31 de octubre de 2012

La cena de Halloween (parte 1/2)

Temas sugeridos por Pepi Berrocal Marquez y Luismi Sabio. ¡Gracias!

No estaban perdidos, pero eso parecía. La carretera era vieja, tenía más agujeros que un queso, y solamente unos pocos carteles a varios kilómetros de distancia entre sí permitían ubicarla en el mapa. Encima, los árboles a ambos lados se cerraban como una especie de túnel, bloqueando la única fuente de luz: el cielo. Ariadna supuso que daba lo mismo, sin embargo, porque había detectado unas espesas nubes de tormenta a través de un claro en las ramas.

—¡Buuuu! —gritó Mariela a través de su máscara de bruja

—¡Ñajajajaja, voy a comerte! —le respondió Agustín, su hermano, a través de su máscara de Hulk.

—En realidad, él suele decir "¡Hulk aplasta!" —lo corrigió Ariadna, sonriendo como la tía orgullosa que era. El niño asimiló la lección en un instante, y los dos chiquillos continuaron espantándose unos diez minutos más, hasta que su padre les dijo:

—Chicos, cálmense un rato, que no puedo conducir con tantas distracciones.

—¿Por qué no tratan de dormir hasta que lleguemos al hotel? —sugirió la madre. Mariela y Agustín dejaron escapar una queja perfectamente sincronizada.

—¡Pero es temprano! —agregó la niña—. Recién son las ocho, y ni siquiera vamos a poder pedir dulces, y hace como mil horas que estamos en el auto...

—De acuerdo, ya entendí, pero al menos bajen la voz para que papá no se distraiga, ¿sí? No queremos tener un accidente.

—Está bien —replicaron los niños, de nuevo en perfecta sincronía. No se habían quitado las máscaras, pero la desilusión era patente en sus voces. Era su segundo Halloween desde que el Halloween se pusiera realmente de moda en su ciudad, y no les había hecho gracia saber que se lo perderían, aunque fuera a cambio de un paseo de fin de semana largo. Anticipando la situación, Ariadna sacó su as de la manga... o mejor dicho, un paquetito muy colorido.

—Tal vez no puedan ir a pedir dulces por el barrio, ¡pero pueden pedirme dulces a mí! —dijo ella, y los niños soltaron sendas exclamaciones de felicidad.

—¡Tía, trajiste caramelos! —exclamó Mariela—. ¡Gracias, gracias, gracias!

Raúl, el padre de ambos chicos, sonrió a pesar de los nuevos gritos, y Cecilia, la hermana de Ariadna, se volteó hacia ella para darle las gracias moviendo los labios en silencio. Era bueno ser la tía soltera, pensó ésta, y dedicó los siguientes minutos a repartir los caramelos entre sus dos sobrinos, asegurándose de que recibieran exactamente las mismas cantidades en cuanto a número y sabores. Luego de eso hubo paz por un rato, hasta que sonó el primer trueno, empezó a llover, y vieron al joven que hacía dedo a un lado de la carretera. Las luces del auto concedieron a sus ocupantes una visión clara del mismo antes de seguir de largo: era pálido, bastante delgado, y aunque no iba mal vestido, su apariencia general daba una impresión de abandono, como si aquel muchacho no tuviera a nadie en el mundo. Raúl ni siquiera disminuyó la velocidad, y el joven volvió a desaparecer en la negrura.

Bien hecho, pensó Ariadna. Estaban en medio de la nada, llevaban a dos niños, e incluso en cualquier otro lugar o circunstancia era peligroso recoger autostopistas. Aun así...

—Deberíamos llevarlo —dijo ella en voz alta, sin pensarlo, siguiendo un impulso que no llegó a comprender.

—¿Estás loca? —contestó Raúl—. Podría ser un delincuente.

Una conclusión lo bastante razonable como para zanjar la cuestión. Teóricamente.

—Se viene una tormenta —insistió Ariadna, todavía sin saber por qué—. Quizás esté perdido y necesite llegar a un lugar seguro. Seríamos tres contra uno, ¿no? A mí no me pareció amenazador. Por si acaso, siempre llevo mi aerosol de pimienta.

El hombre no dejó de conducir, pero frunció el ceño y no dijo nada. Cecilia miró por el retrovisor con aire preocupado, y los niños continuaron chupando caramelos mientras sus miradas saltaban de un adulto a otro con más curiosidad que aprensión.

Raúl paró el auto. De pronto todo se sintió muy extraño: la carretera, la noche, los goterones aislados que se estrellaban contra el parabrisas, cada vez más numerosos... Era como si hubiese algo en el aire. ¿Un tipo de presagio, tal vez? A Ariadna se le levantaron los pelillos de los brazos.

—No debemos estar lejos de alguna estación de servicio —agregó—. Como mínimo, podríamos llevarlo hasta nuestro hotel.

Los dedos del hombre tamborilearon sobre el volante; luego Raúl gruñó algo para sí e hizo dar vuelta al coche. Ariadna sintió alivio, cosa que la sorprendió porque no había razón alguna para ello. No conocía en absoluto a aquel muchacho solitario.

El joven estaba en el mismo lugar donde lo habían visto, un poco más mojado. Daba pena, de hecho, con sus cabellos negros algo aplastados por el agua, y un rostro flaco como si no hubiera comido en días. Raúl le hizo una seña para que se aproximara; el muchacho cruzó la carretera sin mirar y se apoyó contra el auto, mostrando que no llevaba nada en las manos. Después de bajar la ventanilla unos centímetros, Raúl le preguntó:

—¿Estás perdido?

—No, señor —replicó el muchacho con una voz inusualmente profunda para su edad.

—¿Adónde vas?

—Iba a visitar a unos parientes, pero mi auto se descompuso. Llevaba un rato caminando hasta que pasaron ustedes.

—¿Y no se te ocurrió llamar a nadie?

—Lo intenté, pero no hay cobertura.

El muchacho mantenía bien la calma a pesar del interrogatorio casi policial. Raúl le echó un vistazo a su propio celular. Curiosamente, era cierto: no había cobertura. La expresión del hombre se ablandó un poco.

—¿Dijiste que se descompuso tu auto? ¿Qué edad tienes?

—Diecinueve, señor.

¿Diecinueve? Su cuerpo y rostro aparentaban uno o dos años menos, pensó Ariadna; no obstante, la expresión de sus ojos reflejaba la madurez de un adulto.

La lluvia era cada vez más intensa. No podían alargar aquello mucho más. El joven debió entender lo que pasaba, ya que suspiró y dijo:

—Oiga, acepto que no confíe en mí, señor. Pero me estoy mojando, y debo haber caminado unos ocho kilómetros. Le juro que no tengo malas intenciones. Si no va a llevarme, al menos dígalo ya y me iré a buscar algún refugio.

Raúl intercambió una mirada con Ariadna y asintió.

—A ver, niños —dijo ella—, muévanse un poquito para que podamos llevar a este muchacho.

—¿Y los cinturones de seguridad? —replicó Mariela—. Papá siempre dice que...

—Sólo será por un rato. Enseguida llegaremos a alguna parte.

Los niños se apretujaron contra la puerta, y recién entonces Ariadna abrió la de su lado. Una ráfaga de viento frío y húmedo entró con el muchacho.

—Gracias —dijo éste—. No es una buena noche para quedar varado en una carretera boscosa.

—Sí, claro, de nada —contestó Raúl, y medio minuto después iban de nuevo en dirección al hotel.

El ambiente festivo dentro del vehículo se fue para no regresar. En presencia del desconocido, los niños se quedaron muy quietos y callados, contemplando al muchacho de reojo. Ni siquiera continuaron chupando caramelos, aunque eso tal vez se debiera a que no deseaban tener que compartirlos. Como fuera, tanta timidez no era propia de ellos, y Ariadna estaba a punto de decir algo al respecto cuando descubrió que tampoco se sentía con ánimos para hablar. El muchacho, a su lado, miraba hacia afuera, pero su presencia llenaba el coche como si no hubiera otras cinco personas en él. Estaba pegado a Ariadna, y ella percibió que, aun a través de sus ropas húmedas, no emitía nada de calor. La mujer comenzó a temblar, aunque el muchacho no diera señales de incomodidad. Finalmente ella reunió el valor para decirle a su cuñado:

—¿Podrías encender la calefacción? Estoy congelada.

Raúl obedeció el pedido en silencio, y así marcharon un poco más... hasta que se escucharon unos ruidos muy extraños en la parte inferior del auto y éste se detuvo de golpe. Las luces se apagaron.

—¿Pero qué demonios...? —masculló Raúl, y trató de encender el vehículo una vez más. No funcionó. Los ruidos se prolongaron otro instante y luego cesaron por completo, dejando solamente los truenos y el creciente goteo de la lluvia. Ariadna vio al muchacho fruncir el ceño.

—Así se paró mi auto —dijo él.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Cecilia—. ¿Llamar a una grúa?

Raúl lo intentó.

—Mierda, todavía no hay cobertura. ¿Cómo es posible? No estamos tan lejos de la civilización.

—Tal vez sea por la tormenta —aventuró Ariadna, y era la explicación más razonable. ¿Por qué, entonces, no le resultaba convincente? Dejó eso de lado para observar a los niños, y la invadió el desánimo al notar que ahora se veían asustados. Había sido una mala idea lo de la estúpida salida al campo, pensó la mujer. Si se hubieran quedado en casa, los niños estarían pidiendo golosinas o divirtiéndose en alguna fiesta de Halloween, en lugar de hallarse dentro de un coche repleto, en una carretera desierta y oscura bajo una tormenta primaveral.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó Mariela con un hilo de voz.

—No te preocupes, cariño, todo estará bien —contestó su padre, aunque no transmitía mucha seguridad. La niña había dado justo en el clavo: algo tendrían que hacer.

Ejerciendo su papel de jefe de la familia, Raúl se aclaró la garganta y dijo, con un tono más decidido:

—De acuerdo, ya tengo un plan. Me pondré el impermeable que está en la cajuela y saldré a buscar ayuda. No puede ser que estemos tan aislados. Como mínimo, encontraré un sitio donde haya cobertura, y entonces llamaré a alguien para que venga por ustedes. ¿Les parece bien?

La pregunta iba dirigida a Cecilia y Ariadna, quienes asintieron sin dudarlo. Efectivamente, era un buen plan.

—Sí. Bien, aquí voy. Deséenme suerte —pidió el hombre, y salió del auto.

—¡Ten cuidado, cielo! —le dijo su esposa antes de que él cerrara la puerta. Raúl hizo un gesto afirmativo y fue en busca del mencionado impermeable. No tardó en esfumarse por la carretera, oculto por la noche y la cortina de agua. Menos mal que no soplaba el viento, pensó Ariadna. Había muchos árboles viejos que podrían caer sobre él...

Cecilia se cambió al asiento del conductor y le dijo a Mariela:

—Cariño, ven adelante, así todos estarán más cómodos.

La chiquilla asintió, y con esa agilidad propia de los ocho años, no tardó en colocarse junto a su madre. Lo más conveniente hubiera sido que Ariadna se pasara al asiento del copiloto, pero no iban a dejar a los niños solos junto al desconocido. En cuanto al muchacho, no dijo ni una palabra. Continuaba mirando hacia afuera, y a Ariadna le llamó la atención que casi pegara el rostro a la ventanilla, luego de pasar una mano por el cristal empañado.

—¿Has visto algo? —le preguntó ella.

—No estoy seguro. ¿Qué serán esos puntos brillantes?

—¿Puntos brillantes?

El joven se echó hacia atrás para que Ariadna pudiera echar un vistazo. Sí era verdad lo de los puntos brillantes: se hallaban entre los árboles, de a pares.

—No pueden ser luciérnagas —opinó la mujer—. ¿Ardillas?

—¿A esta hora? ¿Con la tormenta?

—Yo no veo nada —dijo Cecilia, y como si esa frase hubiera tenido algún efecto sobre los puntos luminosos, éstos desaparecieron. Ariadna volvió a reclinarse sobre el respaldo.

—Debió ser una ilusión óptica —concluyó, pero no porque así lo creyera, sino para tranquilizar a los niños, a su hermana y a ella misma. El muchacho aún lucía preocupado. En voz baja, explicó:

—Revisé mi auto cuando se paró. Tenía varios desperfectos, como si se hubieran metido unos bichos adentro. Tal vez ratas muy grandes. —Ariadna le dio un codazo suave e hizo un gesto disimulado hacia los niños—. Perdón —susurró el joven, y la mujer asintió con otro gesto disimulado. A Agustín le daban miedo las ratas, y Mariela no confiaba en ningún animal con dientes, salvo los perros pequeños. No había razón para asustarlos más de lo que ya estaban.

—Parece que estaremos aquí un buen rato —dijo ella en voz alta y alegre—. ¿Qué tal si jugamos a las adivinanzas?

—Buena idea —replicó Cecilia, y entre ambas hermanas consiguieron distraer a los niños. Ariadna, no obstante, siguió echándole miradas de reojo al muchacho, quien ahora parecía vigilar al resto del grupo con una expresión inquietante. El aerosol de pimienta estaba en su bolsillo derecho, se recordó la mujer. Sería fácil sacarlo de ahí en caso de que... Por todos los cielos, ¿qué se había apoderado de ella al ver al autostopista? Vivía sola, estaba acostumbrada a desconfiar de los demás. Más que pálido y flaco, el muchacho se veía demacrado. Quizás hubiera padecido alguna enfermedad, o tal vez fuera anoréxico. Los trastornos de la alimentación ya no eran exclusivos de las jovencitas. Pero esa mirada tan penetrante, tan madura, tan... antigua.

Ariadna se reprendió a sí misma por pensar semejantes estupideces. Sí, era Halloween, pero ella no creía en los fantasmas ni en nada por el estilo. A sus treinta y nueve años, todos los monstruos que había conocido eran perfectamente humanos.

Se concentró en el juego. Fuera del coche, los truenos habían cesado pero el agua caía a raudales, bastante fría, a juzgar por la menguante temperatura del vehículo.

Todos, salvo el autostopista, gritaron cuando algo golpeó la ventanilla del conductor. Era Raúl. Cecilia abrió la puerta.

—¡Serás idiota, nos diste un susto de muerte! —exclamó ella.

—Lo siento. Debí imaginar que no me verían llegar. Pero tengo buenas noticias: encontré una casa, por un camino perpendicular a la carretera. Los dueños aceptaron alojarnos por esta noche. ¡Hasta me prestaron unos paraguas!

Raúl levantó la mano que cargaba un racimo de dichos objetos. Eran buenos paraguas: grandes, negros, con mangos de madera. El rostro de Cecilia se iluminó con una amplia sonrisa de alivio.

—¡Oh, menos mal! Comenzaba a pensar que tendríamos que dormir en el auto. Niños, cada uno tome un paraguas. Ari, ayúdame con los bolsos. —Cecilia hizo una pausa al recordar que había alguien más en el auto—. No nos has dicho tu nombre —observó, dirigiéndose al muchacho.

—Soy Damián. Damián Méndez.

—Bueno, Damián, supongo que... tendrás que venir con nosotros.

El joven asintió. Su expresión era serena y no reflejaba emoción alguna.

—Puedo ayudar con los bolsos —dijo, y esto pareció tranquilizar a Cecilia y Raúl. Ariadna ya no sabía qué pensar del muchacho. Se pusieron en camino poco después, tras haber repartido los paraguas y los bolsos de la manera más cómoda posible. Nadie tenía botas de lluvia, sin embargo, y Ariadna maldijo a sus zapatillas y calcetines empapados durante buena parte del trayecto. La tormenta era bastante más pesada de lo que había parecido dentro del auto, y aunque el agua corría sin dificultades hacia los lados de la carretera, cada bache constituía un pequeño lago para esquivar.

—Mami, tengo frío —dijo Agustín.

—No te preocupes, no es muy lejos —le contestó su padre—. Es una casa grande y bonita, un poco antigua. Los dueños son una pareja mayor, pero muy simpáticos los dos. Dijeron que estarán felices de ver niños en su casa, porque hace mucho que no los visitan sus nietos. Podrás calentarte junto a su chimenea.

—Oh. Bueno, papi.

Ariadna no pudo evitar pensar que aquello se parecía demasiado a una película de horror. Primero el autostopista sospechoso en la carretera, y ahora se dirigían hacia una casona a pasar la noche. La mujer estuvo a punto de mencionar esto último en voz alta, a modo de chiste de Halloween, pero las caritas desanimadas de sus sobrinos la hicieron callar. Los pobres ya habían tenido suficientes emociones para un solo día.

Salieron de la carretera y avanzaron unos diez minutos por un camino de tierra que empezaba a convertirse en un lodazal. Entonces vieron la casa.

La iluminación exterior la hacía destacar incluso en medio de la lluvia. No era la mansión tétrica que Ariadna había imaginado; por el contrario, se veía en buen estado y acogedora, a pesar de que todas las ventanas tenían rejas. La puerta, de madera sólida, ostentaba una aldaba con la forma de una cabeza de gárgola o criatura similar. Una figura horrenda, en todo caso. Muy apropiada para el Halloween, sin embargo. Pero Raúl no usó la aldaba para llamar a la puerta, sino que tocó el timbre un par de veces hasta que se escucharon pasos del otro lado.

Ariadna nunca había visto una mujer de aspecto más inofensivo que aquella anciana. Era una típica abuelita de película infantil, con el cabello blanco atado en un rodete, un vestido anticuado pero limpio, y una sonrisa de dentadura postiza tan tierna como un pastelito de vainilla.

—¡Me alegra que haya regresado sano y salvo, señor García! —le dijo ella a Raúl—. ¡Oh, pero qué niños más adorables! Pasen, pasen todos adentro, que hace una noche horrible. Menudo aguacero. Quítense los zapatos y los calcetines, por favor. No me gustaría que quedaran marcas de barro y agua en las alfombras. Eso es. Podemos prestarles unas pantuflas, que tenemos muchas. Cosas de viejos.

La señora se rió. De nuevo, su aspecto resultó adorable, pero Ariadna notó que los ojos grises de la anciana no se apartaban de Damián. Y no era la mirada recelosa de una señora ante un joven desconocido, sino algo muy extraño que Ariadna no consiguió descifrar.

—¿Son ellos? —dijo una voz masculina, también anciana, desde otra habitación, y luego apareció el dueño de casa—. Ah, sí, son ellos. Espero que les hayan servido esos paraguas. Suele llover bastante por estos lados. En fin, me presentaré de nuevo para los demás: soy Humberto Luján Rosadilla, y ella es mi esposa Norma.

Siguieron más presentaciones. El hombre parecía tener la misma edad que su mujer, unos ochenta años, pero se lo notaba saludable y sin señales de artritis, cataratas u otras enfermedades degenerativas. Al igual que su esposa, le dirigió una larga mirada a Damián. El muchacho frunció el ceño y se hizo el distraído.

—Menos mal que siempre tenemos comida de sobra —dijo Norma—. He puesto algo a cocinar mientras ustedes venían para acá. Mi esposo y yo comemos más temprano, pero con gusto les daremos de cenar, sobre todo a estos preciosos niños. ¡Oh, me olvidaba de que hoy es la Noche de Brujas! Qué bueno que ayer hice merengues. Pasen por aquí y siéntense. El baño de invitados queda por allá. Enseguida les traeré esas pantuflas.

Cecilia y Raúl parecían encantados con tanta hospitalidad. Los niños recuperaron su buen humor, pero Ariadna... Ariadna empezaba a sentirse como si hubiera caído en un episodio de La dimensión desconocida. Curiosamente, le dio la impresión de que a Damián le pasaba lo mismo, y eso provocó que, en un instante, ambos se hallaran en el mismo bando. Damián, no obstante, se mantuvo más cerca de una pared que los demás, casi como un perro guardián en territorio ajeno. La anterior serenidad de su rostro había dejado paso a una actitud vigilante.

Llegaron a un comedor muy bonito y amplio, con una mesa en su centro rodeada por doce sillas.

—¿Cuántas personas viven aquí? —le preguntó Cecilia al dueño de casa.

—Ahora mismo, sólo mi querida Norma y yo. Tenemos empleadas domésticas que vienen tres veces por semana. Norma y yo criamos una familia grande, pero luego cada uno se fue por su lado y... cosas que pasan. Por eso es que recibimos a los invitados, como ustedes, con los brazos abiertos.

El hombre sonrió. A diferencia de su mujer, la sonrisa le otorgaba una expresión astuta ligeramente desagradable, pero Ariadna se obligó a no pensar en ello. Hasta el momento, lo único malo que les había sucedido era lo del auto parado en medio de la tormenta; ¿a qué se debía, pues, tanta paranoia? Ella no solía reaccionar así. Debía ser por el estúpido Halloween.

La anciana regresó con varios pares de pantuflas. Incluso las más pequeñas eran demasiado grandes para los piececitos de Mariela y Agustín, pero a ellos no pareció molestarles, sobre todo porque habían detectado el olor a comida proveniente de la cocina y ya se estaban preparando para cenar. Cecilia les ordenó que dejaran los cubiertos en paz hasta que fuera el momento de usarlos. Mientras tanto, Norma sirvió unos vasos de jugo de naranja "para ir abriendo el apetito". Ariadna se dio cuenta entonces de que ella también tenía hambre y sed, y aceptó la oferta dando las gracias a su anfitriona.

—Yo no voy a comer —dijo Damián en el tono más educado posible—. Es que... tengo varias alergias alimentarias, y sólo confío en la comida que yo mismo me preparo. Y comí hace tres horas, además. No tengo hambre.

Esta vez, los dueños de casa le echaron al joven la misma mirada calculadora. Fue muy breve, pero Ariadna la notó y sintió que su paranoia volvía a cosquillearle en el cerebro como un insecto persistente.

—No pasa nada, querido —replicó la anciana—. Puedes ponerte cómodo junto al fuego, entonces.

—Desde luego —la secundó su marido—. En esta casa todo el mundo es libre de comer o no según le plazca.

—Aunque te ves un poco delgado, querido —dijo Norma—. Casi no tienes carne sobre los huesos.

—Estoy bien —replicó Damián, y se dio vuelta para ir a sentarse en un sillón. Los ancianos se encogieron de hombros y volvieron a dedicar su atención al resto de los invitados.

La cena estuvo muy bien, para haber sido preparada con tanta rapidez: arroz blanco y guisantes enlatados, verduras frescas, tostadas con queso y jamón, y unas copas de vino que el señor Luján Rosadilla tuvo la amabilidad de descorchar para los adultos.

—Planeaba servirlo la semana que viene —dijo el anciano—, ya que vendrán unos parientes de visita, pero qué rayos, hoy es un día festivo, aunque sea prestado de otra cultura. ¡Salud!

Entre la cena, el vino y el cansancio, a Ariadna comenzó a entrarle sueño, y se sorprendió al ver que recién eran las diez. Norma condujo a los visitantes al piso superior, donde había unos cuantos dormitorios vacíos que, en espera de la próxima visita familiar, ya estaban convenientemente dispuestos. Damián, detrás de Ariadna, murmuró para sí:

—Qué feliz coincidencia...

Y era una gran coincidencia, pensó Ariadna. Toda la situación parecía... arreglada, pero seguro que no tenía nada de malo. Al diablo la paranoia. Sí ocurrían coincidencias de vez en cuando, y en ese preciso instante lo único que ella deseaba era quitarse la ropa todavía húmeda, ponerse algo más cómodo y dormir hasta la mañana siguiente.

—Ustedes pueden dormir aquí, que hay una cama grande —indicó la anciana—. En ese otro cuarto hay dos camas individuales.

—Yo tomaré ésa —dijo Ariadna—. Mariela podría quedarse conmigo, y Agustín con sus padres.

—Oh, desde luego. Entonces sólo nos faltaría un dormitorio para este adorable muchacho, ¿verdad? Tú puedes dormir ahí, querido. Bien, dulces sueños para todos. Y... feliz Noche de Brujas.

La anciana sonrió de nuevo, y Ariadna se dio cuenta de que sus dientes no eran postizos, sino naturales. Menuda hazaña, llegar a los ochenta años con la dentadura así de impecable. Eso o tenía un muy buen odontólogo.

Norma se dio vuelta y caminó de regreso a las escaleras, paso a paso y arrastrando los pies por la alfombra.

—Qué pareja tan encantadora —opinó Cecilia una vez que la anciana se hubo perdido de vista—. Un poco raros, pero muy hospitalarios.

Ariadna no estaba segura de que "un poco raros" fuera suficiente para describir a aquellos ancianos, pero bueno, a los ochenta años cualquiera podría darse el lujo de ser excéntrico.

—Ven conmigo, Mariela —le dijo a la niña—. Si no tienes sueño, te contaré una historia de fantasmas. O una de princesas, si ya estás harta del Halloween.

—Tengo sueño —replicó la niña con una vocecita nada propia de ella. Ariadna le acarició el pelo.

El dormitorio era pequeño pero bonito, y las camas se veían muy cómodas. La mujer y su sobrina se acostaron, y no hubo tiempo de contar historias porque la niña no tardó ni cinco minutos en conciliar el sueño. Ariadna tardó un poco más: diez minutos.

La mujer durmió apaciblemente, hasta que la despertó un dolor intenso y vio los ojitos luminosos justo sobre su pecho.

(Continuará...)

Gissel Escudero

6 comentarios:

  1. ¡¡¡Gracias a tí, Gissel!!! Para mí ha sido un honor que hayas usado el tema que sugerí para este macabro cuento ;D

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    1. El gusto ha sido todo mío. Y ya puedes ir pensando en un tema para el año que viene, por cierto :-D

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  2. Ñec, Ñec! Al nene gustando el cuento! Esos viejecillos dan mala espina. Esos ojos que miran desde los arbustos y ahora encima del pecho de la tía Ariadna...chan, chan! Ahora tiene que empezar la sangre. Que corra, que corra el líquido carmesí!Qué fluya cual río!
    Pero que no les pase nada a los niños, por favor. ¡Que me cago vivo!
    Voy a por el siguiente episodio.

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  3. Es muy largo, veo que no puedes escribir textos cortos, bueno, no todos pueden, pero es lo que la gente lee hoy en día. Suerte.

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    1. Oh, sí que puedo escribir textos cortos (como en mi blog El Mundo de Gissel), pero digamos que trato de combatir este espantoso déficit de atención que han generado las nuevas tecnologías :-) La capacidad de concentrarse es importante para el éxito académico, después de todo. ¡Saludos!

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