31 de octubre de 2012

El invitado (parte 2/2)

Esa misma tarde, Leticia descorchó una botella de vino que había traído del supermercado. Dejando solamente una lamparita encendida, tal vez a modo de desafío, la mujer se sentó en la alfombra, con la espalda contra la pared, y empezó a vaciar la botella en una copa de cristal. Entre copa y copa, dijo en voz alta:

—Hoy le hablé de ti a mi amiga Yolanda. Y no le mentí en absoluto: tú no me asustas, seas quien seas. O quien hayas sido en vida. No me vas a sacar de mi casa aunque hagas cosas peores.

La lamparita parpadeó. Leticia bebió otra copa.

—Más te vale no romper esa lamparita. Es de bajo consumo, y salen caras. ¿Quieres saber por qué no me asustas?

En la cocina se abrieron las puertas del aparador. Ella lo supo por el chirrido. Continuó bebiendo sin inmutarse, y como no solía tomar alcohol, las piernas se le aflojaron y sintió un ligero mareo. Daba lo mismo, sin embargo, porque no iba a conducir esa noche.

—Cuando vivía en mi otra casa, fui al cine con mis amigas. La función empezaba a las nueve y terminó como a las once, o sea que era aún más tarde cuando volví a casa. El autobús me dejó a tres cuadras, así que tuve que caminar. No pensé que hubiera peligro.

Leticia bebió otra copa. Había vaciado dos tercios de la botella. Algo hizo ruido en el baño, como si el vasito con el cepillo de dientes hubiera caído en el lavabo.

—Uh, qué impresionante. Apuesto a que no puedes desacomodar las toallas. Las grandes, ¿eh?, no las de mano. Como decía, era tarde y yo iba muy tranquila caminando esas tres cuadras desde la parada hasta mi casa. Entonces los vi.

La mujer tomó aliento, reprimiendo sin mucho éxito un escalofrío.

—Eran tres contra uno. Todos jóvenes, ninguno pasaba de los veinte años. Estaba oscuro, pero igual pude ver que los tres atacantes estaban drogados. Drogados y enloquecidos. Hasta esa noche yo no creía en los demonios, pero en ese momento me pareció que lo eran, con los ojos rojos y unas muecas horribles, dándole de patadas al pobre muchacho en el suelo. El chico sangraba y gemía. Ya no le quedaban fuerzas para gritar. Me miró con una desesperación tremenda, aunque sin pedir ayuda. Creo que sabía que estaba muriendo.

Leticia bebió la última copa de vino. Iba a hacerle trizas el estómago, y sentía que ya empezaba a dolerle la cabeza, pero al menos le había dado fuerzas para contar la historia. Faltaba la última parte, sin embargo.

—Dejé caer mi bolso sin darme cuenta, y me di vuelta para correr y llamar a la policía, o a cualquier otra persona que pudiera hacer algo. Pero los tres muchachos me habían visto, y dos de ellos corrieron detrás de mí. Por suerte llevaba zapatillas de goma y no estaba muy lejos de la avenida, o me habrían alcanzado y yo también estaría muerta ahora. Y menos mal que justo pasaba ese coche. Me puse delante de él, agitando los brazos, y los dos muchachos dieron media vuelta y escaparon. El coche paró. Adentro había más jóvenes, que iban para una fiesta, pero llamaron a la policía y volvieron conmigo al sitio donde estaba el muchacho lastimado. Ya no respiraba. Le habían roto varios huesos, y tenía la cara hecha trizas. De los asesinos no había ni rastro, pero yo recordaba sus caras. Las recordaba muy bien.

Leticia dejó la copa a un lado, tumbando de lado la botella sin proponérselo. Pero daba lo mismo, porque ya no quedaba nada en su interior. La lamparita volvió a parpadear y finalmente se apagó.

—Oh, mierda, te dije que no la rompieras —dijo Leticia, arrastrando un poco las palabras—. No eres un fantasma muy respetuoso, ¿lo sabías? —Suspiró—. Atraparon a dos de los asesinos, y yo pude identificarlos en la comisaría, y después testifiqué contra ellos en el juzgado. Al tercero no pudieron agarrarlo, aunque también conseguí identificarlo. Todavía recuerdo su nombre, además de su cara. ¿Sabes por qué mataron al pobre muchacho? Porque no tenía suficiente dinero. Esos tres hijos de puta querían dinero para más drogas, y como el chico sólo llevaba unas monedas que le sobraron del autobús, se descargaron contra él hasta matarlo, como si fuera una piñata. Qué asco de mundo, ¿verdad?

La mujer cerró los ojos. Empezaba a sentir la cabeza pesada.

—Me mudé porque tenía miedo de las represalias. Todavía no han atrapado al tercer muchacho, y las familias de los otros dos se dedicaron a hacerme la vida imposible por enviar a sus "niños" a la cárcel, como si no hubieran asesinado a un chico indefenso en pleno ataque de locura por las drogas. Me preocupaba ir al supermercado un día y que alguien me arrojara una piedra a la cara, o que me atropellaran, o que me acorralaran en alguna parte y me dieran una paliza. Me preocupaba acabar muerta por haber denunciado un crimen. Ninguna buena acción se queda sin castigo, ¿eh? Es por eso que no te tengo miedo. La realidad me asusta más que tú. Y puestos en ello, en realidad creo que eres inofensivo, aunque te gusten las películas de terror.

Leticia se levantó, pero tuvo que apoyarse contra la pared un momento porque había perdido la coordinación de su cuerpo.

—Oh, mierda. Me levantaré con resaca, estoy segura. Buenas noches, fantasma. Si continúas aquí por la mañana, empezaré a cobrarte el alquiler. Aunque sea para recuperar el costo de esa lamparita que acabas de romper.

La mencionada lamparita se encendió en ese instante. Al mismo tiempo también se encendió el televisor, y los canales cambiaron hasta que apareció una comedia. Las risas grabadas llenaron la casa.

—Ah, conque tienes sentido del humor después de todo, ¿eh? Te perdonaré el alquiler, entonces. Que descanses en paz.

Riéndose por lo bajo, Leticia caminó tambaleándose hasta su cama, donde se refugió sin cambiarse de ropa.

*****

Despertó en la madrugada, pero no por la resaca ni los malos recuerdos, sino a causa del frío que la atenazaba aun a través de las gruesas mantas. ¿Acaso no había encendido la calefacción antes de acostarse? No lo recordaba. Como fuera, la casa se sentía helada.

—Joder, ¿no te dije que esos jueguitos tuyos me hacen gastar en calefacción? ¿Acaso quieres salir, ahora que estás adentro? Eres peor que un gato.

Leticia gruñó mientras se levantaba. Tenía una fuerte jaqueca, además del frío, y no estaba de humor para bromas de fantasmas. Ni siquiera le hizo gracia el hecho de que acababa de amonestar a uno de ellos como si fuera una mascota traviesa. Lo único que quería era dormir hasta el mediodía, y ojalá para ese entonces ya se le hubieran pasado los efectos del vino. Oh, bueno. Aprovecharía para ir al baño, una vez que cerrara lo que fuera que el fantasma hubiese abierto.

Tanteando las paredes en la oscuridad, caminó por el pasillo con los ojos entrecerrados... pero se detuvo al distinguir una silueta a pocos metros de ella. El corazón le dio un salto en el pecho antes de acelerar sus latidos. Leticia se quedó paralizada un instante, muda de espanto, pensando que el fantasma había decidido aparecerse ante ella de esa manera, tal vez con la intención de perturbarla en una forma más personal y siniestra. Entonces la silueta se movió. Sus pasos hicieron un ruido suave contra el suelo de madera, pero eran pasos normales, pasos de un ser de carne y hueso, y Leticia comprendió que había un intruso en su casa. Retrocedió medio metro antes de que sus piernas le fallaran y cayera hacia atrás, golpeándose la espalda contra el umbral del cuarto de invitados. Luego sintió que se formaba un charco tibio debajo de ella, pero le tomó varios segundos darse cuenta de que se había orinado encima. El intruso tenía un cuchillo en su diestra, y avanzó hacia ella lentamente y con la cabeza baja, en posición de ataque.

Los ojos de Leticia habían tenido suficiente tiempo para acostumbrarse a la oscuridad, y no le bastó más que una mirada clara para reconocer al tercer asesino drogadicto. Un gemido escapó de su garganta, como el de un animal con una pata rota dentro de un pozo muy profundo.

Yo soy la única testigo, pensó ella en medio de su ataque de pánico. Ha venido a eliminarme.

Esta idea consiguió devolverle el control de su propio cuerpo. Arrastrándose primero, se alejó del atacante hasta que pudo darse vuelta y ponerse de pie. El único problema era que no había escapatoria, pues el pasillo terminaba en el baño y el intruso ya se había lanzado sobre ella para agarrarla por el cabello. Leticia gritó. Se preparó para que el asesino la silenciara, quizás rebanándole el cuello... pero de pronto él ya no la sujetaba, sino que gritó tanto o más fuerte que ella, y luego se oyó el ruido de un cuerpo golpeando una superficie sólida. Leticia se volteó de nuevo para mirar y quedó paralizada una vez más, excepto que ahora fue a causa de la sorpresa. El asesino estaba flotando en el aire, y una fuerza invisible lo hacía estrellarse alternadamente contra las paredes y el techo, rompiéndole los huesos y creando una fina lluvia de sangre que manchó todo el pasillo como la obra de un artista chiflado. Incluso en la penumbra, Leticia pudo observar que la expresión del joven mostraba miedo y dolor, pero no pudo sentir lástima, puesto que así se había visto en su momento la cara del otro chico, el que ella no había podido rescatar. Lo que ella hizo fue retroceder un poco más, lejos de la sangre que salpicaba, y se quedó mirando hasta que el asesino dejó de moverse por sí mismo. Siguió flotando unos minutos más, sin embargo, como un títere roto, hasta que al fin se desplomó con un sonido contundente y definitivo. Entonces reinó el silencio. Leticia se dejó resbalar hasta el suelo, jadeando, y permaneció ahí hasta que su corazón volvió a un ritmo más o menos normal. Le tomó unos minutos más reunir las fuerzas para llamar a la policía, aunque tuvo que empezar varias veces para hacerse entender, ya que la voz le temblaba y sus primeras frases no resultaron coherentes. Luego de eso volvió al rincón y se sentó a esperar.

Las luces se encendieron por sí solas. Esto reveló con más detalle el escenario de la masacre, pero también sirvió para tranquilizar a la mujer. Cerrando los párpados un momento, dijo:

—De acuerdo, quizás no seas tan inofensivo después de todo. Pero gracias. Gracias.

Leticia sintió que unos dedos fríos tocaban suavemente su rostro. Abrió los ojos, pero no había nada frente a ella. Entonces creyó saber quién era su incorpóreo invitado.

—Espero que ahora estés en paz —dijo—. Pero puedes quedarte el tiempo que quieras.

Poco después, la policía llamó a la puerta.

Gissel Escudero

6 comentarios:

  1. ¡¡¡Me encantan las historias de fantasmas!!! Mis felicitaciones, Gissel!!! :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Gracias, Pepi! Me alegra que te haya gustado :-)

      Eliminar
  2. Una historieta fantasmagórica! El asesino asesinado por un ente. Me ha gustado, Gissel, pero tu sabes hacer pasar más miedo aún.
    Un fuerte abrazo y enhorabuena.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Me alegra que te haya gustado! El comentario sobre pasar más miedo, ¿es un reto? Porque mira que puedo ponerme a la altura... :-D Espérate a que publique cierta historia en Amazon... (de la cual no voy a adelantar nada porque es una sorpresa). ¡Saludos!

      Eliminar
    2. Si te lo quieres tomar como un reto, hazlo!
      Me refería a que he leído otras historias tuyas que me han dado más miedo que esta historia jeje yo espero pacientemente...mientras me leeré la del relato de wattpad y la del jardín. Aún me quedan muchas de este blog sin leer y estoy con el último de La Torre Oscura (superemocionado de estar de nuevo junto a Roland, Eddie, Susannah, Jake y Acho.
      Un abrazo!

      Eliminar
    3. Me lo tomaré como un reto, entonces. Mientras tanto, tú disfruta tu paseo por el Mundo Medio. :-)

      Eliminar