10 de mayo de 2013

Odile (parte 1/6)

Este relato vendría a ser una continuación de El lago de los cisnes. Si no conocen la historia, pueden leerla aquí.

Sus pasos no hicieron ruido alguno a medida que se aproximaban al lago. Éste se hallaba en calma, iluminado apenas por la luna y las estrellas; profundo, helado... y con olor a muerte. La muerte se hallaba en sus aguas y también en la pálida neblina que flotaba sobre ellas, y daba la impresión de que había llegado para quedarse. ¿Acabaría por matar a los peces y la hierba, hasta que los animales con patas o alas se fueran a cualquier otra parte, temerosos de correr el mismo destino? Ya se vería. Por ahora los cisnes negros continuaban ahí, en la tierra o en el lago, inmóviles pero despiertos. Esperando. A ella le correspondía decirles qué hacer a continuación, dado que su amo anterior yacía en alguna parte, aniquilado por su propio hechizo, vencido por una fuerza superior a la de su magia: el amor verdadero.

Odile se detuvo. Sus negras zapatillas acababan de levantar una pluma blanca. La joven se inclinó para tomarla y hacerla girar entre sus dedos, detestando y envidiando al mismo tiempo su pureza y suavidad. Pero no era la única, pues había más plumas blancas en torno al lago, miles de ellas; sólo eso habían dejado las doncellas liberadas al marcharse, plumas y más plumas, como las semillas de los dientes de león. A Odile no le importaba. Los cisnes blancos, las esclavas, habían sido los juguetes de su padre, no suyos. A ella le bastaba con los cisnes negros, esas criaturas más extrañas y antiguas a las que consideraba sus hermanas. Los cisnes negros nunca la abandonarían, a diferencia de...

La joven suspiró. Sus dedos soltaron la pluma y Odile siguió caminando. No buscaba el cadáver de su padre. Dos días atrás, un día atrás, hubiera lamentado su partida, pero algo había cambiado para siempre. Una mirada, un baile, una sonrisa. Aquellas manos en su rostro y su cintura, sujetándola con pasión. Nada había sido para ella, claro, sino para la otra, la reina de los cisnes; sin embargo, el corazón de Odile se había encendido con una luz que la sacudió por completo, haciéndola experimentar emociones hasta esa noche desconocidas. ¿Era eso lo que había buscado su padre en las muchachas cautivas? ¿Era por eso que las había mantenido bajo su poder durante tantos años, para encontrar la luz en alguna de ellas? Ahora Odile casi podía entender su fiera obsesión. La luz no se había apagado del todo en su ser, y por tal motivo, en lugar de buscar el cuerpo de Rothbart, sus ojos continuaban rastreando el paisaje con la esperanza de hallar al responsable del cambio. Él también había muerto, Odile podía sentirlo en sus huesos, pero deseaba verlo una última vez antes de que su carne mortal volviera al suelo del que había salido.

El lago. Ya sólo faltaba mirar ahí. Odile entró al agua fría sin quitarse las zapatillas o el vestido, y ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a tiritar. Aquella sensación no le producía más dolor que la pérdida de ese tesoro recién encontrado, aunque en realidad nunca le hubiera pertenecido.

Lo primero que detectó fue una mano pequeña y pálida asomando apenas en la superficie. Era Odette, hermosa y delicada en la muerte. Se había ahogado, pero su rostro lucía una expresión de paz que no había ostentado desde su captura. Los ojos abiertos y opacos miraban al cielo; su otra mano aferraba... la diestra de Siegfried. Odile gimió. Él también se veía en paz, pues debía de haber comprendido, al momento de fallecer, que su sacrificio lo uniría para siempre a su amada en el más allá. ¡Tanta devoción! Había dejado a Odile atrás sin dudarlo tras descubrir el engaño, y eso le había sentado a la joven como una puñalada. No se suponía que eso debiera pasar. No se suponía que a ella debiera afectarle, pues era una digna hija de su padre y la estratagema había funcionado a la perfección. Pero no hubo un instante de regocijo por la victoria, sólo esa pena aguda que aún la torturaba. En ese instante, viendo el cadáver del príncipe que le había jurado amor, aunque fuera equivocadamente, Odile sintió un odio infinito hacia su padre, por haberla involucrado en su destructivo plan. Ella había sido feliz hasta esa noche, antes de conocer la luz. ¿Cómo iba a recuperar su felicidad, con ese anhelo que la roía por dentro igual que el hambre y la sed en un desierto? ¿Sería posible encontrar a alguien más que llenara el vacío? Ella no lo sabía. Siegfried se había quitado la vida para no separarse de la mujer que amaba. Quizás el amor verdadero era algo que sólo se encontraba una vez, como dos mitades de una joya irrepetible.

Odile extendió su mano para tocar el rostro del príncipe, pero antes de que sus dedos rozaran el agua, él y Odette se hundieron al mismo tiempo y desaparecieron en las profundidades del lago para nunca regresar. Los cisnes negros observaron la escena; unos pocos de ellos, en tierra, se convirtieron en doncellas y avanzaron hasta la orilla. No ofrecían interés ni consuelo.

Por primera vez en su vida, Odile lloró.

(Continúa. Ver índice en la columna a la izquierda.)

Gissel Escudero

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