26 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 3/5)

A Abel le gustaba mirar cómo su esposa se arreglaba para salir. Cuidaba todos los detalles: la ropa, los zapatos, el peinado y los accesorios. Se convertía a sí misma en algo muy parecido a una obra de arte, o al menos él la apreciaba de esa manera. No podía concebir una vida sin ella; era el centro de su universo, su mayor razón para vivir.

—¿Estás seguro de que no quieres venir conmigo? —le preguntó Delia mientras ajustaba unos broches frente al espejo—. El doctor dijo que no hay nada malo en ti y que debes continuar haciendo ejercicio.

—Sí, lo sé, pero... hoy me apetece quedarme en casa. Espero que tú y tus amigas se diviertan mucho.

—Gracias. Aunque deberías venir a ayudarnos alguna vez. Esos regalos no se harán solos.

Abel se encogió de hombros. Delia y las otras damas del barrio habían organizado un grupo para fabricar artesanías que supuestamente darían a los extraterrestres cuando llegaran. Era una buena idea, en realidad, aunque un tanto romántica; sin embargo, el hombre ya no podía pensar siquiera en los alienígenas sin que se le revolviera el estómago. A veces hasta le daban ganas de gritar.

No le había dicho una palabra al médico acerca de las alucinaciones. En lugar de eso inventó que tenía fuertes dolores de cabeza y visión doble, sabiendo que eso le garantizaría unos rayos X y con suerte una tomografía. Consiguió ambos estudios... y ninguno de ellos mostró nada anormal. Su cerebro se veía “bonito y simétrico”, según el neurólogo. Muy simpático, el hombre. En cuanto a los análisis de sangre, sus valores también eran normales. Sí tenía la presión baja, pero nada que requiriera medicación.

Eso es porque no todo tiene una explicación científica, había pensado Abel en el consultorio. Como las profecías de Nostradamus o la telepatía. Y ahora vienen los extraterrestres, ¿no? Antes ellos sólo estaban en las películas de ciencia ficción, y los que decían haberlos visto eran considerados unos locos de remate. Yo no estoy loco. No estoy loco. No estoy loco...

No había podido convencerse a sí mismo del todo, claro, porque había enfermedades mentales que no se veían en los estudios de imagen, pero puestos en ello las radiografías tampoco detectaban la precognición. ¡Dios, ya no aguantaba pensar en todo eso! Una vez que Delia se marchó, él puso música al volumen más fuerte que podía tolerar y se dedicó a quitar el polvo de los libros. Amaba sus libros. Cada tanto sacaba alguno de su estante y lo hojeaba sólo por el placer de tocarlo.

Luego de la limpieza guardó el plumero en el armario y se preparó para hacerse una taza de té, pero entonces, incluso por encima de la música, escuchó unos rasguños dentro del aparador donde estaban las bolsas de harina y otros alimentos envasados. ¿Cucarachas? No, había algo más grande ahí, escurriéndose de un lado a otro en busca de una salida. Abel tragó saliva, tomó una escoba, cambió la escoba por el palo de amasar y sujetó el pomo de la puerta. La abrió de golpe y retrocedió.

La rata era del tamaño de un chihuahua pero mucho más robusta y peluda que esos perros. Miró a Abel cara a cara, fijando en el hombre su único ojo pardo; el otro ojo era una masa tumoral sanguinolenta.

El hombre reprimió un grito. ¿Qué hacía aquel animal en su casa y cómo había logrado meterse en el aparador? Daba igual. Tenía que sacarlo de ahí antes de que Delia regresara o se llevaría un susto de muerte. Sin embargo, el hombre no se atrevió a pegarle con el palo de amasar. La sola idea de tocar al bicho, aunque fuera de manera indirecta, le producía un asco tremendo; además, parecía el tipo de rata callejera que no dudaría en devolver el ataque. Abel dio un paso atrás.

—Sal de ahí —le dijo a la horrenda criatura. Ésta se irguió sobre sus patas traseras y, cosa rara, le mostró los incisivos como si fueran colmillos de serpiente. “Puedo hacerte mucho daño con estos dientes”, decía el gesto, y Abel no lo puso en duda.

Dejó el palo de amasar sobre el mármol del fregadero y cogió el bote de insecticida en aerosol, que agitó en forma amenazadora. Tal vez la rata no fuera una cucaracha, pero si el bote tenía una advertencia sobre intoxicaciones en humanos, algún efecto le haría al roedor.

—Todavía puedes irte, ¿eh?, y así no tendré que tirar toda esa comida. Pero ¿qué estoy diciendo? Ya debes haber contaminado el aparador. Tendré que tirar la comida de todas maneras. Date por muerta, rata asquerosa.

La criatura saltó sobre él justo cuando apretaba el gatillo del insecticida. Abel se cubrió el rostro con el brazo libre mientras retrocedía, de tal modo que tropezó con una silla y casi cayó despatarrado al suelo. El bote escapó de su mano. Por un instante el hombre pensó que se rompería un hueso al chocar contra el suelo, pero logró afirmarse a tiempo y recuperar el equilibrio. Le tomó un poco más darse cuenta de que la rata no lo había tocado.

¿Dónde estaba el animal? No se veía por ningún lado y ningún ruido delataba su presencia. Abel apagó la música y revisó toda la cocina. No halló a la rata. Tampoco había señales de ella en el aparador, como cajas masticadas o paquetes abiertos.

¿Otra alucinación? ¿Dentro de su propia casa? No, por favor, que no fuera así. Prefería enfrentar una plaga antes que perder la cabeza, ya que al menos las plagas se corregían llamando a un exterminador.

Entonces sí escuchó un ruido cerca de él, pero más tenue y en el piso. El hombre volvió a esgrimir el bote de insecticida y el palo de amasar, una cosa en cada mano.

La cucaracha salió de debajo de la heladera, caminó por encima de su pie y se ocultó en un rincón en sombras. Luego la siguió otra. Y otra. Segundos después eran seis cucarachas las que rondaban la cocina, y al igual que la rata, eran bastante más grandes de lo normal. Abel las roció con el insecticida sin darse cuenta de que un gemido desesperado salía de su garganta, como si la visión de los insectos y la rata le hubieran provocado un ataque de asma. Encima, el veneno no tardó en hacerlo toser y lagrimear, y tuvo que salir de la habitación a pesar de que las malditas cucarachas aún estaban con vida.

Regresó a la cocina tras abrir un par de ventanas. Los insectos habían desaparecido de la misma forma inexplicable que el roedor. Abel se pasó una mano por sus blancos cabellos, pensando que sí estaba viendo cosas de nuevo y preguntándose cómo se lo diría a su mujer, ya que si continuaba empeorando seguramente acabaría por hacerse daño a sí mismo o a ella.

Necesitaba aire fresco. Tenía que salir afuera y meditar una solución, o por lo menos el mejor camino a seguir. Escribió una nota para Delia, la pegó a la heladera con un imán y salió de su casa aún tosiendo y con la nariz goteando por el dichoso insecticida. Genial. Lo único que le faltaba ahora era acabar en el hospital con un envenenamiento por piretroides.

Al cabo de un rato, no obstante, la caminata alivió los efectos del insecticida y también sus nervios crispados. Hablaría con el médico primero, decidió. Sólo si su mal era grave se lo diría a Delia, porque ¿para qué iba a preocuparla sin necesidad?

Un perro callejero pasó a su lado. Era un chucho común y corriente, de pelo blanco con manchas pardas... y una pata adicional que le salía del lomo. Abel parpadeó varias veces. La pata extra desapareció... y también media cara del perro, sustituida por costras y pústulas en medio de una carne que se caía a pedazos. Abel aceleró el paso y el chucho quedó atrás. Mientras tanto, él comenzó a sudar como si estuviera en un sauna, por lo que abrió algunos botones de su camisa y usó un pañuelo para secarse la frente. Se detuvo unos momentos bajo la sombra de un árbol para descansar, preguntándose si habría alguna droga efectiva para sus síntomas. La medicina había avanzado tanto desde que él era joven...

—Ellos vienen —dijo una vocecita detrás de él, sobresaltándolo. El hombre se dio vuelta para enfrentarse a un niño de siete u ocho años que lo contemplaba con una pelota en las manos. La pelota era un detalle normal, claro, pero no así el rostro inflamado y enrojecido del niño, quien además estaba calvo y sin cejas.

—¿Q-qué dijiste? —preguntó Abel, dudando que el chiquillo estuviera realmente ahí. Le habló porque existía la remota posibilidad de que fuera un niño normal al que él, debido a su extraño mal, veía en su mente como un monstruo posapocalíptico.

—Ellos vienen —repitió el chiquillo, señalando el cielo con un dedo.

—Sí, lo sé. ¿Estás contento?

El niño lo miró en silencio con ojos como de pez. Abel se dio cuenta de que no tenía párpados.

—Sabes lo que tienes que hacer —sentenció por último el muchachito, y se alejó del hombre haciendo rebotar su pelota.

¿Hacer? ¿Qué tenía que hacer él, salvo ir al médico de urgencia? ¿Había alucinado también esas palabras?

Abel emprendió el camino de regreso con la intención de refugiarse en su dormitorio y su cama, bajo las sábanas, lo antes posible, como cuando él mismo tenía siete años y le temía al coco y al hombre de la bolsa.

Se percató en algún momento de que sus pasos no lo estaban llevando en la dirección correcta. No reconocía las calles a su alrededor y el paisaje se había vuelto decididamente urbano, con edificios en lugar de casas. ¿Dónde rayos estaba? ¿Y por qué no había más personas circulando? A esa hora la gente ya debía estar saliendo del trabajo, pero Abel no se cruzó con más de diez o quince transeúntes que marchaban con la cabeza baja como si una gran infelicidad los oprimiera.

El hombre siguió caminando. En realidad quería salir de ahí porque a cada minuto se sentía más desorientado, pero sus pasos insistían en llevarlo adelante, tirando de él como imanes en busca de hierro.

Se detuvo al llegar a un edificio alto. Éste daba la impresión de haber estado vacío y sin mantenimiento durante cincuenta años, lo cual no casaba con su estilo arquitectónico ultramoderno. Al hombre le resultó familiar, pero no lo suficiente considerando que había vivido en la misma ciudad y el mismo vecindario desde su matrimonio. Y puestos en ello, ¿cómo era posible que tampoco supiera dónde se encontraba? ¿Acaso todo era un sueño en lugar de una alucinación?

El edificio no era de apartamentos. Más bien parecía un centro de investigaciones, probablemente de alto riesgo ya que la estructura completa estaba fortificada: muros gruesos, ventanas pequeñas, vidrios que las pandillas no habían conseguido romper a pedradas, y una puerta doble de acero que hubiera quedado mejor en una cárcel o un castillo. Había unas pocas letras de bronce sobre dicha puerta, pero no las suficientes para determinar qué palabras habían formado antes de que desaparecieran las demás.

La visión del edificio hizo que a Abel se le aflojaran las piernas a causa del mareo. Seguía sin reconocer el lugar, pero algo en aquella construcción le provocaba una sensación horrible, una falta absoluta de esperanza que lo carcomía por dentro igual que una enfermedad. Tal vez fuera que todas las cosas alrededor del edificio lucían descoloridas y que en un radio de varios metros las plantas estaban marchitas. Era como si el edificio fuera un agujero negro que succionara vida en lugar de luz. ¿Estaba haciendo eso con él también mientras lo contemplaba?

Tenía que alejarse de ahí cuanto antes.

Empezó a dar media vuelta pero se detuvo al ver un hombre que se arrastraba hacia él por una calle desierta, arañando el polvo. No había manera de saber si era joven o viejo, porque constituía apenas un despojo descarnado y cubierto de harapos, carcomido por el hambre y, de igual forma que las personas en la heladería, algún tipo de radiación. Iba dejando un rastro sanguinolento a su paso, y estando cerca de Abel extendió un brazo para tocarle la pierna. El anciano dio un paso atrás.

—Sabes lo que tienes que hacer —resolló el pobre ser moribundo—. Ellos vienen.

Desde el edificio se oyó un chasquido pesado: la cerradura de la puerta de acero. Le siguió un chirrido cuando ésta comenzó a abrirse de par en par. Abel la miró de reojo. No vio más que oscuridad.

—Detenlos —dijo el hombre en el suelo.

Abel gimió. Luego terminó de dar media vuelta y se alejó corriendo por donde había llegado, ignorando el reuma, su vejez y los latidos precipitados de su corazón. Se arriesgaba a matarse de un paro cardíaco, pero no le importó; no le importaba nada salvo alejarse de aquel edificio a donde no quería entrar por nada del mundo, aunque se lo ordenaran mil monstruos como el niño y el hombre en la calle. De alguna manera regresó a su vecindario y después a su casa, y lo primero que hizo allí fue atrancar todas las puertas y ventanas y cerrar las persianas. Delia aún no estaba ahí. Menos mal, porque no debía verlo así.

El hombre se dirigió al baño, abrió el botiquín y tomó las pastillas de dormir que su médico le recetaba cuando tenía malos sueños de su época de soldado. Ingirió dos con un vaso de agua, resistiendo la tentación de vaciar el frasco entero directamente en su boca; luego se sentó en el piso del baño hasta que las pastillas comenzaron a hacer efecto, y recién entonces marchó a su cuarto y se derrumbó sobre la cama. En ningún momento perdió la conciencia, pero sí logró lo que deseaba: poco a poco la droga en su sistema lo envolvió en una maravillosa burbuja de indiferencia. No le hacía falta más que eso: desconectarse. Pretender por un rato que su vida era la de siempre, tranquila y rutinaria, quizás hasta un poco aburrida de vez en cuando. El aburrimiento era bueno. El aburrimiento significaba la ausencia de calamidades.

Delia llegó una hora más tarde, y si acaso no creyó la excusa de su marido de que se había encerrado a oscuras porque le dolía la cabeza, no dio señales de ello.

(Continuará...)

Gissel Escudero

3 comentarios:

  1. Ese niño me da mal rollo diciendole que "ya sabe lo que tiene que hacer". ¿Serán realmente premoniciones o está comenzando a sufrir algo de demencia senil? No se, pero estoy fascinado.

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  2. Ah! Ese edificio que se rodea de muerte floral, malestar y una sensación de succión de energía me ha gustado. Me recordó a uno que relata Stephen King en La Torre Oscura. Malas vibraciones.
    Seguimos leyendo...

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    1. ¡Gracias! Pues espero que te guste el resto de la historia también :-)

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