31 de octubre de 2012

El invitado (parte 1/2)

La puerta se abrió por sí sola una semana después de que Leticia se mudó a su nueva casa. No rechinó en sus goznes como en las películas de terror, ni fue empujada por una ráfaga inexplicable de viento. Simplemente... se oyó el clic de la cerradura y la puerta se abrió por completo, dejando a Leticia anonadada. Era la puerta principal y no había nadie del otro lado, ni siquiera algún vecino circulando por las calles, puesto que todos se hallaban en sus respectivas casas, almorzando. La mujer soltó la escoba y se apresuró a cerrar, pensando que aquello era muy raro y que debería tener más cuidado la próxima vez. Echaría el pasador o la cadena de ahí en adelante, dado que los robos habían aumentado en los últimos años. Los robos... y también los asesinatos. Brrr. Mejor no despertar esos recuerdos, se dijo Leticia; por algo se había mudado: para escapar del peligro. Quizás no pudiera protegerse de los ladrones comunes y corrientes, pero sí de otros criminales mucho peores.

A la hora de la cena, la puerta se abrió por sí sola de nuevo. Leticia lo supo por el cambio en los ruidos que venían de la calle, y volvió a cerrar preguntándose cómo carajo había sucedido, si ella estaba segura de haber atrancado con llave. ¿Acaso había un cerrajero travieso en el barrio? ¿O sería que el dueño anterior de la casa, a quien ella desconocía, trataba de divertirse a su costa? Como fuera, no tenía nada de gracioso. Aunque ella no pasara aún de los cuarenta y cinco años, no estaba para sustos después de lo que había padecido en los últimos meses antes de la mudanza. Necesitaba paz y tranquilidad, no bromas pesadas. Leticia volvió a cerrar con llave, cadena y pasador gruñendo maldiciones para sí.

A la mañana siguiente, la puerta seguía tal como ella la había dejado. La mujer suspiró, aliviada... hasta que vio la ventana abierta.

—¿Pero qué demonios...?

No había señal de que alguien hubiera forzado la ventana, y Leticia estaba absolutamente segura de haberla cerrado. Y no podía abrirse desde afuera, no señor.

Sintiendo un horrible escalofrío, la mujer inspeccionó hasta el último rincón de la casa, vaciando los roperos y mirando bajo su cama. También apoyó la oreja sobre las paredes por si había una mínima posibilidad de que existiera un pasaje secreto o algo así. Pero no encontró nada. Ni un solo intruso determinado a volverla loca. Ella estaba sola y... ¿segura? Comenzaba a dudar de esto último...

A pesar de sus temores, nada malo le sucedió a lo largo de la semana, excepto que las puertas y ventanas que daban al exterior continuaron abriéndose de manera inexplicable, sin importar que Leticia las bloqueara con objetos pesados o cerraduras inviolables de acero. Ella hubiera pensado que estaba loca, pero la puerta se había abierto una vez en presencia de una vecina, dando lugar a un momento bastante incómodo.

—Seguro que fue el viento —había dicho Leticia, pero la vecina se persignó y nunca volvió a visitarla.

En la noche más fría del año, cuando la mujer ya se había resignado a medias a convivir con el extraño fenómeno, sonaron tres golpes y las puertas y ventanas se abrieron al unísono, muy despacio, dejando entrar el viento y algunos copos de nieve. Aquello era el colmo. Sin saber lo que hacía, y sin soltar el cuenco de palomitas de maíz que estaba comiendo frente al televisor, Leticia dejó escapar un resoplido de fastidio y exclamó:

—¡Entra ya, si quieres, pero corta con eso!, ¿sí? ¡Me estás haciendo gastar una fortuna en calefacción!

El viento aumentó en intensidad. Las lamparitas parpadearon, la imagen del televisor se llenó de estática, y dos figuritas de porcelana cayeron sobre la alfombra, salvándose por poco de romperse. Las puertas y ventanas se cerraron de golpe, haciendo que la mujer pegara un salto en el sofá al tiempo que pegaba un grito.

Supo entonces que en verdad había dejado entrar algo a su casa.

*****

La pregunta de Leticia provocó que su nueva amiga Yolanda la mirara con recelo.

—¿Es en serio? —replicó ella.

—Muy en serio —aclaró Leticia.

—Pues... no, no creo en los fantasmas. ¿A santo de qué viene esa pregunta?

—Porque creo que hay uno viviendo en mi casa. Bueno, no sé si decir "viviendo" porque un fantasma no es un ser vivo. ¿Revoloteando? Mmm, no, eso hacen las mariposas.

—No estás hablando en serio.

—Sí, hablo en serio. Lo que pasa es que... no sé cómo decirlo. Tendría que estar asustada, ¿no? Y creo que el fantasma trata de asustarme un poco, pero más bien parece un juego: cambia cosas de lugar, me sobresalta a cada rato haciendo ruidos fuertes, y siempre enciende el televisor justo cuando están dando una película de miedo. Y vaya que hay algunas muy sangrientas...

Yolanda cambió su recelo por fascinación, o tal vez sólo le estaba siguiendo la corriente. Pero seguía ahí, de modo que Leticia concluyó la explicación:

—O sea, es molesto. Nada más. ¿No resulta algo decepcionante para un fantasma?

—¿Has llamado a la policía?

—No, ¿qué les diría? "Oficiales, vengan por favor a sacar al fantasma de mi casa porque hace ruido y pone películas que no me gustan." Pero sí llamé a un cura.

—¿Y?

—Me contestó que no le hiciera perder el tiempo con estupideces.

Yolanda soltó una carcajada.

—Sí, tú ríete, pero fue bastante grosero —replicó Leticia—. Quizás debería mudarme de nuevo, pero ahora mismo no tengo dinero. Además, qué carajo, me gusta la casa. Es cómoda. —La mujer hizo una pausa—. Todavía no me crees, ¿verdad? Ven a mi casa algún día. El fantasma no es del todo discreto, ¿sabes? El martes pasado le pegó un buen susto al electricista. Lo tuve que seguir afuera para pagarle, porque salió corriendo como si... bueno, como si hubiera visto un fantasma. Se puso blanco como la leche, el pobre. No creo que vuelva, y es una pena, porque trabaja bien y cobra barato.

Yolanda asintió, y ahora sí fue evidente que estaba tomando aquello como un juego.

—De acuerdo, iré a tu casa algún día a conocer al fantasma. Hasta podría llevarle unas galletas horneadas. Para que las huela, claro, porque los fantasmas no comen.

—Cierto.

—Bueno, me tengo que ir. Hasta mañana.

—Hasta mañana —respondió Leticia, y Yolanda se marchó a su apartamento. Ojalá no se hubiera tomado a mal la conversación, pensó la mujer; era un tema espinoso, desde luego, pero el alivio de sacárselo del pecho superaba el riesgo de perder una amistad. En fin, probablemente el asunto quedaría olvidado en una semana... o el fantasma haría de las suyas frente a Yolanda, confirmando la historia de Leticia. Cualquiera de las dos situaciones le vendría bien.

La mujer también regresó a su casa... sin darse cuenta de que alguien la vigilaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios: