28 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 5/5)

Perdió la noción del tiempo en algún punto del recorrido, de tanto que duró. ¿Media hora, quizás? ¿Tal vez una hora completa? No tenía puntos de referencia en el hueco de la plataforma, a pesar de que cada tanto se cerraban unas compuertas sobre él y una ráfaga de aire fresco delataba un proceso gradual de descontaminación. Las piernas se le cansaron, de modo que se sentó en la plataforma cubriéndose el rostro con las manos. Estaba muy, muy cansado, pero no era el cansancio de la vejez sino algo mucho más completo: la fatiga de una persona que ha vivido muchas cosas terribles y ya no puede seguir adelante, como una máquina gastada, rota y sin combustible. Quería dormir. Quería apagar su cerebro para siempre. Y lo haría, una vez que completara su última tarea.

Al cabo de una eternidad, la plataforma se detuvo con un chasquido. El hombre quitó las manos de su cara, abrió los ojos y vio... un techo. Había un techo sobre él, y bajo su espalda una superficie mullida que se sentía como un colchón. Por un segundo, un único y bendito segundo, sintió el mayor alivio imaginable. Todo había sido una pesadilla. Entonces oyó los pitidos electrónicos que había escuchado en la heladería y la realidad lo golpeó de frente cual onda expansiva de una bomba atómica. Su feliz existencia de jubilado había sido el sueño; la pesadilla era lo que había estado esperando todo el tiempo a que él despertara.

Se levantó de la cama muy despacio, gimiendo. Ya no tenía el reuma de la vejez pero sí otros dolores: una espantosa jaqueca, el cuello agarrotado, las piernas rígidas por la falta de ejercicio. Él no estaba viejo; debía tener unos cuarenta y pocos años, aunque jamás se había molestado en llevar la cuenta. ¿Qué importancia tenía la edad en un mundo donde las fechas no servían para nada? Tampoco había estado en el ejército. Todos sus recuerdos sobre la vida militar y la guerra provenían de los registros contemporáneos, lo cual no quitaba que él fuera, con un poco de retraso, una víctima más de la hecatombe.

No miró su reflejo en las puertas de cristal a medida que las atravesaba. Su rostro no era el de un anciano, pero sí estaba ajado por la pena y la soledad. De igual manera evitó mirar las pantallas que monitoreaban el exterior, puesto que hacía al menos dos años que no mostraban un solo ser viviente. Hasta los animales y los humanos mutantes eran cosa del pasado. Afuera no quedaba más que un mundo muerto y vacío como las llanuras de Marte, pero daba mayor tristeza que el planeta Marte porque alguna vez había estado lleno de animales y plantas, de árboles y de niños. Eso también era algo que Abel sólo conocía por los registros. Lo que tenía en su cabeza eran las imágenes de antiguos libros y películas que durante los últimos meses habían sido su única compañía, además de su propia imaginación. Suficiente material para crear una vida paralela en su mente con el empujón adicional de ciertas drogas.

Abel se recostó contra una pared y lloró hasta que se quedó sin aliento y sin lágrimas. No era la primera vez que hacía esos “viajes”, ni la primera vez que sufría el trauma de volver al mundo real como un feto al que arrancasen de su madre antes de tiempo en un baño de sangre. En cada ocasión deseaba morir dentro del sueño, pero su mente siempre terminaba por convertir el sueño en una tortura a fin de obligarlo a despertar. Ahora, no obstante, sí tenía una razón de peso para estar lúcido: la última tarea de su vida. Complacería a Delia aunque Delia nunca hubiese existido, así como sus hijos y nietos. Al fin y al cabo, ellos habían mitigado el suplicio que era su verdadera existencia.

Tras recuperarse del ataque de llanto, se dirigió a la sala de control. Ésta era enorme, uno de los pocos sitios en la estación que todavía funcionaban a pleno. Allí había más pantallas mostrando el exterior, pero también se encontraban los monitores que regulaban el suministro de aire, la energía asignada a cada proceso y cada nivel del complejo, la síntesis de alimento... y las comunicaciones.

Por más de diez años los satélites no habían captado ninguna señal de vida en el resto del planeta, ni siquiera en las demás estaciones, pero unos pocos meses atrás sí había llegado una transmisión desde el espacio. Un mensaje de ellos.

Abel enjugó sus lágrimas y se rió por lo bajo. Si lo pensaba bien, la cosa tenía su gracia: había imaginado con bastante precisión los detalles de su vida falsa, y al final lo único cierto era lo más inverosímil. Sin embargo, la ironía también le causaba dolor, pues los extraterrestres no iban a llegar al planeta recreado en su mente, sucio y sobrepoblado pero aún hermoso y habitable; en cambio, estaban a punto de visitar una roca inservible, el penoso resto de lo que alguna vez había sido una joya azul en el sistema solar. Si se hubieran adelantado unos cien años, unos cincuenta años, cuando aún quedaba algo para rescatar... Pero ya era demasiado tarde. Las guerras se habían peleado, el desbalance climático había completado el desastre, y tanto la vida sobre la tierra como dentro del agua sólo permanecía en las fotos y las grabaciones. Píxeles y bits que no significaban nada.

Ellos no deben venir, resonó la voz de Delia en su cabeza, y Abel le dio la razón. Fuera cual fuese la señal humana que había atraído a los alienígenas, a estas alturas no era más que una mentira. Una mentira peligrosa para ellos. Abel no podía permitir que descendieran a un planeta donde casi todo se había vuelto tóxico.

Además, el hombre tampoco quería que supieran lo que había pasado. Ya no tenía mucho sentido preocuparse por las apariencias, pero las apariencias eran todo lo que quedaba. Haría retroceder a los visitantes. Ellos comprenderían que el planeta estaba muerto, pero con un poco de suerte jamás averiguarían que el culpable de eso era la estupidez humana. El misterio cubriría la vergüenza.

Los monstruos se lo habían dicho: él sabía qué hacer. Tenía todas las contraseñas y la autorización necesarias, y si no lo había hecho antes era porque aún podía ver a Delia cuando cerraba los ojos. No era fácil renunciar a algo tan precioso, lo único que había disfrutado en toda su miserable y patética existencia de sobreviviente. Pero renunciaría a ello con tal de salvar a esas criaturas que no conocía, ya que las criaturas eran tan reales como alguna vez lo habían sido los leones y los caballos. Él las protegería.

Las computadoras estaban viejas pero funcionaban bien; total, darles mantenimiento era una buena forma de pasar el tiempo cuando no jugaba a ser un anciano de clase media en un barrio residencial. Ahora todo ese mantenimiento daría sus frutos, siempre y cuando el reactor respondiera de igual forma. Los encargados de la central energética habían muerto uno por uno a lo largo del pasado año, por envenenamiento, suicidio, o suicidio para acabar con la agonía del envenenamiento. No era mucho consuelo para Abel que sus colegas la hubieran pasado peor. En lugar de insensibilizarse con cada pérdida, éstas habían pesado más y más sobre su espíritu ya desgastado. Pero pronto tendría paz.

Marcó varias series de números en el teclado. Otros programas requerían una identificación de voz. Abel temió que la suya fuera rechazada porque había enronquecido mucho a causa de la malnutrición y su debilidad general; la computadora, sin embargo, le dio el visto bueno y puso en marcha la secuencia de activación. Las máquinas se pusieron en marcha, o al menos eso afirmaban los diversos indicadores. Qué bueno. Ya era hora de que algo resultara a su favor.

Mientras esperaba a que sonaran las alarmas, Abel usó la frecuencia de la transmisión alienígena para enviar su propio mensaje. Era una despedida, aunque eso ellos no lo sabrían sino hasta que fuera demasiado tarde para intervenir. La transmisión consistía en un montaje con escenas variadas de un pasado remoto, cuando el número de humanos en el planeta aún era razonable y no había empezado la destrucción. En la película se veían jardines, ciudades, personas felices, lagos y montañas, delfines saltando entre las olas, bosques con ciervos y osos, incluso desiertos que, a diferencia de los actuales, sí sostenían unas cuantas especies animales y vegetales. Todo era muy hermoso. A Abel le dolió la extinción de tanta belleza como si la hubiera visto en persona.

Minutos más tarde, los extraterrestres contestaron la transmisión con la misma oferta de paz que habían mandado la vez anterior: una secuencia de imágenes que terminaba con una representación de los humanos y los visitantes en un encuentro cara a cara. En él, una mujer entregaba una mariposa y recibía una criatura bastante similar pero del otro mundo, una especie de bichito delicado y rojo con apéndices brillantes. Este intercambio podía significar muchas cosas, pero Abel sólo interpretaba buenas intenciones en cualquiera de los significados. El hombre sonrió al tiempo que lloraba de nuevo.

—Me hubiera gustado conocerlos —le dijo a la pantalla—. Pero aquí ya es tarde, muy tarde, y yo tengo que apagar la luz y decir adiós. Vuelvan a casa; aquí ya no queda nada que valga la pena ver.

Cuando los indicadores empezaron a llegar al nivel crítico, Abel se dirigió lentamente a la plataforma. De verdad, ¿hacía cuánto tiempo que no subía? Por ese entonces sí quedaba gente arriba, pero habían muerto igual que los encargados del reactor. Los últimos cadáveres debían seguir ahí, a falta de alguien que los llevara a la planta de procesamiento. Esa parte sería tal como la había imaginado en su vida alterna.

Tuvo un momento de pánico cuando pareció que la plataforma se rehusaba a funcionar, porque las demás estaban fuera de servicio y él no se creía con la fuerza suficiente para usar las escaleras de emergencia. Sin embargo, poco a poco y con un rechinido, el cuadrado de metal empezó a moverse bajo sus pies. Abel suspiró de alivio.

No se había puesto el traje protector. Ya no le hacía falta. Había suficiente oxígeno arriba para permitirle llegar hasta la puerta principal, y eso era todo lo que necesitaba. No estaría ahí mucho tiempo.

Al igual que en su sueño, fue un viaje en la oscuridad, aunque no tan largo ni silencioso. Hacia la mitad del camino, tal como él esperaba, comenzaron a sonar las alarmas. Una voz femenina advirtió que no se trataba de un simulacro, y que todo el personal y los habitantes de la estación debían vestir sus uniformes de seguridad y bajar a los niveles a prueba de bombas. A Abel le pareció una orden ridícula, incluso aunque él no hubiera sido el único sobreviviente. En caso de más destrucción, ¿qué sentido tenía refugiarse? Era como decirles a los pasajeros del mítico Titanic que se encerraran en sus camarotes mientras el barco se hundía.

La plataforma disminuyó su velocidad antes de detenerse, y el sonido que hizo al frenar le indicó a su pasajero que se había atascado. No era un mal momento para que se diera por vencida; total, había llegado hasta arriba y el hombre no pensaba volver a utilizarla.

—Aquí me quedo —dijo él con una voz igualmente vencida, y abrió la puerta.

El aire viciado lo golpeó en la cara y las fosas nasales como un puño de carne y hueso. Técnicamente podía respirar, pero sus pulmones rechazaban cada aspiración de la misma manera que el estómago rechaza una comida en mal estado. No le importó. Concentrándose un poco, hasta dejó de escuchar la voz que alertaba sobre la explosión inminente del reactor. Lo que él sí esperaba era que dicha explosión fuera aún más grande de lo anunciado, para que no hubiera forma de que los extraterrestres la pasaran por alto. Que el cielo volviera a cubrirse en otro largo invierno nuclear, deseó. Que las nubes de polvo y gases taparan la atmósfera como en Júpiter, escondiendo la desolación causada por el ser humano. Y si toda la estación se derrumbaba, incluso los niveles inferiores supuestamente indestructibles, tanto mejor. Eso eliminaría los registros.

Pensó que la puerta principal no se abriría. Por unos tres minutos quedó atrapado entre ella y la barrera de descontaminación, maldiciendo su suerte. No quería que el final lo hallara ahí, como un ratón de laboratorio en su jaula. Estuvo a punto de retroceder, pero entonces la doble puerta lo sobresaltó con un chasquido y se abrió poco a poco. Faltaban diez segundos para la explosión, según la voz.

Al hombre comenzó a faltarle el aire apenas salió al exterior, y de igual manera el sol hirió sus retinas. Abel cerró los ojos, conteniendo el aliento y concentrándose con todas sus fuerzas en lo que más quería; cuando abrió los párpados de nuevo ya no tenía frente a él un páramo de tierras amarillas sino un vecindario lleno de árboles y casas. Sus hijos caminaban hacia él con los brazos extendidos para abrazarlo, sus nietos lo saludaron e incluso el perro de su hija pareció contento de verlo. Pero lo más importante era que Delia también se encontraba ahí, siempre bella a pesar de la edad. El amor que cada uno sentía por el otro tampoco había disminuido con el paso de los años.

Abel dio unos pasos adelante, sonriendo de felicidad, y luego el mundo entero se disolvió en un fogonazo de luz blanca.

Gissel Escudero

8 comentarios:

  1. Joder...me he quedado de piedra. Menudo capítulo final.

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    1. Espero que eso sea un elogio :-D ¡Gracias por leer y comentar!

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  2. Por supuesto que es un elogio. No lo dudes ni un instante. Hice hasta un dibujo con el título de "Sombras" (que lo tengo a medias)¿Podría tener una de tus obras autografiadas?
    Te invito a que pases por mi página a ver que te parece.
    Un abrazo.

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    1. ¡Gracias, entonces! ¿Qué obra autografiada te gustaría tener? Me estoy pasando ya mismo por tu página :-)

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  3. Me dejaría sorprender, pero ya que me das a elegir, alguna de terror. Jeje y gracias por hacerme disfrutar.

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  4. Okis, una de terror, entonces. Aunque no puedo dar fechas porque todavía no tengo ningún libro en papel que se pueda autografiar :-) Te mantendré al tanto. Un abrazo, de nada por el disfrute y gracias por leerme.

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