31 de octubre de 2012

La cena de Halloween (parte 2/2)

Ariadna trató de gritar y se dio cuenta, con horror, de que no podía emitir un solo sonido. Tampoco podía moverse. El cuerpo entero le hormigueaba como cuando se le dormía un pie.

La cosa sobre ella, apenas visible en la oscuridad, medía unos quince centímetros y tenía orejas muy grandes. Emitía unos ruiditos similares a los de una rata... pero no podía ser una rata, a menos que las ratas en esa casa hubieran aprendido a caminar sobre sus patas traseras. Los ojos de la cosa permanecieron fijos en Ariadna un segundo más, y luego el bichejo se inclinó sobre su pecho para arrancarle otro bocado. De nuevo, el dolor la recorrió hasta los brazos, esta vez sacándole lágrimas. Tres pares de ojos brillantes se sumaron al primero.

Ariadna pensó en la niña. No podía girar la cabeza para mirarla, pero llegó a percibir que Mariela también estaba muy quieta en la cama, con un grupito de monstruos sobre ella. ¡Tenía que ayudarla! Ariadna hizo un esfuerzo por incorporarse y tomó aire para articular un pedido de ayuda, pero nada pasó, nada. Estaba indefensa, y eso significaba que las criaturas podrían hacer con ella y Mariela lo que desearan, incluso devorarlas vivas. Como para reafirmar esta convicción, un segundo monstruito se metió bajo las sábanas y la mordió en la pierna. La mujer rezó porque aquello terminara lo más rápido posible, al menos.

La puerta chirrió un poco y alguien entró a la habitación. ¡Por favor, que fuera Raúl!, pensó Ariadna. Su cuñado era un hombre de mediana edad que raras veces hacía ejercicio, pero podría entendérselas con las criaturas. Le bastaría con pisotearlas o algo así.

La figura se aproximó a la cama muy despacio. No era Raúl. Tampoco Cecilia. Ni siquiera el muchacho autostopista. Era la anciana, que caminaba con la espalda encorvada y las manos dobladas contra su cuerpo como una mantis religiosa. Sus ojos también brillaban en la oscuridad.

La cara de la vieja se acercó lo suficiente a Ariadna para llenar todo su campo visual. Dijo algo incomprensible y las criaturas saltaron de la cama a regañadientes. El rostro ajado de la anciana cambiaba poco a poco: la boca se hacía más ancha, las orejas se estiraron hasta acabar en punta, el cabello retrocedió dejando en su lugar una frente desproporcionada. La mujer no era humana, pensó Ariadna; era otra especie de monstruo, y como ella no podía gritar de horror, el grito estalló en silencio dentro de su propio cuerpo. El corazón le latía tan rápido que la sangre le zumbaba en los oídos.

Los dientes del engendro que poco antes había sido una anciana adorable sobresalieron de su boca. Un hilo de saliva, espesa y caliente, se alargó hasta la cara de Ariadna. Ella cerró los ojos, anticipando la muerte.

Alguien más entró en la habitación, derribando algunos objetos a su paso. El monstruo sobre Ariadna se dio vuelta hacia allí y siseó, y luego ambas figuras chocaron con un ruido sordo y pesado. Lucharon un par minutos, girando y rodando por el suelo como animales. Ariadna descubrió que ya podía moverse un poco, de modo que se incorporó sobre la cama para mirar.

La segunda figura era Damián. Pero en realidad no podía serlo, porque se movía con demasiada rapidez para un humano, y atajaba los embistes de la criatura con una fuerza también inhumana. Ariadna no comprendía nada, aunque daba lo mismo, pues lo que importaba en ese momento era poner a Mariela a salvo y alertar al resto de su familia. Empleando todas sus fuerzas, que no eran muchas, salió de la cama, se estrelló contra el suelo y comenzó a arrastrarse hacia su sobrina, utilizando los brazos. Tuvo que clavar las uñas en la alfombra para avanzar; el aliento salía de su boca en jadeos desesperados, y su cuerpo entero se empapó de sudor. Todavía no controlaba sus piernas. Tampoco podía creer que todo aquello estuviera pasando.

Un pie la golpeó en el costado por accidente, ya que el combate proseguía. Entonces se oyó un ruido más escalofriante: el de la carne desgarrada, seguida por un borboteo de sangre. Seguramente la criatura había asesinado a Damián, y ahora vendría por ella. Ariadna se tendió de costado, lista para intentar defenderse... excepto que no era Damián quien había caído en la pelea, sino el monstruo. Damián estaba en cuclillas sobre él, enjugándose con una manga la sangre oscura que chorreaba de su barbilla.

La mujer abrió la boca para decir algo. No sabía qué, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo porque una tercera figura apareció en el umbral: era el anciano, a medio camino de transformarse en un engendro similar a su esposa. Damián le gruñó. La criatura le gruñó de vuelta y escapó corriendo por donde había llegado.

Ariadna consiguió levantarse. Al mismo tiempo, el muchacho cayó de rodillas y vomitó un charco de líquido oscuro y espeso. El monstruo en el suelo tenía la garganta abierta. En la otra cama, Mariela se echó a llorar, y Ariadna fue hacia ella tambaleándose. La niña tenía algunas heridas pequeñas, mordiscos iguales a los de su tía, pero no parecían requerir atención inmediata. Ariadna estrechó a la pequeña en sus brazos. Volteándose hacia Damián, balbuceó:

—Gracias... por ayudarnos. ¿Estás... bien?

—Sangre... tóxica —balbuceó el muchacho a su vez—. Estaré bien... en unos minutos.

—De acuerdo.

La mujer soltó a Mariela y buscó su aerosol de pimienta. No era la gran cosa, pero ahora ya no estaría completamente indefensa. El peso de la lata en su mano era incluso reconfortante.

—Mariela, cariño, quédate aquí con Damián. Iré a buscar a tus padres y a Agustín.

La niña asintió sin dejar de llorar. Sintiéndose casi normal, al menos desde el punto de vista físico, Ariadna se dirigió a la habitación correspondiente, aferrando el bote de aerosol como si fuera una pistola cargada. Abrió la puerta de un empujón. Los tres ocupantes del dormitorio se hallaban en la cama, muy quietos y con toda una manada de monstruitos encima, que los picoteaban igual que aves carroñeras.

—¡Eh, largo de aquí, engendros del demonio! ¡O les arrancaré la cabeza!

Ariadna hablaba en serio. La adrenalina le había dado una inyección de energía a su organismo, eliminando los últimos restos de la parálisis, y a pesar de que las criaturas aún se veían espantosas y amenazadoras, más les valdría apartarse de su camino o sufrirían las consecuencias. Aun así, dos monstruitos saltaron hacia ella con las garras y los brazos extendidos, pero Ariadna les dio justo en la cara con el gas, parando el ataque en pleno vuelo. Cucarachas, pensó. Debía hacer de cuenta que eran cucarachas. Ella odiaba esos insectos. Sin pensar más en lo que hacía, Ariadna estrujó y pisoteó, lanzó más gas pimienta y gritó como una amazona en plena guerra. Nadie tenía el derecho de lastimar a su familia, ya fueran ladrones o monstruos de pesadilla. La mujer siguió destrozando monstruitos en un frenesí de violencia, y sólo se detuvo porque de pronto ya no quedaban más enemigos. Entonces se permitió unos segundos para recuperar el aliento y corrió a auxiliar a las tres víctimas.

Raúl se había llevado la peor parte, pero estaba vivo. Ariadna arrancó un pedazo de sábana para taparle una fea herida en la mejilla, mientras sacudía a Cecilia y Agustín a fin de reanimarlos. Incluso en su parálisis, los tres ocupantes de la cama mostraban sendas expresiones de terror. Damián entró a la habitación con Mariela en brazos, encendió las luces y cerró la puerta; como ésta no tenía cerradura, la bloqueó usando una pesada cómoda, que empujó con extraordinaria facilidad.

—Veo que ya estás mejor —observó Ariadna.

—Sí.

—¿Cómo hiciste eso? ¿Cómo pudiste matar a esa cosa?

—No te gustaría saberlo.

La expresión seria de Damián, bastante clara en la penumbra, disuadió a la mujer de hacer más preguntas por el momento. En lugar de eso, se dirigió a la ventana, descorrió las cortinas... y vio las rejas. Los barrotes eran mucho más gruesos y sólidos de lo que aparentaban desde el exterior. Damián se aproximó a ellos e hizo algo sorprendente: trató de arrancarlos con sus manos. Lo más sorprendente fue que consiguió doblarlos un poco antes de que los brazos le fallaran.

—Maldito veneno —susurró.

—¿Sabes qué son esas cosas? ¿Las grandes y las pequeñas? —preguntó Ariadna.

—No. Pero las grandes tienen algo en su sangre.

La mujer decidió no pedir más detalles.

—Tenemos que salir de aquí —dijo, y Damián asintió—. Ayudaré a mi familia. Tú vigila.

Ariadna hizo más vendas con las sábanas. Le vino bien la tarea, para no pensar. Tendría que hacerlo tarde o temprano, claro, pero en ese instante le hacían falta unos minutos de descanso antes de asimilar por completo la situación.

Cecilia y Raúl empezaron a recuperarse. Fue un proceso más lento que el de Ariadna, pues habían sufrido más mordeduras. Menos mal que casi todas eran superficiales, porque la mujer no hubiera podido frenar una hemorragia arterial en esas condiciones. Damián se mantuvo junto a la puerta. Evitaba deliberadamente voltearse hacia los heridos, y varias veces tragó saliva como si tuviera mucha sed. Ariadna lo observó lo mejor que pudo bajo el resplandor lunar, y aunque antes le había parecido que tenía varios cortes profundos en la cara y los brazos, ahora sólo ostentaba unos rasguños sin importancia. Qué raro.

Agustín se sumó al llanto de su hermana, tal que sus padres los abrazaron a ambos.

—¿Qué eran esos bichos? —preguntó Raúl.

—Ni idea, pero hay cosas peores en esta casa —respondió su cuñada—. La anciana no era humana. Trató de matarnos a mí y a Damián.

Ariadna lamentó haber dicho la última frase, por los niños, pero supuso que de todas formas no era el momento de andarse con sutilezas. Aquélla era una situación de vida o muerte. Cuando terminó de vendar las heridas de todos, agitó la lata de gas pimienta. Aún debía tener la mitad de su contenido.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Cecilia.

—No sabemos dónde está el otro —intervino Damián—. El anciano. Tampoco sabemos si es el único. Estoy casi seguro de que nos ha encerrado, para cazarnos en su propio territorio.

—Dijiste que no sabías qué era —le recordó Ariadna.

—Y no lo sé. Pero así es como actúan los depredadores.

Aquella frase hizo que los demás adultos se miraran entre sí con idénticas expresiones de desconcierto. Ariadna, sin embargo, tomó aire y dijo:

—Pues no vamos a dejar que nos cacen. Además —aquí se dirigió al muchacho—, tú ya liquidaste a uno de los grandes y yo a varios de los pequeños. Tal vez no sepamos qué carajo son, pero sí sabemos que pueden morir. Algo es algo.

—Yo... yo tengo unas tijeras —declaró Cecilia—. Las que uso para coser. No están muy afiliadas, pero tienen punta y son de acero.

—Y yo siempre llevo mi navaja plegable —la secundó Raúl—. Menos mal que no dejamos nada de eso en el auto...

—¿Ya hay cobertura para el celular? —preguntó Ariadna. El hombre revisó e hizo un gesto negativo—. ¿Por qué será que no me sorprende? Tampoco creo que haya un teléfono fijo aquí. Bien, no importa. Nuestro plan debería ser llegar hasta la puerta principal y salir pitando de vuelta a la carretera. Aunque tengamos que escapar bajo la lluvia, sabemos dónde estábamos y adónde íbamos.

—¿Y si hay más cosas de ésas entre los árboles?

—Me da que no —dijo el muchacho—. De lo contrario, nos habrían atacado a la venida. Yo también opino que debemos salir de aquí. Cuanto antes.

A Ariadna le llamó la atención que Damián pusiera tanto énfasis en sus dos últimas palabras, porque sonó como si tuviera más razones para huir de la casa aparte de los engendros que pretendían devorarlos a todos. De cualquier manera, nadie hizo propuestas de ninguna clase, por lo que ella decidió tomar las riendas de la situación.

—Antes que nada, vamos a vestirnos. Las capas de ropa nos protegerán. Raúl, Cecilia: saquen de sus bolsos cualquier objeto que pueda servir para defendernos, incluyendo encendedores y desodorantes inflamables. Damián, ¿tú llevas algo, lo que sea, que pueda usarse como arma? —Aparte de su extraordinaria fuerza, pensó Ariadna, pero no lo dijo en voz alta. Damián hizo un gesto negativo—. De acuerdo. Entonces ayúdame a buscar algo en esta habitación.

El muchacho obedeció. Los niños, mientras tanto, permanecieron abrazados sobre la cama, vestidos ya para escapar. Ariadna rogó porque no les quedara un trauma, aunque no veía cómo podrían salir de ésa sin que quedaran profundamente afectados. Demonios, ni siquiera ella estaría libre de consecuencias. Lo más probable era que nunca pudiera volver a dormir con las luces apagadas.

La tormenta seguía. Al otro lado de la puerta, sin embargo, no se escuchaba un solo ruido. Parecía como si no hubiera nadie más en la casa... hasta que la electricidad se cortó. Todos profirieron sendas exclamaciones de sorpresa y desazón.

—Debe haberlo hecho el anciano —susurró Damián—. Quizás esté preparando algo. Tendremos que ir con cuidado.

Ariadna asintió. En una mano sostenía el bote de gas pimienta y en la otra las tijeras de su hermana. Raúl esgrimía su navaja como si fuera una espada, mientras que Cecilia aferraba la lámpara de su mesita de luz. Ariadna aprobó su elección; la lámpara era antigua y con base de metal, y debía pesar unos tres kilos, lo suficiente para romper un cráneo. Ojalá no le fallara la puntería. Damián arrancó dos patas de una silla. En esta ocasión, su alarde de fuerza física no les pasó desapercibido a los demás ocupantes de la habitación, e incluso Agustín, a pesar del miedo, abrió los ojos como platos.

—Uau —dijo el niño—. ¿Eres un superhéroe?

Damián frunció el entrecejo y su expresión se volvió amarga.

—No, chico. Yo... voy mucho al gimnasio. A levantar pesas. Y... siempre como todas mis verduras.

Sólo un niño de seis años podía creer eso. Ariadna, Cecilia y Raúl se miraron entre sí y luego al muchacho, pero ninguno de ellos habló. No era el momento apropiado. Cada minuto que permanecieran en ese dormitorio era otro minuto que tendría el monstruo para organizar un contraataque.

Raúl fue el primero en acercarse a la puerta, pero Damián se interpuso.

—Yo iré adelante —dijo el muchacho, y volvió a empujar la cómoda. Raúl no protestó. Tras unos segundos de inspección, Damián les indicó a los otros, en silencio, que avanzaran. Salieron en grupo del dormitorio, llevando a los niños en el centro a fin de protegerlos. A falta de una linterna, emplearon sus celulares para aligerar la oscuridad que llenaba la casa como agua sucia, y Ariadna no pudo dejar de notar que ahora había un olor espantoso. Debían ser las criaturas. Por todos los cielos, ¿de dónde habían salido aquellas cosas? ¿Cuánto tiempo llevaban en aquel lugar, atrayendo personas a su trampa como arañas a su tela? No quería ni pensarlo. Lo importante era salir de ahí, y si no encontraban la llave de la puerta principal, ella esperaba, al menos, que Damián fuera capaz de abrirla a la fuerza.

—¿Ves algo? —le preguntó al muchacho, suponiendo que su visión nocturna también superaba a la de los demás.

—No, pero algo no está bien —susurró él—. Estén alertas y listos para correr.

Habían llegado al pie de las escaleras. La oscuridad era más densa ahí, y los celulares apenas aclaraban un par de metros a la redonda. Tal vez debieran ir a la cocina a buscar unas ve...

El ataque llegó desde varias direcciones. Damián les ordenó a todos que se agacharan, pero ya era demasiado tarde: Ariadna sintió en la cara y en las manos unos piquetes como de mosquitos, y rápidamente comenzó a apoderarse de ella la misma parálisis que en el dormitorio. Dardos. Las criaturas pequeñas les habían arrojado dardos con su veneno, y si hacía caso de los gruñidos, se hallaban alrededor del grupo y eran muchos. Se acercaban. La mujer se restregó la piel para quitarse los dardos y gritó a su familia que retrocedieran de nuevo a las escaleras. Alguien se desplomó detrás de ellos, uno de los niños, a juzgar por el ruido. Cecilia chilló. Los celulares se estrellaron contra el piso y volvió la oscuridad.

Unos pasos rápidos y pesados avanzaron hacia ellos, y Ariadna cayó hacia atrás por el empuje combinado de dos cuerpos. Damián y el monstruo grande la aplastaron varias veces durante su combate, y ella tuvo que debatirse para escapar, empleando lo que restaba de sus fuerzas. Alguien la levantó por el brazo, tal vez Raúl, pero los dardos seguían lloviendo sobre el grupo, tal que la ayuda no perduró. Por el lado del combate se escuchó un espantoso crujido, y la pelea cesó. Ariadna tuvo la certeza de que alguien le había roto el cuello a su oponente, y un rugido de triunfo aniquiló toda esperanza de que el vencedor fuera Damián. El monstruo se aproximó a Ariadna. Sonaba como si hubiera crecido. Seguramente iba a romperle el cuello igual que al muchacho, pero cuando el engendro la alzó por el cabello, Ariadna vació en su cara el gas pimienta y le clavó las tijeras en alguna parte del cuerpo. La cosa pegó un alarido tremendo y soltó a su víctima; ella se arrastró lo más lejos que pudo, esperando a recuperarse para hacer algo más. ¿En qué dirección estaba la cocina? Necesitaba un cuchillo. El más grande posible.

La mano de la criatura aferró su tobillo, clavándole las uñas. Al mismo tiempo, varios engendros pequeños saltaron sobre ella y trataron de morderla para completar la parálisis. Dominada por el dolor, el miedo y también una rabia intensa, Ariadna aplastó a los bichos con sus puños y dio un puntapié hacia atrás con la pierna libre, sintiendo una gran satisfacción al escuchar que algo, quizás la nariz del monstruo, se rompía bajo su pie. La presión en el tobillo desapareció, y la mujer aprovechó para seguir arrastrándose por el pasillo, en dirección a una estancia menos oscura que el resto donde ya no tendría que pelear a ciegas. Era muy posible que perdiera la batalla, pero maldita fuera si iba a morir sin luchar.

Estaba llegando a su destino cuando el monstruo volvió a agarrarla del cabello. Herido o no, tenía una fuerza endemoniada, y Ariadna no consiguió zafarse. El engendro la dio vuelta para mirarla a la cara. Había cambiado más desde la última vez, haciéndose tan espantoso que la mujer se quedó sin aliento unos segundos. Los dientes le habían crecido al doble de su longitud. El resto de sus facciones ya no guardaba semejanza alguna con las de un ser humano, y Ariadna se preguntó cómo podía ser que existiera tal horror sobre la faz del planeta. Ella trató de arañarle la cara, de arrancar sus ojos, pero el monstruo apartó sus manos como si fueran débiles pajarillos. Ariadna gimió de impotencia mientras el engendro abría su enorme y asquerosa boca para devorarla.

Una figura corrió hacia ellos y embistió a la criatura igual que un jugador de fútbol americano. Ariadna sintió que volaba un par de metros, y luego pegó contra la pared más cercana con tanta fuerza que vio un fogonazo de luz blanca justo antes de que un plato de cerámica se desprendiera de su clavo y aterrizara en su cabeza. Tardó un momento en recuperarse, y entonces descubrió que Damián no había muerto. El muchacho estaba peleando de nuevo contra la bestia carnívora, y ambos se daban unos golpes que hubieran roto los huesos de cualquier hombre normal. Aquel muchacho no podía ser tal cosa. Ahora la mujer estaba segura de ello, pero daba lo mismo; fuera lo que fuese Damián, sólo él se interponía entre el engendro y la familia de Ariadna.

Aprovechando un descuido del monstruo, Damián lo hizo tropezar y se arrojó sobre él mientras caía. Después le clavó los dientes en el cuello.

Por un instante, Ariadna se quedó mirando la escena como hipnotizada. No era mucho más increíble que todo el resto de lo que había sucedido esa noche, pero añadía las últimas pinceladas a un cuadro surrealista. Ella contempló al fin la obra completa, que le pareció alucinante. Fue lo único que pudo pensar. Incluso había olvidado a su familia.

Damián siguió con lo suyo hasta que la criatura dejó de respirar. Entonces le sujetó la cabeza y la retorció hasta desprenderla del cuello, como una fruta gigante y horrenda. Luego el muchacho retrocedió unos pasos y vomitó la sangre que había ingerido, produciendo un charco similar al anterior.

—¿Estás bien? —consiguió preguntarle Ariadna, aunque no estaba muy segura de desear que así fuera. Damián asintió—. Iré a ver a los míos. No te muevas de aquí.

La última frase sonó como una orden con tintes de amenaza, a pesar de que Ariadna no había pretendido ser tan dura. Aun así, el muchacho hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Se veía cansado y enfermo, y en ese momento aparentaba unos cincuenta años.

Ariadna llegó junto a su familia. Sus ojos ya se habían acostumbrado un poco a la oscuridad, y vio que Cecilia estaba de rodillas, machacando a las últimas criaturitas con su lámpara. Soltaba un "¡ajá!" en cada ocasión, justo por encima del crujido de la carne y los huesos aplastados. Sintiendo náuseas, Ariadna dejó que su hermana continuara liquidando bichos y se inclinó sobre Raúl y los niños. Los tres estaban inconscientes, sangrando por heridas nuevas. Apenas respiraban, pero la mujer supuso que no tardarían en recuperarse; el veneno de los monstruitos era de acción rápida, pero de igual manera dejaba de hacer efecto. Pensando que ahora sí tenía la oportunidad, Ariadna fue a la cocina y no paró de buscar hasta que halló unas velas. También encontró varios rollos de papel de cocina, que sujetó bajo sus brazos con la idea de usarlos en las heridas. Rió para sí. ¿Monstruos carnívoros que usaban papel de cocina? ¡Qué divertido! Luego Ariadna se amonestó por reír, y a continuación se reprendió por amonestarse, porque se sentía a un paso de la locura y reírse era una mejor opción. Rió un poco más, por lo tanto, hasta que regresó al sitio de la batalla y encendió todas las velas. Cecilia ya se había tranquilizado y sostenía a Agustín en sus brazos. Ella y Ariadna se miraron sin decir palabra, y así atendieron las heridas de los demás y las propias.

Minutos después, Ariadna fue a buscar a Damián, quien seguía en el mismo sitio y en la misma posición. No tenía sentido andarse con rodeos, por lo que ella susurró:

—¿Eres lo que creo que eres?

Damián la contempló de reojo... y asintió.

—¿Pensabas atacarnos cuando subiste a nuestro auto? —prosiguió la mujer. Él movió la cabeza de un lado a otro. Con voz enronquecida, contestó:

—Me pasó lo que dije: mi auto se descompuso y yo buscaba un lugar tranquilo y seco donde refugiarme. No quería pasar el día entre los árboles, bajo la lluvia. Para esas cosas soy tan humano como ustedes.

—Claro. De cualquier forma, nos salvaste. Gracias por eso. ¿Hay algo que podamos hacer por ti?

El muchacho dudó, pero luego dijo:

—Sí, hay algo que podrías hacer. Así me recuperaría más rápido. ¿Has... donado sangre alguna vez?

Ariadna contuvo la respiración unos segundos.

—No —respondió, levantándose una manga—. Pero si es lo que necesitas, adelante.

Dolió menos de lo que había anticipado, y los dientes del muchacho no le hicieron tanto daño como las criaturas pequeñas.

—Gracias —dijo él al final, mientras Ariadna usaba la manga para vendarse.

—De nada. Y por cierto... ¿qué edad tienes? En realidad, quiero decir.

—Soy bastante viejo. No necesitas saber más. Aunque... no debo ser tan viejo, si nunca me había topado con unos seres como éstos.

—Pues no eres el único sorprendido, de verdad que no.

Por primera vez en lo que iba de la noche, Damián sonrió. Sin mostrar los dientes.

Las puertas de la casa estaban atrancadas, efectivamente, pero las llaves aparecieron tras una breve búsqueda en la que también participaron los niños. Les hizo bien, al darles algo en qué ocuparse. Para mayor fortuna, el manojo de llaves incluía las de una camioneta, y Ariadna volvió a reír al pensar que aquellos monstruos habían sabido conducir. Era tan... doméstico. Casi vulgar. Hasta parecía restarle importancia al hecho de que ambos engendros habían estado a punto de matarlos a todos.

Ariadna condujo hasta la ciudad más cercana, donde esperaba que hubiera, si no un hospital, como mínimo una clínica con servicio de urgencias. Damián pidió bajarse al ver un pequeño hotel.

—¿No vendrás con nosotros? —le preguntó Raúl.

—No, yo... no necesito que me vea un doctor. Sólo quiero darme un baño caliente y... dormir todo el día. En realidad, viajo de noche porque tengo esta... alergia a la luz solar.

Raúl frunció el ceño.

—Nos haremos cargo de tu auto y haremos que te lo envíen al hotel —dijo Ariadna—. ¿Tienes dinero? —Damián asintió—. De acuerdo, que descanses. Y gracias de nuevo.

—Igualmente —replicó el muchacho, y abandonó la camioneta. La camisa y los pantalones de Raúl le quedaban un poco grandes, y de no haber sabido la verdad, en ese momento Ariadna no le habría echado más de quince años.

El muchacho se dirigió a la puerta del hotel y ella hizo arrancar el vehículo. Faltaban unos minutos para las cuatro de la madrugada. Ya había terminado el Halloween, pensó, y dio las gracias por ello. Menuda noche de mierda...

La camioneta siguió calle arriba de camino a alguna otra parte.

Gissel Escudero

La cena de Halloween (parte 1/2)

Temas sugeridos por Pepi Berrocal Marquez y Luismi Sabio. ¡Gracias!

No estaban perdidos, pero eso parecía. La carretera era vieja, tenía más agujeros que un queso, y solamente unos pocos carteles a varios kilómetros de distancia entre sí permitían ubicarla en el mapa. Encima, los árboles a ambos lados se cerraban como una especie de túnel, bloqueando la única fuente de luz: el cielo. Ariadna supuso que daba lo mismo, sin embargo, porque había detectado unas espesas nubes de tormenta a través de un claro en las ramas.

—¡Buuuu! —gritó Mariela a través de su máscara de bruja

—¡Ñajajajaja, voy a comerte! —le respondió Agustín, su hermano, a través de su máscara de Hulk.

—En realidad, él suele decir "¡Hulk aplasta!" —lo corrigió Ariadna, sonriendo como la tía orgullosa que era. El niño asimiló la lección en un instante, y los dos chiquillos continuaron espantándose unos diez minutos más, hasta que su padre les dijo:

—Chicos, cálmense un rato, que no puedo conducir con tantas distracciones.

—¿Por qué no tratan de dormir hasta que lleguemos al hotel? —sugirió la madre. Mariela y Agustín dejaron escapar una queja perfectamente sincronizada.

—¡Pero es temprano! —agregó la niña—. Recién son las ocho, y ni siquiera vamos a poder pedir dulces, y hace como mil horas que estamos en el auto...

—De acuerdo, ya entendí, pero al menos bajen la voz para que papá no se distraiga, ¿sí? No queremos tener un accidente.

—Está bien —replicaron los niños, de nuevo en perfecta sincronía. No se habían quitado las máscaras, pero la desilusión era patente en sus voces. Era su segundo Halloween desde que el Halloween se pusiera realmente de moda en su ciudad, y no les había hecho gracia saber que se lo perderían, aunque fuera a cambio de un paseo de fin de semana largo. Anticipando la situación, Ariadna sacó su as de la manga... o mejor dicho, un paquetito muy colorido.

—Tal vez no puedan ir a pedir dulces por el barrio, ¡pero pueden pedirme dulces a mí! —dijo ella, y los niños soltaron sendas exclamaciones de felicidad.

—¡Tía, trajiste caramelos! —exclamó Mariela—. ¡Gracias, gracias, gracias!

Raúl, el padre de ambos chicos, sonrió a pesar de los nuevos gritos, y Cecilia, la hermana de Ariadna, se volteó hacia ella para darle las gracias moviendo los labios en silencio. Era bueno ser la tía soltera, pensó ésta, y dedicó los siguientes minutos a repartir los caramelos entre sus dos sobrinos, asegurándose de que recibieran exactamente las mismas cantidades en cuanto a número y sabores. Luego de eso hubo paz por un rato, hasta que sonó el primer trueno, empezó a llover, y vieron al joven que hacía dedo a un lado de la carretera. Las luces del auto concedieron a sus ocupantes una visión clara del mismo antes de seguir de largo: era pálido, bastante delgado, y aunque no iba mal vestido, su apariencia general daba una impresión de abandono, como si aquel muchacho no tuviera a nadie en el mundo. Raúl ni siquiera disminuyó la velocidad, y el joven volvió a desaparecer en la negrura.

Bien hecho, pensó Ariadna. Estaban en medio de la nada, llevaban a dos niños, e incluso en cualquier otro lugar o circunstancia era peligroso recoger autostopistas. Aun así...

—Deberíamos llevarlo —dijo ella en voz alta, sin pensarlo, siguiendo un impulso que no llegó a comprender.

—¿Estás loca? —contestó Raúl—. Podría ser un delincuente.

Una conclusión lo bastante razonable como para zanjar la cuestión. Teóricamente.

—Se viene una tormenta —insistió Ariadna, todavía sin saber por qué—. Quizás esté perdido y necesite llegar a un lugar seguro. Seríamos tres contra uno, ¿no? A mí no me pareció amenazador. Por si acaso, siempre llevo mi aerosol de pimienta.

El hombre no dejó de conducir, pero frunció el ceño y no dijo nada. Cecilia miró por el retrovisor con aire preocupado, y los niños continuaron chupando caramelos mientras sus miradas saltaban de un adulto a otro con más curiosidad que aprensión.

Raúl paró el auto. De pronto todo se sintió muy extraño: la carretera, la noche, los goterones aislados que se estrellaban contra el parabrisas, cada vez más numerosos... Era como si hubiese algo en el aire. ¿Un tipo de presagio, tal vez? A Ariadna se le levantaron los pelillos de los brazos.

—No debemos estar lejos de alguna estación de servicio —agregó—. Como mínimo, podríamos llevarlo hasta nuestro hotel.

Los dedos del hombre tamborilearon sobre el volante; luego Raúl gruñó algo para sí e hizo dar vuelta al coche. Ariadna sintió alivio, cosa que la sorprendió porque no había razón alguna para ello. No conocía en absoluto a aquel muchacho solitario.

El joven estaba en el mismo lugar donde lo habían visto, un poco más mojado. Daba pena, de hecho, con sus cabellos negros algo aplastados por el agua, y un rostro flaco como si no hubiera comido en días. Raúl le hizo una seña para que se aproximara; el muchacho cruzó la carretera sin mirar y se apoyó contra el auto, mostrando que no llevaba nada en las manos. Después de bajar la ventanilla unos centímetros, Raúl le preguntó:

—¿Estás perdido?

—No, señor —replicó el muchacho con una voz inusualmente profunda para su edad.

—¿Adónde vas?

—Iba a visitar a unos parientes, pero mi auto se descompuso. Llevaba un rato caminando hasta que pasaron ustedes.

—¿Y no se te ocurrió llamar a nadie?

—Lo intenté, pero no hay cobertura.

El muchacho mantenía bien la calma a pesar del interrogatorio casi policial. Raúl le echó un vistazo a su propio celular. Curiosamente, era cierto: no había cobertura. La expresión del hombre se ablandó un poco.

—¿Dijiste que se descompuso tu auto? ¿Qué edad tienes?

—Diecinueve, señor.

¿Diecinueve? Su cuerpo y rostro aparentaban uno o dos años menos, pensó Ariadna; no obstante, la expresión de sus ojos reflejaba la madurez de un adulto.

La lluvia era cada vez más intensa. No podían alargar aquello mucho más. El joven debió entender lo que pasaba, ya que suspiró y dijo:

—Oiga, acepto que no confíe en mí, señor. Pero me estoy mojando, y debo haber caminado unos ocho kilómetros. Le juro que no tengo malas intenciones. Si no va a llevarme, al menos dígalo ya y me iré a buscar algún refugio.

Raúl intercambió una mirada con Ariadna y asintió.

—A ver, niños —dijo ella—, muévanse un poquito para que podamos llevar a este muchacho.

—¿Y los cinturones de seguridad? —replicó Mariela—. Papá siempre dice que...

—Sólo será por un rato. Enseguida llegaremos a alguna parte.

Los niños se apretujaron contra la puerta, y recién entonces Ariadna abrió la de su lado. Una ráfaga de viento frío y húmedo entró con el muchacho.

—Gracias —dijo éste—. No es una buena noche para quedar varado en una carretera boscosa.

—Sí, claro, de nada —contestó Raúl, y medio minuto después iban de nuevo en dirección al hotel.

El ambiente festivo dentro del vehículo se fue para no regresar. En presencia del desconocido, los niños se quedaron muy quietos y callados, contemplando al muchacho de reojo. Ni siquiera continuaron chupando caramelos, aunque eso tal vez se debiera a que no deseaban tener que compartirlos. Como fuera, tanta timidez no era propia de ellos, y Ariadna estaba a punto de decir algo al respecto cuando descubrió que tampoco se sentía con ánimos para hablar. El muchacho, a su lado, miraba hacia afuera, pero su presencia llenaba el coche como si no hubiera otras cinco personas en él. Estaba pegado a Ariadna, y ella percibió que, aun a través de sus ropas húmedas, no emitía nada de calor. La mujer comenzó a temblar, aunque el muchacho no diera señales de incomodidad. Finalmente ella reunió el valor para decirle a su cuñado:

—¿Podrías encender la calefacción? Estoy congelada.

Raúl obedeció el pedido en silencio, y así marcharon un poco más... hasta que se escucharon unos ruidos muy extraños en la parte inferior del auto y éste se detuvo de golpe. Las luces se apagaron.

—¿Pero qué demonios...? —masculló Raúl, y trató de encender el vehículo una vez más. No funcionó. Los ruidos se prolongaron otro instante y luego cesaron por completo, dejando solamente los truenos y el creciente goteo de la lluvia. Ariadna vio al muchacho fruncir el ceño.

—Así se paró mi auto —dijo él.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Cecilia—. ¿Llamar a una grúa?

Raúl lo intentó.

—Mierda, todavía no hay cobertura. ¿Cómo es posible? No estamos tan lejos de la civilización.

—Tal vez sea por la tormenta —aventuró Ariadna, y era la explicación más razonable. ¿Por qué, entonces, no le resultaba convincente? Dejó eso de lado para observar a los niños, y la invadió el desánimo al notar que ahora se veían asustados. Había sido una mala idea lo de la estúpida salida al campo, pensó la mujer. Si se hubieran quedado en casa, los niños estarían pidiendo golosinas o divirtiéndose en alguna fiesta de Halloween, en lugar de hallarse dentro de un coche repleto, en una carretera desierta y oscura bajo una tormenta primaveral.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó Mariela con un hilo de voz.

—No te preocupes, cariño, todo estará bien —contestó su padre, aunque no transmitía mucha seguridad. La niña había dado justo en el clavo: algo tendrían que hacer.

Ejerciendo su papel de jefe de la familia, Raúl se aclaró la garganta y dijo, con un tono más decidido:

—De acuerdo, ya tengo un plan. Me pondré el impermeable que está en la cajuela y saldré a buscar ayuda. No puede ser que estemos tan aislados. Como mínimo, encontraré un sitio donde haya cobertura, y entonces llamaré a alguien para que venga por ustedes. ¿Les parece bien?

La pregunta iba dirigida a Cecilia y Ariadna, quienes asintieron sin dudarlo. Efectivamente, era un buen plan.

—Sí. Bien, aquí voy. Deséenme suerte —pidió el hombre, y salió del auto.

—¡Ten cuidado, cielo! —le dijo su esposa antes de que él cerrara la puerta. Raúl hizo un gesto afirmativo y fue en busca del mencionado impermeable. No tardó en esfumarse por la carretera, oculto por la noche y la cortina de agua. Menos mal que no soplaba el viento, pensó Ariadna. Había muchos árboles viejos que podrían caer sobre él...

Cecilia se cambió al asiento del conductor y le dijo a Mariela:

—Cariño, ven adelante, así todos estarán más cómodos.

La chiquilla asintió, y con esa agilidad propia de los ocho años, no tardó en colocarse junto a su madre. Lo más conveniente hubiera sido que Ariadna se pasara al asiento del copiloto, pero no iban a dejar a los niños solos junto al desconocido. En cuanto al muchacho, no dijo ni una palabra. Continuaba mirando hacia afuera, y a Ariadna le llamó la atención que casi pegara el rostro a la ventanilla, luego de pasar una mano por el cristal empañado.

—¿Has visto algo? —le preguntó ella.

—No estoy seguro. ¿Qué serán esos puntos brillantes?

—¿Puntos brillantes?

El joven se echó hacia atrás para que Ariadna pudiera echar un vistazo. Sí era verdad lo de los puntos brillantes: se hallaban entre los árboles, de a pares.

—No pueden ser luciérnagas —opinó la mujer—. ¿Ardillas?

—¿A esta hora? ¿Con la tormenta?

—Yo no veo nada —dijo Cecilia, y como si esa frase hubiera tenido algún efecto sobre los puntos luminosos, éstos desaparecieron. Ariadna volvió a reclinarse sobre el respaldo.

—Debió ser una ilusión óptica —concluyó, pero no porque así lo creyera, sino para tranquilizar a los niños, a su hermana y a ella misma. El muchacho aún lucía preocupado. En voz baja, explicó:

—Revisé mi auto cuando se paró. Tenía varios desperfectos, como si se hubieran metido unos bichos adentro. Tal vez ratas muy grandes. —Ariadna le dio un codazo suave e hizo un gesto disimulado hacia los niños—. Perdón —susurró el joven, y la mujer asintió con otro gesto disimulado. A Agustín le daban miedo las ratas, y Mariela no confiaba en ningún animal con dientes, salvo los perros pequeños. No había razón para asustarlos más de lo que ya estaban.

—Parece que estaremos aquí un buen rato —dijo ella en voz alta y alegre—. ¿Qué tal si jugamos a las adivinanzas?

—Buena idea —replicó Cecilia, y entre ambas hermanas consiguieron distraer a los niños. Ariadna, no obstante, siguió echándole miradas de reojo al muchacho, quien ahora parecía vigilar al resto del grupo con una expresión inquietante. El aerosol de pimienta estaba en su bolsillo derecho, se recordó la mujer. Sería fácil sacarlo de ahí en caso de que... Por todos los cielos, ¿qué se había apoderado de ella al ver al autostopista? Vivía sola, estaba acostumbrada a desconfiar de los demás. Más que pálido y flaco, el muchacho se veía demacrado. Quizás hubiera padecido alguna enfermedad, o tal vez fuera anoréxico. Los trastornos de la alimentación ya no eran exclusivos de las jovencitas. Pero esa mirada tan penetrante, tan madura, tan... antigua.

Ariadna se reprendió a sí misma por pensar semejantes estupideces. Sí, era Halloween, pero ella no creía en los fantasmas ni en nada por el estilo. A sus treinta y nueve años, todos los monstruos que había conocido eran perfectamente humanos.

Se concentró en el juego. Fuera del coche, los truenos habían cesado pero el agua caía a raudales, bastante fría, a juzgar por la menguante temperatura del vehículo.

Todos, salvo el autostopista, gritaron cuando algo golpeó la ventanilla del conductor. Era Raúl. Cecilia abrió la puerta.

—¡Serás idiota, nos diste un susto de muerte! —exclamó ella.

—Lo siento. Debí imaginar que no me verían llegar. Pero tengo buenas noticias: encontré una casa, por un camino perpendicular a la carretera. Los dueños aceptaron alojarnos por esta noche. ¡Hasta me prestaron unos paraguas!

Raúl levantó la mano que cargaba un racimo de dichos objetos. Eran buenos paraguas: grandes, negros, con mangos de madera. El rostro de Cecilia se iluminó con una amplia sonrisa de alivio.

—¡Oh, menos mal! Comenzaba a pensar que tendríamos que dormir en el auto. Niños, cada uno tome un paraguas. Ari, ayúdame con los bolsos. —Cecilia hizo una pausa al recordar que había alguien más en el auto—. No nos has dicho tu nombre —observó, dirigiéndose al muchacho.

—Soy Damián. Damián Méndez.

—Bueno, Damián, supongo que... tendrás que venir con nosotros.

El joven asintió. Su expresión era serena y no reflejaba emoción alguna.

—Puedo ayudar con los bolsos —dijo, y esto pareció tranquilizar a Cecilia y Raúl. Ariadna ya no sabía qué pensar del muchacho. Se pusieron en camino poco después, tras haber repartido los paraguas y los bolsos de la manera más cómoda posible. Nadie tenía botas de lluvia, sin embargo, y Ariadna maldijo a sus zapatillas y calcetines empapados durante buena parte del trayecto. La tormenta era bastante más pesada de lo que había parecido dentro del auto, y aunque el agua corría sin dificultades hacia los lados de la carretera, cada bache constituía un pequeño lago para esquivar.

—Mami, tengo frío —dijo Agustín.

—No te preocupes, no es muy lejos —le contestó su padre—. Es una casa grande y bonita, un poco antigua. Los dueños son una pareja mayor, pero muy simpáticos los dos. Dijeron que estarán felices de ver niños en su casa, porque hace mucho que no los visitan sus nietos. Podrás calentarte junto a su chimenea.

—Oh. Bueno, papi.

Ariadna no pudo evitar pensar que aquello se parecía demasiado a una película de horror. Primero el autostopista sospechoso en la carretera, y ahora se dirigían hacia una casona a pasar la noche. La mujer estuvo a punto de mencionar esto último en voz alta, a modo de chiste de Halloween, pero las caritas desanimadas de sus sobrinos la hicieron callar. Los pobres ya habían tenido suficientes emociones para un solo día.

Salieron de la carretera y avanzaron unos diez minutos por un camino de tierra que empezaba a convertirse en un lodazal. Entonces vieron la casa.

La iluminación exterior la hacía destacar incluso en medio de la lluvia. No era la mansión tétrica que Ariadna había imaginado; por el contrario, se veía en buen estado y acogedora, a pesar de que todas las ventanas tenían rejas. La puerta, de madera sólida, ostentaba una aldaba con la forma de una cabeza de gárgola o criatura similar. Una figura horrenda, en todo caso. Muy apropiada para el Halloween, sin embargo. Pero Raúl no usó la aldaba para llamar a la puerta, sino que tocó el timbre un par de veces hasta que se escucharon pasos del otro lado.

Ariadna nunca había visto una mujer de aspecto más inofensivo que aquella anciana. Era una típica abuelita de película infantil, con el cabello blanco atado en un rodete, un vestido anticuado pero limpio, y una sonrisa de dentadura postiza tan tierna como un pastelito de vainilla.

—¡Me alegra que haya regresado sano y salvo, señor García! —le dijo ella a Raúl—. ¡Oh, pero qué niños más adorables! Pasen, pasen todos adentro, que hace una noche horrible. Menudo aguacero. Quítense los zapatos y los calcetines, por favor. No me gustaría que quedaran marcas de barro y agua en las alfombras. Eso es. Podemos prestarles unas pantuflas, que tenemos muchas. Cosas de viejos.

La señora se rió. De nuevo, su aspecto resultó adorable, pero Ariadna notó que los ojos grises de la anciana no se apartaban de Damián. Y no era la mirada recelosa de una señora ante un joven desconocido, sino algo muy extraño que Ariadna no consiguió descifrar.

—¿Son ellos? —dijo una voz masculina, también anciana, desde otra habitación, y luego apareció el dueño de casa—. Ah, sí, son ellos. Espero que les hayan servido esos paraguas. Suele llover bastante por estos lados. En fin, me presentaré de nuevo para los demás: soy Humberto Luján Rosadilla, y ella es mi esposa Norma.

Siguieron más presentaciones. El hombre parecía tener la misma edad que su mujer, unos ochenta años, pero se lo notaba saludable y sin señales de artritis, cataratas u otras enfermedades degenerativas. Al igual que su esposa, le dirigió una larga mirada a Damián. El muchacho frunció el ceño y se hizo el distraído.

—Menos mal que siempre tenemos comida de sobra —dijo Norma—. He puesto algo a cocinar mientras ustedes venían para acá. Mi esposo y yo comemos más temprano, pero con gusto les daremos de cenar, sobre todo a estos preciosos niños. ¡Oh, me olvidaba de que hoy es la Noche de Brujas! Qué bueno que ayer hice merengues. Pasen por aquí y siéntense. El baño de invitados queda por allá. Enseguida les traeré esas pantuflas.

Cecilia y Raúl parecían encantados con tanta hospitalidad. Los niños recuperaron su buen humor, pero Ariadna... Ariadna empezaba a sentirse como si hubiera caído en un episodio de La dimensión desconocida. Curiosamente, le dio la impresión de que a Damián le pasaba lo mismo, y eso provocó que, en un instante, ambos se hallaran en el mismo bando. Damián, no obstante, se mantuvo más cerca de una pared que los demás, casi como un perro guardián en territorio ajeno. La anterior serenidad de su rostro había dejado paso a una actitud vigilante.

Llegaron a un comedor muy bonito y amplio, con una mesa en su centro rodeada por doce sillas.

—¿Cuántas personas viven aquí? —le preguntó Cecilia al dueño de casa.

—Ahora mismo, sólo mi querida Norma y yo. Tenemos empleadas domésticas que vienen tres veces por semana. Norma y yo criamos una familia grande, pero luego cada uno se fue por su lado y... cosas que pasan. Por eso es que recibimos a los invitados, como ustedes, con los brazos abiertos.

El hombre sonrió. A diferencia de su mujer, la sonrisa le otorgaba una expresión astuta ligeramente desagradable, pero Ariadna se obligó a no pensar en ello. Hasta el momento, lo único malo que les había sucedido era lo del auto parado en medio de la tormenta; ¿a qué se debía, pues, tanta paranoia? Ella no solía reaccionar así. Debía ser por el estúpido Halloween.

La anciana regresó con varios pares de pantuflas. Incluso las más pequeñas eran demasiado grandes para los piececitos de Mariela y Agustín, pero a ellos no pareció molestarles, sobre todo porque habían detectado el olor a comida proveniente de la cocina y ya se estaban preparando para cenar. Cecilia les ordenó que dejaran los cubiertos en paz hasta que fuera el momento de usarlos. Mientras tanto, Norma sirvió unos vasos de jugo de naranja "para ir abriendo el apetito". Ariadna se dio cuenta entonces de que ella también tenía hambre y sed, y aceptó la oferta dando las gracias a su anfitriona.

—Yo no voy a comer —dijo Damián en el tono más educado posible—. Es que... tengo varias alergias alimentarias, y sólo confío en la comida que yo mismo me preparo. Y comí hace tres horas, además. No tengo hambre.

Esta vez, los dueños de casa le echaron al joven la misma mirada calculadora. Fue muy breve, pero Ariadna la notó y sintió que su paranoia volvía a cosquillearle en el cerebro como un insecto persistente.

—No pasa nada, querido —replicó la anciana—. Puedes ponerte cómodo junto al fuego, entonces.

—Desde luego —la secundó su marido—. En esta casa todo el mundo es libre de comer o no según le plazca.

—Aunque te ves un poco delgado, querido —dijo Norma—. Casi no tienes carne sobre los huesos.

—Estoy bien —replicó Damián, y se dio vuelta para ir a sentarse en un sillón. Los ancianos se encogieron de hombros y volvieron a dedicar su atención al resto de los invitados.

La cena estuvo muy bien, para haber sido preparada con tanta rapidez: arroz blanco y guisantes enlatados, verduras frescas, tostadas con queso y jamón, y unas copas de vino que el señor Luján Rosadilla tuvo la amabilidad de descorchar para los adultos.

—Planeaba servirlo la semana que viene —dijo el anciano—, ya que vendrán unos parientes de visita, pero qué rayos, hoy es un día festivo, aunque sea prestado de otra cultura. ¡Salud!

Entre la cena, el vino y el cansancio, a Ariadna comenzó a entrarle sueño, y se sorprendió al ver que recién eran las diez. Norma condujo a los visitantes al piso superior, donde había unos cuantos dormitorios vacíos que, en espera de la próxima visita familiar, ya estaban convenientemente dispuestos. Damián, detrás de Ariadna, murmuró para sí:

—Qué feliz coincidencia...

Y era una gran coincidencia, pensó Ariadna. Toda la situación parecía... arreglada, pero seguro que no tenía nada de malo. Al diablo la paranoia. Sí ocurrían coincidencias de vez en cuando, y en ese preciso instante lo único que ella deseaba era quitarse la ropa todavía húmeda, ponerse algo más cómodo y dormir hasta la mañana siguiente.

—Ustedes pueden dormir aquí, que hay una cama grande —indicó la anciana—. En ese otro cuarto hay dos camas individuales.

—Yo tomaré ésa —dijo Ariadna—. Mariela podría quedarse conmigo, y Agustín con sus padres.

—Oh, desde luego. Entonces sólo nos faltaría un dormitorio para este adorable muchacho, ¿verdad? Tú puedes dormir ahí, querido. Bien, dulces sueños para todos. Y... feliz Noche de Brujas.

La anciana sonrió de nuevo, y Ariadna se dio cuenta de que sus dientes no eran postizos, sino naturales. Menuda hazaña, llegar a los ochenta años con la dentadura así de impecable. Eso o tenía un muy buen odontólogo.

Norma se dio vuelta y caminó de regreso a las escaleras, paso a paso y arrastrando los pies por la alfombra.

—Qué pareja tan encantadora —opinó Cecilia una vez que la anciana se hubo perdido de vista—. Un poco raros, pero muy hospitalarios.

Ariadna no estaba segura de que "un poco raros" fuera suficiente para describir a aquellos ancianos, pero bueno, a los ochenta años cualquiera podría darse el lujo de ser excéntrico.

—Ven conmigo, Mariela —le dijo a la niña—. Si no tienes sueño, te contaré una historia de fantasmas. O una de princesas, si ya estás harta del Halloween.

—Tengo sueño —replicó la niña con una vocecita nada propia de ella. Ariadna le acarició el pelo.

El dormitorio era pequeño pero bonito, y las camas se veían muy cómodas. La mujer y su sobrina se acostaron, y no hubo tiempo de contar historias porque la niña no tardó ni cinco minutos en conciliar el sueño. Ariadna tardó un poco más: diez minutos.

La mujer durmió apaciblemente, hasta que la despertó un dolor intenso y vio los ojitos luminosos justo sobre su pecho.

(Continuará...)

Gissel Escudero

El invitado (parte 2/2)

Esa misma tarde, Leticia descorchó una botella de vino que había traído del supermercado. Dejando solamente una lamparita encendida, tal vez a modo de desafío, la mujer se sentó en la alfombra, con la espalda contra la pared, y empezó a vaciar la botella en una copa de cristal. Entre copa y copa, dijo en voz alta:

—Hoy le hablé de ti a mi amiga Yolanda. Y no le mentí en absoluto: tú no me asustas, seas quien seas. O quien hayas sido en vida. No me vas a sacar de mi casa aunque hagas cosas peores.

La lamparita parpadeó. Leticia bebió otra copa.

—Más te vale no romper esa lamparita. Es de bajo consumo, y salen caras. ¿Quieres saber por qué no me asustas?

En la cocina se abrieron las puertas del aparador. Ella lo supo por el chirrido. Continuó bebiendo sin inmutarse, y como no solía tomar alcohol, las piernas se le aflojaron y sintió un ligero mareo. Daba lo mismo, sin embargo, porque no iba a conducir esa noche.

—Cuando vivía en mi otra casa, fui al cine con mis amigas. La función empezaba a las nueve y terminó como a las once, o sea que era aún más tarde cuando volví a casa. El autobús me dejó a tres cuadras, así que tuve que caminar. No pensé que hubiera peligro.

Leticia bebió otra copa. Había vaciado dos tercios de la botella. Algo hizo ruido en el baño, como si el vasito con el cepillo de dientes hubiera caído en el lavabo.

—Uh, qué impresionante. Apuesto a que no puedes desacomodar las toallas. Las grandes, ¿eh?, no las de mano. Como decía, era tarde y yo iba muy tranquila caminando esas tres cuadras desde la parada hasta mi casa. Entonces los vi.

La mujer tomó aliento, reprimiendo sin mucho éxito un escalofrío.

—Eran tres contra uno. Todos jóvenes, ninguno pasaba de los veinte años. Estaba oscuro, pero igual pude ver que los tres atacantes estaban drogados. Drogados y enloquecidos. Hasta esa noche yo no creía en los demonios, pero en ese momento me pareció que lo eran, con los ojos rojos y unas muecas horribles, dándole de patadas al pobre muchacho en el suelo. El chico sangraba y gemía. Ya no le quedaban fuerzas para gritar. Me miró con una desesperación tremenda, aunque sin pedir ayuda. Creo que sabía que estaba muriendo.

Leticia bebió la última copa de vino. Iba a hacerle trizas el estómago, y sentía que ya empezaba a dolerle la cabeza, pero al menos le había dado fuerzas para contar la historia. Faltaba la última parte, sin embargo.

—Dejé caer mi bolso sin darme cuenta, y me di vuelta para correr y llamar a la policía, o a cualquier otra persona que pudiera hacer algo. Pero los tres muchachos me habían visto, y dos de ellos corrieron detrás de mí. Por suerte llevaba zapatillas de goma y no estaba muy lejos de la avenida, o me habrían alcanzado y yo también estaría muerta ahora. Y menos mal que justo pasaba ese coche. Me puse delante de él, agitando los brazos, y los dos muchachos dieron media vuelta y escaparon. El coche paró. Adentro había más jóvenes, que iban para una fiesta, pero llamaron a la policía y volvieron conmigo al sitio donde estaba el muchacho lastimado. Ya no respiraba. Le habían roto varios huesos, y tenía la cara hecha trizas. De los asesinos no había ni rastro, pero yo recordaba sus caras. Las recordaba muy bien.

Leticia dejó la copa a un lado, tumbando de lado la botella sin proponérselo. Pero daba lo mismo, porque ya no quedaba nada en su interior. La lamparita volvió a parpadear y finalmente se apagó.

—Oh, mierda, te dije que no la rompieras —dijo Leticia, arrastrando un poco las palabras—. No eres un fantasma muy respetuoso, ¿lo sabías? —Suspiró—. Atraparon a dos de los asesinos, y yo pude identificarlos en la comisaría, y después testifiqué contra ellos en el juzgado. Al tercero no pudieron agarrarlo, aunque también conseguí identificarlo. Todavía recuerdo su nombre, además de su cara. ¿Sabes por qué mataron al pobre muchacho? Porque no tenía suficiente dinero. Esos tres hijos de puta querían dinero para más drogas, y como el chico sólo llevaba unas monedas que le sobraron del autobús, se descargaron contra él hasta matarlo, como si fuera una piñata. Qué asco de mundo, ¿verdad?

La mujer cerró los ojos. Empezaba a sentir la cabeza pesada.

—Me mudé porque tenía miedo de las represalias. Todavía no han atrapado al tercer muchacho, y las familias de los otros dos se dedicaron a hacerme la vida imposible por enviar a sus "niños" a la cárcel, como si no hubieran asesinado a un chico indefenso en pleno ataque de locura por las drogas. Me preocupaba ir al supermercado un día y que alguien me arrojara una piedra a la cara, o que me atropellaran, o que me acorralaran en alguna parte y me dieran una paliza. Me preocupaba acabar muerta por haber denunciado un crimen. Ninguna buena acción se queda sin castigo, ¿eh? Es por eso que no te tengo miedo. La realidad me asusta más que tú. Y puestos en ello, en realidad creo que eres inofensivo, aunque te gusten las películas de terror.

Leticia se levantó, pero tuvo que apoyarse contra la pared un momento porque había perdido la coordinación de su cuerpo.

—Oh, mierda. Me levantaré con resaca, estoy segura. Buenas noches, fantasma. Si continúas aquí por la mañana, empezaré a cobrarte el alquiler. Aunque sea para recuperar el costo de esa lamparita que acabas de romper.

La mencionada lamparita se encendió en ese instante. Al mismo tiempo también se encendió el televisor, y los canales cambiaron hasta que apareció una comedia. Las risas grabadas llenaron la casa.

—Ah, conque tienes sentido del humor después de todo, ¿eh? Te perdonaré el alquiler, entonces. Que descanses en paz.

Riéndose por lo bajo, Leticia caminó tambaleándose hasta su cama, donde se refugió sin cambiarse de ropa.

*****

Despertó en la madrugada, pero no por la resaca ni los malos recuerdos, sino a causa del frío que la atenazaba aun a través de las gruesas mantas. ¿Acaso no había encendido la calefacción antes de acostarse? No lo recordaba. Como fuera, la casa se sentía helada.

—Joder, ¿no te dije que esos jueguitos tuyos me hacen gastar en calefacción? ¿Acaso quieres salir, ahora que estás adentro? Eres peor que un gato.

Leticia gruñó mientras se levantaba. Tenía una fuerte jaqueca, además del frío, y no estaba de humor para bromas de fantasmas. Ni siquiera le hizo gracia el hecho de que acababa de amonestar a uno de ellos como si fuera una mascota traviesa. Lo único que quería era dormir hasta el mediodía, y ojalá para ese entonces ya se le hubieran pasado los efectos del vino. Oh, bueno. Aprovecharía para ir al baño, una vez que cerrara lo que fuera que el fantasma hubiese abierto.

Tanteando las paredes en la oscuridad, caminó por el pasillo con los ojos entrecerrados... pero se detuvo al distinguir una silueta a pocos metros de ella. El corazón le dio un salto en el pecho antes de acelerar sus latidos. Leticia se quedó paralizada un instante, muda de espanto, pensando que el fantasma había decidido aparecerse ante ella de esa manera, tal vez con la intención de perturbarla en una forma más personal y siniestra. Entonces la silueta se movió. Sus pasos hicieron un ruido suave contra el suelo de madera, pero eran pasos normales, pasos de un ser de carne y hueso, y Leticia comprendió que había un intruso en su casa. Retrocedió medio metro antes de que sus piernas le fallaran y cayera hacia atrás, golpeándose la espalda contra el umbral del cuarto de invitados. Luego sintió que se formaba un charco tibio debajo de ella, pero le tomó varios segundos darse cuenta de que se había orinado encima. El intruso tenía un cuchillo en su diestra, y avanzó hacia ella lentamente y con la cabeza baja, en posición de ataque.

Los ojos de Leticia habían tenido suficiente tiempo para acostumbrarse a la oscuridad, y no le bastó más que una mirada clara para reconocer al tercer asesino drogadicto. Un gemido escapó de su garganta, como el de un animal con una pata rota dentro de un pozo muy profundo.

Yo soy la única testigo, pensó ella en medio de su ataque de pánico. Ha venido a eliminarme.

Esta idea consiguió devolverle el control de su propio cuerpo. Arrastrándose primero, se alejó del atacante hasta que pudo darse vuelta y ponerse de pie. El único problema era que no había escapatoria, pues el pasillo terminaba en el baño y el intruso ya se había lanzado sobre ella para agarrarla por el cabello. Leticia gritó. Se preparó para que el asesino la silenciara, quizás rebanándole el cuello... pero de pronto él ya no la sujetaba, sino que gritó tanto o más fuerte que ella, y luego se oyó el ruido de un cuerpo golpeando una superficie sólida. Leticia se volteó de nuevo para mirar y quedó paralizada una vez más, excepto que ahora fue a causa de la sorpresa. El asesino estaba flotando en el aire, y una fuerza invisible lo hacía estrellarse alternadamente contra las paredes y el techo, rompiéndole los huesos y creando una fina lluvia de sangre que manchó todo el pasillo como la obra de un artista chiflado. Incluso en la penumbra, Leticia pudo observar que la expresión del joven mostraba miedo y dolor, pero no pudo sentir lástima, puesto que así se había visto en su momento la cara del otro chico, el que ella no había podido rescatar. Lo que ella hizo fue retroceder un poco más, lejos de la sangre que salpicaba, y se quedó mirando hasta que el asesino dejó de moverse por sí mismo. Siguió flotando unos minutos más, sin embargo, como un títere roto, hasta que al fin se desplomó con un sonido contundente y definitivo. Entonces reinó el silencio. Leticia se dejó resbalar hasta el suelo, jadeando, y permaneció ahí hasta que su corazón volvió a un ritmo más o menos normal. Le tomó unos minutos más reunir las fuerzas para llamar a la policía, aunque tuvo que empezar varias veces para hacerse entender, ya que la voz le temblaba y sus primeras frases no resultaron coherentes. Luego de eso volvió al rincón y se sentó a esperar.

Las luces se encendieron por sí solas. Esto reveló con más detalle el escenario de la masacre, pero también sirvió para tranquilizar a la mujer. Cerrando los párpados un momento, dijo:

—De acuerdo, quizás no seas tan inofensivo después de todo. Pero gracias. Gracias.

Leticia sintió que unos dedos fríos tocaban suavemente su rostro. Abrió los ojos, pero no había nada frente a ella. Entonces creyó saber quién era su incorpóreo invitado.

—Espero que ahora estés en paz —dijo—. Pero puedes quedarte el tiempo que quieras.

Poco después, la policía llamó a la puerta.

Gissel Escudero

El invitado (parte 1/2)

La puerta se abrió por sí sola una semana después de que Leticia se mudó a su nueva casa. No rechinó en sus goznes como en las películas de terror, ni fue empujada por una ráfaga inexplicable de viento. Simplemente... se oyó el clic de la cerradura y la puerta se abrió por completo, dejando a Leticia anonadada. Era la puerta principal y no había nadie del otro lado, ni siquiera algún vecino circulando por las calles, puesto que todos se hallaban en sus respectivas casas, almorzando. La mujer soltó la escoba y se apresuró a cerrar, pensando que aquello era muy raro y que debería tener más cuidado la próxima vez. Echaría el pasador o la cadena de ahí en adelante, dado que los robos habían aumentado en los últimos años. Los robos... y también los asesinatos. Brrr. Mejor no despertar esos recuerdos, se dijo Leticia; por algo se había mudado: para escapar del peligro. Quizás no pudiera protegerse de los ladrones comunes y corrientes, pero sí de otros criminales mucho peores.

A la hora de la cena, la puerta se abrió por sí sola de nuevo. Leticia lo supo por el cambio en los ruidos que venían de la calle, y volvió a cerrar preguntándose cómo carajo había sucedido, si ella estaba segura de haber atrancado con llave. ¿Acaso había un cerrajero travieso en el barrio? ¿O sería que el dueño anterior de la casa, a quien ella desconocía, trataba de divertirse a su costa? Como fuera, no tenía nada de gracioso. Aunque ella no pasara aún de los cuarenta y cinco años, no estaba para sustos después de lo que había padecido en los últimos meses antes de la mudanza. Necesitaba paz y tranquilidad, no bromas pesadas. Leticia volvió a cerrar con llave, cadena y pasador gruñendo maldiciones para sí.

A la mañana siguiente, la puerta seguía tal como ella la había dejado. La mujer suspiró, aliviada... hasta que vio la ventana abierta.

—¿Pero qué demonios...?

No había señal de que alguien hubiera forzado la ventana, y Leticia estaba absolutamente segura de haberla cerrado. Y no podía abrirse desde afuera, no señor.

Sintiendo un horrible escalofrío, la mujer inspeccionó hasta el último rincón de la casa, vaciando los roperos y mirando bajo su cama. También apoyó la oreja sobre las paredes por si había una mínima posibilidad de que existiera un pasaje secreto o algo así. Pero no encontró nada. Ni un solo intruso determinado a volverla loca. Ella estaba sola y... ¿segura? Comenzaba a dudar de esto último...

A pesar de sus temores, nada malo le sucedió a lo largo de la semana, excepto que las puertas y ventanas que daban al exterior continuaron abriéndose de manera inexplicable, sin importar que Leticia las bloqueara con objetos pesados o cerraduras inviolables de acero. Ella hubiera pensado que estaba loca, pero la puerta se había abierto una vez en presencia de una vecina, dando lugar a un momento bastante incómodo.

—Seguro que fue el viento —había dicho Leticia, pero la vecina se persignó y nunca volvió a visitarla.

En la noche más fría del año, cuando la mujer ya se había resignado a medias a convivir con el extraño fenómeno, sonaron tres golpes y las puertas y ventanas se abrieron al unísono, muy despacio, dejando entrar el viento y algunos copos de nieve. Aquello era el colmo. Sin saber lo que hacía, y sin soltar el cuenco de palomitas de maíz que estaba comiendo frente al televisor, Leticia dejó escapar un resoplido de fastidio y exclamó:

—¡Entra ya, si quieres, pero corta con eso!, ¿sí? ¡Me estás haciendo gastar una fortuna en calefacción!

El viento aumentó en intensidad. Las lamparitas parpadearon, la imagen del televisor se llenó de estática, y dos figuritas de porcelana cayeron sobre la alfombra, salvándose por poco de romperse. Las puertas y ventanas se cerraron de golpe, haciendo que la mujer pegara un salto en el sofá al tiempo que pegaba un grito.

Supo entonces que en verdad había dejado entrar algo a su casa.

*****

La pregunta de Leticia provocó que su nueva amiga Yolanda la mirara con recelo.

—¿Es en serio? —replicó ella.

—Muy en serio —aclaró Leticia.

—Pues... no, no creo en los fantasmas. ¿A santo de qué viene esa pregunta?

—Porque creo que hay uno viviendo en mi casa. Bueno, no sé si decir "viviendo" porque un fantasma no es un ser vivo. ¿Revoloteando? Mmm, no, eso hacen las mariposas.

—No estás hablando en serio.

—Sí, hablo en serio. Lo que pasa es que... no sé cómo decirlo. Tendría que estar asustada, ¿no? Y creo que el fantasma trata de asustarme un poco, pero más bien parece un juego: cambia cosas de lugar, me sobresalta a cada rato haciendo ruidos fuertes, y siempre enciende el televisor justo cuando están dando una película de miedo. Y vaya que hay algunas muy sangrientas...

Yolanda cambió su recelo por fascinación, o tal vez sólo le estaba siguiendo la corriente. Pero seguía ahí, de modo que Leticia concluyó la explicación:

—O sea, es molesto. Nada más. ¿No resulta algo decepcionante para un fantasma?

—¿Has llamado a la policía?

—No, ¿qué les diría? "Oficiales, vengan por favor a sacar al fantasma de mi casa porque hace ruido y pone películas que no me gustan." Pero sí llamé a un cura.

—¿Y?

—Me contestó que no le hiciera perder el tiempo con estupideces.

Yolanda soltó una carcajada.

—Sí, tú ríete, pero fue bastante grosero —replicó Leticia—. Quizás debería mudarme de nuevo, pero ahora mismo no tengo dinero. Además, qué carajo, me gusta la casa. Es cómoda. —La mujer hizo una pausa—. Todavía no me crees, ¿verdad? Ven a mi casa algún día. El fantasma no es del todo discreto, ¿sabes? El martes pasado le pegó un buen susto al electricista. Lo tuve que seguir afuera para pagarle, porque salió corriendo como si... bueno, como si hubiera visto un fantasma. Se puso blanco como la leche, el pobre. No creo que vuelva, y es una pena, porque trabaja bien y cobra barato.

Yolanda asintió, y ahora sí fue evidente que estaba tomando aquello como un juego.

—De acuerdo, iré a tu casa algún día a conocer al fantasma. Hasta podría llevarle unas galletas horneadas. Para que las huela, claro, porque los fantasmas no comen.

—Cierto.

—Bueno, me tengo que ir. Hasta mañana.

—Hasta mañana —respondió Leticia, y Yolanda se marchó a su apartamento. Ojalá no se hubiera tomado a mal la conversación, pensó la mujer; era un tema espinoso, desde luego, pero el alivio de sacárselo del pecho superaba el riesgo de perder una amistad. En fin, probablemente el asunto quedaría olvidado en una semana... o el fantasma haría de las suyas frente a Yolanda, confirmando la historia de Leticia. Cualquiera de las dos situaciones le vendría bien.

La mujer también regresó a su casa... sin darse cuenta de que alguien la vigilaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

28 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 3/3)

Las luces parpadearon, indecisas, y luego se apagaron por completo. El tren recorrió algunos metros adicionales llevado por la inercia, pero luego dejó de moverse. El "¡oh!" colectivo se escuchó en cada vagón del vehículo, reflejando sorpresa... salvo en el caso de la señora Manders. Su exclamación sonó con un fuerte toque de angustia, y la mujer, atrapada ahora en la oscuridad, pensó lo siguiente: alguna fuerza superior estaba haciendo todo lo posible con tal de detenerla. Presa del pánico, la anciana abandonó su asiento, gimiendo cada vez que se topaba con otros pasajeros. Su intento de escape no tenía sentido, por supuesto: aunque hubiese podido salir del vagón, ¿cómo iba a trasladarse a pie por el túnel del metro? Así, al alcanzar la puerta posterior no trató de abrirla, sino que dio media vuelta y comenzó a moverse en la dirección opuesta.

—Ayúdenme. Necesito ayuda —balbuceó. Unos brazos fuertes la apresaron por la cintura, impidiéndole continuar.

—¿Qué ocurre, señora? —preguntó la voz de un hombre joven—. ¿Es usted claustrofóbica?

—No, no. Pero tengo que llegar a cierto lugar antes de que sea tarde, de lo contrario...

—Bueno, señora, será mejor que tome asiento. Seguro que la electricidad volverá muy pronto. Respire hondo. Está asustando al resto de los pasajeros...

Aferrándose a la lógica de estas palabras, la señora Manders hizo caso. Fue la espera más larga de su vida, aunque sólo duró unos quince minutos; durante todo ese tiempo se dedicó a rezar en silencio, apretando los puños contra su pecho.

Las luces regresaron y el tren volvió a rodar sobre las vías.

—¿Lo ve? No había razón para perder la cabeza.

El propietario de la voz era un muchacho negro. La anciana hizo un gesto afirmativo y el joven le dedicó una dulce y blanca sonrisa.

Cuando la señora Manders salió a la calle, vio que no le quedaba más de media hora para llevar a cabo su tarea. Esta vez le resultó imposible no apresurarse, porque si no se apresuraba, simplemente fracasaría. Y fracasar no era una opción.

Había calculado bien: cuatro calles separaban el Saint George's Hospital de su destino. De todas maneras, la rápida caminata le provocó un dolor horrible en las caderas y el pie derecho, donde tenía un callo, pero su esfuerzo valió la pena, porque al final de la última cuadra divisó los muros grises que contenían su anhelada meta.

Sin embargo, y en contra de sus expectativas, el portón estaba cerrado.

*****

¡Toc-toc! ¡Toc-toc-toc!

—¿Sí?

—¡Dulce o travesura!

La puerta se abrió para dejar salir a una anciana con un largo vestido gris y su escaso pelo recogido en un moño.

—¡Ay, pero qué niños tan encantadores! Aquí tienen sus golosinas, pequeñitos. Uy, ¿qué es ese olor a podrido? ¿Acaso se metieron en un basurero? En fin, no importa. ¡Feliz Halloween!

La anciana puso chocolates y caramelos en la bolsa de cada niño, exhibiendo mientras tanto una enorme y gastada sonrisa. Su aspecto era en verdad grotesco, pero los niños no dieron muestras de repulsión.

—¡Gracias, señora! ¡Feliz Halloween!

De vuelta en la calle, el demonio sacó de su bolsa uno de los chocolates y lo olfateó cuidadosamente por debajo de la máscara. Luego se lo pasó al hombrecito.

—Huele. ¿No te parece familiar?

El hombrecito también acercó el chocolate a su nariz.

—¿Estricnina?

El demonio asintió, y los niños inspeccionaron todos los regalos de la anciana.

—En éste hay veneno para ratas —dijo el hombrecito—, y en éste creo que hay cianuro. ¡Ja! Como si fuéramos a caer dos veces en el mismo truco...

El demonio observó uno de los caramelos con actitud pensativa.

—¿Creen que sea una bruja? —Los otros se encogieron de hombros—. Oh, da igual. De cualquier manera, ¡me agrada!

Los tres niños rieron de buena gana y siguieron adelante, y poco después se cruzaron con un grupo de fantasmas.

—¡Oigan! —los llamó el demonio—. Nos sobran algunos dulces, ¿los quieren?

—¡Sí! —dijeron los niños a coro.

—Pues aquí los tienen. ¡Feliz Halloween!

Y los fantasmas se alejaron con las golosinas envenenadas en sus pequeñas calabazas de plástico.

—No debimos hacer eso... —opinó el ángel más tarde.

—¿Y ahora lo dices? —preguntó el demonio—. ¿Qué es esto? ¿Cargo de conciencia con acción retardada? ¿Acaso comiste un caramelo con Valium?

Y de nuevo los tres chicos estallaron en carcajadas.

*****

En la casa de los Smith se estaba desarrollando una tremenda pelea familiar.

—¡Queremos salir! —dijeron los tres hermanos de Jessica. Su madre los miró con patente nerviosismo.

—Lo siento, no puedo dejarlos ir. La orden del juez fue muy clara...

—¡Ojalá se muera! —exclamó uno de los niños, y Sarah retrocedió. Los tres hijos de los Smith cumplían ocho años ese mismo día, pero a veces sonaban como enanos atrapados en cuerpos juveniles, criaturas del infierno capaces de... cualquier cosa.

—¡Queremos salir a pedir dulces! —gritaron los niños al unísono, escupiendo saliva y agitando los puños en gesto de amenaza.

De pronto la madre de Jessica mudó por completo su actitud. Sus facciones se suavizaron, y en sus labios apareció una sonrisa conciliadora.

—No puedo dejarlos ir... así que he preparado una fiesta para ustedes, con dulces y regalos.

—¿De verdad, mamá?

—¡Qué buena eres!

—¿Comeremos pastel?

—Sí, un pastel bien grande —dijo Sarah, y extendió un brazo en dirección a la cocina. Los niños marcharon por delante de ella, olvidando su rabieta.

—¿Mamá? —preguntó Jessica. No entendía nada.

—¡Jessie! Acompáñanos. Cuantas más personas en la fiesta, mejor. Espero que tu padre vuelva pronto del trabajo, así también festejará con nosotros...

Frunciendo el ceño, la chica siguió a su madre hasta la cocina y se llevó una sorpresa: Sarah había decorado los muebles con tiras de papel negro y anaranjado, y la mesa rebosaba de dulces y refrescos. Los niños ya estaban echando mano de las golosinas, llenándose la boca como animales salvajes.

—¡Feliz cumpleaños, queridos! —dijo Sarah, y con gran ceremonia abrió el armario que ocultaba un hermoso pastel de tres pisos. Cantando, la mujer lo llevó a la mesa y encendió las velas.

—¡A la cuenta de tres! —dijo uno de los niños—. Uno... dos... ¡tres! —y juntos apagaron las veinticuatro llamas. Sarah cortó un pedazo para ella misma y otro para Jessica, dejando el resto del pastel a merced de los varones. Pero los niños no lo tocaron. En lugar de eso, miraron fijamente a su madre.

—¿Está bueno? —preguntó uno de ellos entrecerrando los párpados. Sarah probó su tajada con un tenedor.

—Sí, está delicioso —respondió, y masticó otro bocado, y otro, y otro, hasta vaciar el plato—. Exquisito.

Esto disipó las dudas de sus hijos, quienes por fin se abalanzaron sobre el pastel. Jessica examinó su porción. Olía de maravilla y su aspecto era excelente, así que se dispuso a comer.

Sarah le pellizcó el brazo. Aún ostentaba una expresión alegre, pero sus ojos contaban otra historia. Sus ojos contemplaban a Jessica con una mezcla de alarma, temor... y resignación.

Al entender el significado de esa mirada, a la chica se le cayó el alma a los pies.

—Mamá... —susurró, pero Sarah le ordenó callar apretándole la mano.

Lo que estaba por suceder era inevitable. Conteniendo el llanto, Jessica también apretó la mano de su madre, acariciándole los dedos en una muda despedida.

Los niños dejaron de comer. Sus caritas redondas, tan idénticas que resultaba imposible distinguirlas entre sí, adoptaron un color extraño.

—No me siento bien...

—Yo tampoco...

El tercer niño clavó la vista en Sarah, y su mirada se volvió tan dura y afilada como un cuchillo de diamante.

—¿Qué has hecho, mamá?

Entonces Jessica supo que, de no haber sido porque el veneno ya comenzaba a hacer efecto, sus tres hermanos las habrían asesinado a ella y a su madre empleando cualquier objeto punzante de los que había en la cocina. En cambio, se desplomaron gritando y retorciéndose, con los ojos desorbitados y la boca llena de espuma. A la chica le parecieron tres babosas a las que alguien hubiera echado una pizca de sal.

Sarah tardó un poco más, pero también murió en agonía. Poco antes de exhalar su último aliento, tocó el rostro de su hija y balbuceó:

—Se han ido. Los monstruos se han... Te quiero, hi...

Jessica se echó a llorar sobre el cadáver de su madre, detestando y agradeciendo al mismo tiempo su valiente sacrificio...

Casi un año después de los cuatro funerales, cuando el padre de la chica fue llamado a la guerra y ella se mudó con su abuela, la mujer la llevó al cementerio. Primero dejaron unas flores en la tumba de Sarah, y luego, ignorando toda protesta, Kate arrastró a su nieta hacia donde yacían los tres hermanos.

—¿Qué hacemos aquí, abuela? Volvamos a casa. No quiero... no quiero estar cerca de ellos.

—Arrodíllate, muchacha. Vamos a rezar.

—¿Rezar por qué?

La mujer miró a Jessica con sus ojos sabios y oscuros. No sólo conocía todos los mitos de su Irlanda natal; también creía firmemente en ellos, sin importar lo que la Iglesia dijera al respecto.

—Vamos a rezar —repitió— para que los muertos sigan descansando en paz.

Y la mujer comenzó a recitar una plegaria en gaélico, mientras el sol teñía de naranja las tres lápidas cuya fecha de nacimiento y muerte era la misma.

*****

La señora Manders tuvo que ponerse a gritar para llamar la atención del guardia. El hombre se acercó a ella preguntándose sin duda por qué diablos chillaba de esa manera, de modo que la anciana trató de calmarse.

—Disculpe, señor. Necesito entrar. Es importante.

—Debió venir antes, entonces. Ya hemos cerrado.

—Sí, lo sé. Es que sufrí un asalto, ¿ve? —la mujer enseñó sus manos—, y eso me demoró. Por favor, ¿no podría dejarme entrar? Sólo serán unos minutos...

—Lo lamento. No hay excepciones. El horario es el horario.

El hombre señaló la placa en el portón.

—¡Se lo suplico! —insistió la mujer—. ¡Es una cuestión de vida o muerte!

—¿Una cuestión de vida o muerte? —rió el guardia—. ¿En este lugar? Señora, no sea ridícula. Venga mañana, como corresponde a la fecha.

—Pero...

La señora Manders cerró la boca. De repente estaba todo muy claro: el hombre no quería dejarla entrar. Él escuchaba la urgencia en su voz, veía la desesperación en su rostro, pero esto, en lugar de mover su compasión, había despertado su vena perversa. La anciana no pensó esta vez que la negativa del hombre fuera otro signo de la mala suerte que venía acosándola desde el principio; era tan sólo el impulso sádico de un funcionario ejerciendo su pequeño poder como un dictador. No había nada que hacer.

Sin despedirse, la señora Manders se alejó del portón. Tendría que hallar otra manera de alcanzar el interior.

El muro medía tres metros de alto y era imposible de trepar. La anciana comenzó a rodearlo en busca de alguna puerta secundaria que alguien se hubiera olvidado de cerrar, o de un agujero hecho en la piedra por indigentes o vándalos. Mientras tanto, su reloj marcaba inexorablemente el paso de los minutos.

Hacia la mitad del recorrido, la mujer llegó a un acceso para vehículos. Estaba cerrado, pero en ese preciso instante se aproximaba un coche negro, cuya señal provocó la apertura de la reja automática.

—Gracias a Dios —musitó la anciana, y se escabulló detrás del coche como una sombra más.

Conocía de memoria los senderos de aquel lugar. Había ido allí muchísimas veces con su abuela, hasta que Kathleen Reilly falleció. El año siguiente dejó de cumplir la tradición, por cansancio, incredulidad y una buena dosis de rebeldía.

Entonces pasó algo terrible. Una serie de tragedias que llenaron los titulares al día siguiente. Al leer las escalofriantes noticias, la señora Manders descubrió de la peor manera que las creencias de su abuela no era supersticiones absurdas.

Nunca más faltó a su cita en el cementerio. Tampoco le dijo a su marido por qué lo hacía; hasta el final de su existencia, Kevin Manders supuso que su mujer rezaba frente a las tumbas de sus hermanos por simple amor fraternal.

Jessica Manders corrió sin detenerse a pesar del dolor en sus articulaciones. Tenía que llegar antes del ocaso, antes de que los espíritus volvieran desde el otro mundo...

Allá estaban las tres lápidas. La anciana se arrodilló en el pasto y juntó sus manos, sin advertir que el borde del círculo solar ya no se distinguía por encima del muro y que las primeras estrellas estaban apareciendo en lo alto. Había cerrado los ojos para decir su plegaria.

Cuando abrió los párpados, se encontró rodeada por una densa negrura. Las lápidas, las esculturas y los troncos de los árboles parecían cerrarse sobre ella como depredadores, y una brisa llevó hasta su nariz un olor fétido tan intenso que la hizo llorar.

Desde tres puntos distintos, unas voces infantiles canturrearon:

—¡Dulce o travesura, hermanita!

*****

Cerca del amanecer, el demonio, el ángel y el hombrecito se colaron al cementerio por entre los barrotes del portón. A lo largo del camino fueron dejando los envoltorios de sus golosinas, las bolsas y los disfraces; de esta manera, cuando llegaron junto a las lápidas estaban completamente desnudos.

—Fue una buena noche —dijo uno de los niños. No había nada anormal en su aspecto, pero su hedor lo delataba.

—Sí, fue una buena noche. Mejor que la otra, ¿eh?

—¿Lo repetimos el año que viene? —dijo el tercer niño.

—¡Más vale! Pero será mi turno de escoger los disfraces.

—Sin embargo, esos chicos tuvieron una gran idea. ¿Creen que los encuentren algún día?

—Lo dudo —dijo el primer niño—. Ese pozo era profuuuuuuundo.

Los tres rieron un momento.

—Pero a ella sí la encontrarán —agregó el tercer niño.

A pocos metros de las lápidas yacía el cuerpo de la señora Manders, aparentemente intacto. Horas más tarde, durante la autopsia, el patólogo achacaría su muerte a un paro cardíaco provocado, tal vez, por una alucinación. Una muy mala, a juzgar por la expresión de terror congelada en sus facciones...

—Espero que la entierren junto a nosotros —dijo el segundo niño—. Así tendríamos compañía el próximo Halloween. ¡Ya quisiera verla con un disfraz de momia!

Los tres hermanos volvieron a reír, y riendo se deshicieron en sendas masas de gusanos blancos que, reptando a ciegas, se repartieron entre las tumbas para volver a la tierra húmeda. Los nombres en las lápidas eran diferentes, pero debajo de cada uno se leía:

31 de octubre de 1930
31 de octubre de 1938
REQUIESCAT IN PACEM

Gissel Escudero

27 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 2/3)

La señora Manders se levantó del suelo con gran dificultad. Le sangraban las manos y las rodillas pero en ese momento no le importó, pues acababa de perder casi todo su efectivo y las llaves de su casa.

La anciana maldijo su soledad. No conocía a nadie que pudiera prestarle dinero o que la llevara a donde tenía que ir. ¡Estaba en serios problemas! No, rectificó: ella no estaba en problemas; otros estarían en problemas si no cumplía su tarea. Así pues, continuó marchando con la esperanza de conseguir ayuda.

La avenida estaba llena de transeúntes. Algunos vestían normalmente, pero muchos más, en especial los niños, llevaban disfraces y máscaras de todo tipo. Sin entrar aún en pánico, la señora Manders se fijó en aquellos que parecían ignorar la celebración del día; por algún motivo se le antojó que sería de mala suerte recurrir a los del segundo grupo.

—Disculpe. Disculpe, por favor —se dirigió la anciana a un hombre que estaba por subir a su auto—. Acaban de asaltarme. Se llevaron mi bolso, y...

—¿Quiere que la acompañe a su casa? —ofreció amablemente el caballero.

—No. Es decir, se lo agradezco, pero la situación es otra. Verá, yo... recibí una llamada hace cinco minutos. Mi hijo ha sufrido un accidente y tengo que ir a verlo al hospital.

—¿Cuál de todos?

—El Saint George's.

—Lo siento, pero temo que no pasaré cerca de ahí.

—¡Oh!

Viendo las manos heridas de la señora Manders y la auténtica desesperación que comenzaba a brillar en sus ojos, el hombre dijo:

—Escuche: la llevaré hasta la entrada del metro más cercana y le daré dinero para un billete, ¿le parece bien?

—Sí. Sí, gracias. Muchísimas gracias.

—No hay de qué. Suba al auto y abróchese el cinturón.

La señora Manders se acomodó junto al conductor. No se sintió culpable por la mentira: su objetivo real quedaba a cuatro o cinco calles del Saint George's Hospital, y el hombre no tenía por qué saber cuáles eran sus intenciones. Ahora sólo esperaba que ningún otro obstáculo se interpusiera en el camino...

Durante el corto viaje por la avenida, el automóvil paró una vez a causa de un semáforo. La anciana, impaciente, miró su reloj de pulsera... y de repente la sobresaltaron unos golpes en su ventanilla. Al girar la cabeza, por poco se le escapa un alarido: del otro lado del cristal había una espantosa cara verde, con verrugas, cuernos y una mueca sardónica. El dueño del auto se rió.

—¡Linda máscara! Pero deja de asustar a la señora y termina de cruzar antes de que cambie la luz.

El niño, pues era un chiquillo solamente, pasó frente al auto y se reunió con su grupo de amigos; sin embargo, el corazón de la señora Manders tardó un buen rato en apaciguarse.

—Hemos llegado —dijo el conductor unos cien metros después del semáforo—. Aquí tiene el dinero para su billete.

—Gracias por ayudarme.

—De nada. Aguarde, tome un pañuelo. Límpiese las manos, pero no olvide lavárselas con mucho jabón apenas llegue al hospital.

La anciana aceptó el pañuelo y las recomendaciones con una débil sonrisa.

—Buena suerte, señora.

—Lo mismo digo. Y gracias de nuevo.

El hombre le dedicó un saludo y siguió adelante.

Bastante más animada, la señora Manders descendió a las ruidosas entrañas de la ciudad, donde subió al primer vehículo que se detuvo frente al andén. Recién cuando el tren empezó a moverse, la anciana suspiró pensando que sí tendría éxito a pesar de todo.

*****

¡Triiinnnnnn!

Detrás de la puerta se escuchó una explosión de ladridos. Los tres niños permanecieron donde estaban.

—¡Toca de nuevo! —le ordenó el demonio al hombrecito, alzando la voz para hacerse oír por encima del escándalo.

¡Trrrriiiiiiiiinnnnnnnnnnnnnnnn! ¡Trinnn-trinnn-trinnn-trinnn-trinnn!

—¡Basta ya! ¡Lárguense! —gritó una voz masculina desde el interior.

—¡Dulce o travesura! —replicaron los niños.

—¡Y una mierda! ¡Váyanse o les echo al perro!

—¡Dulce o travesura!

—¡Salgan de mi propiedad!

—¡Dulce o travesura!

La puerta comenzó a abrirse... para dejar salir a un perrazo negro y con cara de pocos amigos. Los niños corrieron al portón y lo cerraron a tiempo, aunque el chucho logró arrancar unas cuantas plumas del disfraz de ángel.

—¡Qué perro de mier...! —exclamó el niño, pero se corrigió de inmediato—. Quiero decir, ¡qué nervioso está este pobre animalito de Dios!

El demonio y el hombrecito rieron. En cuanto al animal, éste siguió ladrando a través del portón, con su hocico asomando entre los barrotes e hilos de saliva escurriéndole por la boca. Su dueño, un tipo calvo, gordo y con aspecto de borracho, gritó desde la casa:

—¡Ahí tienen, pequeños delincuentes! —y se despidió con un portazo.

—Travesura —le dijo el demonio al hombrecito—. Semejante afrenta no puede quedar impune.

—La Biblia dice que hay que poner la otra mejilla... —observó tímidamente el ángel. Los tres niños se miraron... y luego estallaron en fuertes carcajadas.

—Tengo lo que hace falta —dijo el hombrecito, y sacó de su bolsillo un objeto del tamaño de una caja de cigarrillos. Una vez encendida, el niño arrojó la bomba al animal, quien de puro idiota la atrapó con los dientes.

¡¡BLAM!!

Los chicos huyeron mientras el dueño del perro, chillando terribles maldiciones, se aproximaba al cadáver... sin advertir la segunda bomba cuya mecha estaba a punto de terminarse.

*****

Desde un rincón de la habitación, quieta y callada, Jessica contempló la escena. Sus tres hermanos, ahora de seis años, acababan de regresar a la casa desde alguna parte; era la cuarta vez que salían solos y sin permiso, y tanto Sarah como Robert ya no sabían qué hacer para dominarlos. En cuanto a Jessica, ella trataba de mantenerse lo más lejos posible de sus hermanos. Les tenía miedo.

—¿Y bien? ¿Dónde se habían metido? —preguntó el hombre con un tono que no sonó lo bastante autoritario. Los niños, de pie frente a su padre, le devolvieron sendas miradas inocentes.

—Sólo salimos a dar una vuelta.

—Nos sentamos a tomar el sol.

—Había pájaros.

Jessica sintió un nudo en el estómago. Esas voces... A pesar del timbre infantil y las palabras sencillas, había algo en la forma de hablar de los tres niños que no tenía nada de natural. Daba la impresión de que estaban fingiendo, de que ocultaban una sabiduría muy superior a su edad. Una sabiduría maligna.

La madre de Jessica se restregó las manos. Aún era joven, pero tenía profundas arrugas en la cara y su cabello se estaba poniendo blanco. Procurando no dar señales de debilidad, la mujer encaró a sus hijos:

—¿Ustedes mataron al gato de los Williams?

—No mamá.

—Era un lindo gatito.

—Pobre, pobre gatito.

Bouncy, el gato de Michael y Lisa Williams, había desaparecido por una semana... y luego sus dueños lo hallaron en un árbol, colgado por el cuello y con la piel llena de quemaduras. Sin embargo, no era el terrible final de Bouncy lo que en realidad preocupaba a Sarah Smith, porque luego de una pausa inquirió:

—¿Adónde fueron anoche?

—A ninguna parte, mamá —dijeron los tres niños.

—No es cierto. Fui a verlos y sus camas estaban vacías.

—Nos escondimos en el armario.

Los hermanos de Jessica sonrieron. A la niña se le puso la carne de gallina; Robert frunció el entrecejo.

—¡Digan la verdad! —exclamó Sarah—. ¡Quiero saber qué le hicieron a la señora Morrison!

—¿La señora Morrison?

—¿Le pasó algo a la señora Morrison?

—Pobre, pobre señora Morrison.

Aquello semejaba un diálogo entre locos. Fuera de sí, la mujer agarró por los hombros a uno de sus hijos y lo sacudió violentamente, como si las confesiones pudieran caer al piso lo mismo que un tirachinas oculto.

—¡Quiero saber dónde está la señora Morrison! ¡Díganmelo! ¡Díganmelo o los encerraré en el sótano!

—¡Mamá! ¡Déjalo en paz! —exclamaron los otros niños mientras luchaban por liberar a su hermano. Robert comprendió que la situación se estaba saliendo de control, y separó a la mujer de sus hijos antes de que sucediera algo peor.

—Vayan arriba. Los tres —ordenó a los chicos. Éstos obedecieron, pero en mitad de la escalera se voltearon para mirar al resto de la familia. Robert y Sarah no se dieron cuenta, ya que el primero estaba muy ocupado tratando de calmar a la segunda; sin embargo, Jessica lo vio claramente: un destello de odio en los tres pares de ojos, tan intenso como la luz de un rayo que es capaz de partir un roble en dos y prenderle fuego. La chica giró la cabeza hasta que sus hermanos llegaron arriba y cerraron la puerta de su habitación.

—Es... es sólo una fase —le dijo Robert a la mujer—. Ya se les pasará.

Quería convencer a su esposa y a sí mismo, pero sus palabras no engañaban a nadie.

—Es sólo una fase —repitió—. Nuestros hijos...

—¡Ellos no son nuestros hijos! ¡No sé lo que son! ¡Ellos... ellos...!

Empujando a su marido, Sarah abandonó la estancia llorando a gritos. Robert permaneció en la sala, desconcertado; al cabo de un rato, se sentó en el sofá con la cabeza entre las manos. Jessica salió al jardín para no verlo llorar a él también.

La señora Morrison era su vecina. Tenía setenta años y vivía sola, más que nada por su carácter antisocial. A Jessica nunca le había caído bien... pero no le gustaba en absoluto su inexplicable ausencia. La anciana debía saber que los niños de la familia Smith no eran normales; ¿por qué, si no, cada vez que pasaban frente a su casa les hacía el mal de ojo?

Jessica sintió que la observaban, pero la ventana del cuarto de sus hermanos estaba cerrada. Y ellos no podían ver a través de la madera... ¿o sí?

La chica entró a la casa viendo nubes negras en el horizonte de su futuro. Se avecinaba una tormenta...

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de octubre de 2012

Dulce o travesura (parte 1/3)

Sentada en su vieja mecedora, la señora Manders abrió los ojos y se llevó un susto al comprobar que había dormido más de la cuenta.

—No... oh, no... —musitó, y se puso las gafas para echar un vistazo al reloj.

La anciana suspiró de alivio: no era demasiado tarde. Aun así se vistió a toda prisa y contó el dinero que guardaba en su bolso; tomaría un taxi, por si acaso, aunque el gasto fuera excesivo considerando su magra pensión.

Cada vez que se preparaba para salir, la señora Manders cantaba frente al espejo mientras ponía unas flores en su cabello. Pero no ese día. Lo que tenía que hacer era muy importante; crucial, de hecho, y tanto el canto como las flores estaban de más. Incluso pasó por alto el maquillaje, a pesar de que su rostro lucía más pálido que de costumbre.

Murmurando unas palabras ininteligibles, abandonó el apartamento. La mujer pasaba de los ochenta y le habían colocado prótesis en ambas caderas, pero igualmente tuvo que esforzarse para no apretar el paso. Le sobraba tiempo para llegar a destino, pensó, y no le convenía dejar de lado la prudencia; más de una vez había visto una ambulancia hacerse pedazos por omitir una luz roja. También se esforzó por apartar el miedo que quería apoderarse de su corazón. Si fallaba...

—No fallarás —se dijo—. Te lo prohíbo.

Quizás no fallara ese año, insistió su mente rebelde, pero ¿qué tal el siguiente? ¿Qué pasaría si le llegaba la muerte antes de conseguir a alguien que la suplantara?

—Déjalo por ahora. Déjalo.

Una pareja de transeúntes se hizo a un lado al escucharla, pensando sin duda que la mujer estaba loca.

—No estoy loca. Nunca he estado loca. Nunca, nunca, nunca.

Faltaban dos calles para alcanzar la avenida. Recién entonces se le ocurrió que podía haber pedido el taxi por teléfono, y maldijo su descuido. Claro que no solía viajar en taxi, pero por una vez, y en una situación tan urgente...

De pronto sintió un fuerte tirón en el hombro y cayó despatarrada al suelo, despellejándose las frágiles manos. Al principio no entendió qué le había pasado... hasta que vio al ladrón alejarse corriendo con su bolso en la diestra.

Así fue como el peor temor de la señora Manders comenzó a volverse realidad...

*****

¡Ding dong!

La puerta de la familia Jones, decorada con una bruja de papel, se abrió una vez más en la noche de Halloween. La dueña de casa sonrió a los tres niños enmascarados que aguardaban en la escalera, los cuales entonaron su mensaje:

—¡Dulce o travesura!

—Aquí tienen, chicos —dijo la señora mientras depositaba en cada bolsa un puñado de caramelos—. ¿Les ha ido bien esta noche?

—Oh, sí —contestó uno de los niños—. Muy bien.

—¡Estupendamente!

—¿Y qué significa tu disfraz, muchachito? —le preguntó la mujer al tercer niño.

—Verá, señora: él es un ángel, él es un demonio, y yo soy el hombre común que se debate entre el bien y el mal.

—Vaya, ¡qué idea tan original para unos niños tan pequeños! ¿De dónde la sacaron?

—Sólo se nos ocurrió.

—¡Qué maravilla! Bueno, sigan adelante y... ¡uf!, ¿qué olor es ése? Huele como a... huevos podridos.

—Yo no huelo nada, señora —dijo el chiquillo vestido de demonio—. ¿Y ustedes?

—Nada de nada —respondieron el hombrecito y el ángel, aunque este último titubeó.

—¿Seguro que no huelen nada? —insistió la mujer, y finalmente el ángel confesó:

—Eh... bien, tal vez el señor de aquella casa fue malo con nosotros y...

—¡No quiso ni abrirnos la puerta! —exclamó el demonio, visiblemente indignado.

—... y tal vez le hicimos una travesura —acabó de decir el ángel—. ¿Cree que estuvo muy mal?

La señora Jones puso los brazos en jarras... pero sus labios dibujaron una sonrisa.

—Sí, estuvo muy mal. El señor Weaver es un antipático; sin duda merece algo peor que unos huevos podridos. —Los niños rieron—. Espero que lo hagan mejor la próxima vez. ¿Qué tal unas bombas de barro?

—¡Sí, señora! ¡A la orden, señora! —dijeron los tres chiquillos al unísono, haciendo un saludo militar. Mary Jones dejó escapar una alegre carcajada.

—Ahora sí, sigan adelante. ¡Feliz Halloween!

—¡Feliz Halloween! —repitieron los niños, y se dirigieron a la siguiente casa.

*****

Muchas cosas extrañas sucedieron el día que llegaron al mundo los hermanos de Jessica Smith. Ella sólo tenía cinco años, pero recordaría todo aquello por el resto de su vida; a decir verdad, los recuerdos la torturarían en más de una pesadilla.

Sarah, la madre de Jessica, iba por el octavo mes de embarazo y tenía una barriga enorme, tanto que la niña no podía mirarla sin imaginar que era un globo a punto de estallar. "Todo va bien", le decía su madre, pero aunque Jessica era muy pequeña, de todas maneras intuyó que sus palabras no eran ciertas. Había visto la cara del médico durante la última revisión, y su ceño fruncido, mientras empleaba el estetoscopio, ciertamente auguraba problemas.

Y los problemas surgieron poco después, durante la fiesta de disfraces. El sol acababa de ponerse cuando Sarah, quien había estado sirviendo jugo de frutas a los amigos de Jessica, de pronto aferró su vientre con ambas manos y profirió un grito horrible.

—¡Mamá! —exclamó la niña, y corrió junto a ella. Entonces vio que la falda de su vestido tenía una mancha de sangre; la sangre se extendió por la tela y cayó al suelo en voluminosas gotas... que luego se convirtieron en un chorro acuoso.

—Tranquila... tranquila, hija —balbuceó la mujer—. Es que... viene el bebé. Ve... ve a llamar a tu padre.

Pero el hombre había oído el grito y ya venía corriendo por el pasillo. La madre de Sarah, conocida por todos como "la abuela Kate", también estaba en camino desde el jardín, y a Jessica le pareció que murmuraba unas palabras en su lengua nativa.

—Abuela —dijo Robert Smith—, debo llevarla al hospital. Despida a los invitados a eso de las diez, por favor, y cuide a Jessica.

—Claro, hijo. Llámanos cuando puedas, ¿eh?

—Sí, abuela. Y tú no te preocupes, Jessica: todo saldrá bien.

La niña asintió, e incluso trató de sonreír aunque su madre seguía gritando por las contracciones.

—Que Dios los acompañe —dijo la abuela Kate mientras el automóvil desaparecía calle abajo. Acto seguido se volvió hacia los otros niños y preguntó con excesiva jovialidad—: A ver, ¿quién quiere jugar al escondite?

Varios chicos, que de algún modo habían logrado mantener la compostura, se echaron a llorar.

—Caray, qué susceptibles. Ven, Jessica, será mejor que despidamos ya a tus amiguitos.

La niña no protestó, porque ella también se sentía con ganas de llorar. La abuela Kate debió notarlo, y como era una persona muy religiosa, apenas quedaron solas cogió la mano de su nieta y la hizo arrodillarse a su lado.

—Baja la cabeza, Jess. Rezaremos por la salud de tu madre.

La niña y su abuela rezaron hasta las ocho y media, momento en que por fin sonó el teléfono. Kate atendió la llamada y escuchó las palabras de su yerno; luego su rostro adoptó una expresión sombría que asustó muchísimo a la niña.

—De acuerdo. Nos vemos —terminó la abuela, y se volteó hacia Jessica—. Tu padre dice que el bebé aún no ha nacido, pero que tú y yo podemos ir al hospital.

—¿Mamá está bien, abuelita?

La mujer dudó un instante, uno muy breve, pero Jessica lo advirtió.

—Sí, tu madre está bien, querida. Anda, ve a cambiarte. Iremos en mi auto.

Durante el trayecto al hospital, Jessica derramó las lágrimas que había contenido desde el primer grito de su madre. A pesar de su corta edad, ya sabía reconocer una mentira cuando la escuchaba. Lo que sí escapó a su mente juvenil, y por eso lo entendería mucho después, fue lo siguiente: su padre las había llamado para que se despidieran de Sarah, pues la mujer se hallaba al borde de la muerte.

Pero ningún miembro de la familia Smith falleció esa noche. Tras una larga espera, y alrededor de las diez y media, el obstetra salió del quirófano para decirle a todos que la cesárea había sido un éxito, y que Sarah se estaba recuperando con rapidez.

—Sin embargo —añadió—, estoy preocupado por los bebés.

—¿Bebés? —preguntó Robert—. ¿Entonces sí eran gemelos?

—Trillizos.

El padre de Jessica se quedó sin aliento.

—Los bebés nacieron con un peso muy bajo —continuó el médico—, y no respiran bien. Es posible que... —y dejó la frase en suspenso—. Pero su esposa está consciente, y quiere hablar con usted. Les daré un par de minutos.

Robert hizo un gesto afirmativo y siguió al médico por el pasillo, dejando a Kate y Jessica en la sala de espera. Sin saber cómo reaccionar, la niña miró por la ventana... y descubrió algo que la horrorizó.

—Abuela...

—¿Qué?

Jessica señaló con el dedo.

En el alféizar, detrás del cristal, había un animal de color pardo oscuro. A primera vista parecía una rata, pero no era difícil determinar su verdadera especie.

—Es sólo un murciélago, Jess. Totalmente inofensivo. Tal vez tiene frío y quiere entrar...

Tal vez, pensó la niña, pero los ojitos negros de la criatura le producían escalofríos, y temblando se apretó contra su abuela. Mientras tanto, el padre de Jessica volvió a la sala de espera.

—Será mejor que se vayan —dijo—. Mañana podrán venir a verla... y a los bebés.

—¿Se salvarán? —preguntó Kate.

Antes de que el hombre pudiese contestar, se armó un gran revuelo en el ala de maternidad. De pronto aparecieron un montón de médicos y enfermeras desde otros lugares del hospital, y el pasillo se convirtió en un caos de personas entrando y saliendo a toda prisa.

—¿Qué estará pasando? —dijo Robert.

—Espero que nada malo —respondió su suegra.

—¡Abuela, mira! —gritó Jessica, y Kate se volteó.

En la ventana ya no había uno, sino varios murciélagos que se empujaban unos a otros por un sitio en el alféizar. Pero no daba la impresión de que quisieran entrar; en lugar de eso, oprimían sus hocicos contra el vidrio cual pandilla de curiosos.

Había algo en el interior que llamaba su atención. Algo invisible, seguramente, porque hasta Jessica sabía que los murciélagos casi no ven.

—Tengo miedo, abuelita.

—No te preocupes —dijo Kate con voz ronca, y como por instinto agregó unas palabras en su idioma a modo de conjuro contra el mal.

Hacia la medianoche, los tres hermanos de Jessica Smith se estabilizaron. El peligro había pasado para ellos... pero no para los demás niños en el ala de maternidad, quienes murieron antes de las doce por diversas enfermedades de origen incierto.

(Continuará...)

Gissel Escudero