28 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 3/3)

Las luces parpadearon, indecisas, y luego se apagaron por completo. El tren recorrió algunos metros adicionales llevado por la inercia, pero luego dejó de moverse. El "¡oh!" colectivo se escuchó en cada vagón del vehículo, reflejando sorpresa... salvo en el caso de la señora Manders. Su exclamación sonó con un fuerte toque de angustia, y la mujer, atrapada ahora en la oscuridad, pensó lo siguiente: alguna fuerza superior estaba haciendo todo lo posible con tal de detenerla. Presa del pánico, la anciana abandonó su asiento, gimiendo cada vez que se topaba con otros pasajeros. Su intento de escape no tenía sentido, por supuesto: aunque hubiese podido salir del vagón, ¿cómo iba a trasladarse a pie por el túnel del metro? Así, al alcanzar la puerta posterior no trató de abrirla, sino que dio media vuelta y comenzó a moverse en la dirección opuesta.

—Ayúdenme. Necesito ayuda —balbuceó. Unos brazos fuertes la apresaron por la cintura, impidiéndole continuar.

—¿Qué ocurre, señora? —preguntó la voz de un hombre joven—. ¿Es usted claustrofóbica?

—No, no. Pero tengo que llegar a cierto lugar antes de que sea tarde, de lo contrario...

—Bueno, señora, será mejor que tome asiento. Seguro que la electricidad volverá muy pronto. Respire hondo. Está asustando al resto de los pasajeros...

Aferrándose a la lógica de estas palabras, la señora Manders hizo caso. Fue la espera más larga de su vida, aunque sólo duró unos quince minutos; durante todo ese tiempo se dedicó a rezar en silencio, apretando los puños contra su pecho.

Las luces regresaron y el tren volvió a rodar sobre las vías.

—¿Lo ve? No había razón para perder la cabeza.

El propietario de la voz era un muchacho negro. La anciana hizo un gesto afirmativo y el joven le dedicó una dulce y blanca sonrisa.

Cuando la señora Manders salió a la calle, vio que no le quedaba más de media hora para llevar a cabo su tarea. Esta vez le resultó imposible no apresurarse, porque si no se apresuraba, simplemente fracasaría. Y fracasar no era una opción.

Había calculado bien: cuatro calles separaban el Saint George's Hospital de su destino. De todas maneras, la rápida caminata le provocó un dolor horrible en las caderas y el pie derecho, donde tenía un callo, pero su esfuerzo valió la pena, porque al final de la última cuadra divisó los muros grises que contenían su anhelada meta.

Sin embargo, y en contra de sus expectativas, el portón estaba cerrado.

*****

¡Toc-toc! ¡Toc-toc-toc!

—¿Sí?

—¡Dulce o travesura!

La puerta se abrió para dejar salir a una anciana con un largo vestido gris y su escaso pelo recogido en un moño.

—¡Ay, pero qué niños tan encantadores! Aquí tienen sus golosinas, pequeñitos. Uy, ¿qué es ese olor a podrido? ¿Acaso se metieron en un basurero? En fin, no importa. ¡Feliz Halloween!

La anciana puso chocolates y caramelos en la bolsa de cada niño, exhibiendo mientras tanto una enorme y gastada sonrisa. Su aspecto era en verdad grotesco, pero los niños no dieron muestras de repulsión.

—¡Gracias, señora! ¡Feliz Halloween!

De vuelta en la calle, el demonio sacó de su bolsa uno de los chocolates y lo olfateó cuidadosamente por debajo de la máscara. Luego se lo pasó al hombrecito.

—Huele. ¿No te parece familiar?

El hombrecito también acercó el chocolate a su nariz.

—¿Estricnina?

El demonio asintió, y los niños inspeccionaron todos los regalos de la anciana.

—En éste hay veneno para ratas —dijo el hombrecito—, y en éste creo que hay cianuro. ¡Ja! Como si fuéramos a caer dos veces en el mismo truco...

El demonio observó uno de los caramelos con actitud pensativa.

—¿Creen que sea una bruja? —Los otros se encogieron de hombros—. Oh, da igual. De cualquier manera, ¡me agrada!

Los tres niños rieron de buena gana y siguieron adelante, y poco después se cruzaron con un grupo de fantasmas.

—¡Oigan! —los llamó el demonio—. Nos sobran algunos dulces, ¿los quieren?

—¡Sí! —dijeron los niños a coro.

—Pues aquí los tienen. ¡Feliz Halloween!

Y los fantasmas se alejaron con las golosinas envenenadas en sus pequeñas calabazas de plástico.

—No debimos hacer eso... —opinó el ángel más tarde.

—¿Y ahora lo dices? —preguntó el demonio—. ¿Qué es esto? ¿Cargo de conciencia con acción retardada? ¿Acaso comiste un caramelo con Valium?

Y de nuevo los tres chicos estallaron en carcajadas.

*****

En la casa de los Smith se estaba desarrollando una tremenda pelea familiar.

—¡Queremos salir! —dijeron los tres hermanos de Jessica. Su madre los miró con patente nerviosismo.

—Lo siento, no puedo dejarlos ir. La orden del juez fue muy clara...

—¡Ojalá se muera! —exclamó uno de los niños, y Sarah retrocedió. Los tres hijos de los Smith cumplían ocho años ese mismo día, pero a veces sonaban como enanos atrapados en cuerpos juveniles, criaturas del infierno capaces de... cualquier cosa.

—¡Queremos salir a pedir dulces! —gritaron los niños al unísono, escupiendo saliva y agitando los puños en gesto de amenaza.

De pronto la madre de Jessica mudó por completo su actitud. Sus facciones se suavizaron, y en sus labios apareció una sonrisa conciliadora.

—No puedo dejarlos ir... así que he preparado una fiesta para ustedes, con dulces y regalos.

—¿De verdad, mamá?

—¡Qué buena eres!

—¿Comeremos pastel?

—Sí, un pastel bien grande —dijo Sarah, y extendió un brazo en dirección a la cocina. Los niños marcharon por delante de ella, olvidando su rabieta.

—¿Mamá? —preguntó Jessica. No entendía nada.

—¡Jessie! Acompáñanos. Cuantas más personas en la fiesta, mejor. Espero que tu padre vuelva pronto del trabajo, así también festejará con nosotros...

Frunciendo el ceño, la chica siguió a su madre hasta la cocina y se llevó una sorpresa: Sarah había decorado los muebles con tiras de papel negro y anaranjado, y la mesa rebosaba de dulces y refrescos. Los niños ya estaban echando mano de las golosinas, llenándose la boca como animales salvajes.

—¡Feliz cumpleaños, queridos! —dijo Sarah, y con gran ceremonia abrió el armario que ocultaba un hermoso pastel de tres pisos. Cantando, la mujer lo llevó a la mesa y encendió las velas.

—¡A la cuenta de tres! —dijo uno de los niños—. Uno... dos... ¡tres! —y juntos apagaron las veinticuatro llamas. Sarah cortó un pedazo para ella misma y otro para Jessica, dejando el resto del pastel a merced de los varones. Pero los niños no lo tocaron. En lugar de eso, miraron fijamente a su madre.

—¿Está bueno? —preguntó uno de ellos entrecerrando los párpados. Sarah probó su tajada con un tenedor.

—Sí, está delicioso —respondió, y masticó otro bocado, y otro, y otro, hasta vaciar el plato—. Exquisito.

Esto disipó las dudas de sus hijos, quienes por fin se abalanzaron sobre el pastel. Jessica examinó su porción. Olía de maravilla y su aspecto era excelente, así que se dispuso a comer.

Sarah le pellizcó el brazo. Aún ostentaba una expresión alegre, pero sus ojos contaban otra historia. Sus ojos contemplaban a Jessica con una mezcla de alarma, temor... y resignación.

Al entender el significado de esa mirada, a la chica se le cayó el alma a los pies.

—Mamá... —susurró, pero Sarah le ordenó callar apretándole la mano.

Lo que estaba por suceder era inevitable. Conteniendo el llanto, Jessica también apretó la mano de su madre, acariciándole los dedos en una muda despedida.

Los niños dejaron de comer. Sus caritas redondas, tan idénticas que resultaba imposible distinguirlas entre sí, adoptaron un color extraño.

—No me siento bien...

—Yo tampoco...

El tercer niño clavó la vista en Sarah, y su mirada se volvió tan dura y afilada como un cuchillo de diamante.

—¿Qué has hecho, mamá?

Entonces Jessica supo que, de no haber sido porque el veneno ya comenzaba a hacer efecto, sus tres hermanos las habrían asesinado a ella y a su madre empleando cualquier objeto punzante de los que había en la cocina. En cambio, se desplomaron gritando y retorciéndose, con los ojos desorbitados y la boca llena de espuma. A la chica le parecieron tres babosas a las que alguien hubiera echado una pizca de sal.

Sarah tardó un poco más, pero también murió en agonía. Poco antes de exhalar su último aliento, tocó el rostro de su hija y balbuceó:

—Se han ido. Los monstruos se han... Te quiero, hi...

Jessica se echó a llorar sobre el cadáver de su madre, detestando y agradeciendo al mismo tiempo su valiente sacrificio...

Casi un año después de los cuatro funerales, cuando el padre de la chica fue llamado a la guerra y ella se mudó con su abuela, la mujer la llevó al cementerio. Primero dejaron unas flores en la tumba de Sarah, y luego, ignorando toda protesta, Kate arrastró a su nieta hacia donde yacían los tres hermanos.

—¿Qué hacemos aquí, abuela? Volvamos a casa. No quiero... no quiero estar cerca de ellos.

—Arrodíllate, muchacha. Vamos a rezar.

—¿Rezar por qué?

La mujer miró a Jessica con sus ojos sabios y oscuros. No sólo conocía todos los mitos de su Irlanda natal; también creía firmemente en ellos, sin importar lo que la Iglesia dijera al respecto.

—Vamos a rezar —repitió— para que los muertos sigan descansando en paz.

Y la mujer comenzó a recitar una plegaria en gaélico, mientras el sol teñía de naranja las tres lápidas cuya fecha de nacimiento y muerte era la misma.

*****

La señora Manders tuvo que ponerse a gritar para llamar la atención del guardia. El hombre se acercó a ella preguntándose sin duda por qué diablos chillaba de esa manera, de modo que la anciana trató de calmarse.

—Disculpe, señor. Necesito entrar. Es importante.

—Debió venir antes, entonces. Ya hemos cerrado.

—Sí, lo sé. Es que sufrí un asalto, ¿ve? —la mujer enseñó sus manos—, y eso me demoró. Por favor, ¿no podría dejarme entrar? Sólo serán unos minutos...

—Lo lamento. No hay excepciones. El horario es el horario.

El hombre señaló la placa en el portón.

—¡Se lo suplico! —insistió la mujer—. ¡Es una cuestión de vida o muerte!

—¿Una cuestión de vida o muerte? —rió el guardia—. ¿En este lugar? Señora, no sea ridícula. Venga mañana, como corresponde a la fecha.

—Pero...

La señora Manders cerró la boca. De repente estaba todo muy claro: el hombre no quería dejarla entrar. Él escuchaba la urgencia en su voz, veía la desesperación en su rostro, pero esto, en lugar de mover su compasión, había despertado su vena perversa. La anciana no pensó esta vez que la negativa del hombre fuera otro signo de la mala suerte que venía acosándola desde el principio; era tan sólo el impulso sádico de un funcionario ejerciendo su pequeño poder como un dictador. No había nada que hacer.

Sin despedirse, la señora Manders se alejó del portón. Tendría que hallar otra manera de alcanzar el interior.

El muro medía tres metros de alto y era imposible de trepar. La anciana comenzó a rodearlo en busca de alguna puerta secundaria que alguien se hubiera olvidado de cerrar, o de un agujero hecho en la piedra por indigentes o vándalos. Mientras tanto, su reloj marcaba inexorablemente el paso de los minutos.

Hacia la mitad del recorrido, la mujer llegó a un acceso para vehículos. Estaba cerrado, pero en ese preciso instante se aproximaba un coche negro, cuya señal provocó la apertura de la reja automática.

—Gracias a Dios —musitó la anciana, y se escabulló detrás del coche como una sombra más.

Conocía de memoria los senderos de aquel lugar. Había ido allí muchísimas veces con su abuela, hasta que Kathleen Reilly falleció. El año siguiente dejó de cumplir la tradición, por cansancio, incredulidad y una buena dosis de rebeldía.

Entonces pasó algo terrible. Una serie de tragedias que llenaron los titulares al día siguiente. Al leer las escalofriantes noticias, la señora Manders descubrió de la peor manera que las creencias de su abuela no era supersticiones absurdas.

Nunca más faltó a su cita en el cementerio. Tampoco le dijo a su marido por qué lo hacía; hasta el final de su existencia, Kevin Manders supuso que su mujer rezaba frente a las tumbas de sus hermanos por simple amor fraternal.

Jessica Manders corrió sin detenerse a pesar del dolor en sus articulaciones. Tenía que llegar antes del ocaso, antes de que los espíritus volvieran desde el otro mundo...

Allá estaban las tres lápidas. La anciana se arrodilló en el pasto y juntó sus manos, sin advertir que el borde del círculo solar ya no se distinguía por encima del muro y que las primeras estrellas estaban apareciendo en lo alto. Había cerrado los ojos para decir su plegaria.

Cuando abrió los párpados, se encontró rodeada por una densa negrura. Las lápidas, las esculturas y los troncos de los árboles parecían cerrarse sobre ella como depredadores, y una brisa llevó hasta su nariz un olor fétido tan intenso que la hizo llorar.

Desde tres puntos distintos, unas voces infantiles canturrearon:

—¡Dulce o travesura, hermanita!

*****

Cerca del amanecer, el demonio, el ángel y el hombrecito se colaron al cementerio por entre los barrotes del portón. A lo largo del camino fueron dejando los envoltorios de sus golosinas, las bolsas y los disfraces; de esta manera, cuando llegaron junto a las lápidas estaban completamente desnudos.

—Fue una buena noche —dijo uno de los niños. No había nada anormal en su aspecto, pero su hedor lo delataba.

—Sí, fue una buena noche. Mejor que la otra, ¿eh?

—¿Lo repetimos el año que viene? —dijo el tercer niño.

—¡Más vale! Pero será mi turno de escoger los disfraces.

—Sin embargo, esos chicos tuvieron una gran idea. ¿Creen que los encuentren algún día?

—Lo dudo —dijo el primer niño—. Ese pozo era profuuuuuuundo.

Los tres rieron un momento.

—Pero a ella sí la encontrarán —agregó el tercer niño.

A pocos metros de las lápidas yacía el cuerpo de la señora Manders, aparentemente intacto. Horas más tarde, durante la autopsia, el patólogo achacaría su muerte a un paro cardíaco provocado, tal vez, por una alucinación. Una muy mala, a juzgar por la expresión de terror congelada en sus facciones...

—Espero que la entierren junto a nosotros —dijo el segundo niño—. Así tendríamos compañía el próximo Halloween. ¡Ya quisiera verla con un disfraz de momia!

Los tres hermanos volvieron a reír, y riendo se deshicieron en sendas masas de gusanos blancos que, reptando a ciegas, se repartieron entre las tumbas para volver a la tierra húmeda. Los nombres en las lápidas eran diferentes, pero debajo de cada uno se leía:

31 de octubre de 1930
31 de octubre de 1938
REQUIESCAT IN PACEM

Gissel Escudero

6 comentarios:

  1. Pablo Graaf..
    me ha gustado mucho... el desarrollo de la acción en dos planos y ese final inesperado.

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  2. Menudo broche final!Alucinante! No me había dado cuenta hsta este cpítulo que Jessica y la Sra. Manders eran la misma.Qué niños más malos, asesinos y diabólicos. Enhorabuena Gissel!

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    1. ¡Gracias! ¡Me alegra que te haya gustado! Son niños muy, muy malos, sin duda. Hasta yo les tengo un poco de miedo :-D Besotes.

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  3. ¡¡¡Buenísimo!!! Esta tercera y última parte del cuento, me ha asombrado y emocionado....¡¡Qué niños más diabólicos, póbre y valiente Sarah y quien iba a decir que la señora Manders era la pequeña Jessica. ¡¡¡Qué final!!!
    ¡¡¡Mis felicitaciones, Gissel!!! :D

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado, Pepi :-) Y sí, son unos niños muy perversos. Si fueran de verdad, hasta yo les tendría miedo. ¡Gracias y besotes!

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