27 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 2/3)

La señora Manders se levantó del suelo con gran dificultad. Le sangraban las manos y las rodillas pero en ese momento no le importó, pues acababa de perder casi todo su efectivo y las llaves de su casa.

La anciana maldijo su soledad. No conocía a nadie que pudiera prestarle dinero o que la llevara a donde tenía que ir. ¡Estaba en serios problemas! No, rectificó: ella no estaba en problemas; otros estarían en problemas si no cumplía su tarea. Así pues, continuó marchando con la esperanza de conseguir ayuda.

La avenida estaba llena de transeúntes. Algunos vestían normalmente, pero muchos más, en especial los niños, llevaban disfraces y máscaras de todo tipo. Sin entrar aún en pánico, la señora Manders se fijó en aquellos que parecían ignorar la celebración del día; por algún motivo se le antojó que sería de mala suerte recurrir a los del segundo grupo.

—Disculpe. Disculpe, por favor —se dirigió la anciana a un hombre que estaba por subir a su auto—. Acaban de asaltarme. Se llevaron mi bolso, y...

—¿Quiere que la acompañe a su casa? —ofreció amablemente el caballero.

—No. Es decir, se lo agradezco, pero la situación es otra. Verá, yo... recibí una llamada hace cinco minutos. Mi hijo ha sufrido un accidente y tengo que ir a verlo al hospital.

—¿Cuál de todos?

—El Saint George's.

—Lo siento, pero temo que no pasaré cerca de ahí.

—¡Oh!

Viendo las manos heridas de la señora Manders y la auténtica desesperación que comenzaba a brillar en sus ojos, el hombre dijo:

—Escuche: la llevaré hasta la entrada del metro más cercana y le daré dinero para un billete, ¿le parece bien?

—Sí. Sí, gracias. Muchísimas gracias.

—No hay de qué. Suba al auto y abróchese el cinturón.

La señora Manders se acomodó junto al conductor. No se sintió culpable por la mentira: su objetivo real quedaba a cuatro o cinco calles del Saint George's Hospital, y el hombre no tenía por qué saber cuáles eran sus intenciones. Ahora sólo esperaba que ningún otro obstáculo se interpusiera en el camino...

Durante el corto viaje por la avenida, el automóvil paró una vez a causa de un semáforo. La anciana, impaciente, miró su reloj de pulsera... y de repente la sobresaltaron unos golpes en su ventanilla. Al girar la cabeza, por poco se le escapa un alarido: del otro lado del cristal había una espantosa cara verde, con verrugas, cuernos y una mueca sardónica. El dueño del auto se rió.

—¡Linda máscara! Pero deja de asustar a la señora y termina de cruzar antes de que cambie la luz.

El niño, pues era un chiquillo solamente, pasó frente al auto y se reunió con su grupo de amigos; sin embargo, el corazón de la señora Manders tardó un buen rato en apaciguarse.

—Hemos llegado —dijo el conductor unos cien metros después del semáforo—. Aquí tiene el dinero para su billete.

—Gracias por ayudarme.

—De nada. Aguarde, tome un pañuelo. Límpiese las manos, pero no olvide lavárselas con mucho jabón apenas llegue al hospital.

La anciana aceptó el pañuelo y las recomendaciones con una débil sonrisa.

—Buena suerte, señora.

—Lo mismo digo. Y gracias de nuevo.

El hombre le dedicó un saludo y siguió adelante.

Bastante más animada, la señora Manders descendió a las ruidosas entrañas de la ciudad, donde subió al primer vehículo que se detuvo frente al andén. Recién cuando el tren empezó a moverse, la anciana suspiró pensando que sí tendría éxito a pesar de todo.

*****

¡Triiinnnnnn!

Detrás de la puerta se escuchó una explosión de ladridos. Los tres niños permanecieron donde estaban.

—¡Toca de nuevo! —le ordenó el demonio al hombrecito, alzando la voz para hacerse oír por encima del escándalo.

¡Trrrriiiiiiiiinnnnnnnnnnnnnnnn! ¡Trinnn-trinnn-trinnn-trinnn-trinnn!

—¡Basta ya! ¡Lárguense! —gritó una voz masculina desde el interior.

—¡Dulce o travesura! —replicaron los niños.

—¡Y una mierda! ¡Váyanse o les echo al perro!

—¡Dulce o travesura!

—¡Salgan de mi propiedad!

—¡Dulce o travesura!

La puerta comenzó a abrirse... para dejar salir a un perrazo negro y con cara de pocos amigos. Los niños corrieron al portón y lo cerraron a tiempo, aunque el chucho logró arrancar unas cuantas plumas del disfraz de ángel.

—¡Qué perro de mier...! —exclamó el niño, pero se corrigió de inmediato—. Quiero decir, ¡qué nervioso está este pobre animalito de Dios!

El demonio y el hombrecito rieron. En cuanto al animal, éste siguió ladrando a través del portón, con su hocico asomando entre los barrotes e hilos de saliva escurriéndole por la boca. Su dueño, un tipo calvo, gordo y con aspecto de borracho, gritó desde la casa:

—¡Ahí tienen, pequeños delincuentes! —y se despidió con un portazo.

—Travesura —le dijo el demonio al hombrecito—. Semejante afrenta no puede quedar impune.

—La Biblia dice que hay que poner la otra mejilla... —observó tímidamente el ángel. Los tres niños se miraron... y luego estallaron en fuertes carcajadas.

—Tengo lo que hace falta —dijo el hombrecito, y sacó de su bolsillo un objeto del tamaño de una caja de cigarrillos. Una vez encendida, el niño arrojó la bomba al animal, quien de puro idiota la atrapó con los dientes.

¡¡BLAM!!

Los chicos huyeron mientras el dueño del perro, chillando terribles maldiciones, se aproximaba al cadáver... sin advertir la segunda bomba cuya mecha estaba a punto de terminarse.

*****

Desde un rincón de la habitación, quieta y callada, Jessica contempló la escena. Sus tres hermanos, ahora de seis años, acababan de regresar a la casa desde alguna parte; era la cuarta vez que salían solos y sin permiso, y tanto Sarah como Robert ya no sabían qué hacer para dominarlos. En cuanto a Jessica, ella trataba de mantenerse lo más lejos posible de sus hermanos. Les tenía miedo.

—¿Y bien? ¿Dónde se habían metido? —preguntó el hombre con un tono que no sonó lo bastante autoritario. Los niños, de pie frente a su padre, le devolvieron sendas miradas inocentes.

—Sólo salimos a dar una vuelta.

—Nos sentamos a tomar el sol.

—Había pájaros.

Jessica sintió un nudo en el estómago. Esas voces... A pesar del timbre infantil y las palabras sencillas, había algo en la forma de hablar de los tres niños que no tenía nada de natural. Daba la impresión de que estaban fingiendo, de que ocultaban una sabiduría muy superior a su edad. Una sabiduría maligna.

La madre de Jessica se restregó las manos. Aún era joven, pero tenía profundas arrugas en la cara y su cabello se estaba poniendo blanco. Procurando no dar señales de debilidad, la mujer encaró a sus hijos:

—¿Ustedes mataron al gato de los Williams?

—No mamá.

—Era un lindo gatito.

—Pobre, pobre gatito.

Bouncy, el gato de Michael y Lisa Williams, había desaparecido por una semana... y luego sus dueños lo hallaron en un árbol, colgado por el cuello y con la piel llena de quemaduras. Sin embargo, no era el terrible final de Bouncy lo que en realidad preocupaba a Sarah Smith, porque luego de una pausa inquirió:

—¿Adónde fueron anoche?

—A ninguna parte, mamá —dijeron los tres niños.

—No es cierto. Fui a verlos y sus camas estaban vacías.

—Nos escondimos en el armario.

Los hermanos de Jessica sonrieron. A la niña se le puso la carne de gallina; Robert frunció el entrecejo.

—¡Digan la verdad! —exclamó Sarah—. ¡Quiero saber qué le hicieron a la señora Morrison!

—¿La señora Morrison?

—¿Le pasó algo a la señora Morrison?

—Pobre, pobre señora Morrison.

Aquello semejaba un diálogo entre locos. Fuera de sí, la mujer agarró por los hombros a uno de sus hijos y lo sacudió violentamente, como si las confesiones pudieran caer al piso lo mismo que un tirachinas oculto.

—¡Quiero saber dónde está la señora Morrison! ¡Díganmelo! ¡Díganmelo o los encerraré en el sótano!

—¡Mamá! ¡Déjalo en paz! —exclamaron los otros niños mientras luchaban por liberar a su hermano. Robert comprendió que la situación se estaba saliendo de control, y separó a la mujer de sus hijos antes de que sucediera algo peor.

—Vayan arriba. Los tres —ordenó a los chicos. Éstos obedecieron, pero en mitad de la escalera se voltearon para mirar al resto de la familia. Robert y Sarah no se dieron cuenta, ya que el primero estaba muy ocupado tratando de calmar a la segunda; sin embargo, Jessica lo vio claramente: un destello de odio en los tres pares de ojos, tan intenso como la luz de un rayo que es capaz de partir un roble en dos y prenderle fuego. La chica giró la cabeza hasta que sus hermanos llegaron arriba y cerraron la puerta de su habitación.

—Es... es sólo una fase —le dijo Robert a la mujer—. Ya se les pasará.

Quería convencer a su esposa y a sí mismo, pero sus palabras no engañaban a nadie.

—Es sólo una fase —repitió—. Nuestros hijos...

—¡Ellos no son nuestros hijos! ¡No sé lo que son! ¡Ellos... ellos...!

Empujando a su marido, Sarah abandonó la estancia llorando a gritos. Robert permaneció en la sala, desconcertado; al cabo de un rato, se sentó en el sofá con la cabeza entre las manos. Jessica salió al jardín para no verlo llorar a él también.

La señora Morrison era su vecina. Tenía setenta años y vivía sola, más que nada por su carácter antisocial. A Jessica nunca le había caído bien... pero no le gustaba en absoluto su inexplicable ausencia. La anciana debía saber que los niños de la familia Smith no eran normales; ¿por qué, si no, cada vez que pasaban frente a su casa les hacía el mal de ojo?

Jessica sintió que la observaban, pero la ventana del cuarto de sus hermanos estaba cerrada. Y ellos no podían ver a través de la madera... ¿o sí?

La chica entró a la casa viendo nubes negras en el horizonte de su futuro. Se avecinaba una tormenta...

(Continuará...)

Gissel Escudero

6 comentarios:

  1. ¡¡¡Estos trillizos ponen los pelos de punta!!!

    También estoy intrigadísima por saber que es eso tan importante que tiene que hacer la señora Manders.

    Muy bueno e inquietante cuento.
    Lo malo es.... que hay que esperar a mañana para saber el finaaaaal!!!

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    1. ¡Graciassss! Me alegra que te vaya gustando. U horrorizando. Lo que sea :-D Mañana pongo el final.

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  2. fantástico. Estoy intrigado por saber el final!

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  3. ¿Y esto acaba ya mañana? Ansío el momento. Me ha puesto os pelos de punta en algunos momentos. No me ha gustado lo del perro,¡qué lástima!
    Eres cruel. Secundo lo que dice Pepi de que los trillizos te ponen los pelos de punta...los hijos esos ocultan algo que se nos revelará mañana.No serán muy humanos, que digamos. Un abrazo

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    1. Que sí, que acaba mañana, no seas tan ansioso :-D Besotes. (Que sí, te mando besotes aunque sea yo tan mala.)

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