10 de mayo de 2013

Odile (parte 2/6)

Jacqueline era hermosa como las primeras flores de la primavera, dulce como los frutos silvestres. Todo parecía alegrarse cuando ella reía, lo cual hacía a menudo; debido a ello, no había persona alguna entre sus conocidos que no deseara tenerla a su lado, por amistad o simple compañía. Pero sólo a un hombre entregaría la muchacha su corazón, y Benno estaba casi seguro de que él era el elegido. Sería el día más feliz de su vida cuando al fin se atreviera a pedir su mano y ella le respondiera que sí, que deseaba ser la madre de sus hijos y envejecer a su lado. Por ahora, sin embargo, a él le bastaba con visitarla todas las tardes para disfrutar de su charla y su melodioso canto.

Estaban juntos en un prado adyacente a la casa de ella, supervisados desde una ventana por su juiciosa madre. Jacqueline sostenía una brizna de hierba, que cada tanto llevaba a sus labios en un gesto pensativo. Entonces ella dijo:

—Jamás me contaste lo que pasó esa noche. ¿Qué le sucedió al príncipe?

La sonrisa de Benno desapareció al instante.

—La reina nos prohibió hablar del asunto, bajo pena de exilio o de prisión. Lo siento, pero debo guardar silencio.

—Sé que ella y sus guardias siguieron las huellas de Siegfried hasta un lago, pero no encontraron nada ahí... excepto una bandada de cisnes negros.

Cisnes negros... Sí, eso había en el lago, unos tétricos cisnes negros que contemplaron a los visitantes como buitres acechando a un animal moribundo. Cisnes negros... e incontables plumas blancas. También había una sensación inquietante en el aire, de maldad y hechicería, que atravesaba la piel y rodeaba el corazón hasta causar un dolor profundo. La reina había gemido de angustia, al entender que ya era demasiado tarde; de Siegfried sólo se veían unas pocas huellas, mezcladas con otras como si hubiera ocurrido allí una pelea, pero ninguno de los presentes tuvo duda alguna sobre el destino del príncipe: había muerto.

Los rumores sobre la locura de la reina eran ciertos. Ella se culpaba por la pérdida de su hijo, y sus familiares comenzaban a preguntarse qué debían hacer con la pobre mujer. Muchos susurraban que ojalá muriese pronto... por su propio bien.

Benno suspiró. Extrañaba a su amigo, y a veces tenía pesadillas acerca del lago, los cisnes blancos y negros... y la misteriosa joven que, al parecer, se había hecho pasar por aquella a quien Siegfried amaba. Benno había contemplado a esa muchacha en el baile, fascinado por su belleza pero sintiendo al mismo tiempo un escalofrío. El mal presentimiento, por desgracia, no había tardado en confirmarse.

—No puedo decirte nada —repitió él—. Por favor, no preguntes. Además, créeme, a estas alturas la verdad sólo causaría más daño. —Benno se puso de pie, sacudiendo de sus pantalones algunas semillas y partículas vegetales—. Debo irme ya. Discúlpame con tus padres por no quedarme a cenar.

Jacqueline también se levantó. Había un toque de decepción en sus ojos avellanados, pero aun así estaba sonriendo.

—¿No vas a despedirte? —preguntó ella.

—Acabo de hacerlo.

—Mira: mi madre no está en la ventana ahora mismo.

Era verdad. Benno le devolvió la sonrisa a la muchacha y, sin perder un segundo, se inclinó sobre ella y la besó en los labios. El contacto fue breve, pero el tiempo pareció detenerse para los amantes y Benno disfrutó de aquel beso robado como si hubiera sido el más largo de su vida.

—Te amo —le dijo a Jacqueline por primera vez, y se marchó en busca de su caballo antes de ver la expresión de la muchacha. Quería pensar que la había emocionado, pero como existía una mínima posibilidad de que no fuera así, él prefería no conocer aún sus sentimientos. Sobre todo después de haber mencionado la trágica suerte de Siegfried.

Benno cabalgó durante largo rato, sin mirar siquiera por dónde iba, y poco a poco el cielo azul se volvió naranja, luego violeta y finalmente negro. Recién entonces el joven se dio cuenta de que no había tomado el camino a su hogar, y se estremeció de pies a cabeza al reconocer el paisaje: se hallaba muy cerca del lago. El caballo se detuvo y piafó, nervioso; Benno lo acarició en el cuello para tranquilizarlo. Le temblaba la mano. Dios, ¿por qué había acudido a ese lugar? ¿Acaso había perdido la cordura? Tenía que marcharse de ahí cuanto antes, pues fuera lo que fuese que habitaba en el lago, era un agente de la fatalidad.

El joven se preparó para cambiar de rumbo... y una risa cristalina invadió sus oídos, trastornándolo por completo. Un rostro pálido asomó entre los árboles, dirigiéndole una mirada hipnotizadora antes de volver a perderse en la oscuridad. El caballo se inquietó una vez más y estuvo a punto de derribar a su jinete, por lo que éste descendió del animal para seguir a pie la risa que aún sonaba a lo lejos. Benno corrió, evadiendo troncos y arbustos, tropezando con las raíces, incapaz de resistirse al hechizo. Su diestra, sin embargo, dominada quizás por la parte de su ser que todavía pensaba con claridad, desenfundó el cuchillo que pendía de su cinturón. Si existía la posibilidad de vengar a Siegfried, no la dejaría pasar. Acabaría con el responsable de su muerte, y luego iría con la reina a ofrecerle el regalo de la justicia, para que su locura le fuese más llevadera.

Por fin llegó al lago, que se veía tal como él lo recordaba: perturbadoramente calmo, amenazador en su belleza. Pero ¿dónde estaba la dueña de aquella voz cantarina? Su cara le había parecido familiar... y muy hermosa.

La mujer se elevó desde la superficie del lago como una sirena. Llevaba un vestido negro que el agua pegaba a su cuerpo blanco, y su pelo, cuello y brazos estaban adornados con piedras también negras y relucientes. Pero no era la muchacha que había engañado a Siegfried, era...

—¿Jacqueline? —dijo Benno, soltando el cuchillo sin proponérselo. De igual manera dio un paso adelante, y cuando ella le sonrió, a él casi le fallaron las piernas. Su amada lucía más encantadora que nunca, y el vestido dejaba al descubierto sus brazos y buena parte de sus pechos. A Benno lo recorrió una oleada de deseo. La madre de Jacqueline no estaba ahí, y por lo tanto ellos eran libres de hacer... lo que les viniera en gana.

El joven entró al agua, que muy pronto inundó sus botas y humedeció sus pantalones. Jacqueline extendió los brazos para recibirlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él. Su propia voz le sonó rara, embobada.

—Te estaba esperando —replicó la joven, y le echó los brazos al cuello. No había dejado de sonreír, y la luna hacía brillar sus ojos como dos cuentas de jade—. Bésame. Bésame y quédate conmigo. No quiero estar sola nunca más.

"Nunca has estado sola", quiso decir Benno, pero se había quedado sin palabras. El rostro de Jacqueline era todo su mundo ahora, especialmente sus labios sedosos, tan apetecibles. Benno se inclinó para complacer a la muchacha.

Supo de inmediato que había caído en una trampa. Algo entró en él por su boca, produciéndole un dolor horrible en todo el cuerpo. Trató de separarse, pero los labios de la joven se mantuvieron contra los suyos y sus brazos lo aferraron como cadenas de acero. El agua cobró vida en torno a ellos, creando olas que los azotaron a ambos sin derribarlos. Un sonido de alas llenó el ambiente.

Benno consiguió al fin liberarse, pero el dolor no cesó sino que le llegó hasta los huesos, haciéndolo gritar. Aun así pudo ver que la joven del lago no era Jacqueline ni tampoco la del baile; su verdadero rostro se formó sobre el anterior, revelando a una criatura que, a pesar de su aspecto humano, irradiaba un poder que sin duda pertenecía a otra especie.

—Demonio —dijo Benno antes de que su garganta se cerrara. Salió del agua tambaleándose, pero una vez en tierra cayó de bruces, y un horror inimaginable congeló su mente al ver que sus manos estaban cambiando de forma y cubriéndose de plumas. El dolor era tan fuerte que su corazón llegó al borde del colapso. Poco a poco cedió, no obstante, y él yació de costado sobre la hierba. Sus ojos no veían el mundo como antes. Sus ojos ya no eran humanos. De todas formas, vio a los cisnes negros aproximarse a él y convertirse por el camino en doncellas con vestidos llenos de plumas. La mujer que lo había engañado también se acercó, e inclinándose para mirarlo de frente, le dijo:

—Llámame como quieras, pero mi nombre es Odile. Sólo quiero que te quedes conmigo, querido. Serás mío, y yo no volveré a estar sola.

Odile depositó un beso en la nueva frente emplumada de Benno, y él cerró los ojos pensando que estaba condenado igual que Siegfried.

(Continúa. Ver índice en la columna a la izquierda.)

Gissel Escudero

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