24 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 1/5)

Abel despertó en la mañana por la luz que se colaba a través de las cortinas y el canto de los pájaros en su jardín. No le sorprendió que el lado derecho de su cama estuviera vacío; él solía levantarse temprano pero el reloj interno de su esposa sonaba antes del amanecer, sobre todo en el verano, cuando días como ése invitaban a salir de la cama lo antes posible. Abel sonrió... y luego su sonrisa se desvaneció poco a poco hasta convertirse en un gesto de preocupación. ¿Por qué tenía de pronto el horrible presentimiento de que algo estaba muy mal?

El hombre bajó al comedor sin ponerse encima más que la bata. Llevaba cincuenta años de casado y lo primero que se le ocurrió fue que su esposa estaba en problemas, tal vez sufriendo un ataque cardíaco o un derrame cerebral.

—Delia, Delia, ¿estás bien? —exclamó mientras bajaba las escaleras al paso más rápido que le permitía el reuma. Sintió un alivio tremendo cuando una voz alegre le respondió desde la cocina:

—Claro que estoy bien, querido. ¿Qué forma de saludar es ésa? Ven y siéntate a comer, que el desayuno está listo.

Abel se tomó unos segundos para recuperar el aliento antes de ocupar su lugar en la mesa. Su querida Delia se veía igual que siempre: frágil y suave, con el cabello blanco recogido en un moño y vistiendo su delantal favorito, el de las flores rojas. Abel aún pensaba que era hermosa, como una tarde en un bosque antiguo cubierto de nieve. El aroma de la comida que ella estaba preparando llenaba la habitación.

—Siéntate, querido —replicó Delia con una sonrisa—. ¿Quieres un huevo o dos?

—Sólo uno —consiguió responder él—. Y un poco de ese queso tan delicioso con mis tostadas.

—De acuerdo, pero con tomate y lechuga. Ya sabes lo que dijo el doctor: tienes que cuidar esas arterias.

—Sí, cariño. Por supuesto.

Abel pensó que el comentario sobre las arterias no podía ser más oportuno, porque el corazón aún le latía rápido a causa del susto. Ya estaba muy viejo para esos sobresaltos. Sin embargo, la mala sensación continuaba aferrada a su mente como un parásito, y así se mantuvo durante la media hora que le llevó terminar el desayuno. Le costó un poco saborear la comida, y eso sólo le pasaba cuando la inquietud era muy grande; es decir, había estado en el ejército, maldita sea, y ni siquiera de anciano se alteraba con facilidad. ¿Qué rayos le sucedía esa mañana?

—Estás algo pálido —observó Delia—. ¿Te sientes bien?

—Sí. Sí, estoy bien. Nada más un poco... agobiado por el calor.

—Pues afuera está más fresco que dentro de la casa. Deberías salir al jardín un rato. ¿Y no dijiste que ibas a quitar las malezas? ¿O prefieres que llame a...?

—No, yo lo haré. Tienes razón, me hará bien tomar un poco de aire.

—Eso es. Pero ayúdame a lavar los platos primero. Cumple con tu parte de los quehaceres domésticos, hombre.

—Sí, mujer.

Abel fingió una sonrisa y puso manos a la obra. El agua del grifo estaba tibia y su sonido calmaba los nervios; el detergente olía a limón. Le gustaban esos detalles.

—Deberíamos invitar a los chicos a cenar mañana —dijo ella. “Los chicos” eran sus hijos, aunque los dos pasaban de los cuarenta años—. Además, ¿hace cuánto que no vemos a nuestros nietos? Me muero por saber cómo les está yendo en sus nuevas actividades. Natalie me contó el otro día por teléfono que Pat ha empezado a tomar clases de violín.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Oh. Cierto. Como sea, espero que traiga el violín y toque algo para nosotros. Tal vez hasta podría acompañarlo al piano, si mis dedos no me fallan.

Habían terminado de lavar los platos. Abel tomó las manos de su mujer, le quitó los guantes y besó sus dedos algo deformados por la vejez.

—Te amo —dijo él—. Te amo tanto como el día que nos casamos.

Ella parpadeó, sorprendida pero halagada.

—¿A qué viene eso, querido?

—Por nada. Sólo quería que lo supieras.

—Pues yo también te amo, viejo tonto. Y ahora vete a trabajar al jardín antes de que empieces a recitarme algún poema cursi o te pongas a hablar de corazones y pajaritos.

Abel se rió y besó a su mujer en los labios. Sintió el sabor de su dentadura postiza, pero no le importó en lo más mínimo. Por lo menos ella no estaba mal. Podría soportar cualquier otra desgracia en camino, si acaso era verdad lo que su instinto le anunciaba, siempre y cuando tuviera a su querida Delia junto a él para darle apoyo. No pedía más que eso.

El hombre se cambió de ropa y se puso un sombrero de paja y los guantes de cuero antes de salir al jardín. Sí estaba fresco ahí afuera, o lo estaría por un rato, hasta que el sol trepara unos grados más en el horizonte y convirtiera la mañana en un sofocante día de verano. Pero él entraría a la casa mucho antes de eso, ya que era poco lo que tenía que hacer en el jardín.

Observó el entorno mientras arrancaba las malezas con la ayuda de su pala: flores de colores intensos, pasto bien verde, mariposas revoloteando y unas cuantas abejas en busca de su precioso néctar. Lo reconfortó ver tantas abejas. ¿No había leído en alguna parte que la vida en el planeta acabaría en pocos años si les pasaba algo a las abejas? ¿O era una exageración fatalista? Daba igual. Las abejas, y también las mariposas, eran signos de un ambiente saludable.

Un pájaro se puso a cantar en una rama próxima a él. Sus trinos eran maravillosos, casi tanto como las melodías que su esposa solía tocar en los conciertos, años atrás. El hombre volvió a mirar en derredor. Todo se veía más luminoso y perfecto que de costumbre, y sus propios sentidos parecían captar cosas que normalmente le pasaban desapercibidas. ¿Alguna vez le había olido el aire tan dulce? ¿Las flores siempre lucían así de radiantes? ¿Cómo podía entonces seguir pensando que algo no estaba bien? Nada en el entorno sugería tal idea. Era un estupendo día de julio, como cuando iba a pescar con sus amigos, siendo un niño, al lago junto a la cabaña de su abuelo, o como cuando cortejaba a Delia, a sus quince años, en el parque de la ciudad.

Al cabo de unas pocas horas le tocó a él preparar el almuerzo, que la pareja consumió en el comedor escuchando música de Schubert.

—Hoy te has lucido —dijo ella—. El salmón te quedó delicioso.

—Me alegra que te haya gustado —respondió Abel, y en parte era cierto. Otra parte de él, no obstante, mantenía la inquietud como una tos molesta en un recital.

—Dentro de un rato vendrán mis amigas del club de lectura. ¿Te quedarás en casa o vas a salir a caminar?

—¿Qué libro es?

—Una novela romántica —contestó Delia con una sonrisa pícara.

—Uf. Definitivamente saldré a caminar.

—Gallina. En el fondo te gustan esas historias, admítelo.

—Que no. Avísame cuando lean una novela de misterio o algo así.

—Bueno, de acuerdo. Disfruta tu paseo entonces. Pero tráenos un pastel de manzana si pasas por la panadería, ¿eh?, que a las chicas les encanta.

—Eso sí puedo hacerlo, con tal de no escuchar descripciones de tiernos guerreros musculosos y bobadas por el estilo.

Delia se rió. Dios, cuánto amaba él su risa, pensó Abel. Pasaba de las novelas románticas, pero no tenía problemas en admitir que había sido bendecido con un típico “vivieron felices para siempre”.

Más tarde se puso una gorra, sus zapatillas de deporte y una camisa blanca de algodón. Con eso ya podía enfrentar el calor de la tarde, y tras despedirse de su mujer con otro beso, emprendió el recorrido por el vecindario. Aunque amara a su esposa todavía le gustaban las caminatas solitarias, y vaya que ese día necesitaba una. Se volvería loco si no lograba determinar qué cables se le habían cruzado en la cabeza para estar de un humor tan agorero. Hasta empezaba a sentirse culpable, como si estuviera acusando a un inocente de un crimen espantoso.

El vecindario le despertó las mismas sensaciones que su jardín: colores, perfumes y sonidos en armonía, proporcionando alegría y bienestar. En verdad era ridículo que no pudiera disfrutarlos del todo. Los niños, felices por las vacaciones, iban de un lado a otro con sus padres o en pequeños grupos jugando a la pelota, desparramando energía como si la obtuvieran del sol y por lo tanto les sobrara. Algunos de ellos se parecían a los nietos de Abel, casi adolescentes pero sin perder aún la inocencia. Futuras generaciones saludables y prometedoras. No había nada fuera de lugar ahí tampoco, y el hombre sintió ganas de pedirle a algún transeúnte que lo sacudiera por los hombros y le ordenara que se dejara de tonterías. Estaba en un barrio de clase media, rodeado de árboles, casas y gente buena y trabajadora; no era una zona de guerra ni nada por el estilo, y ningún enemigo acechaba en los rincones. Todo estaba en orden. Abel se pellizcó el dorso de la mano. Le produjo un dolor horrible, pero por unos segundos se sintió mejor. Más... centrado.

Minutos después, cuando por fin comenzaba a ser él mismo de nuevo, notó que algunas personas se veían excitadas. Hablaban entre ellas con sendas expresiones de asombro y luego aceleraban el paso como si de repente tuvieran que llegar a alguna parte lo antes posible. Abel frunció el ceño. Luego detectó un elemento en común: teléfonos móviles y auriculares. ¡Quizás se tratara de una noticia importante!

Sintiendo un escalofrío, Abel se dirigió a su casa. Ahora estaba al borde del pánico, y su mente barajó diferentes posibilidades: un ataque terrorista, un accidente muy grave, alguna enfermedad contagiosa y mortal. Por el camino trató de escuchar las conversaciones, pero nada llegó a sus oídos que le desvelara el misterio y no quería pararse a preguntar. Su prioridad en ese momento era llegar junto a Delia para protegerla de lo que fuera, o para estar simplemente a su lado si la tragedia no podía evitarse. Sin embargo, no vio miedo en las caras que pasaban junto a él, sólo una intensa emoción. Qué extraño. ¿Cabía la posibilidad de que fuera una buena noticia, entonces?

Llegó jadeando a su casa y atravesó la puerta y los pasillos a toda máquina. Esperaba encontrar a Delia con sus amigas, hablando sobre la novela, pero su mujer estaba sola y sentada frente a la televisión con los ojos como platos.

—Delia, ¿qué...?

—¡Chist, cállate y escucha!

Abel se acomodó junto a su mujer y miró la pantalla. A los dos minutos él también tenía los ojos como platos, incapaz de creer lo que estaba viendo y escuchando. Sin embargo, el periodista parecía hablar muy en serio, y a menos que las imágenes fueran una broma muy atrevida creada por la industria cinematográfica, la secuencia que se repetía una y otra vez confirmaba las palabras y el texto del noticiero.

—Como pueden ver, según el informe de la NASA, la transmisión desde el espacio continúa. Ya se ha confirmado que es completamente real, aunque parezca imposible. De verdad estamos recibiendo una señal enviada por habitantes de otro planeta. —El periodista se veía tan emocionado como un niño que hubiera descubierto Narnia en su propio armario—. Damas y caballeros, éste es, sin duda, el acontecimiento más grande en la historia de la humanidad: no sólo sabemos ahora que no estamos solos en el universo, sino que estos seres son inteligentes, saben de nosotros y están en camino de llegar hasta aquí con intenciones pacíficas. Es... es un milagro, no encuentro una mejor forma de describirlo. De hecho, apenas puedo hablar, aunque la transmisión vale más que cualquier cosa que yo pueda decir. Por eso les pido: guarden silencio y vean estas maravillosas imágenes conmigo.

La cara del periodista desapareció de la esquina de la pantalla, dejando que la transmisión dominara por completo el espacio rectangular. Delia tomó la mano de su esposo. Tenía lágrimas en los ojos.

Lo que se veía en el televisor era quizás el sueño utópico de un escritor de ciencia ficción: un planeta lleno de vida, donde las criaturas dominantes parecían convivir con el resto en paz a la vez que usaban su tecnología para aprender y mejorar su existencia. Su aspecto era extraño pero no desagradable. El proceso de evolución los había dotado de escamas iridiscentes como las plumas de algunas aves, apéndices similares a manos y ojos de diversos colores. Daba la impresión de que se comunicaban por gestos en lugar de la voz, pero sus movimientos reflejaban velocidad mental. En algunas escenas aparecían construyendo unas estructuras como edificios, aunque más integradas al ambiente natural que las asfixiantes ciudades humanas. La vegetación, o su equivalente, era purpúrea, y el cielo de color turquesa. Entre escena y escena se mostraba el mismo dibujo: un alienígena y una mujer estrechando sus manos. ¿Cómo habían sabido los extraterrestres que ése era el gesto global de amistad entre los humanos? ¿Qué tanto habían aprendido ya sobre la Tierra?

—Oh, Abel, ¡es fabuloso! —exclamó Delia—. ¿Alguna vez pensaste que esto podría pasar de verdad?

—N-no.

—Tenemos que llamar a los chicos. ¡Aunque ellos también deben estar viendo esto! Sería raro que no lo supieran. A mí me pasó la noticia Sheila, cuando llamó para decirme que no vendría y que encendiera la televisión de inmediato. ¡Hoy en día todo se sabe enseguida!

A pesar de sus palabras, Delia corrió al teléfono y marcó un número. Lo intentó varias veces antes de darse por vencida.

—Me dice que las líneas no están disponibles por ahora. Pues claro. Todo el mundo debe estar llamando a todo el mundo. ¡Apuesto a que también se ha colapsado Internet!

Abel no respondió. Seguía con la vista fija en la pantalla, asombrado e indeciso a la vez. Asombrado porque no hubiera esperado tal noticia ni en un millón de años, e indeciso porque no lograba determinar qué debía sentir al respecto. ¿Se habría equivocado? ¿Había presentido simplemente que algo grande iba a pasar, e interpretado la sensación de manera negativa?

—Abel, ¿qué te pasa? ¿No estás feliz? ¡Hay vida en otros planetas y vamos a conocerla!

—S-sí, estoy feliz. Claro que estoy feliz.

Delia volvió a sentarse junto a él y le plantó un beso en la mejilla. Se veía tan contenta que de pronto parecía diez años más joven. Con una voz igualmente rejuvenecida, dijo:

—¿No te alegra que hayamos vivido lo suficiente para ver esto?

Abel tardó en contestar. Acabó por hacer un ademán afirmativo, pero no estaba convencido; por el contrario, el miedo volvía a atenazarlo con más fuerza que antes, dándole a entender que no se había equivocado en absoluto: algo sí estaba muy mal, y tenía mucho o todo que ver con lo que en esos momentos veía en la pantalla.

Sin proponérselo, pasó un brazo por los hombros de Delia en un acto instintivo de protección.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Simplemente...Wow! Me dejaste atrapado con esta historia y ya me tendrás por aquí como seguidor tuyo. Muchas gracia por compartir tu arte! Un abrazo.

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