comercial! Ya no hay respeto por nada. —La bruja escupió en el suelo. Sus grises cabellos ondeaban al viento, casi de punta. Tenía los dedos crispados.

—Os entiendo, señora —empezó Papá Noel, tratando de sonar conciliador—. A mí tampoco me gusta el enfoque que le están dando a estas fech..

—¡Y justo esta noche, que me dirigía a un aquelarre, tuve que cruzarme contigo, estúpido viejo gordo y ridículo! Repartiendo regalos y espíritu navideño, ¡bah! Por algo dije a mis compañeras que debíamos esperar hasta después del Día de Reyes. No habrá paz hasta entonces. ¡En lo que a mí concierne, podéis iros todos al puto infierno!

—Yo no usaría esas palabras, pero en realidad estoy casi de acuerd...

Papá Noel no acabó la oración. Los ojos de la bruja cambiaron una vez más de color, a un azul luminoso y frío como la muerte. Su mueca dejó paso a una sonrisa que ponía la piel de gallina.

—Ya es hora de hacer algo al respecto —dijo ella, y murmuró unas palabras que esta vez Papá Noel no consiguió entender. Nada pasó. Luego de eso, la bruja levantó del suelo su maltratada escoba y se subió a horcajadas—. Feliz Navidad, gordito. Sigue repartiendo tus regalos, y a ver cómo te va.

Con una carcajada que resonó por toda la playa, la bruja levantó vuelo y se perdió entre las nubes.

Papá Noel se estremeció a pesar de sus abrigadas ropas. ¿Qué carajo había sido todo aquello? Un mal presentimiento se había adueñado de él, pero como todo parecía normal, no tenía más remedio que retomar su labor y esperar que la noche transcurriera sin más inconvenientes.

—Vamos, muchachos —dijo a los renos—. Aún tenemos trabajo que hacer. ¡Arre!

Todavía algo aturdidos por el choque, los animales remontaron vuelo una vez más y enfilaron hacia la azotea del edificio más cercano. Papá Noel odiaba los edificios. No tenían chimeneas por las cuales deslizarse, y encontrar el camino hacia cada apartamento seleccionado era como atravesar un laberinto. Aun así consiguió aterrizar con un mínimo de elegancia, después de lo cual tomó su saco de regalos, descendió del trineo y se escabulló por una puerta de servicio al interior de la construcción.

Tenía que dejar regalos en cinco apartamentos. Ningún otro niño había escrito una carta dirigida a Papá Noel, de modo que correspondería a sus sacrificados padres encargarse del asunto. Eso no estaba del todo mal. Sería menos trabajo para él, pensó Papá Noel, y cuanto antes acabara, antes podría regresar a la tranquilidad de su morada en el Polo Norte, donde permanecería alejado de la decadencia hasta el año siguiente. ¿Era su imaginación, o los años duraban cada vez menos? Así le parecía en ocasiones...

Estaba dejando unos paquetes bajo un bonito árbol decorado con moños rojos cuando oyó un estrépito de cristales rotos dos pisos más arriba. Después escuchó bramidos... seguidos por unos gritos desgarradores.

—¿Pero qué...? —murmuró Papá Noel, creyendo al principio que se trataba de unos ladrones. Sin embargo, los ladrones no...

El ruido de cascos galopando por los pasillos no dejó lugar a más dudas. Papá Noel abandonó el saco de regalos, salió del apartamento y buscó el origen del ruido, con un horrible presentimiento atenazándole el pecho. Entonces se detuvo en seco, horrorizado. La bruja. Tenía que haber sido ella. Un maleficio.

Varias personas corrían hacia los ascensores y las escaleras, chillando de miedo, mientras los renos las perseguían para darles de cornadas. Otro de los animales hacía trizas, a fuerza de coces, cada puerta junto a la que pasaba, al tiempo que mugía y salpicaba el piso de saliva espumosa. Tenía los ojos inyectados en sangre... y más sangre en las puntas de sus cuernos.

—¡No, no, no, no, no! —exclamó Papá Noel, y corrió tras sus renos en un intento frenético de controlarlos—. ¡Ya basta, deteneos! ¡Alto!

De nada sirvieron estas palabras. Tampoco funcionó tirar de las riendas o las bridas, pues cada reno, en su furia, tenía la fuerza sobrenatural de un elefante. Los animales se liberaron lanzando a Papá Noel contra las paredes, y a continuación pasaron sobre él clavándole los cascos en el estómago, marchándose luego a otra parte para continuar su labor destructiva. En alguna parte comenzó a sonar una alarma contra incendios, también disparos, y Papá Noel vio a unos pocos hombres escudar a sus seres queridos con bates de béisbol o palos de hockey. El caos no tardaría en extenderse a todo el edificio. Pronto llegarían las patrullas, además.

Presionando su vientre dolorido, Papá Noel siguió a sus renos. Fuera lo que fuese que les había hecho la bruja, ningún mortal podría detenerlos dado que eran seres puramente mágicos, invulnerables a las armas de fuego o a los dardos tranquilizantes. Eso lo dejaba a él para resolver el problema... excepto que no tenía la más pálida idea de qué demonios hacer. Usaba la magia pero no sabía nada en absoluto sobre brujerías, mucho menos sobre cómo lidiar con ocho bestias poderosas e iracundas.

Papá Noel bajó los peldaños de dos en dos, tropezando con las personas que también corrían hacia arriba o abajo en medio de un ataque de pánico. Escuchó más ruido de cristales rotos antes de llegar a la planta baja, donde descubrió que los renos habían salido a la calle a través de los ventanales. En ese momento se dedicaban a derribar los postes del alumbrado público, los cuales, al caer sobre los automóviles, multiplicaban el ruido al activar las alarmas. Las luces se encendieron progresivamente en los demás edificios, y en alguna parte se oyeron las primeras sirenas.

Los renos se dividieron para entrar a más edificios. Papá Noel se colocó frente a uno de ellos con la intención de frenarlo, y de nuevo no consiguió más que acabar en el suelo, todo pisoteado. Los cascos del reno, al pasar sobre él, le quebraron algunos dientes.

Había llegado la policía, pero los balazos no comenzaron de inmediato. Los hombres salieron de las patrullas y se quedaron paralizados, estupefactos, al descubrir cuál era el origen de los disturbios. Uno de los renos se lanzó contra ellos. Los policías al fin dispararon, pero las balas rebotaron en los cuernos del animal o en su pelaje gris, produciendo chispas. El reno, todavía más furioso que antes, corrió hacia un policía y lo levantó por los aires, estrellándolo contra una pared. Después dio vuelta un automóvil como si no le supusiera ningún esfuerzo.

—¡Detente! ¡Por favor, regresa! —exclamó Papá Noel... y el reno escuchó. Expulsando vapor por los ollares, entrecerrando los ojos enloquecidos, pateando el sueño con sus uñas, el animal cargó contra su dueño igual que un toro. Papá Noel trató de apartarse de su camino, pero la gordura le jugó en contra y el reno lo golpeó en un costado, fracturándole el brazo y varias costillas. El animal parecía dispuesto a convertirlo en picadillo, pero nuevos balazos distrajeron su atención y de nuevo se enfrentó a la policía, embistiendo a más oficiales y convirtiendo patrullas en masas retorcidas de metal. Para ese entonces había un helicóptero sobrevolando la ciudad, y algunos civiles disparaban desde las ventanas. Tres personas sucumbieron a causa de los tiros, pero ni un solo reno desbocado resultó herido.

Manteniendo el brazo roto contra su pecho, Papá Noel continuó persiguiendo a sus renos a pesar de que aún no tenía idea de cómo frenarlos. ¿Dónde se había metido la condenada bruja? Mientras tanto, los animales seguían destrozando ventanales y atacando a cualquier persona que se cruzara en su camino, dejando un reguero de cadáveres sangrantes sobre aceras cubiertas de vidrio roto.

Un segundo helicóptero se sumó al primero. Un hombre asomó por la ventanilla y apuntó a los renos lo que parecía una ametralladora. En tierra, los policías se pusieron a cubierto e instaron a los demás a hacer lo mismo.

El estruendo del arma fue ensordecedor. Papá Noel recibió en su cuerpo las balas que rebotaron en los animales, pero siguió corriendo porque, al fin y al cabo, él también era inmortal. Tenía que sacar a los renos de la ciudad hasta que se les pasara la locura, o hasta que encontrara la manera de romper el maleficio, si acaso existía una. ¡Oh, que fuera así, por favor! De lo contrario...

Sin pensar en lo que hacía, saltó sobre el reno que estaba más cerca y lo montó agarrándose a sus cuernos con el brazo intacto. El animal corcoveó como un potro salvaje, primero en el suelo y después en el aire, elevándose sobre la ciudad. Se enganchó primero en unos cables de electricidad, haciendo sentir a su jinete el choque de miles de voltios y una lluvia de chispas amarillas. No tardaron en superar el nivel de los edificios, sin embargo, y los demás renos siguieron a su líder tal como solían hacerlo en el trineo. El helicóptero con el hombre de la ametralladora fue tras ellos, y al girar la cabeza hacia él, Papá Noel vio, espantado, que ahora sostenía un lanzamisiles.

—¡No, espere, a mí no! —gritó. Fue en vano. El misil salió del arma en una pequeña nube de fuego y humo, y lo último que Papá Noel vio de él fue un tremendo resplandor blanco y caliente. El reno no sufrió más que el empuje de la onda expansiva, pero su jinete se precipitó al vacío con las ropas en llamas y la piel chamuscada. El brazo roto, ahora cortado, cayó por separado. El agua de mar que recibió todas las partes del cuerpo humano estaba fría y oscura, y por un momento también silenciosa.

Incapaz de moverse, Papá Noel flotó boca arriba hacia la superficie hasta que consiguió ver el cielo cubierto. Los renos, todavía perseguidos por el helicóptero, dieron la vuelta para regresar a la ciudad, probablemente con ánimos de seguir atacando. Debía encontrar la manera de nadar hasta la playa, pensó Papá Noel. Quizás pudiera hablar con la policía y el ejército y decidir algún tipo de estrategia efectiva.

Pero eso sería dentro de unos minutos. Antes buscaría su brazo. Y se tomaría un descanso, también, porque a decir verdad, se sentía descalabrado.

Una forma gris tapó las estrellas. Iba sobre una escoba y tenía una cara horrenda; sin embargo, sonreía.

—A ver quién se atreve a desear mañana una feliz Navidad —dijo, y se echó a reír.

Antes de que Papá Noel pudiera responder cualquier cosa, la bruja se marchó volando como una extraña especie de buitre, y su risa se mantuvo en el aire hasta que cayeron los primeros copos de nieve sobre la ciudad iluminada por los incendios, las luces de las patrullas y los fogonazos de más misiles.

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Me gustó, buen cuento. Ojo, esto no es una crítica literaria, no creo en ellas. De hacer caso a ellas, varios de los que ahora llamamos maestros hubieran dejado de escribir. Si no me hubiera gustado no escribo nada, es lo que hago, porque puede que no me guste a mí, pero tal vez a otra gente sí, y los que inmortalizan obras y autores son los lectores, no los críticos ni otros escritores.
    Los maestros ya dejaron muchas enseñanzas, esas son las que sigo.
    Gissel, ¿cómo te llevas con los reyes magos? ¿Habrá un relato de horror?
    Saludos.
    Jorge Leal.

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    1. Gracias, me alegra que te haya gustado :-) Aunque yo sí creo en las críticas bien hechas, porque son justamente las que me hacen evitar/corregir metidas de pata. Un error de lógica no es subjetivo, por ejemplo. Tampoco que una historia sea demasiado predecible (es algo que me han señalado a veces, en general con mucho acierto). En mi opinión, desdeñar las críticas es pensar que uno no tiene nada que aprender de los lectores, pero muchos de ellos son soberanamente inteligentes y saben detectar fallas que a veces uno no ve.

      No tengo nada en contra de los Reyes Magos, así que dejaré el próximo cuento de horror... para el Día de los Enamorados :-)

      ¡Saludos!

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  2. Rebuscando en tu blog descubrí este cuento que no había leído. Yo no me hubiera parado a describir tanto la 'corrida de renos' embrujados (bueno, ya sabes por qué, no es nada literario), pero como es un relato de horror navideño no pongo pegas. La verdad es que la idea es muy original. Tiene mucho ritmo. Me ha recordado incluso a pelis de acción. Siento que Papá Noel haya tenido que pasar por eso. Creo que el personaje de la bruja es genial. En fin. Un cuento ideal para Disney, ;-). Mañana leeré la segunda parte.

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    1. Pues me alegra que te haya gustado. No sufro por Papá Noel porque la dichosa Navidad ya me hace sufrir bastante a mí :-D ¡Besos!

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