27 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 4/5)

Dos semanas, habían dicho en el noticiero la última vez que Abel se había atrevido a mirarlo. Los alienígenas, según los cálculos de la NASA, llegarían a la Tierra en dos semanas. Entonces ocurriría... lo que fuera que estuviese destinado a pasar. Y él no podría hacer nada para evitarlo, claro, porque era un simple anciano sin control de ninguna clase sobre la situación, un hombre viejo que sólo deseaba pasar el resto de sus días disfrutando el amor de su esposa y su tranquila existencia de jubilado.

Había sobrevivido desde el día del edificio en base a calmantes suaves. Éstos lo dejaban medio atontado, casi zombi, pero hacían maravillas con las alucinaciones. Delia sólo pensaba que aún tenía la presión baja.

El verano estaba dejando paso al otoño y el vecindario se veía más bonito que nunca. Terminados los arreglos por parte del municipio, ahora podían admirar el paisaje y sus colores sin molestias de ninguna clase. Esa tarde, Abel y Delia paseaban juntos una vez más, el brazo de ella enlazado en el de su marido como una dama de otra época. Sólo le faltaba el vestido largo y una sombrilla.

—Me muero de impaciencia —iba diciendo ella con una sonrisa en los labios—. Va a ser emocionante verlos aterrizar. ¿Crees que conozcan todos los idiomas de nuestro mundo? Ojalá los hayan aprendido por el camino, así será más fácil hacerles preguntas y que ellos las respondan. ¿Qué les preguntarías tú?

—No lo sé —contestó el hombre arrastrando un poco las palabras. Era otro efecto secundario de las pastillas.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Qué poca imaginación! Yo quisiera saber si ya tienen una opinión formada sobre nosotros, y en tal caso cuál sería. Espero que no nos consideren estúpidos por administrar tan mal nuestro propio planeta. Más vale que nuestro gobierno y todos los demás hayan tenido tiempo de limpiar esos basurales. La mugre siempre da muy mala imagen...

Abel pensó vagamente que había problemas todavía más grandes que la basura, pero el efecto de los calmantes le impedía profundizar en el asunto. Benditas drogas.

—También espero que no les contagiemos nuestros microbios como en el libro de H. G. Wells —continuó Delia—. Sería terrible que por fin conociéramos una civilización extraterrestre y que todos se murieran de un resfriado común.

El hombre asintió en forma automática, contemplando las últimas mariposas de la temporada. Qué hermosas eran, y tan frágiles... No hacía falta mucho para destruirlas. En realidad, no hacía falta mucho para destruir todo lo bello del mundo. La maldad, eso sí que aguantaba cualquier cosa. Pero ¿quién tenía ganas de reflexionar sobre esos temas en un día tan bonito? Él no, desde luego.

Delia continuó hablando acerca de los extraterrestres y poco a poco él dejó de prestarle atención. Una agradable modorra se estaba apoderando de él, y empezó a dormirse mientras caminaba. No del todo, por supuesto, pero sí llegó a cerrar los ojos, permitiendo que Delia lo guiara como un lazarillo. Qué ironía. Más bien era ella quien estaba ciega por no saber lo que se avecinaba, fuera lo que fuese. El hombre envidiaba su ceguera.

Podría haber continuado así el resto del paseo, aislado en la oscuridad y el silencio que había creado en su mente, pero entonces sintió que Delia apretaba su brazo con más fuerza y aceleraba el paso, obligándolo a caminar a una velocidad mayor de la que su reuma solía permitirle.

—¿A qué viene tanta prisa? —preguntó Abel, todavía sin abrir los ojos. La mujer no contestó—. ¿Delia?

—Tienes que ir ahí cuanto antes —dijo ella al fin con una voz apagada y mecánica—. Ya lo sabes, ellos vienen.

Alarmado, el hombre abrió los ojos y vio que de nuevo se encontraba en aquella parte del vecindario desconocida para él. En esta ocasión no había transeúntes de ninguna clase; en cambio, unas gaviotas y palomas de aspecto enfermizo picoteaban unas masas que parecían cadáveres humanos. Abel trató de detenerse, pero su mujer no se lo permitió.

—No —dijo él—. Volvamos a casa. No me gusta este lugar. Por favor, vámonos de aquí.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —fue la respuesta implacable de Delia, quien apresaba el brazo de su marido como una trampa de acero. Abel no pudo zafarse ni lograr que ella frenara, y continuó andando porque estaba seguro de que su esposa sería capaz de arrastrarlo por el piso si él se derrumbaba.

Delia comenzó a desintegrarse. Se le cayó el pelo, su piel se secó y desprendió en escamas e incluso sus ropas sufrieron un proceso acelerado de envejecimiento, como trapos expuestos al sol durante décadas. Abel sollozó. Estaban llegando al edificio alto con las letras de bronce, cuya puerta todavía esperaba que el hombre la atravesara.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —repitió la momia en la que Delia se había convertido.

—No, no lo sé, y aunque lo supiera no quiero recordarlo. Sólo quiero volver a casa contigo. Te amo más que a nada en el mundo.

Ya no quedaba mucho de la mujer. Sus facciones habían desaparecido y en varios lugares asomaba el hueso, amarillento y resquebrajado. Sin embargo, ella aún podía hablar, y lo que dijo fue:

—Yo también te amo, querido, pero no puedes salvarme. Tienes que detenerlos.

La mano de Delia se rompió en pedazos, soltando el brazo de Abel. Ambos se detuvieron a pocos pasos del edificio.

—Haz lo que tienes que hacer —insistió Delia mientras el resto de su cuerpo también se deshacía—. Que no vengan. Ellos no deben venir. No me olvides.

—Yo nunca te olvidaría, mi amor —dijo Abel, llorando como un niño perdido, y se quedó donde estaba hasta que Delia no fue más que un montón de cenizas que poco a poco se llevó el viento en cualquier dirección. El hombre se secó los ojos con el dorso de la mano. De pronto ya no sentía nada excepto una soledad profunda e irremediable, aferrada a su corazón como una zarza alrededor de un pájaro.

Tardó un buen rato en volver en sí, y descubrió entonces que en el paisaje sólo quedaban el edificio y él. Todo lo demás era polvo y niebla, tierra seca y plantas muertas hacía mucho tiempo. No había otro lugar a donde ir ni una casa a la cual regresar.

Arrastrando los pies, Abel se dirigió al edificio. Subir los cuatro escalones de la entrada le supuso el esfuerzo equivalente a empujar un automóvil, pero no se detuvo. Deseaba hacerlo, por supuesto. Caer muerto por un derrame cerebral masivo hubiera sido otra buena opción, cualquier cosa con tal de no entrar a ese maldito edificio. Pero tenía que hacerlo, en parte porque Delia se lo había pedido y en parte porque no había ninguna alternativa. Todas las posibles rutas de escape habían desaparecido.

Esperó un momento en el umbral hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Luego el vestíbulo comenzó a delinearse frente a su mirada: un caos de muebles volcados, paredes con pintura descascarada... y muchos esqueletos tirados por ahí en diversas posiciones. Abel no sabía mucho de ciencia forense, pero aun así le dio la impresión de que toda esa gente había muerto por causas naturales o suicidio, ya que nada sugería un ataque o epidemia.

De pronto se dio cuenta de que sí reconocía el lugar. También sabía adónde dirigirse. Por desgracia, a todo ese conocimiento se le sumaba el presagio de una revelación que no iba a gustarle en absoluto.

Ya no importa, pensó Abel. Es demasiado tarde para huir, pero no para hacer lo que tienes que hacer. Ahora muévete. El tiempo corre.

Avanzó por un corredor a su derecha teniendo una vaga idea del lugar al que conducía: abajo. Allí se encontraban las respuestas y los medios para cumplir su objetivo.

La oscuridad se hizo más densa a medida que el hombre caminaba. Él lamentó no haber traído una linterna, pero justo cuando empezaba a tantear las paredes, unos destellos de luz artificial le permitieron ver de nuevo el entorno. Había monitores alineados en las paredes. La mayoría estaban apagados, pero los que sí continuaban encendidos mostraban imágenes horribles: ciudades abandonadas y grises, paisajes desérticos, carreteras llenas de coches abandonados, algún animal solitario de aspecto aberrante... Abel se detuvo frente a una de las pantallas y la contempló durante varios minutos: la misma estaba enfocada en un barrio deshabitado y en ruinas, pero algo se movía entre las casas, una figura encorvada que probablemente buscaba algo de comer. Una criatura humanoide a la que Abel identificó como una mujer sólo porque cargaba un niño en brazos. El chiquillo, sin embargo, estaba muerto e hinchado por la descomposición, aunque su madre no parecía haberse dado cuenta de ello. Y no era para menos, claro; la pobre reflejaba en su mirada un profundo retraso mental acorde a las deformidades de su cuerpo. Lo más seguro era que ella tampoco estuviera consciente de eso, pero la falta de inteligencia no le impedía mostrar sufrimiento, aunque fuera por el hambre y el dolor físico. De haber estado junto a ella con un arma en la mano, Abel le habría disparado a fin de terminar con su miseria.

El hombre siguió caminando. A pesar de los esqueletos no olía a putrefacción, pero sí a muerte. Muerte vieja, arrastrada a lo largo de muchos años. Una lenta agonía.

Finalmente vio una segunda puerta ante él. A su lado había un tablero con números y un pequeño panel rectangular sin marca alguna. Sin pensar en lo que hacía, como si lo hubiera hecho mil veces, Abel marcó una contraseña de seis dígitos y presionó la yema del pulgar contra el rectángulo.

La puerta se abrió. Abel estaba frente al cubículo de un ascensor, aunque no era un ascensor precisamente sino una plataforma móvil. No parecía haber luz alguna debajo de ella.

El hombre entró a la plataforma y marcó una segunda contraseña del lado interno. Al presionar de nuevo con el pulgar, la plataforma comenzó a moverse muy despacio, haciendo unos cansados ruidos mecánicos.

La oscuridad cegó al hombre una vez más mientras bajaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Voy bajando junto a Abel por esa extraña plataforma e internandome en la más absoluta oscuridad. ¡Por dios! Esa escena de su esposa hablandole mientras se cae a trozos es impagable. Enhorabuena.
    Sigo que queda poco.

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