25 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 2/5)

El verano continuaba, cálido y exuberante. Una vez superado el caos de los primeros días luego de la noticia, con algunos accidentes, fanáticos anunciando el Apocalipsis y hasta un desplome o dos de la bolsa de valores, las cosas habían vuelto a una relativa normalidad. Puestos en ello, los cambios eran mayormente positivos: las personas se veían más contentas, los gobiernos estaban pensando en la mejor manera de recibir a los visitantes, e incluso algunas naciones en pie de guerra habían cesado las hostilidades para poner los ojos en el cielo.

Abel y su esposa caminaban juntos esa tarde, tomados de la mano. Ella sonreía más que de costumbre, y no paraba de señalar los numerosos arreglos que el municipio por fin estaba llevando a cabo en el vecindario.

—¿Puedes creerlo, mi amor? —dijo ella—. ¡Tendremos que agradecer a los extraterrestres por lograr que los políticos hagan un buen uso de nuestros impuestos! Es otro milagro, ¿a que sí?

—Por supuesto —respondió Abel con tono ausente.

—Querido, ¡qué poco entusiasmo! ¿Acaso estás con esos paranoicos que dicen que los extraterrestres vendrán a llevarse nuestra agua?

Ésa era una posibilidad, reflexionó el hombre: que todo fuera un engaño y los visitantes tuvieran malas intenciones. No lo deseaba, por supuesto, pero le daría sentido a la opresión que sentía en el pecho cada vez que pensaba en ellos.

—Aunque en parte te entiendo —prosiguió ella.

—¿Ah, sí?

—Claro. Es que en el fondo es algo triste que se estén haciendo todas estas cosas buenas para mantener las apariencias. Vamos, es que deberían haberse hecho antes y por convencimiento. Pero supongo que lo importante es el resultado.

—Tienes razón —contestó Abel, fingiendo un ánimo que no tenía. No le sentaba mal que Delia no compartiera su inquietud, pero eso lo dejaba solo.

Los empleados del municipio estaban plantando árboles nuevos y podando las ramas muertas de los viejos, tal vez con el propósito de imitar las escenas de la transmisión alienígena. Si los extraterrestres tenían conciencia ecológica, la humanidad no podía ser menos, ¿verdad? Abel le dio la razón a su mujer: sí era algo triste que las personas sólo se ocuparan del ambiente por cualquier motivo excepto el amor a la naturaleza. No hablaba muy bien de la especie.

—¿Sabes? —continuó Delia—, más que sentir miedo de los extraterrestres, empiezo a sentir miedo por los extraterrestres. —Abel frunció el ceño—. Piénsalo bien, querido: ¿y si ellos vienen con buenas intenciones y algún gobierno corrupto trata de aprovecharse de su buena voluntad? Eso sería espantoso. Como la conquista de América, pero al revés. Espero que los extraterrestres sean listos y no se dejen engañar. Aunque no sé qué tan listos serán si saben cómo somos y aun así quieren conocernos. Deben haber visto las zonas de guerra y a la gente que muere de hambre, ¿no te parece?

—No lo sé —masculló el hombre. Por algún motivo, aquella charla comenzaba a ponerlo incómodo.

—Oye, ¡tal vez conozcan la solución a nuestros problemas y es por eso justamente que vendrán a la Tierra! ¿No sería fantástico?

—Sí, mi amor —contestó el hombre devolviendo el apretón de manos de su esposa. Sin embargo, había algo en el razonamiento de ella que no lo convencía del todo, aunque no lograba determinar qué era.

Delia siguió hablando de otras cosas, pero Abel, sin desearlo, le dio más vueltas a la conversación anterior. De verdad, ¿qué tanto conocerían los extraterrestres la historia de la humanidad, cosas como las guerras mundiales, el Holocausto y las bombas de Hiroshima y Nagasaki? ¿Habrían tenido ellos sus propias catástrofes y por tal motivo no se horrorizaban con facilidad? ¿O no se habían horrorizado porque ellos eran mucho más crueles y traicioneros y planeaban tomar el planeta por la fuerza? Menudos pensamientos, lo bastante sombríos como para quitarle el sueño esa noche.

Abel cerró los ojos y trató de calmarse. De nada le servía alterar sus nervios con puras especulaciones; sería lo que tuviera que ser. Respiró hondo y abrió los ojos. El cambio de luz hizo que todo el paisaje se viera rojizo por un momento, como si de pronto estuviera en una colonia marciana o algo así. El sol pegaba fuerte, sin embargo. ¿Había hecho tanto calor el verano pasado? Tal vez debiera ponerse un protector solar más fuerte. Su piel vieja se irritaba con facilidad.

Una niña pasó junto a Delia y él saltando la cuerda. Su madre venía detrás hablando por teléfono. Ambas eran muy guapas... pero entonces Abel se dio cuenta de que tenían úlceras en los brazos, las piernas y la cara. Las de la niña incluso supuraban un líquido amarillento. El hombre se detuvo en seco y giró la cabeza para no perderlas de vista, pensando que debía decirle algo a la mujer. ¡Ella y su hija tenían que ir al hospital cuanto antes!

—Abel, ¿qué ocurre? —le preguntó Delia.

—¿No te fijaste en...?

El hombre no acabó la frase. Había desviado la mirada cuando Delia le habló, y al voltearse de nuevo hacia la madre y la niña vio que las dos estaban perfectamente sanas. Como máximo, la chiquilla tenía algunos moretones y raspaduras en las piernas, pero eso era normal para su edad.

—¿Que si me fijé en qué, querido? —insistió Delia.

—Nada. Yo... creí que conocía a esa señora. Mis ojos deben haberse confundido por tanta luz. Ojalá hubiera traído mis gafas de sol.

—Viejo tonto y olvidadizo. Pero yo te quiero igual. Vamos a tomar un helado para refrescarnos.

La heladería quedaba a un par de cuadras de donde ellos estaban. Era un lugar muy bonito, con un toldo de colores y mesas en el exterior con sombrillas a juego. Había mucha gente a esa hora de la tarde, pero no tanta como para que Abel y su esposa no encontraran un espacio.

Fue Delia quien pidió los helados. El hombre aún estaba demasiado aturdido y no supo qué responder cuando la empleada le preguntó qué sabor quería.

—De verdad, querido, si sigues así voy a preocuparme en serio —afirmó Delia unos minutos después, tomando las primeras cucharadas—. ¿Dormiste bien anoche?

—Sí —mintió Abel. En realidad no había vuelto a dormir bien desde el día de la noticia sobre los extraterrestres—. Es el calor, seguro. Debo tener la presión baja. ¿Y eso no hace que llegue menos sangre al cerebro?

—No me sorprendería lo de la presión baja, pero es que además tienes una cara... Como si hubieras visto un fantasma.

—Qué va, es sólo la presión. Iré al médico mañana si no estoy mejor, ¿de acuerdo?

—Bueno, de acuerdo. Tómate el helado. El frío y el azúcar te harán bien.

Abel falsificó una sonrisa e ingirió una cucharada grande de helado. Recién entonces se dio cuenta de que era de chocolate, aunque le pareció desabrido y algo... ¿rancio? No, eso no podía ser. Había demasiados clientes como para que les vendieran un producto pasado de fecha. Seguramente eso también se debía al calor.

Iba por la mitad del vaso cuando volvió a ver cosas raras. El entorno se puso rojo una vez más y los árboles que rodeaban el lugar se convirtieron de pronto en esqueletos calcinados y sin hojas. Lo que restaba de su helado se derritió en pocos segundos y luego se evaporó, dejando una costra negra y coagulada. Los demás clientes, normales al principio, se llenaron de úlceras igual que la mujer y la niña de la cuerda, y a algunos se les empezaron a caer los dientes, la piel y el cabello. Eran síntomas de envenenamiento por radiación. Estaba viendo las consecuencias de un desastre nuclear.

Esto no está sucediendo, pensó Abel. Es sólo mi imaginación. El miedo me está haciendo ver cosas. Apretó los párpados con tanta fuerza que su campo visual oscurecido se llenó de puntitos blancos, pero se mantuvo así al menos por un minuto. Sin embargo, esconder la mirada no solucionó el problema, porque sus oídos estaban destapados y lo que escuchaban era... nada. No, no precisamente nada. Oían el viento tal como debía sonar en una planicie desértica, sobre arena, tierra agrietada y plantas resecas. Y por si todo eso no fuera lo bastante extraño, en el fondo percibía unos pitidos electrónicos que le resultaron familiares, aunque lo logró identificarlos. Como fuera, no captaba las voces de los clientes de la heladería ni las risas de los niños que llenaban el vecindario, tampoco el ruido de los automóviles. Lo que sonaba a su alrededor eran, quizás, los últimos lamentos de un mundo agonizante.

Una palmada en su mano lo devolvió a la realidad. Delia le había pegado, y su rostro delicado ostentaba una expresión de alarma.

—Ay —dijo Abel con unos segundos de retraso.

—¡Por Dios, creí que te estaba dando algo! ¡Debería arrastrarte al médico ahora mismo!

—No, tranquila, lo siento. Es que... tragué mucho helado de golpe y me dio como una punzada en el estómago. Estaba esperando a que se me pasara.

—Mentira.

—No, te juro que fue eso. Perdona. No quería asustarte.

Abel se sintió culpable por mentir, y más culpable todavía al ver lágrimas en los ojos de su querida esposa. Ella tomó su mano golpeada y la besó.

—Bueno, entonces lamento haberte pegado. Es que no reaccionabas.

—Estaba muy concentrado en mis tripas.

Ella se rió y todo volvió a su sitio. Es decir, casi todo. Abel aún sentía que su mente estaba muy próxima a jugarle otra mala pasada, como una enfermedad crónica con rebrotes agudos.

—Tu helado se está derritiendo —observó Delia. El hombre le echó un vistazo. Era cierto, pero no se había derretido más de lo que correspondía a la temperatura reinante. Las risas, las voces y los bocinazos también habían vuelto al paisaje. Por ahora. Abel acabó su postre en diez cucharadas rápidas y dijo:

—Será mejor que volvamos a casa. Mi cerebro necesita aire acondicionado.

Delia sonrió, aliviada pero sin perder del todo su miedo.

—Necesitas más que eso, viejo atolondrado, aunque el aire acondicionado tendrá que bastar por hoy. Vámonos ya.

Se ayudaron uno al otro a levantarse y emprendieron el camino de regreso de igual manera que a la ida. Abel, sin embargo, trató de no mirar a los lados. No deseaba ver más cosas raras en lo que restaba del día, y por si acaso también se abstuvo de escuchar las noticias porque sólo hablaban de los dichosos extraterrestres.

Ojalá cambien de idea, hagan girar su nave y regresen a su planeta, pensó el hombre en medio de otra noche de insomnio. Quizás estuviera alucinando y con un pie al borde de la locura, pero a cada segundo que pasaba se sentía cada vez más seguro de que su mal presagio era auténtico.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Hmmm, me gusta! Mañana sigo leyendo que es muy tarde por aquí y ha sido un día muy largo.
    ¡Qué tierna es Delia!
    Esa escena de la paranoia que le da a Abel es genial. Mientras leo, lo veo todo en mi mente.

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