26 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 1/3)

Sentada en su vieja mecedora, la señora Manders abrió los ojos y se llevó un susto al comprobar que había dormido más de la cuenta.

—No... oh, no... —musitó, y se puso las gafas para echar un vistazo al reloj.

La anciana suspiró de alivio: no era demasiado tarde. Aun así se vistió a toda prisa y contó el dinero que guardaba en su bolso; tomaría un taxi, por si acaso, aunque el gasto fuera excesivo considerando su magra pensión.

Cada vez que se preparaba para salir, la señora Manders cantaba frente al espejo mientras ponía unas flores en su cabello. Pero no ese día. Lo que tenía que hacer era muy importante; crucial, de hecho, y tanto el canto como las flores estaban de más. Incluso pasó por alto el maquillaje, a pesar de que su rostro lucía más pálido que de costumbre.

Murmurando unas palabras ininteligibles, abandonó el apartamento. La mujer pasaba de los ochenta y le habían colocado prótesis en ambas caderas, pero igualmente tuvo que esforzarse para no apretar el paso. Le sobraba tiempo para llegar a destino, pensó, y no le convenía dejar de lado la prudencia; más de una vez había visto una ambulancia hacerse pedazos por omitir una luz roja. También se esforzó por apartar el miedo que quería apoderarse de su corazón. Si fallaba...

—No fallarás —se dijo—. Te lo prohíbo.

Quizás no fallara ese año, insistió su mente rebelde, pero ¿qué tal el siguiente? ¿Qué pasaría si le llegaba la muerte antes de conseguir a alguien que la suplantara?

—Déjalo por ahora. Déjalo.

Una pareja de transeúntes se hizo a un lado al escucharla, pensando sin duda que la mujer estaba loca.

—No estoy loca. Nunca he estado loca. Nunca, nunca, nunca.

Faltaban dos calles para alcanzar la avenida. Recién entonces se le ocurrió que podía haber pedido el taxi por teléfono, y maldijo su descuido. Claro que no solía viajar en taxi, pero por una vez, y en una situación tan urgente...

De pronto sintió un fuerte tirón en el hombro y cayó despatarrada al suelo, despellejándose las frágiles manos. Al principio no entendió qué le había pasado... hasta que vio al ladrón alejarse corriendo con su bolso en la diestra.

Así fue como el peor temor de la señora Manders comenzó a volverse realidad...

*****

¡Ding dong!

La puerta de la familia Jones, decorada con una bruja de papel, se abrió una vez más en la noche de Halloween. La dueña de casa sonrió a los tres niños enmascarados que aguardaban en la escalera, los cuales entonaron su mensaje:

—¡Dulce o travesura!

—Aquí tienen, chicos —dijo la señora mientras depositaba en cada bolsa un puñado de caramelos—. ¿Les ha ido bien esta noche?

—Oh, sí —contestó uno de los niños—. Muy bien.

—¡Estupendamente!

—¿Y qué significa tu disfraz, muchachito? —le preguntó la mujer al tercer niño.

—Verá, señora: él es un ángel, él es un demonio, y yo soy el hombre común que se debate entre el bien y el mal.

—Vaya, ¡qué idea tan original para unos niños tan pequeños! ¿De dónde la sacaron?

—Sólo se nos ocurrió.

—¡Qué maravilla! Bueno, sigan adelante y... ¡uf!, ¿qué olor es ése? Huele como a... huevos podridos.

—Yo no huelo nada, señora —dijo el chiquillo vestido de demonio—. ¿Y ustedes?

—Nada de nada —respondieron el hombrecito y el ángel, aunque este último titubeó.

—¿Seguro que no huelen nada? —insistió la mujer, y finalmente el ángel confesó:

—Eh... bien, tal vez el señor de aquella casa fue malo con nosotros y...

—¡No quiso ni abrirnos la puerta! —exclamó el demonio, visiblemente indignado.

—... y tal vez le hicimos una travesura —acabó de decir el ángel—. ¿Cree que estuvo muy mal?

La señora Jones puso los brazos en jarras... pero sus labios dibujaron una sonrisa.

—Sí, estuvo muy mal. El señor Weaver es un antipático; sin duda merece algo peor que unos huevos podridos. —Los niños rieron—. Espero que lo hagan mejor la próxima vez. ¿Qué tal unas bombas de barro?

—¡Sí, señora! ¡A la orden, señora! —dijeron los tres chiquillos al unísono, haciendo un saludo militar. Mary Jones dejó escapar una alegre carcajada.

—Ahora sí, sigan adelante. ¡Feliz Halloween!

—¡Feliz Halloween! —repitieron los niños, y se dirigieron a la siguiente casa.

*****

Muchas cosas extrañas sucedieron el día que llegaron al mundo los hermanos de Jessica Smith. Ella sólo tenía cinco años, pero recordaría todo aquello por el resto de su vida; a decir verdad, los recuerdos la torturarían en más de una pesadilla.

Sarah, la madre de Jessica, iba por el octavo mes de embarazo y tenía una barriga enorme, tanto que la niña no podía mirarla sin imaginar que era un globo a punto de estallar. "Todo va bien", le decía su madre, pero aunque Jessica era muy pequeña, de todas maneras intuyó que sus palabras no eran ciertas. Había visto la cara del médico durante la última revisión, y su ceño fruncido, mientras empleaba el estetoscopio, ciertamente auguraba problemas.

Y los problemas surgieron poco después, durante la fiesta de disfraces. El sol acababa de ponerse cuando Sarah, quien había estado sirviendo jugo de frutas a los amigos de Jessica, de pronto aferró su vientre con ambas manos y profirió un grito horrible.

—¡Mamá! —exclamó la niña, y corrió junto a ella. Entonces vio que la falda de su vestido tenía una mancha de sangre; la sangre se extendió por la tela y cayó al suelo en voluminosas gotas... que luego se convirtieron en un chorro acuoso.

—Tranquila... tranquila, hija —balbuceó la mujer—. Es que... viene el bebé. Ve... ve a llamar a tu padre.

Pero el hombre había oído el grito y ya venía corriendo por el pasillo. La madre de Sarah, conocida por todos como "la abuela Kate", también estaba en camino desde el jardín, y a Jessica le pareció que murmuraba unas palabras en su lengua nativa.

—Abuela —dijo Robert Smith—, debo llevarla al hospital. Despida a los invitados a eso de las diez, por favor, y cuide a Jessica.

—Claro, hijo. Llámanos cuando puedas, ¿eh?

—Sí, abuela. Y tú no te preocupes, Jessica: todo saldrá bien.

La niña asintió, e incluso trató de sonreír aunque su madre seguía gritando por las contracciones.

—Que Dios los acompañe —dijo la abuela Kate mientras el automóvil desaparecía calle abajo. Acto seguido se volvió hacia los otros niños y preguntó con excesiva jovialidad—: A ver, ¿quién quiere jugar al escondite?

Varios chicos, que de algún modo habían logrado mantener la compostura, se echaron a llorar.

—Caray, qué susceptibles. Ven, Jessica, será mejor que despidamos ya a tus amiguitos.

La niña no protestó, porque ella también se sentía con ganas de llorar. La abuela Kate debió notarlo, y como era una persona muy religiosa, apenas quedaron solas cogió la mano de su nieta y la hizo arrodillarse a su lado.

—Baja la cabeza, Jess. Rezaremos por la salud de tu madre.

La niña y su abuela rezaron hasta las ocho y media, momento en que por fin sonó el teléfono. Kate atendió la llamada y escuchó las palabras de su yerno; luego su rostro adoptó una expresión sombría que asustó muchísimo a la niña.

—De acuerdo. Nos vemos —terminó la abuela, y se volteó hacia Jessica—. Tu padre dice que el bebé aún no ha nacido, pero que tú y yo podemos ir al hospital.

—¿Mamá está bien, abuelita?

La mujer dudó un instante, uno muy breve, pero Jessica lo advirtió.

—Sí, tu madre está bien, querida. Anda, ve a cambiarte. Iremos en mi auto.

Durante el trayecto al hospital, Jessica derramó las lágrimas que había contenido desde el primer grito de su madre. A pesar de su corta edad, ya sabía reconocer una mentira cuando la escuchaba. Lo que sí escapó a su mente juvenil, y por eso lo entendería mucho después, fue lo siguiente: su padre las había llamado para que se despidieran de Sarah, pues la mujer se hallaba al borde de la muerte.

Pero ningún miembro de la familia Smith falleció esa noche. Tras una larga espera, y alrededor de las diez y media, el obstetra salió del quirófano para decirle a todos que la cesárea había sido un éxito, y que Sarah se estaba recuperando con rapidez.

—Sin embargo —añadió—, estoy preocupado por los bebés.

—¿Bebés? —preguntó Robert—. ¿Entonces sí eran gemelos?

—Trillizos.

El padre de Jessica se quedó sin aliento.

—Los bebés nacieron con un peso muy bajo —continuó el médico—, y no respiran bien. Es posible que... —y dejó la frase en suspenso—. Pero su esposa está consciente, y quiere hablar con usted. Les daré un par de minutos.

Robert hizo un gesto afirmativo y siguió al médico por el pasillo, dejando a Kate y Jessica en la sala de espera. Sin saber cómo reaccionar, la niña miró por la ventana... y descubrió algo que la horrorizó.

—Abuela...

—¿Qué?

Jessica señaló con el dedo.

En el alféizar, detrás del cristal, había un animal de color pardo oscuro. A primera vista parecía una rata, pero no era difícil determinar su verdadera especie.

—Es sólo un murciélago, Jess. Totalmente inofensivo. Tal vez tiene frío y quiere entrar...

Tal vez, pensó la niña, pero los ojitos negros de la criatura le producían escalofríos, y temblando se apretó contra su abuela. Mientras tanto, el padre de Jessica volvió a la sala de espera.

—Será mejor que se vayan —dijo—. Mañana podrán venir a verla... y a los bebés.

—¿Se salvarán? —preguntó Kate.

Antes de que el hombre pudiese contestar, se armó un gran revuelo en el ala de maternidad. De pronto aparecieron un montón de médicos y enfermeras desde otros lugares del hospital, y el pasillo se convirtió en un caos de personas entrando y saliendo a toda prisa.

—¿Qué estará pasando? —dijo Robert.

—Espero que nada malo —respondió su suegra.

—¡Abuela, mira! —gritó Jessica, y Kate se volteó.

En la ventana ya no había uno, sino varios murciélagos que se empujaban unos a otros por un sitio en el alféizar. Pero no daba la impresión de que quisieran entrar; en lugar de eso, oprimían sus hocicos contra el vidrio cual pandilla de curiosos.

Había algo en el interior que llamaba su atención. Algo invisible, seguramente, porque hasta Jessica sabía que los murciélagos casi no ven.

—Tengo miedo, abuelita.

—No te preocupes —dijo Kate con voz ronca, y como por instinto agregó unas palabras en su idioma a modo de conjuro contra el mal.

Hacia la medianoche, los tres hermanos de Jessica Smith se estabilizaron. El peligro había pasado para ellos... pero no para los demás niños en el ala de maternidad, quienes murieron antes de las doce por diversas enfermedades de origen incierto.

(Continuará...)

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Qué chulo! Voy a ver si hay más capítulos...si no, tendré que enviar a mi Acho y que te dé el coñazo para que no dejes de acariciarlo jeeje. Besos y enhorabuena.

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    1. Pues tendrás que esperar a mañana y pasado para leer el resto. ¡Ñajajajajaja! Me alegra que te haya gustado esta parte. Prepárate para las demás... ¡Besotes!

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    2. ¡¡¡Me ha dejado intrigadísima, qué bueno!!! Tendremos que esperar a mañana para leer la segunda parte...¡¡¡Qué remedio!!! :D

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    3. Pos sí, qué remedio. Pero en un ratito la pongo :-) ¡Besotes!

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