31 de octubre de 2012

La cena de Halloween (parte 2/2)

Ariadna trató de gritar y se dio cuenta, con horror, de que no podía emitir un solo sonido. Tampoco podía moverse. El cuerpo entero le hormigueaba como cuando se le dormía un pie.

La cosa sobre ella, apenas visible en la oscuridad, medía unos quince centímetros y tenía orejas muy grandes. Emitía unos ruiditos similares a los de una rata... pero no podía ser una rata, a menos que las ratas en esa casa hubieran aprendido a caminar sobre sus patas traseras. Los ojos de la cosa permanecieron fijos en Ariadna un segundo más, y luego el bichejo se inclinó sobre su pecho para arrancarle otro bocado. De nuevo, el dolor la recorrió hasta los brazos, esta vez sacándole lágrimas. Tres pares de ojos brillantes se sumaron al primero.

Ariadna pensó en la niña. No podía girar la cabeza para mirarla, pero llegó a percibir que Mariela también estaba muy quieta en la cama, con un grupito de monstruos sobre ella. ¡Tenía que ayudarla! Ariadna hizo un esfuerzo por incorporarse y tomó aire para articular un pedido de ayuda, pero nada pasó, nada. Estaba indefensa, y eso significaba que las criaturas podrían hacer con ella y Mariela lo que desearan, incluso devorarlas vivas. Como para reafirmar esta convicción, un segundo monstruito se metió bajo las sábanas y la mordió en la pierna. La mujer rezó porque aquello terminara lo más rápido posible, al menos.

La puerta chirrió un poco y alguien entró a la habitación. ¡Por favor, que fuera Raúl!, pensó Ariadna. Su cuñado era un hombre de mediana edad que raras veces hacía ejercicio, pero podría entendérselas con las criaturas. Le bastaría con pisotearlas o algo así.

La figura se aproximó a la cama muy despacio. No era Raúl. Tampoco Cecilia. Ni siquiera el muchacho autostopista. Era la anciana, que caminaba con la espalda encorvada y las manos dobladas contra su cuerpo como una mantis religiosa. Sus ojos también brillaban en la oscuridad.

La cara de la vieja se acercó lo suficiente a Ariadna para llenar todo su campo visual. Dijo algo incomprensible y las criaturas saltaron de la cama a regañadientes. El rostro ajado de la anciana cambiaba poco a poco: la boca se hacía más ancha, las orejas se estiraron hasta acabar en punta, el cabello retrocedió dejando en su lugar una frente desproporcionada. La mujer no era humana, pensó Ariadna; era otra especie de monstruo, y como ella no podía gritar de horror, el grito estalló en silencio dentro de su propio cuerpo. El corazón le latía tan rápido que la sangre le zumbaba en los oídos.

Los dientes del engendro que poco antes había sido una anciana adorable sobresalieron de su boca. Un hilo de saliva, espesa y caliente, se alargó hasta la cara de Ariadna. Ella cerró los ojos, anticipando la muerte.

Alguien más entró en la habitación, derribando algunos objetos a su paso. El monstruo sobre Ariadna se dio vuelta hacia allí y siseó, y luego ambas figuras chocaron con un ruido sordo y pesado. Lucharon un par minutos, girando y rodando por el suelo como animales. Ariadna descubrió que ya podía moverse un poco, de modo que se incorporó sobre la cama para mirar.

La segunda figura era Damián. Pero en realidad no podía serlo, porque se movía con demasiada rapidez para un humano, y atajaba los embistes de la criatura con una fuerza también inhumana. Ariadna no comprendía nada, aunque daba lo mismo, pues lo que importaba en ese momento era poner a Mariela a salvo y alertar al resto de su familia. Empleando todas sus fuerzas, que no eran muchas, salió de la cama, se estrelló contra el suelo y comenzó a arrastrarse hacia su sobrina, utilizando los brazos. Tuvo que clavar las uñas en la alfombra para avanzar; el aliento salía de su boca en jadeos desesperados, y su cuerpo entero se empapó de sudor. Todavía no controlaba sus piernas. Tampoco podía creer que todo aquello estuviera pasando.

Un pie la golpeó en el costado por accidente, ya que el combate proseguía. Entonces se oyó un ruido más escalofriante: el de la carne desgarrada, seguida por un borboteo de sangre. Seguramente la criatura había asesinado a Damián, y ahora vendría por ella. Ariadna se tendió de costado, lista para intentar defenderse... excepto que no era Damián quien había caído en la pelea, sino el monstruo. Damián estaba en cuclillas sobre él, enjugándose con una manga la sangre oscura que chorreaba de su barbilla.

La mujer abrió la boca para decir algo. No sabía qué, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo porque una tercera figura apareció en el umbral: era el anciano, a medio camino de transformarse en un engendro similar a su esposa. Damián le gruñó. La criatura le gruñó de vuelta y escapó corriendo por donde había llegado.

Ariadna consiguió levantarse. Al mismo tiempo, el muchacho cayó de rodillas y vomitó un charco de líquido oscuro y espeso. El monstruo en el suelo tenía la garganta abierta. En la otra cama, Mariela se echó a llorar, y Ariadna fue hacia ella tambaleándose. La niña tenía algunas heridas pequeñas, mordiscos iguales a los de su tía, pero no parecían requerir atención inmediata. Ariadna estrechó a la pequeña en sus brazos. Volteándose hacia Damián, balbuceó:

—Gracias... por ayudarnos. ¿Estás... bien?

—Sangre... tóxica —balbuceó el muchacho a su vez—. Estaré bien... en unos minutos.

—De acuerdo.

La mujer soltó a Mariela y buscó su aerosol de pimienta. No era la gran cosa, pero ahora ya no estaría completamente indefensa. El peso de la lata en su mano era incluso reconfortante.

—Mariela, cariño, quédate aquí con Damián. Iré a buscar a tus padres y a Agustín.

La niña asintió sin dejar de llorar. Sintiéndose casi normal, al menos desde el punto de vista físico, Ariadna se dirigió a la habitación correspondiente, aferrando el bote de aerosol como si fuera una pistola cargada. Abrió la puerta de un empujón. Los tres ocupantes del dormitorio se hallaban en la cama, muy quietos y con toda una manada de monstruitos encima, que los picoteaban igual que aves carroñeras.

—¡Eh, largo de aquí, engendros del demonio! ¡O les arrancaré la cabeza!

Ariadna hablaba en serio. La adrenalina le había dado una inyección de energía a su organismo, eliminando los últimos restos de la parálisis, y a pesar de que las criaturas aún se veían espantosas y amenazadoras, más les valdría apartarse de su camino o sufrirían las consecuencias. Aun así, dos monstruitos saltaron hacia ella con las garras y los brazos extendidos, pero Ariadna les dio justo en la cara con el gas, parando el ataque en pleno vuelo. Cucarachas, pensó. Debía hacer de cuenta que eran cucarachas. Ella odiaba esos insectos. Sin pensar más en lo que hacía, Ariadna estrujó y pisoteó, lanzó más gas pimienta y gritó como una amazona en plena guerra. Nadie tenía el derecho de lastimar a su familia, ya fueran ladrones o monstruos de pesadilla. La mujer siguió destrozando monstruitos en un frenesí de violencia, y sólo se detuvo porque de pronto ya no quedaban más enemigos. Entonces se permitió unos segundos para recuperar el aliento y corrió a auxiliar a las tres víctimas.

Raúl se había llevado la peor parte, pero estaba vivo. Ariadna arrancó un pedazo de sábana para taparle una fea herida en la mejilla, mientras sacudía a Cecilia y Agustín a fin de reanimarlos. Incluso en su parálisis, los tres ocupantes de la cama mostraban sendas expresiones de terror. Damián entró a la habitación con Mariela en brazos, encendió las luces y cerró la puerta; como ésta no tenía cerradura, la bloqueó usando una pesada cómoda, que empujó con extraordinaria facilidad.

—Veo que ya estás mejor —observó Ariadna.

—Sí.

—¿Cómo hiciste eso? ¿Cómo pudiste matar a esa cosa?

—No te gustaría saberlo.

La expresión seria de Damián, bastante clara en la penumbra, disuadió a la mujer de hacer más preguntas por el momento. En lugar de eso, se dirigió a la ventana, descorrió las cortinas... y vio las rejas. Los barrotes eran mucho más gruesos y sólidos de lo que aparentaban desde el exterior. Damián se aproximó a ellos e hizo algo sorprendente: trató de arrancarlos con sus manos. Lo más sorprendente fue que consiguió doblarlos un poco antes de que los brazos le fallaran.

—Maldito veneno —susurró.

—¿Sabes qué son esas cosas? ¿Las grandes y las pequeñas? —preguntó Ariadna.

—No. Pero las grandes tienen algo en su sangre.

La mujer decidió no pedir más detalles.

—Tenemos que salir de aquí —dijo, y Damián asintió—. Ayudaré a mi familia. Tú vigila.

Ariadna hizo más vendas con las sábanas. Le vino bien la tarea, para no pensar. Tendría que hacerlo tarde o temprano, claro, pero en ese instante le hacían falta unos minutos de descanso antes de asimilar por completo la situación.

Cecilia y Raúl empezaron a recuperarse. Fue un proceso más lento que el de Ariadna, pues habían sufrido más mordeduras. Menos mal que casi todas eran superficiales, porque la mujer no hubiera podido frenar una hemorragia arterial en esas condiciones. Damián se mantuvo junto a la puerta. Evitaba deliberadamente voltearse hacia los heridos, y varias veces tragó saliva como si tuviera mucha sed. Ariadna lo observó lo mejor que pudo bajo el resplandor lunar, y aunque antes le había parecido que tenía varios cortes profundos en la cara y los brazos, ahora sólo ostentaba unos rasguños sin importancia. Qué raro.

Agustín se sumó al llanto de su hermana, tal que sus padres los abrazaron a ambos.

—¿Qué eran esos bichos? —preguntó Raúl.

—Ni idea, pero hay cosas peores en esta casa —respondió su cuñada—. La anciana no era humana. Trató de matarnos a mí y a Damián.

Ariadna lamentó haber dicho la última frase, por los niños, pero supuso que de todas formas no era el momento de andarse con sutilezas. Aquélla era una situación de vida o muerte. Cuando terminó de vendar las heridas de todos, agitó la lata de gas pimienta. Aún debía tener la mitad de su contenido.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Cecilia.

—No sabemos dónde está el otro —intervino Damián—. El anciano. Tampoco sabemos si es el único. Estoy casi seguro de que nos ha encerrado, para cazarnos en su propio territorio.

—Dijiste que no sabías qué era —le recordó Ariadna.

—Y no lo sé. Pero así es como actúan los depredadores.

Aquella frase hizo que los demás adultos se miraran entre sí con idénticas expresiones de desconcierto. Ariadna, sin embargo, tomó aire y dijo:

—Pues no vamos a dejar que nos cacen. Además —aquí se dirigió al muchacho—, tú ya liquidaste a uno de los grandes y yo a varios de los pequeños. Tal vez no sepamos qué carajo son, pero sí sabemos que pueden morir. Algo es algo.

—Yo... yo tengo unas tijeras —declaró Cecilia—. Las que uso para coser. No están muy afiliadas, pero tienen punta y son de acero.

—Y yo siempre llevo mi navaja plegable —la secundó Raúl—. Menos mal que no dejamos nada de eso en el auto...

—¿Ya hay cobertura para el celular? —preguntó Ariadna. El hombre revisó e hizo un gesto negativo—. ¿Por qué será que no me sorprende? Tampoco creo que haya un teléfono fijo aquí. Bien, no importa. Nuestro plan debería ser llegar hasta la puerta principal y salir pitando de vuelta a la carretera. Aunque tengamos que escapar bajo la lluvia, sabemos dónde estábamos y adónde íbamos.

—¿Y si hay más cosas de ésas entre los árboles?

—Me da que no —dijo el muchacho—. De lo contrario, nos habrían atacado a la venida. Yo también opino que debemos salir de aquí. Cuanto antes.

A Ariadna le llamó la atención que Damián pusiera tanto énfasis en sus dos últimas palabras, porque sonó como si tuviera más razones para huir de la casa aparte de los engendros que pretendían devorarlos a todos. De cualquier manera, nadie hizo propuestas de ninguna clase, por lo que ella decidió tomar las riendas de la situación.

—Antes que nada, vamos a vestirnos. Las capas de ropa nos protegerán. Raúl, Cecilia: saquen de sus bolsos cualquier objeto que pueda servir para defendernos, incluyendo encendedores y desodorantes inflamables. Damián, ¿tú llevas algo, lo que sea, que pueda usarse como arma? —Aparte de su extraordinaria fuerza, pensó Ariadna, pero no lo dijo en voz alta. Damián hizo un gesto negativo—. De acuerdo. Entonces ayúdame a buscar algo en esta habitación.

El muchacho obedeció. Los niños, mientras tanto, permanecieron abrazados sobre la cama, vestidos ya para escapar. Ariadna rogó porque no les quedara un trauma, aunque no veía cómo podrían salir de ésa sin que quedaran profundamente afectados. Demonios, ni siquiera ella estaría libre de consecuencias. Lo más probable era que nunca pudiera volver a dormir con las luces apagadas.

La tormenta seguía. Al otro lado de la puerta, sin embargo, no se escuchaba un solo ruido. Parecía como si no hubiera nadie más en la casa... hasta que la electricidad se cortó. Todos profirieron sendas exclamaciones de sorpresa y desazón.

—Debe haberlo hecho el anciano —susurró Damián—. Quizás esté preparando algo. Tendremos que ir con cuidado.

Ariadna asintió. En una mano sostenía el bote de gas pimienta y en la otra las tijeras de su hermana. Raúl esgrimía su navaja como si fuera una espada, mientras que Cecilia aferraba la lámpara de su mesita de luz. Ariadna aprobó su elección; la lámpara era antigua y con base de metal, y debía pesar unos tres kilos, lo suficiente para romper un cráneo. Ojalá no le fallara la puntería. Damián arrancó dos patas de una silla. En esta ocasión, su alarde de fuerza física no les pasó desapercibido a los demás ocupantes de la habitación, e incluso Agustín, a pesar del miedo, abrió los ojos como platos.

—Uau —dijo el niño—. ¿Eres un superhéroe?

Damián frunció el entrecejo y su expresión se volvió amarga.

—No, chico. Yo... voy mucho al gimnasio. A levantar pesas. Y... siempre como todas mis verduras.

Sólo un niño de seis años podía creer eso. Ariadna, Cecilia y Raúl se miraron entre sí y luego al muchacho, pero ninguno de ellos habló. No era el momento apropiado. Cada minuto que permanecieran en ese dormitorio era otro minuto que tendría el monstruo para organizar un contraataque.

Raúl fue el primero en acercarse a la puerta, pero Damián se interpuso.

—Yo iré adelante —dijo el muchacho, y volvió a empujar la cómoda. Raúl no protestó. Tras unos segundos de inspección, Damián les indicó a los otros, en silencio, que avanzaran. Salieron en grupo del dormitorio, llevando a los niños en el centro a fin de protegerlos. A falta de una linterna, emplearon sus celulares para aligerar la oscuridad que llenaba la casa como agua sucia, y Ariadna no pudo dejar de notar que ahora había un olor espantoso. Debían ser las criaturas. Por todos los cielos, ¿de dónde habían salido aquellas cosas? ¿Cuánto tiempo llevaban en aquel lugar, atrayendo personas a su trampa como arañas a su tela? No quería ni pensarlo. Lo importante era salir de ahí, y si no encontraban la llave de la puerta principal, ella esperaba, al menos, que Damián fuera capaz de abrirla a la fuerza.

—¿Ves algo? —le preguntó al muchacho, suponiendo que su visión nocturna también superaba a la de los demás.

—No, pero algo no está bien —susurró él—. Estén alertas y listos para correr.

Habían llegado al pie de las escaleras. La oscuridad era más densa ahí, y los celulares apenas aclaraban un par de metros a la redonda. Tal vez debieran ir a la cocina a buscar unas ve...

El ataque llegó desde varias direcciones. Damián les ordenó a todos que se agacharan, pero ya era demasiado tarde: Ariadna sintió en la cara y en las manos unos piquetes como de mosquitos, y rápidamente comenzó a apoderarse de ella la misma parálisis que en el dormitorio. Dardos. Las criaturas pequeñas les habían arrojado dardos con su veneno, y si hacía caso de los gruñidos, se hallaban alrededor del grupo y eran muchos. Se acercaban. La mujer se restregó la piel para quitarse los dardos y gritó a su familia que retrocedieran de nuevo a las escaleras. Alguien se desplomó detrás de ellos, uno de los niños, a juzgar por el ruido. Cecilia chilló. Los celulares se estrellaron contra el piso y volvió la oscuridad.

Unos pasos rápidos y pesados avanzaron hacia ellos, y Ariadna cayó hacia atrás por el empuje combinado de dos cuerpos. Damián y el monstruo grande la aplastaron varias veces durante su combate, y ella tuvo que debatirse para escapar, empleando lo que restaba de sus fuerzas. Alguien la levantó por el brazo, tal vez Raúl, pero los dardos seguían lloviendo sobre el grupo, tal que la ayuda no perduró. Por el lado del combate se escuchó un espantoso crujido, y la pelea cesó. Ariadna tuvo la certeza de que alguien le había roto el cuello a su oponente, y un rugido de triunfo aniquiló toda esperanza de que el vencedor fuera Damián. El monstruo se aproximó a Ariadna. Sonaba como si hubiera crecido. Seguramente iba a romperle el cuello igual que al muchacho, pero cuando el engendro la alzó por el cabello, Ariadna vació en su cara el gas pimienta y le clavó las tijeras en alguna parte del cuerpo. La cosa pegó un alarido tremendo y soltó a su víctima; ella se arrastró lo más lejos que pudo, esperando a recuperarse para hacer algo más. ¿En qué dirección estaba la cocina? Necesitaba un cuchillo. El más grande posible.

La mano de la criatura aferró su tobillo, clavándole las uñas. Al mismo tiempo, varios engendros pequeños saltaron sobre ella y trataron de morderla para completar la parálisis. Dominada por el dolor, el miedo y también una rabia intensa, Ariadna aplastó a los bichos con sus puños y dio un puntapié hacia atrás con la pierna libre, sintiendo una gran satisfacción al escuchar que algo, quizás la nariz del monstruo, se rompía bajo su pie. La presión en el tobillo desapareció, y la mujer aprovechó para seguir arrastrándose por el pasillo, en dirección a una estancia menos oscura que el resto donde ya no tendría que pelear a ciegas. Era muy posible que perdiera la batalla, pero maldita fuera si iba a morir sin luchar.

Estaba llegando a su destino cuando el monstruo volvió a agarrarla del cabello. Herido o no, tenía una fuerza endemoniada, y Ariadna no consiguió zafarse. El engendro la dio vuelta para mirarla a la cara. Había cambiado más desde la última vez, haciéndose tan espantoso que la mujer se quedó sin aliento unos segundos. Los dientes le habían crecido al doble de su longitud. El resto de sus facciones ya no guardaba semejanza alguna con las de un ser humano, y Ariadna se preguntó cómo podía ser que existiera tal horror sobre la faz del planeta. Ella trató de arañarle la cara, de arrancar sus ojos, pero el monstruo apartó sus manos como si fueran débiles pajarillos. Ariadna gimió de impotencia mientras el engendro abría su enorme y asquerosa boca para devorarla.

Una figura corrió hacia ellos y embistió a la criatura igual que un jugador de fútbol americano. Ariadna sintió que volaba un par de metros, y luego pegó contra la pared más cercana con tanta fuerza que vio un fogonazo de luz blanca justo antes de que un plato de cerámica se desprendiera de su clavo y aterrizara en su cabeza. Tardó un momento en recuperarse, y entonces descubrió que Damián no había muerto. El muchacho estaba peleando de nuevo contra la bestia carnívora, y ambos se daban unos golpes que hubieran roto los huesos de cualquier hombre normal. Aquel muchacho no podía ser tal cosa. Ahora la mujer estaba segura de ello, pero daba lo mismo; fuera lo que fuese Damián, sólo él se interponía entre el engendro y la familia de Ariadna.

Aprovechando un descuido del monstruo, Damián lo hizo tropezar y se arrojó sobre él mientras caía. Después le clavó los dientes en el cuello.

Por un instante, Ariadna se quedó mirando la escena como hipnotizada. No era mucho más increíble que todo el resto de lo que había sucedido esa noche, pero añadía las últimas pinceladas a un cuadro surrealista. Ella contempló al fin la obra completa, que le pareció alucinante. Fue lo único que pudo pensar. Incluso había olvidado a su familia.

Damián siguió con lo suyo hasta que la criatura dejó de respirar. Entonces le sujetó la cabeza y la retorció hasta desprenderla del cuello, como una fruta gigante y horrenda. Luego el muchacho retrocedió unos pasos y vomitó la sangre que había ingerido, produciendo un charco similar al anterior.

—¿Estás bien? —consiguió preguntarle Ariadna, aunque no estaba muy segura de desear que así fuera. Damián asintió—. Iré a ver a los míos. No te muevas de aquí.

La última frase sonó como una orden con tintes de amenaza, a pesar de que Ariadna no había pretendido ser tan dura. Aun así, el muchacho hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Se veía cansado y enfermo, y en ese momento aparentaba unos cincuenta años.

Ariadna llegó junto a su familia. Sus ojos ya se habían acostumbrado un poco a la oscuridad, y vio que Cecilia estaba de rodillas, machacando a las últimas criaturitas con su lámpara. Soltaba un "¡ajá!" en cada ocasión, justo por encima del crujido de la carne y los huesos aplastados. Sintiendo náuseas, Ariadna dejó que su hermana continuara liquidando bichos y se inclinó sobre Raúl y los niños. Los tres estaban inconscientes, sangrando por heridas nuevas. Apenas respiraban, pero la mujer supuso que no tardarían en recuperarse; el veneno de los monstruitos era de acción rápida, pero de igual manera dejaba de hacer efecto. Pensando que ahora sí tenía la oportunidad, Ariadna fue a la cocina y no paró de buscar hasta que halló unas velas. También encontró varios rollos de papel de cocina, que sujetó bajo sus brazos con la idea de usarlos en las heridas. Rió para sí. ¿Monstruos carnívoros que usaban papel de cocina? ¡Qué divertido! Luego Ariadna se amonestó por reír, y a continuación se reprendió por amonestarse, porque se sentía a un paso de la locura y reírse era una mejor opción. Rió un poco más, por lo tanto, hasta que regresó al sitio de la batalla y encendió todas las velas. Cecilia ya se había tranquilizado y sostenía a Agustín en sus brazos. Ella y Ariadna se miraron sin decir palabra, y así atendieron las heridas de los demás y las propias.

Minutos después, Ariadna fue a buscar a Damián, quien seguía en el mismo sitio y en la misma posición. No tenía sentido andarse con rodeos, por lo que ella susurró:

—¿Eres lo que creo que eres?

Damián la contempló de reojo... y asintió.

—¿Pensabas atacarnos cuando subiste a nuestro auto? —prosiguió la mujer. Él movió la cabeza de un lado a otro. Con voz enronquecida, contestó:

—Me pasó lo que dije: mi auto se descompuso y yo buscaba un lugar tranquilo y seco donde refugiarme. No quería pasar el día entre los árboles, bajo la lluvia. Para esas cosas soy tan humano como ustedes.

—Claro. De cualquier forma, nos salvaste. Gracias por eso. ¿Hay algo que podamos hacer por ti?

El muchacho dudó, pero luego dijo:

—Sí, hay algo que podrías hacer. Así me recuperaría más rápido. ¿Has... donado sangre alguna vez?

Ariadna contuvo la respiración unos segundos.

—No —respondió, levantándose una manga—. Pero si es lo que necesitas, adelante.

Dolió menos de lo que había anticipado, y los dientes del muchacho no le hicieron tanto daño como las criaturas pequeñas.

—Gracias —dijo él al final, mientras Ariadna usaba la manga para vendarse.

—De nada. Y por cierto... ¿qué edad tienes? En realidad, quiero decir.

—Soy bastante viejo. No necesitas saber más. Aunque... no debo ser tan viejo, si nunca me había topado con unos seres como éstos.

—Pues no eres el único sorprendido, de verdad que no.

Por primera vez en lo que iba de la noche, Damián sonrió. Sin mostrar los dientes.

Las puertas de la casa estaban atrancadas, efectivamente, pero las llaves aparecieron tras una breve búsqueda en la que también participaron los niños. Les hizo bien, al darles algo en qué ocuparse. Para mayor fortuna, el manojo de llaves incluía las de una camioneta, y Ariadna volvió a reír al pensar que aquellos monstruos habían sabido conducir. Era tan... doméstico. Casi vulgar. Hasta parecía restarle importancia al hecho de que ambos engendros habían estado a punto de matarlos a todos.

Ariadna condujo hasta la ciudad más cercana, donde esperaba que hubiera, si no un hospital, como mínimo una clínica con servicio de urgencias. Damián pidió bajarse al ver un pequeño hotel.

—¿No vendrás con nosotros? —le preguntó Raúl.

—No, yo... no necesito que me vea un doctor. Sólo quiero darme un baño caliente y... dormir todo el día. En realidad, viajo de noche porque tengo esta... alergia a la luz solar.

Raúl frunció el ceño.

—Nos haremos cargo de tu auto y haremos que te lo envíen al hotel —dijo Ariadna—. ¿Tienes dinero? —Damián asintió—. De acuerdo, que descanses. Y gracias de nuevo.

—Igualmente —replicó el muchacho, y abandonó la camioneta. La camisa y los pantalones de Raúl le quedaban un poco grandes, y de no haber sabido la verdad, en ese momento Ariadna no le habría echado más de quince años.

El muchacho se dirigió a la puerta del hotel y ella hizo arrancar el vehículo. Faltaban unos minutos para las cuatro de la madrugada. Ya había terminado el Halloween, pensó, y dio las gracias por ello. Menuda noche de mierda...

La camioneta siguió calle arriba de camino a alguna otra parte.

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. ¡¡¡Ufffff, vaya nochecita de Halloween que ha pasado esta familia!!!
    Yo ya sospechaba algo de Damian, pero creía que era de los malos y que estaba compinchado con los ancianos, eso es lo que me ha gustado de este cuento, que algunas cosas no son lo que parecen.
    ¡¡¡Una vez más mi enhorabuena, Gissel, un cuento realmente macabro!!! :D

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  2. ¡Me alegra que te haya gustado, Pepi! Y sí, quise darle un giro poco habitual a la historia. Qué bueno que funcionó :-D ¡Besotes!

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  3. Flipante! Tu giro funciona a la perfección.Duendes, vampiros y bichos monstruosos. Una historia genial.
    Confirmo lo de "noche de mierda".

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    1. ¡Me alegra que te haya gustado! Me pareció buena onda lo de poner a un vampiro como personaje accidental. Y ya ves que no les hice nada a los niños (en ESTE relato, al menos). ¡Besotes!

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