11 de mayo de 2013

Odile (parte 4/6)

El tiempo pasaba lentamente en las noches, rodeado por esos repugnantes cisnes que no le permitían escapar, pero era aún peor durante el día, cuando el hechizo lo convertía en ave y su mente quedaba atrapada en una especie de delirio donde pensar era tan difícil como ver en aguas turbias. Sin embargo, incluso en esa forma animal, él comprendía su situación y conservaba ciertos recuerdos; por ello no cejaba en sus intentos de fuga, a pesar de que los cisnes nunca dormían y enseguida saltaban sobre él para detenerlo, aferrando sus alas y cuello con manos pequeñas pero extraordinariamente fuertes. Los picotazos que él daba no herían a las doncellas. Éstas lo contemplaban, impasibles, y sólo lo dejaban ir después de un rato, cuando se daba por vencido. ¡Oh, si pudiera encontrar una ballesta! Tal vez esos demonios con plumas fuesen inmortales, pero él disfrutaría de clavarles unas cuantas flechas justo en el corazón. Les dispararía a los cisnes negros... y también a esa bruja de Odile, a quien odiaba como nunca había pensado que sería capaz de odiar a alguien. ¡Y ella ni siquiera lo entendía! ¿De qué retorcida manera funcionaba su cabeza, para no aceptar que jamás obtendría amor de un hombre a quien mantuviera prisionero y bajo una maldición? Debía de estar loca, no se le ocurría otra explicación. Loca... y poseída por una maldad que seguramente era tan natural en ella como el veneno de los escorpiones. Benno ya no creía que fuera posible disuadirla de sus planes.

Había una razón adicional por la que todo aquello era una tortura insoportable: Jacqueline. La muchacha, con esa mezcla de dulzura y lealtad que la caracterizaba, a menudo iba al lago a buscarlo, y lo llamaba por su nombre hasta que su voz enronquecía y sus ojos se hinchaban por el llanto. Era la única entre los conocidos del joven que aún no perdía la esperanza, y también la única que aparentemente sospechaba la verdad. Ella no podía saber que había magia de por medio, claro, pero en su rostro se veía que no pensaba buscar en otra parte ni dar por muerto a su amado. Sí, ella lo había amado antes de perderlo y lo seguía amando ahora, y ese conocimiento hacía que el corazón de Benno se retorciera de dolor en su pecho. Él no podía ir hacia ella, ni siquiera en forma de ave, porque los cisnes negros vigilaban. No podía advertirle que se alejara, para evitar de Odile se topara con ella. Y por último, tampoco podía correr a su lado, besar sus manos y sus labios y darle las gracias por su amor inquebrantable. Odile merecía un lugar especial en el infierno por separarlo de Jacqueline.

La muchacha solía acudir al lago al mediodía, cuando la luz del sol hacía que aquel lugar fuera menos tenebroso, pero al fin se presentó de noche. Odile ya se había marchado, tras un nuevo intento de embrujarlo con su baile, y entonces Benno se dio cuenta de que los cisnes tampoco estaban ahí. Él se hallaba solo en el lago, y Jacqueline, silenciosa esta vez, examinaba el entorno con los ojos brillantes por las lágrimas. Tal vez hubiera soñado con él, y eso la había despertado e impulsado a buscarlo a pesar del terror que debía sentir por la oscuridad. Benno se sintió orgulloso de su fidelidad y su valentía, y la muchacha le pareció más hermosa que nunca. Tenía que protegerla. Ella no podía ayudarlo, no contra esa magia satánica; siendo así las cosas, sólo le quedaba despedirse y decirle que no volviera a pisar los terrenos del lago. Quizás no hubiera otra oportunidad para ello.

Benno se aseguró de que los cisnes no estuvieran cerca y fue al encuentro de Jacqueline, moviéndose con gran sigilo. Ella lo vio y estuvo a punto de exclamar algo, pero él la silenció con un gesto asustado de sus manos. Una vez junto a la muchacha, Benno la tomó de un brazo y la llevó tras unos arbustos. Dos minutos, eso era todo lo que necesitaba. Dos minutos para decirle que se fuera y salvara así su vida.

—Lo sabía —susurró Jacqueline, reprimiendo unos sollozos que eran a la vez de miedo y alegría—. Sabía que no estabas muerto. ¿Has estado aquí todo el tiempo? ¿Qué sucedió? Encontraos tu cab...

Benno le tapó la boca con una mano y replicó en voz aún más baja:

—Jacqueline, te amo. Te amo y te amaré siempre. Ahora debes irte y no regresar jamás, porque este lugar contiene un peligro de muerte. Di a los demás que tampoco vengan aquí. Vete, vete ya.

Jacqueline hizo un gesto negativo y apartó la mano de su boca.

—¿Estás loco? No voy a dejarte ahora que te he encontrado. Ven conmigo. Si es verdad que hay algo malo en este lago, tú tampoco debes quedarte.

—No puedo irme. Ella me encontraría y te haría daño. Es una criatura malvada y poderosa. Por favor, márchate. Y no olvides lo que dije: te amo. Te amo más que a mi vida.

El joven besó a Jacqueline en los labios sabiendo que sería la última vez. Trató al mismo tiempo de congelar ese instante en su memoria: la suavidad y el calor de aquella boca, el aroma de los cabellos sedosos, incluso el sabor de las lágrimas de Jacqueline. Eso le serviría de consuelo por el resto de su miserable existencia.

—Vete —repitió Benno al separarse de la muchacha—. Por favor. Podré soportarlo si sé que estás a salvo. Adiós, amada mía.

Jacqueline hizo un esfuerzo por contestar, pero estaba llorando y sólo un gemido brotó de su garganta. No obstante, había comprendido el mensaje y empezó a retroceder, su mirada llena de pavor. Benno sintió alivio. No la perdería si ella se marchaba, sabiendo que cada uno guardaría el recuerdo del otro como una llama en el invierno más frío y desolado.

De la nada, desde todas partes, los cisnes negros se abalanzaron sobre Benno y Jacqueline. A él lo sujetaron las doncellas contra el piso, inmovilizándolo por completo, y los demás cisnes atacaron a la inocente muchacha con sus picos y uñas, en un alarde de violencia más propia de unos gallos de pelea.

—¡No! ¡Dejadla en paz! —gritó Benno, a pesar de que su rostro estaba medio sepultado en la hierba y en la tierra—. ¡Ella ya se iba, no es una amenaza! ¡Por favor, dejadla ir!

Los cisnes no obedecieron. Jacqueline chillaba de dolor y sus ropas se tiñeron de sangre, pero las aves continuaron su ataque hasta que la muchacha perdió el equilibrio y se desplomó entre ellas. No hubo posibilidad de salvación después de eso. Los picos de los cisnes eran como cuchillos y se clavaron una y otra vez en Jacqueline, abriendo tantas heridas que la vida escapó por ellas rápidamente. La muchacha dejó de gritar... y poco después también dejó de moverse. Benno soltó unos alaridos terribles, aunque no llegó a percatarse de eso; sus ojos estaban desorbitados, mirando aquel despojo que minutos antes había sido todo para él. Cuando paró de gritar, apartó la vista y lloró. No supo cuánto estuvo así, consumido por la pena, pero en algún momento escuchó pasos y levantó un poco la cabeza. Odile había regresado.

—Lo siento, amor —dijo ella—. No podía permitir que esa jovencita insignificante se interpusiera entre nosotros. Pronto verás que no la necesitabas para nada, sólo a mí.

Ella estiró una mano para tocarlo, pero él se apartó como si huyera del apéndice descarnado de un leproso.

—Voy a matarte —replicó Benno, escupiendo las tres palabras con un odio infinito—. No sé cómo, pero voy a matarte. Haré que te arrepientas de cada cosa que has hecho en tu maldita vida. No pararé hasta que sientas el mismo dolor que yo estoy sintiendo ahora.

Odile compuso una expresión de ternura. Benno hubiera querido saltar hacia ella para arrancarle los ojos y cortarle la lengua, pero sabía que los cisnes negros no se lo permitirían.

—Sólo yo puedo decidir cuándo he de morir, amor mío. Comprendo que estés enfadado ahora, pero ya se te pasará. El hechizo no se rompería si yo muriese, y tú no quieres eso, ¿verdad? Todo esto quedará atrás en unos días. Olvidarás a esa chica y solamente pensarás en mí, te lo aseguro.

—No.

—Sí. El hechizo se desvanecerá cuando me entregues tu corazón, y entonces nos iremos juntos a cualquier parte. No habrá personas más felices que nosotros.

Benno guardó silencio. No tenía sentido hablar con aquel monstruo, era evidente que jamás la convencería de nada. Haría mejor en emplear sus fuerzas y su mente para buscar una forma de vengarse.

—Supongo que ahora deseas estar solo. De acuerdo, comprendo eso. Trata de dormir un poco; yo vendré a verte mañana, y después de mañana, y cada noche hasta que por fin seas mío. Hasta luego.

Odile se retiró, caminando con una gracia que la hacía más repulsiva por la maldad que ocultaba. Una vez más, Benno deseó tener su ballesta para dispararle por la espalda; a falta del arma, sin embargo, lo único que pudo hacer fue seguir llorando sobre el cuerpo destrozado de Jacqueline, y en algún momento los dedos del hombre arañaron la tierra para cavar una tumba.

(Continúa. Ver índice en la columna a la izquierda.)

Gissel Escudero

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