10 de mayo de 2013

Odile (parte 3/6)

Ella marchaba al lago todos los días, poco antes del atardecer, y esperaba a que el sol desapareciera tras los árboles y el horizonte. Siempre se arreglaba lo más posible, como una princesa, como una diosa. En cierta forma, era ambas cosas. Sin embargo, en esta ocasión decidió vestirse de manera sencilla, y dejar que su largo cabello flotara sin ataduras en su espalda, al capricho de la brisa otoñal. Tal vez a él le gustara así, y sintiera la tentación de peinarlo con sus dedos. O tal vez el pelo suelto la hiciera ver más vulnerable, más... terrenal, alguien a quien él querría tener a su lado por el resto de su vida, cada noche y cada mañana.

Los cisnes negros fueron a recibirla agitando sus alas. Rozaron a Odile al pasar junto a ella, tocándola con sus rojos picos y cuellos flexibles, aunque no era afecto lo que demostraban. Esos cisnes no eran capaces de amar, aunque los de verdad se apareasen para toda la vida y criaran juntos a sus polluelos. Odile no comprendía del todo a esas criaturas ni sabía lo que pensaban, aunque daba lo mismo mientras obedecieran sus órdenes.

—¿Dónde está nuestro guapo invitado? ¿Lo habéis cuidado bien una vez más?

—Muy bien, diría yo —replicó una voz masculina desde alguna parte. El sol acababa de ponerse, llevándose consigo el resplandor dorado con el que había cubierto el paisaje minutos antes. Benno salió de entre las sombras recién creadas; en su frente se veía un largo corte por el que manaba sangre.

—Deberías haber comprendido ya que no debes tratar de escapar, ni siquiera durante el día. Mis cisnes no te matarán, pero sí te harán lamentar cada intento de fuga.

—¿Crees que no lo sé? Me dieron una buena paliza esta tarde, lo cual esperaba. Pero no importa. Seguiré luchando con todas mis fuerzas para alejarme de ti. Ahora vete y déjame en paz. Si no vas a liberarme, al menos concédeme el favor de no obligarme a ver tu odiosa cara.

Odile recibió el insulto sin inmutarse, a pesar de que su rostro quiso hacer una mueca y sus manos trataron de cerrarse en sendos puños. Debía tener paciencia. Avanzó hacia el joven y se detuvo a pocos pasos de él, cautelosa como una cazadora tras una presa esquiva. Empleó su tono más seductor para decir:

—¿De verdad me encuentras odiosa? No te creo. Todos los hombres que me han visto con esta apariencia quedaron prendados de mí.

—¡Entonces busca a cualquiera de ellos y déjame ir! ¡No me necesitas, y yo tenía una vida!

Odile no respondió. Era cierto que esos otros hombres se le habían acercado... para luego rechazarla, espantados por algo que detectaban en ella, como si fuera una bebida dulce pero venenosa. Ella no lo entendía. ¿Era su magia? ¿O acaso ellos veían en sus ojos cuánto necesitaba recuperar la luz, y huían de eso por simple agobio? Como fuera, sólo mediante el hechizo había conseguido la joven retener a un candidato, uno nada más, porque los otros... los otros no habían sobrevivido a la transformación. La magia de Odile no era tan buena como la de su padre.

—Vete —repitió Benno—. Te odio.

—No, no me odias. Sé que has tratado de odiarme y que todavía no me amas, pero conozco mis encantos. Te recuerdo de aquella noche en el baile, vi cómo me mirabas aun teniendo en cuenta que mi disfraz era menos bello que mi aspecto real.

—Ésa es otra razón por la que te odio: tú ayudaste a destruir a Siegfried.

—El príncipe obtuvo lo que quería. Yace ahora con su amada en las profundidades, y sus almas están juntas y en paz. Su amor resplandece como estrellas en el cielo. Es lo que yo quiero para mí. Para nosotros.

—Eso nunca pasará, bruja, demonio o lo que seas.

Odile sonrió, jugando con su cabellera.

—Es sólo una cuestión de tiempo —dijo ella—. Y tardaría menos si dejaras de resistirte. Mírame. Mírame, precioso mío.

Benno la miró, pero no porque quisiera hacerlo sino porque el hechizo era más fuerte que su voluntad. Se notaba en sus ojos la lucha que libraba en su interior, una pelea tan constante como inútil. Odile acarició sus mejillas, le rozó los labios con los suyos y apoyó un momento la cabeza contra su cuello. Él permaneció inmóvil y tenso. Ella empezó a cantar por lo bajo. Su voz provocó que del aire mismo surgiera una melodía, la cual no parecía interpretada por ningún instrumento de fabricación humana. Era más bien un coro de aves e insectos nocturnos, viento en los árboles, agua salpicando las piedras de la orilla y unas voces sibilantes que no articulaban palabra alguna. Había un mensaje ahí, sin embargo, pero Odile no deseaba conocer su significado, y desde luego que Benno tampoco debía conocerlo. La canción de los cisnes negros sólo podía ser aterradora. Sí servía para bailar, y ahí estaba la razón por la que Odile iniciaba el canto, esa noche y todas las demás.

Ella se apartó de Benno y sus pies la hicieron girar por la hierba en una danza lenta y provocadora, acompañando los movimientos de la naturaleza. Eso era algo que su padre no había tenido que enseñarle; ella misma había aprendido a bailar así, observando desde muy pequeña el mundo a su alrededor. Había observado, también, cómo hacían las mujeres para conquistar a los hombres con miradas y gestos, y al incorporar todas esas cosas a su danza la había convertido en otra especie de hechizo, uno que funcionaba sin magia.

Odile dio vueltas en torno al hombre, más cerca y más lejos, tocándolo como una mariposa a una flor, y no tardó en conseguir que él se le uniera. Benno la tomó por la cintura para girar con ella, todavía distante a pesar del contacto físico; algunos cisnes convertidos en doncellas se incorporaron a la danza sin dejar de cantar. Las plumas de sus vestidos silbaron en el aire. Largos minutos pasaron de esta manera, sumando una hora completa. La noche ya era plena pero con pocas estrellas, y la canción de los cisnes se volvió tan inquietante que los animales se acurrucaron al fondo de sus madrigueras, temblando de miedo. Finalmente Benno cayó al suelo, exhausto, y Odile se agachó para abrazarlo, llevando la cabeza de él contra su pecho.

—Nada de esto te servirá —jadeó él—. Nunca obtendrás de mí lo que quieres. Nunca.

—Claro que sí. Obtendré lo que deseo cuando yo me convierta en lo que tú deseas, y entonces los dos seremos felices para siempre. Sólo es una cuestión de tiempo. Ya lo verás.

Benno se apartó de golpe, con una mueca en su rostro como si fuera a vomitar y las manos crispadas. Había tenido suficiente por una noche, pensó Odile, y se puso de pie dedicándole al hombre su sonrisa más tierna.

—Volveré mañana. Que tengas un buen día, amor. Mis cisnes te seguirán cuidando como hasta ahora. Ya sabes que me preocupo por ti.

Benno cubrió sus ojos con una mano, todavía en el suelo. A Odile no le importó que se viera desdichado. Si no conseguía con sus artes que él la amara, quizás ganase su cariño por medio de la desesperación.

La joven se marchó del lago sonriendo para sí. Aún no había luz en su corazón... pero estaba segura de que tarde o temprano la recuperaría.

(Continúa. Ver índice en la columna a la izquierda.)

Gissel Escudero

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