11 de mayo de 2013

Odile (parte 6/6)

Varios años pasaron en el lago sin que nada cambiara salvo las estaciones. Las plantas y animales nacían, morían y volvían a nacer, pero Benno no envejecía y los cisnes negros tampoco. El rostro de Odile se mantenía igualmente joven y hermoso... aunque la frustración seguía aumentando en sus ojos como un horrible parásito. El hombre reía en su interior cada vez que notaba eso, procurando que la risa no se reflejara en sus facciones o sus gestos. La bruja no debía enterarse. Tenía que mantener viva su esperanza hasta que la misma se corrompiera, igual que una bella flor sumergida en las aguas turbias de un pantano. Entonces él reiría para sus adentros con tal fuerza que, si tenía un poco de suerte, el esfuerzo por contenerse lo mataría, cesando la tortura. No veía otra forma de liberarse.

A diferencia de otras noches, los cisnes no estaban pendientes de él, o eso parecía. Seguramente lo perseguirían si trataba de escapar, pero en ese momento sólo caminaban de un lado a otro, ocupados en sus extraños asuntos. Eso era bueno. Él había aprendido a sacar provecho de los escasos momentos de soledad. Moviéndose en forma disimulada, cortó una de las flores nocturnas que crecían junto al lago y se desplazó con ella a otra parte: un sitio donde ya no se notaba que la tierra había sido excavada una vez a fin de sepultar un cuerpo. Siempre que podía, Benno dejaba caer allí una flor al descuido en honor a Jacqueline, esperando que los cisnes no se dieran cuenta y se lo dijeran a su perversa ama. Sabía que era estúpido arriesgarse de tal manera, pero el tiempo no había logrado sanar la herida en su corazón, y aquel pequeño gesto de amor lo ayudaba a mantener su cordura. A menudo pensaba que sería mejor dejarse ir, perder la razón hasta un punto en que ya nada le importara, ni siquiera su venganza; no obstante, después recordaba a Jacqueline y de algún modo reunía las fuerzas para seguir adelante. Ella merecía justicia por su horrible asesinato.

La flor era blanca y suave, con un perfume intenso para compensar su discreta apariencia. A Jacqueline le habría gustado, sin duda. La muchacha solía colocar en su cabello las flores que él le regalaba, y las dejaba ahí todo el día hasta que empezaban a marchitarse. Benno hubiera dado una mano o el brazo entero con tal de verla así una vez más.

El hombre se detuvo de golpe al llegar a la tumba, sorprendido. Había un cisne ahí, pero no fue eso lo que llamó su atención sino la presencia de un arbusto que no había estado en ese sitio el día anterior. ¿Sería posible que hubiera crecido de la noche a la mañana? ¿Tendría algo que ver con la magia de Odile? El arbusto estaba repleto de bayas de color rojo brillante, que el cisne picoteaba como si fueran deliciosas, arrancándolas en grupos de dos y tres. Entonces el ave miró a Benno con su típica expresión vigilante, y se retiró para observarlo de lejos. Esas criaturas sabían que él las odiaba a muerte, aunque no pudiera dañarlas.

Benno se aproximó al arbusto. No conocía la especie, y tampoco se parecía a ninguna de las plantas que crecían en los alrededores del lago. Le llegaba hasta la cintura, frondoso y recio, con una fragancia sutil que atraía a las mariposas nocturnas a pesar de la ausencia de flores donde libar. Crecía exactamente sobre la tumba de Jacqueline. El hombre estiró una mano para recoger algunos frutos.

De pronto se oyó un gemido escalofriante, y cuando Benno se dio vuelta, vio que el cisne solitario se había desplomado en el suelo, retorciéndose de dolor. Ahora estaba chillando como en medio de una cruel tortura, y de este modo comenzó a transformarse en doncella, aunque no llegó a completar el cambio. Quedó tendido en la hierba, un engendro mitad humano y mitad ave, con piel suave y plumas, patas palmeadas en lugar de pies, una cara espantosa donde la nariz y la boca aún permanecían fusionados en un pico. Los demás cisnes se convirtieron en doncellas y corrieron a auxiliar a su hermana, sollozando de impotencia mientras la criatura agonizaba, tratando en vano de reanimarla con caricias.

Comprendiendo de repente lo que había sucedido, Benno regresó al arbusto y recogió unas cuantas bayas, escondiéndolas rápidamente en sus bolsillos. El arbusto empezó a marchitarse cuando él terminó, y en pocos minutos no quedó nada más que un tronco seco y sin vida. Había cumplido su función.

—Gracias, Jacqueline —susurró el hombre, su voz acallada por los lamentos de las doncellas y el cisne moribundo—. Gracias, amor mío.

*****

A medida que se aproximaba al lago, Odile apretó los labios hasta que perdieron todo su color. ¿Qué era ese nudo en su estómago, esa sensación de angustia que la venía oprimiendo desde hacía tantos meses? La respuesta afloró de pronto en su mente junto con un presagio de fatalidad: era odio, puro y simple. Odio hacia aquel lugar, donde sus planes no lograban cumplirse, odio hacia sí misma, odio hacia el mundo en general. En cierta manera también odiaba a Benno, pero el amor que ahora sentía por él había evitado que lo matara para buscar a otro hombre en el cual intentar su hechizo. Ya no podía volver atrás. Su destino estaba vinculado al de él por la misma magia que ella había utilizado en su contra; en cierta forma, los dos eran prisioneros. Sin embargo, el hombre seguía sin darle su corazón. Bailaba con ella, la besaba, tomaba su cuerpo en la oscuridad, pero había encerrado todo lo demás en un cofre que se mantenía incólume ante los encantos femeninos. ¿Por qué no podía otorgarle lo que ella quería, negando de paso su propia liberación? Después de tantos años, ya tenía que haber olvidado a esta tonta muchacha muerta, cuya belleza y pasión no podían compararse con las de Odile. ¿Acaso una simple flor del campo no quedaba relegada al instante por una magnífica rosa con pétalos como la sangre? Odile apretó los puños, hiriéndose las palmas con sus propias uñas. Aunque le llevara otro montón de años, hallaría la manera de romper ese cofre invisible, obteniendo aquello por lo que tanto había luchado. No le quedaba otra opción.

Escuchó el revuelo en el lago mucho antes de verlo y supo enseguida que algo andaba muy mal, de modo que corrió hacia allá sin importarle que las ramas arañaran su piel o que las piedrecillas se incrustaran en sus pies descalzos. El presagio de fatalidad se incrementó cien veces, dejándole la boca seca y haciendo que su corazón se inundara de oscuridad. Gimió algo pero no supo qué fue; en ese momento una imagen se había apoderado de ella: el rostro de Siegfried, blanco y fantasmal bajo el agua que había causado su muerte.

Los cisnes se habían reunido en un mismo sitio, todos ellos, en forma humana o de ave. Se hicieron a un lado para dejar pasar a Odile, dirigiéndole, no obstante, idénticas miradas de enojo y reproche. Algunas de ellas señalaban con el dedo un extraño bulto al final del camino.

Odile se detuvo, llevándose ambas manos a la boca para contener una exclamación de horror. Era imposible. Aquel cadáver monstruoso no podía ser lo que ella pensaba. ¡Si los cisnes negros eran inmunes incluso a su poderosa magia! ¿Qué había pasado allí? Tenía que haber un intruso en el lago, otro hechicero; no se le ocurría una mejor explicación. ¡Oh!, ¿dónde estaba Benno? Si había llegado demasiado tarde para protegerlo...

Las doncellas debieron de adivinar cuál era la preocupación de Odile, porque señalaron en otra dirección sin cambiar por un segundo sus expresiones iracundas. Todos los ojos eran rojos, todos los ojos pedían muerte, un pago por la vida de esa hermana que yacía en el pasto con los miembros agarrotados. Odile no les prestó atención sino que corrió hacia el segundo bulto, gritando más palabras ininteligibles. Se agachó entonces junto al cuerpo de Benno y lo estrechó en sus brazos, sollozando. El hombre todavía respiraba.

—Despierta. Despierta, amor. Voy a curarte, da igual lo que te hayan hecho. Te pondrás bien.

Poco a poco el hombre abrió los ojos... y sonrió con unos labios que se habían puesto oscuros y violáceos.

—Has perdido —dijo él—. Estoy muriendo. —Benno alzó su diestra, lo suficiente para que Odile pudiera ver unas pocas bayas que sostenía—. ¿Ves? Fueron un regalo de mi verdadero amor, para liberarme de ti. Pronto me reuniré con ella.

—No, no te dejaré ir. Te salvaré. Te salvaré y estaremos juntos, juntos por toda la eternidad. Quédate conmigo.

La voz de Odile se quebró. A pesar de sus esfuerzos, la vida del hombre se le escapaba gota a gota como en una hemorragia imparable. Fuera cual fuese el veneno de esas bayas, la magia no podía contrarrestarlo. Benno sonrió de nuevo y añadió:

—Te odio. Nunca dejé de odiarte. ¿Y sabes qué más? Te odio tanto como para admitir esto: habría podido llegar a amarte si hubieras actuado de otra manera. Era cierto que esa noche, en el baile, me cautivaste.

—Benno... querido...

—Espero... que ardas en el infierno... maldita bruja.

El hombre se convulsionó una vez, luego otra, y su mirada quedó de pronto fija en el vacío. Su corazón ya no latía.

Odile se quedó sin aliento. Por un minuto entero no logró que sus pulmones funcionaran, hasta que la necesidad acuciante de aire la hizo tomar de golpe una bocanada. Fue como aspirar astillas afiladas de madera. Una parte de ella le decía que podía arreglarlo, que no tenía por qué terminar así, pero era una parte muy pequeña y el resto de Odile sabía que ésa era una gran mentira. El resto de Odile sabía que estaba perdida por completo. La luz acababa de apagarse irrevocablemente en su interior, y su alma ya comenzaba a descender hacia un abismo donde nadie la acompañaría. El hombre que amaba había escapado de ella tras asestarle una última puñalada de desprecio.

Con el rostro empapado por las lágrimas, Odile se puso de pie y contempló a los cisnes mientras se alejaba paso a paso del cadáver. Las aves y doncellas la observaron a su vez sin pestañear; en ese instante parecían más bien una jauría de lobos hambrientos, y sólo les faltaba gruñir y mostrar los dientes. En cambio, las doncellas recogieron piedras del suelo y las aves chasquearon sus picos. Odile casi se echó a reír, aun en medio de su dolor, pues era una fantástica ironía. Enderezando su espalda, dijo a las criaturas:

—Sí, yo causé la muerte de vuestra hermana con mis acciones. Os traicioné, no merezco vivir.

Odile extendió los brazos, y lo último que vio fue un revuelo de plumas negras y un pico que, igual que un cuchillo, se precipitó directo a su cara.

Gissel Escudero

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