25 de diciembre de 2013

Noche de renos

Era la noche antes de Navidad, y unas espesas nubes envolvían la ciudad como una mortaja. Los renos de Papá Noel, sin embargo, volaban entre ellas a toda velocidad, guiándose por el instinto y por la memoria de un trayecto que habían repetido cientos de veces a lo largo de la historia. Antes había habido silencio; actualmente el ruido no se detenía en las grandes ciudades, ni siquiera en la madrugada, ya que los jóvenes salían de parranda y tocaban las bocinas de sus automóviles o rompían botellas en la vía pública, profanando el mensaje de paz y amor hacia el prójimo que debía traer consigo aquella festividad.

Sentado en su trineo, sujetando firmemente las riendas, envuelto en sus pieles y su capa, Papá Noel frunció el ceño. Las cosas habían cambiado, y no para bien en lo que a él concernía. Había menos guerras, cierto, y menos plagas, pero las personas ya casi no creían en la magia. Creían en el dinero y las posesiones, en el entretenimiento vacío y la satisfacción propia, y todo eso se contagiaba a los niños que esa noche debían recibir sus regalos. Tales chicos eran, para definirlos en una sola palabra, unos malcriados. Asumían que los adultos estaban ahí para complacer cualquiera de sus caprichos, sin dar las gracias ni ofrecer a cambio un comportamiento ejemplar. Encima, la tecnología los había pervertido aun más, puesto que ahora pasaban la mayor parte del tiempo pegados a una pantalla aunque hubiese gente alrededor con la que pudieran jugar o intercambiar unas palabras. En suma, Papá Noel comenzaba a sentir que su labor ya no tenía sentido, y que pocos lo echarían de menos si no volvía a aparecer. Su existencia quedaría sepultada para siempre por los grandes centros comerciales y las propagandas televisivas que instaban a consumir, consumir y consumir.

Malditas nubes. Apestaban a contaminación y no le permitían ver más allá de sus primeros dos renos. Mascullando unas palabrotas, Papá Noel inició el descenso hacia la primera hilera de edificios en la costa de aquella ciudad. Algo de bueno sí tenía el alumbrado público, lo cual compensaba la polución lumínica: le servían para guiarse como las pistas de aterrizaje de los aviones.

Justo cuando el trineo sobrevolaba la playa, flotando en silencio sobre las últimas capas nubosas, los renos chocaron contra un objeto sólido que apareció de la nada. De pronto perdieron el equilibrio y se precipitaron hacia la arena, haciendo girar al trineo como los vagones de una montaña rusa, y sólo con un gran esfuerzo Papá Noel consiguió que se enderezaran en el último momento, tal que logró aterrizar en la costa sin mayores contratiempos. La brisa marina despejó el olor a contaminación, y los renos se desplomaron sobre sus patas con la respiración agitada y los ojos saltones por el susto. El objeto contra el que habían chocado se hallaba frente a ellos, una mancha oscura en la arena sucia.

Pero no era un objeto. Era algo vivo, y se enderezó hasta quedar de pie. Sus ropas de color ceniciento flotaron a su alrededor, dándole un aspecto siniestro.

—¡Maldito anciano de mierda! —exclamó ella en un lenguaje antiguo que Papá Noel no había escuchado en siglos. Los renos retrocedieron unos pasos, apelotonándose contra el trineo.

A Papá Noel nunca le habían gustado las brujas. Tampoco había estado de acuerdo con su exterminio, pero el hecho de que usaran magia negra lo ponía nervioso. Algunas se habían adaptado a la vida moderna y paseaban por las calles incluso en pleno día, sin molestar a nadie; otras, sin embargo, se aferraban a las viejas costumbres y últimamente, como él, no andaban de buen humor. Aquélla parecía pertenecer al segundo grupo.

—Mil perdones —dijo Papá Noel—. Es esta niebla; mis renos no os vieron. Seguid vuestro camino, prometo que no volveré a importunaros. Y... eh... feliz Navidad.

Fue mala idea decir la última frase. Los ojos amarillentos de la bruja se tornaron de color rojo, y ella enseñó sus dientes torcidos en una mueca de disgusto.

—Feliz Navidad, feliz Navidad, feliz Navidad —gruñó la bruja en tono de burla—. La más estúpida de las celebraciones, la más excesiva. Insoportable, insoportable. ¡Y ahora también han corrompido la Noche de Brujas, convirtiéndola en una burla comercial! Ya no hay respeto por nada. —La bruja escupió en el suelo. Sus grises cabellos ondeaban al viento, casi de punta. Tenía los dedos crispados.

—Os entiendo, señora —empezó Papá Noel, tratando de sonar conciliador—. A mí tampoco me gusta el enfoque que le están dando a estas fech..

—¡Y justo esta noche, que me dirigía a un aquelarre, tuve que cruzarme contigo, estúpido viejo gordo y ridículo! Repartiendo regalos y espíritu navideño, ¡bah! Por algo dije a mis compañeras que debíamos esperar hasta después del Día de Reyes. No habrá paz hasta entonces. ¡En lo que a mí concierne, podéis iros todos al puto infierno!

—Yo no usaría esas palabras, pero en realidad estoy casi de acuerd...

Papá Noel no acabó la oración. Los ojos de la bruja cambiaron una vez más de color, a un azul luminoso y frío como la muerte. Su mueca dejó paso a una sonrisa que ponía la piel de gallina.

—Ya es hora de hacer algo al respecto —dijo ella, y murmuró unas palabras que esta vez Papá Noel no consiguió entender. Nada pasó. Luego de eso, la bruja levantó del suelo su maltratada escoba y se subió a horcajadas—. Feliz Navidad, gordito. Sigue repartiendo tus regalos, y a ver cómo te va.

Con una carcajada que resonó por toda la playa, la bruja levantó vuelo y se perdió entre las nubes.

Papá Noel se estremeció a pesar de sus abrigadas ropas. ¿Qué carajo había sido todo aquello? Un mal presentimiento se había adueñado de él, pero como todo parecía normal, no tenía más remedio que retomar su labor y esperar que la noche transcurriera sin más inconvenientes.

—Vamos, muchachos —dijo a los renos—. Aún tenemos trabajo que hacer. ¡Arre!

Todavía algo aturdidos por el choque, los animales remontaron vuelo una vez más y enfilaron hacia la azotea del edificio más cercano. Papá Noel odiaba los edificios. No tenían chimeneas por las cuales deslizarse, y encontrar el camino hacia cada apartamento seleccionado era como atravesar un laberinto. Aun así consiguió aterrizar con un mínimo de elegancia, después de lo cual tomó su saco de regalos, descendió del trineo y se escabulló por una puerta de servicio al interior de la construcción.

Tenía que dejar regalos en cinco apartamentos. Ningún otro niño había escrito una carta dirigida a Papá Noel, de modo que correspondería a sus sacrificados padres encargarse del asunto. Eso no estaba del todo mal. Sería menos trabajo para él, pensó Papá Noel, y cuanto antes acabara, antes podría regresar a la tranquilidad de su morada en el Polo Norte, donde permanecería alejado de la decadencia hasta el año siguiente. ¿Era su imaginación, o los años duraban cada vez menos? Así le parecía en ocasiones...

Estaba dejando unos paquetes bajo un bonito árbol decorado con moños rojos cuando oyó un estrépito de cristales rotos dos pisos más arriba. Después escuchó bramidos... seguidos por unos gritos desgarradores.

—¿Pero qué...? —murmuró Papá Noel, creyendo al principio que se trataba de unos ladrones. Sin embargo, los ladrones no...

El ruido de cascos galopando por los pasillos no dejó lugar a más dudas. Papá Noel abandonó el saco de regalos, salió del apartamento y buscó el origen del ruido, con un horrible presentimiento atenazándole el pecho. Entonces se detuvo en seco, horrorizado. La bruja. Tenía que haber sido ella. Un maleficio.

Varias personas corrían hacia los ascensores y las escaleras, chillando de miedo, mientras los renos las perseguían para darles de cornadas. Otro de los animales hacía trizas, a fuerza de coces, cada puerta junto a la que pasaba, al tiempo que mugía y salpicaba el piso de saliva espumosa. Tenía los ojos inyectados en sangre... y más sangre en las puntas de sus cuernos.

—¡No, no, no, no, no! —exclamó Papá Noel, y corrió tras sus renos en un intento frenético de controlarlos—. ¡Ya basta, deteneos! ¡Alto!

De nada sirvieron estas palabras. Tampoco funcionó tirar de las riendas o las bridas, pues cada reno, en su furia, tenía la fuerza sobrenatural de un elefante. Los animales se liberaron lanzando a Papá Noel contra las paredes, y a continuación pasaron sobre él clavándole los cascos en el estómago, marchándose luego a otra parte para continuar su labor destructiva. En alguna parte comenzó a sonar una alarma contra incendios, también disparos, y Papá Noel vio a unos pocos hombres escudar a sus seres queridos con bates de béisbol o palos de hockey. El caos no tardaría en extenderse a todo el edificio. Pronto llegarían las patrullas, además.

Presionando su vientre dolorido, Papá Noel siguió a sus renos. Fuera lo que fuese que les había hecho la bruja, ningún mortal podría detenerlos dado que eran seres puramente mágicos, invulnerables a las armas de fuego o a los dardos tranquilizantes. Eso lo dejaba a él para resolver el problema... excepto que no tenía la más pálida idea de qué demonios hacer. Usaba la magia pero no sabía nada en absoluto sobre brujerías, mucho menos sobre cómo lidiar con ocho bestias poderosas e iracundas.

Papá Noel bajó los peldaños de dos en dos, tropezando con las personas que también corrían hacia arriba o abajo en medio de un ataque de pánico. Escuchó más ruido de cristales rotos antes de llegar a la planta baja, donde descubrió que los renos habían salido a la calle a través de los ventanales. En ese momento se dedicaban a derribar los postes del alumbrado público, los cuales, al caer sobre los automóviles, multiplicaban el ruido al activar las alarmas. Las luces se encendieron progresivamente en los demás edificios, y en alguna parte se oyeron las primeras sirenas.

Los renos se dividieron para entrar a más edificios. Papá Noel se colocó frente a uno de ellos con la intención de frenarlo, y de nuevo no consiguió más que acabar en el suelo, todo pisoteado. Los cascos del reno, al pasar sobre él, le quebraron algunos dientes.

Había llegado la policía, pero los balazos no comenzaron de inmediato. Los hombres salieron de las patrullas y se quedaron paralizados, estupefactos, al descubrir cuál era el origen de los disturbios. Uno de los renos se lanzó contra ellos. Los policías al fin dispararon, pero las balas rebotaron en los cuernos del animal o en su pelaje gris, produciendo chispas. El reno, todavía más furioso que antes, corrió hacia un policía y lo levantó por los aires, estrellándolo contra una pared. Después dio vuelta un automóvil como si no le supusiera ningún esfuerzo.

—¡Detente! ¡Por favor, regresa! —exclamó Papá Noel... y el reno escuchó. Expulsando vapor por los ollares, entrecerrando los ojos enloquecidos, pateando el sueño con sus uñas, el animal cargó contra su dueño igual que un toro. Papá Noel trató de apartarse de su camino, pero la gordura le jugó en contra y el reno lo golpeó en un costado, fracturándole el brazo y varias costillas. El animal parecía dispuesto a convertirlo en picadillo, pero nuevos balazos distrajeron su atención y de nuevo se enfrentó a la policía, embistiendo a más oficiales y convirtiendo patrullas en masas retorcidas de metal. Para ese entonces había un helicóptero sobrevolando la ciudad, y algunos civiles disparaban desde las ventanas. Tres personas sucumbieron a causa de los tiros, pero ni un solo reno desbocado resultó herido.

Manteniendo el brazo roto contra su pecho, Papá Noel continuó persiguiendo a sus renos a pesar de que aún no tenía idea de cómo frenarlos. ¿Dónde se había metido la condenada bruja? Mientras tanto, los animales seguían destrozando ventanales y atacando a cualquier persona que se cruzara en su camino, dejando un reguero de cadáveres sangrantes sobre aceras cubiertas de vidrio roto.

Un segundo helicóptero se sumó al primero. Un hombre asomó por la ventanilla y apuntó a los renos lo que parecía una ametralladora. En tierra, los policías se pusieron a cubierto e instaron a los demás a hacer lo mismo.

El estruendo del arma fue ensordecedor. Papá Noel recibió en su cuerpo las balas que rebotaron en los animales, pero siguió corriendo porque, al fin y al cabo, él también era inmortal. Tenía que sacar a los renos de la ciudad hasta que se les pasara la locura, o hasta que encontrara la manera de romper el maleficio, si acaso existía una. ¡Oh, que fuera así, por favor! De lo contrario...

Sin pensar en lo que hacía, saltó sobre el reno que estaba más cerca y lo montó agarrándose a sus cuernos con el brazo intacto. El animal corcoveó como un potro salvaje, primero en el suelo y después en el aire, elevándose sobre la ciudad. Se enganchó primero en unos cables de electricidad, haciendo sentir a su jinete el choque de miles de voltios y una lluvia de chispas amarillas. No tardaron en superar el nivel de los edificios, sin embargo, y los demás renos siguieron a su líder tal como solían hacerlo en el trineo. El helicóptero con el hombre de la ametralladora fue tras ellos, y al girar la cabeza hacia él, Papá Noel vio, espantado, que ahora sostenía un lanzamisiles.

—¡No, espere, a mí no! —gritó. Fue en vano. El misil salió del arma en una pequeña nube de fuego y humo, y lo último que Papá Noel vio de él fue un tremendo resplandor blanco y caliente. El reno no sufrió más que el empuje de la onda expansiva, pero su jinete se precipitó al vacío con las ropas en llamas y la piel chamuscada. El brazo roto, ahora cortado, cayó por separado. El agua de mar que recibió todas las partes del cuerpo humano estaba fría y oscura, y por un momento también silenciosa.

Incapaz de moverse, Papá Noel flotó boca arriba hacia la superficie hasta que consiguió ver el cielo cubierto. Los renos, todavía perseguidos por el helicóptero, dieron la vuelta para regresar a la ciudad, probablemente con ánimos de seguir atacando. Debía encontrar la manera de nadar hasta la playa, pensó Papá Noel. Quizás pudiera hablar con la policía y el ejército y decidir algún tipo de estrategia efectiva.

Pero eso sería dentro de unos minutos. Antes buscaría su brazo. Y se tomaría un descanso, también, porque a decir verdad, se sentía descalabrado.

Una forma gris tapó las estrellas. Iba sobre una escoba y tenía una cara horrenda; sin embargo, sonreía.

—A ver quién se atreve a desear mañana una feliz Navidad —dijo, y se echó a reír.

Antes de que Papá Noel pudiera responder cualquier cosa, la bruja se marchó volando como una extraña especie de buitre, y su risa se mantuvo en el aire hasta que cayeron los primeros copos de nieve sobre la ciudad iluminada por los incendios, las luces de las patrullas y los fogonazos de más misiles.

Gissel Escudero

11 de mayo de 2013

Odile (parte 6/6)

Varios años pasaron en el lago sin que nada cambiara salvo las estaciones. Las plantas y animales nacían, morían y volvían a nacer, pero Benno no envejecía y los cisnes negros tampoco. El rostro de Odile se mantenía igualmente joven y hermoso... aunque la frustración seguía aumentando en sus ojos como un horrible parásito. El hombre reía en su interior cada vez que notaba eso, procurando que la risa no se reflejara en sus facciones o sus gestos. La bruja no debía enterarse. Tenía que mantener viva su esperanza hasta que la misma se corrompiera, igual que una bella flor sumergida en las aguas turbias de un pantano. Entonces él reiría para sus adentros con tal fuerza que, si tenía un poco de suerte, el esfuerzo por contenerse lo mataría, cesando la tortura. No veía otra forma de liberarse.

A diferencia de otras noches, los cisnes no estaban pendientes de él, o eso parecía. Seguramente lo perseguirían si trataba de escapar, pero en ese momento sólo caminaban de un lado a otro, ocupados en sus extraños asuntos. Eso era bueno. Él había aprendido a sacar provecho de los escasos momentos de soledad. Moviéndose en forma disimulada, cortó una de las flores nocturnas que crecían junto al lago y se desplazó con ella a otra parte: un sitio donde ya no se notaba que la tierra había sido excavada una vez a fin de sepultar un cuerpo. Siempre que podía, Benno dejaba caer allí una flor al descuido en honor a Jacqueline, esperando que los cisnes no se dieran cuenta y se lo dijeran a su perversa ama. Sabía que era estúpido arriesgarse de tal manera, pero el tiempo no había logrado sanar la herida en su corazón, y aquel pequeño gesto de amor lo ayudaba a mantener su cordura. A menudo pensaba que sería mejor dejarse ir, perder la razón hasta un punto en que ya nada le importara, ni siquiera su venganza; no obstante, después recordaba a Jacqueline y de algún modo reunía las fuerzas para seguir adelante. Ella merecía justicia por su horrible asesinato.

La flor era blanca y suave, con un perfume intenso para compensar su discreta apariencia. A Jacqueline le habría gustado, sin duda. La muchacha solía colocar en su cabello las flores que él le regalaba, y las dejaba ahí todo el día hasta que empezaban a marchitarse. Benno hubiera dado una mano o el brazo entero con tal de verla así una vez más.

El hombre se detuvo de golpe al llegar a la tumba, sorprendido. Había un cisne ahí, pero no fue eso lo que llamó su atención sino la presencia de un arbusto que no había estado en ese sitio el día anterior. ¿Sería posible que hubiera crecido de la noche a la mañana? ¿Tendría algo que ver con la magia de Odile? El arbusto estaba repleto de bayas de color rojo brillante, que el cisne picoteaba como si fueran deliciosas, arrancándolas en grupos de dos y tres. Entonces el ave miró a Benno con su típica expresión vigilante, y se retiró para observarlo de lejos. Esas criaturas sabían que él las odiaba a muerte, aunque no pudiera dañarlas.

Benno se aproximó al arbusto. No conocía la especie, y tampoco se parecía a ninguna de las plantas que crecían en los alrededores del lago. Le llegaba hasta la cintura, frondoso y recio, con una fragancia sutil que atraía a las mariposas nocturnas a pesar de la ausencia de flores donde libar. Crecía exactamente sobre la tumba de Jacqueline. El hombre estiró una mano para recoger algunos frutos.

De pronto se oyó un gemido escalofriante, y cuando Benno se dio vuelta, vio que el cisne solitario se había desplomado en el suelo, retorciéndose de dolor. Ahora estaba chillando como en medio de una cruel tortura, y de este modo comenzó a transformarse en doncella, aunque no llegó a completar el cambio. Quedó tendido en la hierba, un engendro mitad humano y mitad ave, con piel suave y plumas, patas palmeadas en lugar de pies, una cara espantosa donde la nariz y la boca aún permanecían fusionados en un pico. Los demás cisnes se convirtieron en doncellas y corrieron a auxiliar a su hermana, sollozando de impotencia mientras la criatura agonizaba, tratando en vano de reanimarla con caricias.

Comprendiendo de repente lo que había sucedido, Benno regresó al arbusto y recogió unas cuantas bayas, escondiéndolas rápidamente en sus bolsillos. El arbusto empezó a marchitarse cuando él terminó, y en pocos minutos no quedó nada más que un tronco seco y sin vida. Había cumplido su función.

—Gracias, Jacqueline —susurró el hombre, su voz acallada por los lamentos de las doncellas y el cisne moribundo—. Gracias, amor mío.

*****

A medida que se aproximaba al lago, Odile apretó los labios hasta que perdieron todo su color. ¿Qué era ese nudo en su estómago, esa sensación de angustia que la venía oprimiendo desde hacía tantos meses? La respuesta afloró de pronto en su mente junto con un presagio de fatalidad: era odio, puro y simple. Odio hacia aquel lugar, donde sus planes no lograban cumplirse, odio hacia sí misma, odio hacia el mundo en general. En cierta manera también odiaba a Benno, pero el amor que ahora sentía por él había evitado que lo matara para buscar a otro hombre en el cual intentar su hechizo. Ya no podía volver atrás. Su destino estaba vinculado al de él por la misma magia que ella había utilizado en su contra; en cierta forma, los dos eran prisioneros. Sin embargo, el hombre seguía sin darle su corazón. Bailaba con ella, la besaba, tomaba su cuerpo en la oscuridad, pero había encerrado todo lo demás en un cofre que se mantenía incólume ante los encantos femeninos. ¿Por qué no podía otorgarle lo que ella quería, negando de paso su propia liberación? Después de tantos años, ya tenía que haber olvidado a esta tonta muchacha muerta, cuya belleza y pasión no podían compararse con las de Odile. ¿Acaso una simple flor del campo no quedaba relegada al instante por una magnífica rosa con pétalos como la sangre? Odile apretó los puños, hiriéndose las palmas con sus propias uñas. Aunque le llevara otro montón de años, hallaría la manera de romper ese cofre invisible, obteniendo aquello por lo que tanto había luchado. No le quedaba otra opción.

Escuchó el revuelo en el lago mucho antes de verlo y supo enseguida que algo andaba muy mal, de modo que corrió hacia allá sin importarle que las ramas arañaran su piel o que las piedrecillas se incrustaran en sus pies descalzos. El presagio de fatalidad se incrementó cien veces, dejándole la boca seca y haciendo que su corazón se inundara de oscuridad. Gimió algo pero no supo qué fue; en ese momento una imagen se había apoderado de ella: el rostro de Siegfried, blanco y fantasmal bajo el agua que había causado su muerte.

Los cisnes se habían reunido en un mismo sitio, todos ellos, en forma humana o de ave. Se hicieron a un lado para dejar pasar a Odile, dirigiéndole, no obstante, idénticas miradas de enojo y reproche. Algunas de ellas señalaban con el dedo un extraño bulto al final del camino.

Odile se detuvo, llevándose ambas manos a la boca para contener una exclamación de horror. Era imposible. Aquel cadáver monstruoso no podía ser lo que ella pensaba. ¡Si los cisnes negros eran inmunes incluso a su poderosa magia! ¿Qué había pasado allí? Tenía que haber un intruso en el lago, otro hechicero; no se le ocurría una mejor explicación. ¡Oh!, ¿dónde estaba Benno? Si había llegado demasiado tarde para protegerlo...

Las doncellas debieron de adivinar cuál era la preocupación de Odile, porque señalaron en otra dirección sin cambiar por un segundo sus expresiones iracundas. Todos los ojos eran rojos, todos los ojos pedían muerte, un pago por la vida de esa hermana que yacía en el pasto con los miembros agarrotados. Odile no les prestó atención sino que corrió hacia el segundo bulto, gritando más palabras ininteligibles. Se agachó entonces junto al cuerpo de Benno y lo estrechó en sus brazos, sollozando. El hombre todavía respiraba.

—Despierta. Despierta, amor. Voy a curarte, da igual lo que te hayan hecho. Te pondrás bien.

Poco a poco el hombre abrió los ojos... y sonrió con unos labios que se habían puesto oscuros y violáceos.

—Has perdido —dijo él—. Estoy muriendo. —Benno alzó su diestra, lo suficiente para que Odile pudiera ver unas pocas bayas que sostenía—. ¿Ves? Fueron un regalo de mi verdadero amor, para liberarme de ti. Pronto me reuniré con ella.

—No, no te dejaré ir. Te salvaré. Te salvaré y estaremos juntos, juntos por toda la eternidad. Quédate conmigo.

La voz de Odile se quebró. A pesar de sus esfuerzos, la vida del hombre se le escapaba gota a gota como en una hemorragia imparable. Fuera cual fuese el veneno de esas bayas, la magia no podía contrarrestarlo. Benno sonrió de nuevo y añadió:

—Te odio. Nunca dejé de odiarte. ¿Y sabes qué más? Te odio tanto como para admitir esto: habría podido llegar a amarte si hubieras actuado de otra manera. Era cierto que esa noche, en el baile, me cautivaste.

—Benno... querido...

—Espero... que ardas en el infierno... maldita bruja.

El hombre se convulsionó una vez, luego otra, y su mirada quedó de pronto fija en el vacío. Su corazón ya no latía.

Odile se quedó sin aliento. Por un minuto entero no logró que sus pulmones funcionaran, hasta que la necesidad acuciante de aire la hizo tomar de golpe una bocanada. Fue como aspirar astillas afiladas de madera. Una parte de ella le decía que podía arreglarlo, que no tenía por qué terminar así, pero era una parte muy pequeña y el resto de Odile sabía que ésa era una gran mentira. El resto de Odile sabía que estaba perdida por completo. La luz acababa de apagarse irrevocablemente en su interior, y su alma ya comenzaba a descender hacia un abismo donde nadie la acompañaría. El hombre que amaba había escapado de ella tras asestarle una última puñalada de desprecio.

Con el rostro empapado por las lágrimas, Odile se puso de pie y contempló a los cisnes mientras se alejaba paso a paso del cadáver. Las aves y doncellas la observaron a su vez sin pestañear; en ese instante parecían más bien una jauría de lobos hambrientos, y sólo les faltaba gruñir y mostrar los dientes. En cambio, las doncellas recogieron piedras del suelo y las aves chasquearon sus picos. Odile casi se echó a reír, aun en medio de su dolor, pues era una fantástica ironía. Enderezando su espalda, dijo a las criaturas:

—Sí, yo causé la muerte de vuestra hermana con mis acciones. Os traicioné, no merezco vivir.

Odile extendió los brazos, y lo último que vio fue un revuelo de plumas negras y un pico que, igual que un cuchillo, se precipitó directo a su cara.

Gissel Escudero

Odile (parte 5/6)

Durante muchos días, Odile ordenó a los cisnes que vigilaran más de cerca al prisionero. La pequeña muchacha asesinada no valía más que un montón de polvo arrojado al vacío, pero Benno aún le daba mucha importancia, y quizás hasta pensara quitarse la vida para reunirse con su amor perdido igual que el tonto de Siegfried. Odile tenía que ayudarlo a superar el trauma, y una vez que eso pasara, el corazón del hombre estaría libre para que ella al fin lo hiciera suyo. Se hallaba ahora tan cerca de la meta... Casi podía ver la luz regresando a su alma, como un cometa largo tiempo extraviado en la inmensidad del espacio.

Se había mantenido lejos del lago a propósito para no saturar a Benno con su presencia en un momento tan delicado, pero ya era hora de volver, y por lo tanto se acicaló con más esmero que nunca. Esa noche su belleza resplandecía como una luna de obsidiana, de tal forma que la oscuridad misma parecía inclinarse ante ella en un gesto de admiración. Los cisnes negros también se hicieron a un lado al verla llegar, tocando la hierba con sus picos y extendiendo las alas en toda su envergadura. Odile se sintió como una reina, aunque no era ése el efecto que buscaba; sólo quería ser una mujer, una mujer hermosa y digna de un amor eterno.

Benno estaba de pie junto al lago, contemplando las aguas que apenas ondulaban en la brisa. En contra de lo que Odile había esperado, no había amargura en su rostro; más bien carecía de expresión, y sus facciones tenían el aspecto rígido y frío de las estatuas. La joven se detuvo un momento, preocupada. Luego continuó avanzando, pero con pasos lentos y cuidadosos.

—Buenas noches —dijo ella en un tono cariñoso. Benno parpadeó... y ésa fue su única respuesta. Odile extendió una mano para tocar su hombro—. ¿Ya te sientes mejor, querido? He estado pendiente de ti todos estos días, aunque me hallara lejos.

El hombre permaneció en silencio. Ni siquiera tenía las manos crispadas o el cuerpo tenso, y Odile pensó que aquello era una mala señal. ¿Y si alguna parte fundamental de él había muerto junto con la chica? No. Él tenía que ser capaz aún de sentir o no podría amarla, y si él no podía amarla, ¿de qué le serviría mantenerlo vivo? Sería mejor sacrificarlo, entonces, como a un pobre caballo con la pata rota. Odile sintió pena al considerar esa posibilidad. Inclinándose un poco más, besó en el cuello a su inerte prisionero, buscando así reanimarlo. Luego empezó a cantar por lo bajo, meciéndolos a ambos suavemente, como juncos. Él se dejó llevar y poco a poco también se unió a la danza de Odile, todavía sin dar señales de que hubiera en su interior algo más que sangre y vísceras. Bailaron durante largo rato, sin embargo, tan cerca uno del otro que sus cuerpos no dejaron de tocarse la mayor parte del tiempo. Era lo que ella más disfrutaba, percibir el calor ajeno sobre su piel en una suave caricia, y le resultaba mejor ahora, con Benno, dado que Siegfried siempre había estado fuera de su alcance. Ah, si tan sólo el hombre se rindiera de una vez... Se acabarían las peleas y la tristeza, y quizás hasta podrían comenzar una familia apenas se desvaneciera el hechizo. Odile jamás había considerado la idea de ser madre, pero si llegaba a conseguir el amor que pretendía, ¿por qué no intentar eso también? Así perpetuaría la herencia de Rothbart...

Benno se detuvo y sujetó a Odile con fuerza por la cintura. Los ojos le brillaban, pero la joven no logró determinar el significado de esto; aun así percibió contra su pecho los latidos de él, más intensos que de costumbre.

—¿Qué es lo que piensas? —preguntó ella.

En lugar de contestar la pregunta, él se inclinó para besarla. Odile no esperaba eso, era demasiado pronto, pero devolvió el beso sin titubeos de ninguna clase y oprimió al mismo tiempo la espalda del hombre con ambas manos. ¡Lo había logrado! ¡Él le pertenecía!

—Ámame —susurró Odile—. Ámame y todo estará bien. Compartiré la luz contigo y viviremos en la gloria.

Benno comenzó a desatar los lazos negros de su vestido, y ella, a su vez, desabotonó su camisa. Muy pronto estuvieron desnudos y él tendió a la joven sobre la hierba húmeda de rocío, todavía en silencio y sin dejar de besarla. Odile quería escuchar alguna palabra tierna; luego supuso que tal vez él las diría al final y por ello no insistió, permitiendo en cambio que Benno se colocara encima de ella a fin de poseerla. Benno la trató con delicadeza, moviéndose despacio al principio, acariciándole los pechos y el cuello con la presión justa, tal que Odile gimió de placer. Él escondió el rostro en su cabellera unos minutos, después miró hacia adelante, y por último cerró los párpados mientras los llevaba a ambos al clímax. Ella no se atrevió a forzar el contacto visual, por miedo a que Benno se arrepintiera y la soltara. Ya casi lo tenía en su poder por completo, no debía arruinar la primera victoria con exigencias frívolas. Habría tiempo de sobra en el futuro para que cada uno se perdiera en los ojos del otro como en los tiernos poemas de amor.

Él se apartó cuando terminaron y empezó a vestirse dándole la espalda. Tal vez se sintiera culpable, pensó Odile, y por eso no fue hacia el hombre para intentar besarlo. Mientras se vestía ella misma, le dijo:

—Será más fácil la próxima vez. Algún día despertarás y te darás cuenta de que eres feliz conmigo, y nuestra vida será maravillosa. Ahora descansa, amor mío. Regresaré mañana y podrás tenerme en tus brazos de nuevo. El hechizo no tardará en romperse.

Odile se marchó, sonriendo para sí con el recuerdo fresco de aquellas manos sobre su cuerpo. A pesar de la oscuridad, en su mente y su corazón había un resplandor creciente, como un amanecer dorado y sin nubes en el horizonte.

Sin embargo, el hechizo no se rompió ese día, ni al siguiente, ni en los meses posteriores.

(Continúa. Ver índice en la columna a la izquierda.)

Gissel Escudero

Odile (parte 4/6)

El tiempo pasaba lentamente en las noches, rodeado por esos repugnantes cisnes que no le permitían escapar, pero era aún peor durante el día, cuando el hechizo lo convertía en ave y su mente quedaba atrapada en una especie de delirio donde pensar era tan difícil como ver en aguas turbias. Sin embargo, incluso en esa forma animal, él comprendía su situación y conservaba ciertos recuerdos; por ello no cejaba en sus intentos de fuga, a pesar de que los cisnes nunca dormían y enseguida saltaban sobre él para detenerlo, aferrando sus alas y cuello con manos pequeñas pero extraordinariamente fuertes. Los picotazos que él daba no herían a las doncellas. Éstas lo contemplaban, impasibles, y sólo lo dejaban ir después de un rato, cuando se daba por vencido. ¡Oh, si pudiera encontrar una ballesta! Tal vez esos demonios con plumas fuesen inmortales, pero él disfrutaría de clavarles unas cuantas flechas justo en el corazón. Les dispararía a los cisnes negros... y también a esa bruja de Odile, a quien odiaba como nunca había pensado que sería capaz de odiar a alguien. ¡Y ella ni siquiera lo entendía! ¿De qué retorcida manera funcionaba su cabeza, para no aceptar que jamás obtendría amor de un hombre a quien mantuviera prisionero y bajo una maldición? Debía de estar loca, no se le ocurría otra explicación. Loca... y poseída por una maldad que seguramente era tan natural en ella como el veneno de los escorpiones. Benno ya no creía que fuera posible disuadirla de sus planes.

Había una razón adicional por la que todo aquello era una tortura insoportable: Jacqueline. La muchacha, con esa mezcla de dulzura y lealtad que la caracterizaba, a menudo iba al lago a buscarlo, y lo llamaba por su nombre hasta que su voz enronquecía y sus ojos se hinchaban por el llanto. Era la única entre los conocidos del joven que aún no perdía la esperanza, y también la única que aparentemente sospechaba la verdad. Ella no podía saber que había magia de por medio, claro, pero en su rostro se veía que no pensaba buscar en otra parte ni dar por muerto a su amado. Sí, ella lo había amado antes de perderlo y lo seguía amando ahora, y ese conocimiento hacía que el corazón de Benno se retorciera de dolor en su pecho. Él no podía ir hacia ella, ni siquiera en forma de ave, porque los cisnes negros vigilaban. No podía advertirle que se alejara, para evitar de Odile se topara con ella. Y por último, tampoco podía correr a su lado, besar sus manos y sus labios y darle las gracias por su amor inquebrantable. Odile merecía un lugar especial en el infierno por separarlo de Jacqueline.

La muchacha solía acudir al lago al mediodía, cuando la luz del sol hacía que aquel lugar fuera menos tenebroso, pero al fin se presentó de noche. Odile ya se había marchado, tras un nuevo intento de embrujarlo con su baile, y entonces Benno se dio cuenta de que los cisnes tampoco estaban ahí. Él se hallaba solo en el lago, y Jacqueline, silenciosa esta vez, examinaba el entorno con los ojos brillantes por las lágrimas. Tal vez hubiera soñado con él, y eso la había despertado e impulsado a buscarlo a pesar del terror que debía sentir por la oscuridad. Benno se sintió orgulloso de su fidelidad y su valentía, y la muchacha le pareció más hermosa que nunca. Tenía que protegerla. Ella no podía ayudarlo, no contra esa magia satánica; siendo así las cosas, sólo le quedaba despedirse y decirle que no volviera a pisar los terrenos del lago. Quizás no hubiera otra oportunidad para ello.

Benno se aseguró de que los cisnes no estuvieran cerca y fue al encuentro de Jacqueline, moviéndose con gran sigilo. Ella lo vio y estuvo a punto de exclamar algo, pero él la silenció con un gesto asustado de sus manos. Una vez junto a la muchacha, Benno la tomó de un brazo y la llevó tras unos arbustos. Dos minutos, eso era todo lo que necesitaba. Dos minutos para decirle que se fuera y salvara así su vida.

—Lo sabía —susurró Jacqueline, reprimiendo unos sollozos que eran a la vez de miedo y alegría—. Sabía que no estabas muerto. ¿Has estado aquí todo el tiempo? ¿Qué sucedió? Encontraos tu cab...

Benno le tapó la boca con una mano y replicó en voz aún más baja:

—Jacqueline, te amo. Te amo y te amaré siempre. Ahora debes irte y no regresar jamás, porque este lugar contiene un peligro de muerte. Di a los demás que tampoco vengan aquí. Vete, vete ya.

Jacqueline hizo un gesto negativo y apartó la mano de su boca.

—¿Estás loco? No voy a dejarte ahora que te he encontrado. Ven conmigo. Si es verdad que hay algo malo en este lago, tú tampoco debes quedarte.

—No puedo irme. Ella me encontraría y te haría daño. Es una criatura malvada y poderosa. Por favor, márchate. Y no olvides lo que dije: te amo. Te amo más que a mi vida.

El joven besó a Jacqueline en los labios sabiendo que sería la última vez. Trató al mismo tiempo de congelar ese instante en su memoria: la suavidad y el calor de aquella boca, el aroma de los cabellos sedosos, incluso el sabor de las lágrimas de Jacqueline. Eso le serviría de consuelo por el resto de su miserable existencia.

—Vete —repitió Benno al separarse de la muchacha—. Por favor. Podré soportarlo si sé que estás a salvo. Adiós, amada mía.

Jacqueline hizo un esfuerzo por contestar, pero estaba llorando y sólo un gemido brotó de su garganta. No obstante, había comprendido el mensaje y empezó a retroceder, su mirada llena de pavor. Benno sintió alivio. No la perdería si ella se marchaba, sabiendo que cada uno guardaría el recuerdo del otro como una llama en el invierno más frío y desolado.

De la nada, desde todas partes, los cisnes negros se abalanzaron sobre Benno y Jacqueline. A él lo sujetaron las doncellas contra el piso, inmovilizándolo por completo, y los demás cisnes atacaron a la inocente muchacha con sus picos y uñas, en un alarde de violencia más propia de unos gallos de pelea.

—¡No! ¡Dejadla en paz! —gritó Benno, a pesar de que su rostro estaba medio sepultado en la hierba y en la tierra—. ¡Ella ya se iba, no es una amenaza! ¡Por favor, dejadla ir!

Los cisnes no obedecieron. Jacqueline chillaba de dolor y sus ropas se tiñeron de sangre, pero las aves continuaron su ataque hasta que la muchacha perdió el equilibrio y se desplomó entre ellas. No hubo posibilidad de salvación después de eso. Los picos de los cisnes eran como cuchillos y se clavaron una y otra vez en Jacqueline, abriendo tantas heridas que la vida escapó por ellas rápidamente. La muchacha dejó de gritar... y poco después también dejó de moverse. Benno soltó unos alaridos terribles, aunque no llegó a percatarse de eso; sus ojos estaban desorbitados, mirando aquel despojo que minutos antes había sido todo para él. Cuando paró de gritar, apartó la vista y lloró. No supo cuánto estuvo así, consumido por la pena, pero en algún momento escuchó pasos y levantó un poco la cabeza. Odile había regresado.

—Lo siento, amor —dijo ella—. No podía permitir que esa jovencita insignificante se interpusiera entre nosotros. Pronto verás que no la necesitabas para nada, sólo a mí.

Ella estiró una mano para tocarlo, pero él se apartó como si huyera del apéndice descarnado de un leproso.

—Voy a matarte —replicó Benno, escupiendo las tres palabras con un odio infinito—. No sé cómo, pero voy a matarte. Haré que te arrepientas de cada cosa que has hecho en tu maldita vida. No pararé hasta que sientas el mismo dolor que yo estoy sintiendo ahora.

Odile compuso una expresión de ternura. Benno hubiera querido saltar hacia ella para arrancarle los ojos y cortarle la lengua, pero sabía que los cisnes negros no se lo permitirían.

—Sólo yo puedo decidir cuándo he de morir, amor mío. Comprendo que estés enfadado ahora, pero ya se te pasará. El hechizo no se rompería si yo muriese, y tú no quieres eso, ¿verdad? Todo esto quedará atrás en unos días. Olvidarás a esa chica y solamente pensarás en mí, te lo aseguro.

—No.

—Sí. El hechizo se desvanecerá cuando me entregues tu corazón, y entonces nos iremos juntos a cualquier parte. No habrá personas más felices que nosotros.

Benno guardó silencio. No tenía sentido hablar con aquel monstruo, era evidente que jamás la convencería de nada. Haría mejor en emplear sus fuerzas y su mente para buscar una forma de vengarse.

—Supongo que ahora deseas estar solo. De acuerdo, comprendo eso. Trata de dormir un poco; yo vendré a verte mañana, y después de mañana, y cada noche hasta que por fin seas mío. Hasta luego.

Odile se retiró, caminando con una gracia que la hacía más repulsiva por la maldad que ocultaba. Una vez más, Benno deseó tener su ballesta para dispararle por la espalda; a falta del arma, sin embargo, lo único que pudo hacer fue seguir llorando sobre el cuerpo destrozado de Jacqueline, y en algún momento los dedos del hombre arañaron la tierra para cavar una tumba.

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Gissel Escudero

10 de mayo de 2013

Odile (parte 3/6)

Ella marchaba al lago todos los días, poco antes del atardecer, y esperaba a que el sol desapareciera tras los árboles y el horizonte. Siempre se arreglaba lo más posible, como una princesa, como una diosa. En cierta forma, era ambas cosas. Sin embargo, en esta ocasión decidió vestirse de manera sencilla, y dejar que su largo cabello flotara sin ataduras en su espalda, al capricho de la brisa otoñal. Tal vez a él le gustara así, y sintiera la tentación de peinarlo con sus dedos. O tal vez el pelo suelto la hiciera ver más vulnerable, más... terrenal, alguien a quien él querría tener a su lado por el resto de su vida, cada noche y cada mañana.

Los cisnes negros fueron a recibirla agitando sus alas. Rozaron a Odile al pasar junto a ella, tocándola con sus rojos picos y cuellos flexibles, aunque no era afecto lo que demostraban. Esos cisnes no eran capaces de amar, aunque los de verdad se apareasen para toda la vida y criaran juntos a sus polluelos. Odile no comprendía del todo a esas criaturas ni sabía lo que pensaban, aunque daba lo mismo mientras obedecieran sus órdenes.

—¿Dónde está nuestro guapo invitado? ¿Lo habéis cuidado bien una vez más?

—Muy bien, diría yo —replicó una voz masculina desde alguna parte. El sol acababa de ponerse, llevándose consigo el resplandor dorado con el que había cubierto el paisaje minutos antes. Benno salió de entre las sombras recién creadas; en su frente se veía un largo corte por el que manaba sangre.

—Deberías haber comprendido ya que no debes tratar de escapar, ni siquiera durante el día. Mis cisnes no te matarán, pero sí te harán lamentar cada intento de fuga.

—¿Crees que no lo sé? Me dieron una buena paliza esta tarde, lo cual esperaba. Pero no importa. Seguiré luchando con todas mis fuerzas para alejarme de ti. Ahora vete y déjame en paz. Si no vas a liberarme, al menos concédeme el favor de no obligarme a ver tu odiosa cara.

Odile recibió el insulto sin inmutarse, a pesar de que su rostro quiso hacer una mueca y sus manos trataron de cerrarse en sendos puños. Debía tener paciencia. Avanzó hacia el joven y se detuvo a pocos pasos de él, cautelosa como una cazadora tras una presa esquiva. Empleó su tono más seductor para decir:

—¿De verdad me encuentras odiosa? No te creo. Todos los hombres que me han visto con esta apariencia quedaron prendados de mí.

—¡Entonces busca a cualquiera de ellos y déjame ir! ¡No me necesitas, y yo tenía una vida!

Odile no respondió. Era cierto que esos otros hombres se le habían acercado... para luego rechazarla, espantados por algo que detectaban en ella, como si fuera una bebida dulce pero venenosa. Ella no lo entendía. ¿Era su magia? ¿O acaso ellos veían en sus ojos cuánto necesitaba recuperar la luz, y huían de eso por simple agobio? Como fuera, sólo mediante el hechizo había conseguido la joven retener a un candidato, uno nada más, porque los otros... los otros no habían sobrevivido a la transformación. La magia de Odile no era tan buena como la de su padre.

—Vete —repitió Benno—. Te odio.

—No, no me odias. Sé que has tratado de odiarme y que todavía no me amas, pero conozco mis encantos. Te recuerdo de aquella noche en el baile, vi cómo me mirabas aun teniendo en cuenta que mi disfraz era menos bello que mi aspecto real.

—Ésa es otra razón por la que te odio: tú ayudaste a destruir a Siegfried.

—El príncipe obtuvo lo que quería. Yace ahora con su amada en las profundidades, y sus almas están juntas y en paz. Su amor resplandece como estrellas en el cielo. Es lo que yo quiero para mí. Para nosotros.

—Eso nunca pasará, bruja, demonio o lo que seas.

Odile sonrió, jugando con su cabellera.

—Es sólo una cuestión de tiempo —dijo ella—. Y tardaría menos si dejaras de resistirte. Mírame. Mírame, precioso mío.

Benno la miró, pero no porque quisiera hacerlo sino porque el hechizo era más fuerte que su voluntad. Se notaba en sus ojos la lucha que libraba en su interior, una pelea tan constante como inútil. Odile acarició sus mejillas, le rozó los labios con los suyos y apoyó un momento la cabeza contra su cuello. Él permaneció inmóvil y tenso. Ella empezó a cantar por lo bajo. Su voz provocó que del aire mismo surgiera una melodía, la cual no parecía interpretada por ningún instrumento de fabricación humana. Era más bien un coro de aves e insectos nocturnos, viento en los árboles, agua salpicando las piedras de la orilla y unas voces sibilantes que no articulaban palabra alguna. Había un mensaje ahí, sin embargo, pero Odile no deseaba conocer su significado, y desde luego que Benno tampoco debía conocerlo. La canción de los cisnes negros sólo podía ser aterradora. Sí servía para bailar, y ahí estaba la razón por la que Odile iniciaba el canto, esa noche y todas las demás.

Ella se apartó de Benno y sus pies la hicieron girar por la hierba en una danza lenta y provocadora, acompañando los movimientos de la naturaleza. Eso era algo que su padre no había tenido que enseñarle; ella misma había aprendido a bailar así, observando desde muy pequeña el mundo a su alrededor. Había observado, también, cómo hacían las mujeres para conquistar a los hombres con miradas y gestos, y al incorporar todas esas cosas a su danza la había convertido en otra especie de hechizo, uno que funcionaba sin magia.

Odile dio vueltas en torno al hombre, más cerca y más lejos, tocándolo como una mariposa a una flor, y no tardó en conseguir que él se le uniera. Benno la tomó por la cintura para girar con ella, todavía distante a pesar del contacto físico; algunos cisnes convertidos en doncellas se incorporaron a la danza sin dejar de cantar. Las plumas de sus vestidos silbaron en el aire. Largos minutos pasaron de esta manera, sumando una hora completa. La noche ya era plena pero con pocas estrellas, y la canción de los cisnes se volvió tan inquietante que los animales se acurrucaron al fondo de sus madrigueras, temblando de miedo. Finalmente Benno cayó al suelo, exhausto, y Odile se agachó para abrazarlo, llevando la cabeza de él contra su pecho.

—Nada de esto te servirá —jadeó él—. Nunca obtendrás de mí lo que quieres. Nunca.

—Claro que sí. Obtendré lo que deseo cuando yo me convierta en lo que tú deseas, y entonces los dos seremos felices para siempre. Sólo es una cuestión de tiempo. Ya lo verás.

Benno se apartó de golpe, con una mueca en su rostro como si fuera a vomitar y las manos crispadas. Había tenido suficiente por una noche, pensó Odile, y se puso de pie dedicándole al hombre su sonrisa más tierna.

—Volveré mañana. Que tengas un buen día, amor. Mis cisnes te seguirán cuidando como hasta ahora. Ya sabes que me preocupo por ti.

Benno cubrió sus ojos con una mano, todavía en el suelo. A Odile no le importó que se viera desdichado. Si no conseguía con sus artes que él la amara, quizás ganase su cariño por medio de la desesperación.

La joven se marchó del lago sonriendo para sí. Aún no había luz en su corazón... pero estaba segura de que tarde o temprano la recuperaría.

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Gissel Escudero

Odile (parte 2/6)

Jacqueline era hermosa como las primeras flores de la primavera, dulce como los frutos silvestres. Todo parecía alegrarse cuando ella reía, lo cual hacía a menudo; debido a ello, no había persona alguna entre sus conocidos que no deseara tenerla a su lado, por amistad o simple compañía. Pero sólo a un hombre entregaría la muchacha su corazón, y Benno estaba casi seguro de que él era el elegido. Sería el día más feliz de su vida cuando al fin se atreviera a pedir su mano y ella le respondiera que sí, que deseaba ser la madre de sus hijos y envejecer a su lado. Por ahora, sin embargo, a él le bastaba con visitarla todas las tardes para disfrutar de su charla y su melodioso canto.

Estaban juntos en un prado adyacente a la casa de ella, supervisados desde una ventana por su juiciosa madre. Jacqueline sostenía una brizna de hierba, que cada tanto llevaba a sus labios en un gesto pensativo. Entonces ella dijo:

—Jamás me contaste lo que pasó esa noche. ¿Qué le sucedió al príncipe?

La sonrisa de Benno desapareció al instante.

—La reina nos prohibió hablar del asunto, bajo pena de exilio o de prisión. Lo siento, pero debo guardar silencio.

—Sé que ella y sus guardias siguieron las huellas de Siegfried hasta un lago, pero no encontraron nada ahí... excepto una bandada de cisnes negros.

Cisnes negros... Sí, eso había en el lago, unos tétricos cisnes negros que contemplaron a los visitantes como buitres acechando a un animal moribundo. Cisnes negros... e incontables plumas blancas. También había una sensación inquietante en el aire, de maldad y hechicería, que atravesaba la piel y rodeaba el corazón hasta causar un dolor profundo. La reina había gemido de angustia, al entender que ya era demasiado tarde; de Siegfried sólo se veían unas pocas huellas, mezcladas con otras como si hubiera ocurrido allí una pelea, pero ninguno de los presentes tuvo duda alguna sobre el destino del príncipe: había muerto.

Los rumores sobre la locura de la reina eran ciertos. Ella se culpaba por la pérdida de su hijo, y sus familiares comenzaban a preguntarse qué debían hacer con la pobre mujer. Muchos susurraban que ojalá muriese pronto... por su propio bien.

Benno suspiró. Extrañaba a su amigo, y a veces tenía pesadillas acerca del lago, los cisnes blancos y negros... y la misteriosa joven que, al parecer, se había hecho pasar por aquella a quien Siegfried amaba. Benno había contemplado a esa muchacha en el baile, fascinado por su belleza pero sintiendo al mismo tiempo un escalofrío. El mal presentimiento, por desgracia, no había tardado en confirmarse.

—No puedo decirte nada —repitió él—. Por favor, no preguntes. Además, créeme, a estas alturas la verdad sólo causaría más daño. —Benno se puso de pie, sacudiendo de sus pantalones algunas semillas y partículas vegetales—. Debo irme ya. Discúlpame con tus padres por no quedarme a cenar.

Jacqueline también se levantó. Había un toque de decepción en sus ojos avellanados, pero aun así estaba sonriendo.

—¿No vas a despedirte? —preguntó ella.

—Acabo de hacerlo.

—Mira: mi madre no está en la ventana ahora mismo.

Era verdad. Benno le devolvió la sonrisa a la muchacha y, sin perder un segundo, se inclinó sobre ella y la besó en los labios. El contacto fue breve, pero el tiempo pareció detenerse para los amantes y Benno disfrutó de aquel beso robado como si hubiera sido el más largo de su vida.

—Te amo —le dijo a Jacqueline por primera vez, y se marchó en busca de su caballo antes de ver la expresión de la muchacha. Quería pensar que la había emocionado, pero como existía una mínima posibilidad de que no fuera así, él prefería no conocer aún sus sentimientos. Sobre todo después de haber mencionado la trágica suerte de Siegfried.

Benno cabalgó durante largo rato, sin mirar siquiera por dónde iba, y poco a poco el cielo azul se volvió naranja, luego violeta y finalmente negro. Recién entonces el joven se dio cuenta de que no había tomado el camino a su hogar, y se estremeció de pies a cabeza al reconocer el paisaje: se hallaba muy cerca del lago. El caballo se detuvo y piafó, nervioso; Benno lo acarició en el cuello para tranquilizarlo. Le temblaba la mano. Dios, ¿por qué había acudido a ese lugar? ¿Acaso había perdido la cordura? Tenía que marcharse de ahí cuanto antes, pues fuera lo que fuese que habitaba en el lago, era un agente de la fatalidad.

El joven se preparó para cambiar de rumbo... y una risa cristalina invadió sus oídos, trastornándolo por completo. Un rostro pálido asomó entre los árboles, dirigiéndole una mirada hipnotizadora antes de volver a perderse en la oscuridad. El caballo se inquietó una vez más y estuvo a punto de derribar a su jinete, por lo que éste descendió del animal para seguir a pie la risa que aún sonaba a lo lejos. Benno corrió, evadiendo troncos y arbustos, tropezando con las raíces, incapaz de resistirse al hechizo. Su diestra, sin embargo, dominada quizás por la parte de su ser que todavía pensaba con claridad, desenfundó el cuchillo que pendía de su cinturón. Si existía la posibilidad de vengar a Siegfried, no la dejaría pasar. Acabaría con el responsable de su muerte, y luego iría con la reina a ofrecerle el regalo de la justicia, para que su locura le fuese más llevadera.

Por fin llegó al lago, que se veía tal como él lo recordaba: perturbadoramente calmo, amenazador en su belleza. Pero ¿dónde estaba la dueña de aquella voz cantarina? Su cara le había parecido familiar... y muy hermosa.

La mujer se elevó desde la superficie del lago como una sirena. Llevaba un vestido negro que el agua pegaba a su cuerpo blanco, y su pelo, cuello y brazos estaban adornados con piedras también negras y relucientes. Pero no era la muchacha que había engañado a Siegfried, era...

—¿Jacqueline? —dijo Benno, soltando el cuchillo sin proponérselo. De igual manera dio un paso adelante, y cuando ella le sonrió, a él casi le fallaron las piernas. Su amada lucía más encantadora que nunca, y el vestido dejaba al descubierto sus brazos y buena parte de sus pechos. A Benno lo recorrió una oleada de deseo. La madre de Jacqueline no estaba ahí, y por lo tanto ellos eran libres de hacer... lo que les viniera en gana.

El joven entró al agua, que muy pronto inundó sus botas y humedeció sus pantalones. Jacqueline extendió los brazos para recibirlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él. Su propia voz le sonó rara, embobada.

—Te estaba esperando —replicó la joven, y le echó los brazos al cuello. No había dejado de sonreír, y la luna hacía brillar sus ojos como dos cuentas de jade—. Bésame. Bésame y quédate conmigo. No quiero estar sola nunca más.

"Nunca has estado sola", quiso decir Benno, pero se había quedado sin palabras. El rostro de Jacqueline era todo su mundo ahora, especialmente sus labios sedosos, tan apetecibles. Benno se inclinó para complacer a la muchacha.

Supo de inmediato que había caído en una trampa. Algo entró en él por su boca, produciéndole un dolor horrible en todo el cuerpo. Trató de separarse, pero los labios de la joven se mantuvieron contra los suyos y sus brazos lo aferraron como cadenas de acero. El agua cobró vida en torno a ellos, creando olas que los azotaron a ambos sin derribarlos. Un sonido de alas llenó el ambiente.

Benno consiguió al fin liberarse, pero el dolor no cesó sino que le llegó hasta los huesos, haciéndolo gritar. Aun así pudo ver que la joven del lago no era Jacqueline ni tampoco la del baile; su verdadero rostro se formó sobre el anterior, revelando a una criatura que, a pesar de su aspecto humano, irradiaba un poder que sin duda pertenecía a otra especie.

—Demonio —dijo Benno antes de que su garganta se cerrara. Salió del agua tambaleándose, pero una vez en tierra cayó de bruces, y un horror inimaginable congeló su mente al ver que sus manos estaban cambiando de forma y cubriéndose de plumas. El dolor era tan fuerte que su corazón llegó al borde del colapso. Poco a poco cedió, no obstante, y él yació de costado sobre la hierba. Sus ojos no veían el mundo como antes. Sus ojos ya no eran humanos. De todas formas, vio a los cisnes negros aproximarse a él y convertirse por el camino en doncellas con vestidos llenos de plumas. La mujer que lo había engañado también se acercó, e inclinándose para mirarlo de frente, le dijo:

—Llámame como quieras, pero mi nombre es Odile. Sólo quiero que te quedes conmigo, querido. Serás mío, y yo no volveré a estar sola.

Odile depositó un beso en la nueva frente emplumada de Benno, y él cerró los ojos pensando que estaba condenado igual que Siegfried.

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Gissel Escudero

Odile (parte 1/6)

Este relato vendría a ser una continuación de El lago de los cisnes. Si no conocen la historia, pueden leerla aquí.

Sus pasos no hicieron ruido alguno a medida que se aproximaban al lago. Éste se hallaba en calma, iluminado apenas por la luna y las estrellas; profundo, helado... y con olor a muerte. La muerte se hallaba en sus aguas y también en la pálida neblina que flotaba sobre ellas, y daba la impresión de que había llegado para quedarse. ¿Acabaría por matar a los peces y la hierba, hasta que los animales con patas o alas se fueran a cualquier otra parte, temerosos de correr el mismo destino? Ya se vería. Por ahora los cisnes negros continuaban ahí, en la tierra o en el lago, inmóviles pero despiertos. Esperando. A ella le correspondía decirles qué hacer a continuación, dado que su amo anterior yacía en alguna parte, aniquilado por su propio hechizo, vencido por una fuerza superior a la de su magia: el amor verdadero.

Odile se detuvo. Sus negras zapatillas acababan de levantar una pluma blanca. La joven se inclinó para tomarla y hacerla girar entre sus dedos, detestando y envidiando al mismo tiempo su pureza y suavidad. Pero no era la única, pues había más plumas blancas en torno al lago, miles de ellas; sólo eso habían dejado las doncellas liberadas al marcharse, plumas y más plumas, como las semillas de los dientes de león. A Odile no le importaba. Los cisnes blancos, las esclavas, habían sido los juguetes de su padre, no suyos. A ella le bastaba con los cisnes negros, esas criaturas más extrañas y antiguas a las que consideraba sus hermanas. Los cisnes negros nunca la abandonarían, a diferencia de...

La joven suspiró. Sus dedos soltaron la pluma y Odile siguió caminando. No buscaba el cadáver de su padre. Dos días atrás, un día atrás, hubiera lamentado su partida, pero algo había cambiado para siempre. Una mirada, un baile, una sonrisa. Aquellas manos en su rostro y su cintura, sujetándola con pasión. Nada había sido para ella, claro, sino para la otra, la reina de los cisnes; sin embargo, el corazón de Odile se había encendido con una luz que la sacudió por completo, haciéndola experimentar emociones hasta esa noche desconocidas. ¿Era eso lo que había buscado su padre en las muchachas cautivas? ¿Era por eso que las había mantenido bajo su poder durante tantos años, para encontrar la luz en alguna de ellas? Ahora Odile casi podía entender su fiera obsesión. La luz no se había apagado del todo en su ser, y por tal motivo, en lugar de buscar el cuerpo de Rothbart, sus ojos continuaban rastreando el paisaje con la esperanza de hallar al responsable del cambio. Él también había muerto, Odile podía sentirlo en sus huesos, pero deseaba verlo una última vez antes de que su carne mortal volviera al suelo del que había salido.

El lago. Ya sólo faltaba mirar ahí. Odile entró al agua fría sin quitarse las zapatillas o el vestido, y ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a tiritar. Aquella sensación no le producía más dolor que la pérdida de ese tesoro recién encontrado, aunque en realidad nunca le hubiera pertenecido.

Lo primero que detectó fue una mano pequeña y pálida asomando apenas en la superficie. Era Odette, hermosa y delicada en la muerte. Se había ahogado, pero su rostro lucía una expresión de paz que no había ostentado desde su captura. Los ojos abiertos y opacos miraban al cielo; su otra mano aferraba... la diestra de Siegfried. Odile gimió. Él también se veía en paz, pues debía de haber comprendido, al momento de fallecer, que su sacrificio lo uniría para siempre a su amada en el más allá. ¡Tanta devoción! Había dejado a Odile atrás sin dudarlo tras descubrir el engaño, y eso le había sentado a la joven como una puñalada. No se suponía que eso debiera pasar. No se suponía que a ella debiera afectarle, pues era una digna hija de su padre y la estratagema había funcionado a la perfección. Pero no hubo un instante de regocijo por la victoria, sólo esa pena aguda que aún la torturaba. En ese instante, viendo el cadáver del príncipe que le había jurado amor, aunque fuera equivocadamente, Odile sintió un odio infinito hacia su padre, por haberla involucrado en su destructivo plan. Ella había sido feliz hasta esa noche, antes de conocer la luz. ¿Cómo iba a recuperar su felicidad, con ese anhelo que la roía por dentro igual que el hambre y la sed en un desierto? ¿Sería posible encontrar a alguien más que llenara el vacío? Ella no lo sabía. Siegfried se había quitado la vida para no separarse de la mujer que amaba. Quizás el amor verdadero era algo que sólo se encontraba una vez, como dos mitades de una joya irrepetible.

Odile extendió su mano para tocar el rostro del príncipe, pero antes de que sus dedos rozaran el agua, él y Odette se hundieron al mismo tiempo y desaparecieron en las profundidades del lago para nunca regresar. Los cisnes negros observaron la escena; unos pocos de ellos, en tierra, se convirtieron en doncellas y avanzaron hasta la orilla. No ofrecían interés ni consuelo.

Por primera vez en su vida, Odile lloró.

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Gissel Escudero