28 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 5/5)

Perdió la noción del tiempo en algún punto del recorrido, de tanto que duró. ¿Media hora, quizás? ¿Tal vez una hora completa? No tenía puntos de referencia en el hueco de la plataforma, a pesar de que cada tanto se cerraban unas compuertas sobre él y una ráfaga de aire fresco delataba un proceso gradual de descontaminación. Las piernas se le cansaron, de modo que se sentó en la plataforma cubriéndose el rostro con las manos. Estaba muy, muy cansado, pero no era el cansancio de la vejez sino algo mucho más completo: la fatiga de una persona que ha vivido muchas cosas terribles y ya no puede seguir adelante, como una máquina gastada, rota y sin combustible. Quería dormir. Quería apagar su cerebro para siempre. Y lo haría, una vez que completara su última tarea.

Al cabo de una eternidad, la plataforma se detuvo con un chasquido. El hombre quitó las manos de su cara, abrió los ojos y vio... un techo. Había un techo sobre él, y bajo su espalda una superficie mullida que se sentía como un colchón. Por un segundo, un único y bendito segundo, sintió el mayor alivio imaginable. Todo había sido una pesadilla. Entonces oyó los pitidos electrónicos que había escuchado en la heladería y la realidad lo golpeó de frente cual onda expansiva de una bomba atómica. Su feliz existencia de jubilado había sido el sueño; la pesadilla era lo que había estado esperando todo el tiempo a que él despertara.

Se levantó de la cama muy despacio, gimiendo. Ya no tenía el reuma de la vejez pero sí otros dolores: una espantosa jaqueca, el cuello agarrotado, las piernas rígidas por la falta de ejercicio. Él no estaba viejo; debía tener unos cuarenta y pocos años, aunque jamás se había molestado en llevar la cuenta. ¿Qué importancia tenía la edad en un mundo donde las fechas no servían para nada? Tampoco había estado en el ejército. Todos sus recuerdos sobre la vida militar y la guerra provenían de los registros contemporáneos, lo cual no quitaba que él fuera, con un poco de retraso, una víctima más de la hecatombe.

No miró su reflejo en las puertas de cristal a medida que las atravesaba. Su rostro no era el de un anciano, pero sí estaba ajado por la pena y la soledad. De igual manera evitó mirar las pantallas que monitoreaban el exterior, puesto que hacía al menos dos años que no mostraban un solo ser viviente. Hasta los animales y los humanos mutantes eran cosa del pasado. Afuera no quedaba más que un mundo muerto y vacío como las llanuras de Marte, pero daba mayor tristeza que el planeta Marte porque alguna vez había estado lleno de animales y plantas, de árboles y de niños. Eso también era algo que Abel sólo conocía por los registros. Lo que tenía en su cabeza eran las imágenes de antiguos libros y películas que durante los últimos meses habían sido su única compañía, además de su propia imaginación. Suficiente material para crear una vida paralela en su mente con el empujón adicional de ciertas drogas.

Abel se recostó contra una pared y lloró hasta que se quedó sin aliento y sin lágrimas. No era la primera vez que hacía esos “viajes”, ni la primera vez que sufría el trauma de volver al mundo real como un feto al que arrancasen de su madre antes de tiempo en un baño de sangre. En cada ocasión deseaba morir dentro del sueño, pero su mente siempre terminaba por convertir el sueño en una tortura a fin de obligarlo a despertar. Ahora, no obstante, sí tenía una razón de peso para estar lúcido: la última tarea de su vida. Complacería a Delia aunque Delia nunca hubiese existido, así como sus hijos y nietos. Al fin y al cabo, ellos habían mitigado el suplicio que era su verdadera existencia.

Tras recuperarse del ataque de llanto, se dirigió a la sala de control. Ésta era enorme, uno de los pocos sitios en la estación que todavía funcionaban a pleno. Allí había más pantallas mostrando el exterior, pero también se encontraban los monitores que regulaban el suministro de aire, la energía asignada a cada proceso y cada nivel del complejo, la síntesis de alimento... y las comunicaciones.

Por más de diez años los satélites no habían captado ninguna señal de vida en el resto del planeta, ni siquiera en las demás estaciones, pero unos pocos meses atrás sí había llegado una transmisión desde el espacio. Un mensaje de ellos.

Abel enjugó sus lágrimas y se rió por lo bajo. Si lo pensaba bien, la cosa tenía su gracia: había imaginado con bastante precisión los detalles de su vida falsa, y al final lo único cierto era lo más inverosímil. Sin embargo, la ironía también le causaba dolor, pues los extraterrestres no iban a llegar al planeta recreado en su mente, sucio y sobrepoblado pero aún hermoso y habitable; en cambio, estaban a punto de visitar una roca inservible, el penoso resto de lo que alguna vez había sido una joya azul en el sistema solar. Si se hubieran adelantado unos cien años, unos cincuenta años, cuando aún quedaba algo para rescatar... Pero ya era demasiado tarde. Las guerras se habían peleado, el desbalance climático había completado el desastre, y tanto la vida sobre la tierra como dentro del agua sólo permanecía en las fotos y las grabaciones. Píxeles y bits que no significaban nada.

Ellos no deben venir, resonó la voz de Delia en su cabeza, y Abel le dio la razón. Fuera cual fuese la señal humana que había atraído a los alienígenas, a estas alturas no era más que una mentira. Una mentira peligrosa para ellos. Abel no podía permitir que descendieran a un planeta donde casi todo se había vuelto tóxico.

Además, el hombre tampoco quería que supieran lo que había pasado. Ya no tenía mucho sentido preocuparse por las apariencias, pero las apariencias eran todo lo que quedaba. Haría retroceder a los visitantes. Ellos comprenderían que el planeta estaba muerto, pero con un poco de suerte jamás averiguarían que el culpable de eso era la estupidez humana. El misterio cubriría la vergüenza.

Los monstruos se lo habían dicho: él sabía qué hacer. Tenía todas las contraseñas y la autorización necesarias, y si no lo había hecho antes era porque aún podía ver a Delia cuando cerraba los ojos. No era fácil renunciar a algo tan precioso, lo único que había disfrutado en toda su miserable y patética existencia de sobreviviente. Pero renunciaría a ello con tal de salvar a esas criaturas que no conocía, ya que las criaturas eran tan reales como alguna vez lo habían sido los leones y los caballos. Él las protegería.

Las computadoras estaban viejas pero funcionaban bien; total, darles mantenimiento era una buena forma de pasar el tiempo cuando no jugaba a ser un anciano de clase media en un barrio residencial. Ahora todo ese mantenimiento daría sus frutos, siempre y cuando el reactor respondiera de igual forma. Los encargados de la central energética habían muerto uno por uno a lo largo del pasado año, por envenenamiento, suicidio, o suicidio para acabar con la agonía del envenenamiento. No era mucho consuelo para Abel que sus colegas la hubieran pasado peor. En lugar de insensibilizarse con cada pérdida, éstas habían pesado más y más sobre su espíritu ya desgastado. Pero pronto tendría paz.

Marcó varias series de números en el teclado. Otros programas requerían una identificación de voz. Abel temió que la suya fuera rechazada porque había enronquecido mucho a causa de la malnutrición y su debilidad general; la computadora, sin embargo, le dio el visto bueno y puso en marcha la secuencia de activación. Las máquinas se pusieron en marcha, o al menos eso afirmaban los diversos indicadores. Qué bueno. Ya era hora de que algo resultara a su favor.

Mientras esperaba a que sonaran las alarmas, Abel usó la frecuencia de la transmisión alienígena para enviar su propio mensaje. Era una despedida, aunque eso ellos no lo sabrían sino hasta que fuera demasiado tarde para intervenir. La transmisión consistía en un montaje con escenas variadas de un pasado remoto, cuando el número de humanos en el planeta aún era razonable y no había empezado la destrucción. En la película se veían jardines, ciudades, personas felices, lagos y montañas, delfines saltando entre las olas, bosques con ciervos y osos, incluso desiertos que, a diferencia de los actuales, sí sostenían unas cuantas especies animales y vegetales. Todo era muy hermoso. A Abel le dolió la extinción de tanta belleza como si la hubiera visto en persona.

Minutos más tarde, los extraterrestres contestaron la transmisión con la misma oferta de paz que habían mandado la vez anterior: una secuencia de imágenes que terminaba con una representación de los humanos y los visitantes en un encuentro cara a cara. En él, una mujer entregaba una mariposa y recibía una criatura bastante similar pero del otro mundo, una especie de bichito delicado y rojo con apéndices brillantes. Este intercambio podía significar muchas cosas, pero Abel sólo interpretaba buenas intenciones en cualquiera de los significados. El hombre sonrió al tiempo que lloraba de nuevo.

—Me hubiera gustado conocerlos —le dijo a la pantalla—. Pero aquí ya es tarde, muy tarde, y yo tengo que apagar la luz y decir adiós. Vuelvan a casa; aquí ya no queda nada que valga la pena ver.

Cuando los indicadores empezaron a llegar al nivel crítico, Abel se dirigió lentamente a la plataforma. De verdad, ¿hacía cuánto tiempo que no subía? Por ese entonces sí quedaba gente arriba, pero habían muerto igual que los encargados del reactor. Los últimos cadáveres debían seguir ahí, a falta de alguien que los llevara a la planta de procesamiento. Esa parte sería tal como la había imaginado en su vida alterna.

Tuvo un momento de pánico cuando pareció que la plataforma se rehusaba a funcionar, porque las demás estaban fuera de servicio y él no se creía con la fuerza suficiente para usar las escaleras de emergencia. Sin embargo, poco a poco y con un rechinido, el cuadrado de metal empezó a moverse bajo sus pies. Abel suspiró de alivio.

No se había puesto el traje protector. Ya no le hacía falta. Había suficiente oxígeno arriba para permitirle llegar hasta la puerta principal, y eso era todo lo que necesitaba. No estaría ahí mucho tiempo.

Al igual que en su sueño, fue un viaje en la oscuridad, aunque no tan largo ni silencioso. Hacia la mitad del camino, tal como él esperaba, comenzaron a sonar las alarmas. Una voz femenina advirtió que no se trataba de un simulacro, y que todo el personal y los habitantes de la estación debían vestir sus uniformes de seguridad y bajar a los niveles a prueba de bombas. A Abel le pareció una orden ridícula, incluso aunque él no hubiera sido el único sobreviviente. En caso de más destrucción, ¿qué sentido tenía refugiarse? Era como decirles a los pasajeros del mítico Titanic que se encerraran en sus camarotes mientras el barco se hundía.

La plataforma disminuyó su velocidad antes de detenerse, y el sonido que hizo al frenar le indicó a su pasajero que se había atascado. No era un mal momento para que se diera por vencida; total, había llegado hasta arriba y el hombre no pensaba volver a utilizarla.

—Aquí me quedo —dijo él con una voz igualmente vencida, y abrió la puerta.

El aire viciado lo golpeó en la cara y las fosas nasales como un puño de carne y hueso. Técnicamente podía respirar, pero sus pulmones rechazaban cada aspiración de la misma manera que el estómago rechaza una comida en mal estado. No le importó. Concentrándose un poco, hasta dejó de escuchar la voz que alertaba sobre la explosión inminente del reactor. Lo que él sí esperaba era que dicha explosión fuera aún más grande de lo anunciado, para que no hubiera forma de que los extraterrestres la pasaran por alto. Que el cielo volviera a cubrirse en otro largo invierno nuclear, deseó. Que las nubes de polvo y gases taparan la atmósfera como en Júpiter, escondiendo la desolación causada por el ser humano. Y si toda la estación se derrumbaba, incluso los niveles inferiores supuestamente indestructibles, tanto mejor. Eso eliminaría los registros.

Pensó que la puerta principal no se abriría. Por unos tres minutos quedó atrapado entre ella y la barrera de descontaminación, maldiciendo su suerte. No quería que el final lo hallara ahí, como un ratón de laboratorio en su jaula. Estuvo a punto de retroceder, pero entonces la doble puerta lo sobresaltó con un chasquido y se abrió poco a poco. Faltaban diez segundos para la explosión, según la voz.

Al hombre comenzó a faltarle el aire apenas salió al exterior, y de igual manera el sol hirió sus retinas. Abel cerró los ojos, conteniendo el aliento y concentrándose con todas sus fuerzas en lo que más quería; cuando abrió los párpados de nuevo ya no tenía frente a él un páramo de tierras amarillas sino un vecindario lleno de árboles y casas. Sus hijos caminaban hacia él con los brazos extendidos para abrazarlo, sus nietos lo saludaron e incluso el perro de su hija pareció contento de verlo. Pero lo más importante era que Delia también se encontraba ahí, siempre bella a pesar de la edad. El amor que cada uno sentía por el otro tampoco había disminuido con el paso de los años.

Abel dio unos pasos adelante, sonriendo de felicidad, y luego el mundo entero se disolvió en un fogonazo de luz blanca.

Gissel Escudero

27 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 4/5)

Dos semanas, habían dicho en el noticiero la última vez que Abel se había atrevido a mirarlo. Los alienígenas, según los cálculos de la NASA, llegarían a la Tierra en dos semanas. Entonces ocurriría... lo que fuera que estuviese destinado a pasar. Y él no podría hacer nada para evitarlo, claro, porque era un simple anciano sin control de ninguna clase sobre la situación, un hombre viejo que sólo deseaba pasar el resto de sus días disfrutando el amor de su esposa y su tranquila existencia de jubilado.

Había sobrevivido desde el día del edificio en base a calmantes suaves. Éstos lo dejaban medio atontado, casi zombi, pero hacían maravillas con las alucinaciones. Delia sólo pensaba que aún tenía la presión baja.

El verano estaba dejando paso al otoño y el vecindario se veía más bonito que nunca. Terminados los arreglos por parte del municipio, ahora podían admirar el paisaje y sus colores sin molestias de ninguna clase. Esa tarde, Abel y Delia paseaban juntos una vez más, el brazo de ella enlazado en el de su marido como una dama de otra época. Sólo le faltaba el vestido largo y una sombrilla.

—Me muero de impaciencia —iba diciendo ella con una sonrisa en los labios—. Va a ser emocionante verlos aterrizar. ¿Crees que conozcan todos los idiomas de nuestro mundo? Ojalá los hayan aprendido por el camino, así será más fácil hacerles preguntas y que ellos las respondan. ¿Qué les preguntarías tú?

—No lo sé —contestó el hombre arrastrando un poco las palabras. Era otro efecto secundario de las pastillas.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Qué poca imaginación! Yo quisiera saber si ya tienen una opinión formada sobre nosotros, y en tal caso cuál sería. Espero que no nos consideren estúpidos por administrar tan mal nuestro propio planeta. Más vale que nuestro gobierno y todos los demás hayan tenido tiempo de limpiar esos basurales. La mugre siempre da muy mala imagen...

Abel pensó vagamente que había problemas todavía más grandes que la basura, pero el efecto de los calmantes le impedía profundizar en el asunto. Benditas drogas.

—También espero que no les contagiemos nuestros microbios como en el libro de H. G. Wells —continuó Delia—. Sería terrible que por fin conociéramos una civilización extraterrestre y que todos se murieran de un resfriado común.

El hombre asintió en forma automática, contemplando las últimas mariposas de la temporada. Qué hermosas eran, y tan frágiles... No hacía falta mucho para destruirlas. En realidad, no hacía falta mucho para destruir todo lo bello del mundo. La maldad, eso sí que aguantaba cualquier cosa. Pero ¿quién tenía ganas de reflexionar sobre esos temas en un día tan bonito? Él no, desde luego.

Delia continuó hablando acerca de los extraterrestres y poco a poco él dejó de prestarle atención. Una agradable modorra se estaba apoderando de él, y empezó a dormirse mientras caminaba. No del todo, por supuesto, pero sí llegó a cerrar los ojos, permitiendo que Delia lo guiara como un lazarillo. Qué ironía. Más bien era ella quien estaba ciega por no saber lo que se avecinaba, fuera lo que fuese. El hombre envidiaba su ceguera.

Podría haber continuado así el resto del paseo, aislado en la oscuridad y el silencio que había creado en su mente, pero entonces sintió que Delia apretaba su brazo con más fuerza y aceleraba el paso, obligándolo a caminar a una velocidad mayor de la que su reuma solía permitirle.

—¿A qué viene tanta prisa? —preguntó Abel, todavía sin abrir los ojos. La mujer no contestó—. ¿Delia?

—Tienes que ir ahí cuanto antes —dijo ella al fin con una voz apagada y mecánica—. Ya lo sabes, ellos vienen.

Alarmado, el hombre abrió los ojos y vio que de nuevo se encontraba en aquella parte del vecindario desconocida para él. En esta ocasión no había transeúntes de ninguna clase; en cambio, unas gaviotas y palomas de aspecto enfermizo picoteaban unas masas que parecían cadáveres humanos. Abel trató de detenerse, pero su mujer no se lo permitió.

—No —dijo él—. Volvamos a casa. No me gusta este lugar. Por favor, vámonos de aquí.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —fue la respuesta implacable de Delia, quien apresaba el brazo de su marido como una trampa de acero. Abel no pudo zafarse ni lograr que ella frenara, y continuó andando porque estaba seguro de que su esposa sería capaz de arrastrarlo por el piso si él se derrumbaba.

Delia comenzó a desintegrarse. Se le cayó el pelo, su piel se secó y desprendió en escamas e incluso sus ropas sufrieron un proceso acelerado de envejecimiento, como trapos expuestos al sol durante décadas. Abel sollozó. Estaban llegando al edificio alto con las letras de bronce, cuya puerta todavía esperaba que el hombre la atravesara.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —repitió la momia en la que Delia se había convertido.

—No, no lo sé, y aunque lo supiera no quiero recordarlo. Sólo quiero volver a casa contigo. Te amo más que a nada en el mundo.

Ya no quedaba mucho de la mujer. Sus facciones habían desaparecido y en varios lugares asomaba el hueso, amarillento y resquebrajado. Sin embargo, ella aún podía hablar, y lo que dijo fue:

—Yo también te amo, querido, pero no puedes salvarme. Tienes que detenerlos.

La mano de Delia se rompió en pedazos, soltando el brazo de Abel. Ambos se detuvieron a pocos pasos del edificio.

—Haz lo que tienes que hacer —insistió Delia mientras el resto de su cuerpo también se deshacía—. Que no vengan. Ellos no deben venir. No me olvides.

—Yo nunca te olvidaría, mi amor —dijo Abel, llorando como un niño perdido, y se quedó donde estaba hasta que Delia no fue más que un montón de cenizas que poco a poco se llevó el viento en cualquier dirección. El hombre se secó los ojos con el dorso de la mano. De pronto ya no sentía nada excepto una soledad profunda e irremediable, aferrada a su corazón como una zarza alrededor de un pájaro.

Tardó un buen rato en volver en sí, y descubrió entonces que en el paisaje sólo quedaban el edificio y él. Todo lo demás era polvo y niebla, tierra seca y plantas muertas hacía mucho tiempo. No había otro lugar a donde ir ni una casa a la cual regresar.

Arrastrando los pies, Abel se dirigió al edificio. Subir los cuatro escalones de la entrada le supuso el esfuerzo equivalente a empujar un automóvil, pero no se detuvo. Deseaba hacerlo, por supuesto. Caer muerto por un derrame cerebral masivo hubiera sido otra buena opción, cualquier cosa con tal de no entrar a ese maldito edificio. Pero tenía que hacerlo, en parte porque Delia se lo había pedido y en parte porque no había ninguna alternativa. Todas las posibles rutas de escape habían desaparecido.

Esperó un momento en el umbral hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Luego el vestíbulo comenzó a delinearse frente a su mirada: un caos de muebles volcados, paredes con pintura descascarada... y muchos esqueletos tirados por ahí en diversas posiciones. Abel no sabía mucho de ciencia forense, pero aun así le dio la impresión de que toda esa gente había muerto por causas naturales o suicidio, ya que nada sugería un ataque o epidemia.

De pronto se dio cuenta de que sí reconocía el lugar. También sabía adónde dirigirse. Por desgracia, a todo ese conocimiento se le sumaba el presagio de una revelación que no iba a gustarle en absoluto.

Ya no importa, pensó Abel. Es demasiado tarde para huir, pero no para hacer lo que tienes que hacer. Ahora muévete. El tiempo corre.

Avanzó por un corredor a su derecha teniendo una vaga idea del lugar al que conducía: abajo. Allí se encontraban las respuestas y los medios para cumplir su objetivo.

La oscuridad se hizo más densa a medida que el hombre caminaba. Él lamentó no haber traído una linterna, pero justo cuando empezaba a tantear las paredes, unos destellos de luz artificial le permitieron ver de nuevo el entorno. Había monitores alineados en las paredes. La mayoría estaban apagados, pero los que sí continuaban encendidos mostraban imágenes horribles: ciudades abandonadas y grises, paisajes desérticos, carreteras llenas de coches abandonados, algún animal solitario de aspecto aberrante... Abel se detuvo frente a una de las pantallas y la contempló durante varios minutos: la misma estaba enfocada en un barrio deshabitado y en ruinas, pero algo se movía entre las casas, una figura encorvada que probablemente buscaba algo de comer. Una criatura humanoide a la que Abel identificó como una mujer sólo porque cargaba un niño en brazos. El chiquillo, sin embargo, estaba muerto e hinchado por la descomposición, aunque su madre no parecía haberse dado cuenta de ello. Y no era para menos, claro; la pobre reflejaba en su mirada un profundo retraso mental acorde a las deformidades de su cuerpo. Lo más seguro era que ella tampoco estuviera consciente de eso, pero la falta de inteligencia no le impedía mostrar sufrimiento, aunque fuera por el hambre y el dolor físico. De haber estado junto a ella con un arma en la mano, Abel le habría disparado a fin de terminar con su miseria.

El hombre siguió caminando. A pesar de los esqueletos no olía a putrefacción, pero sí a muerte. Muerte vieja, arrastrada a lo largo de muchos años. Una lenta agonía.

Finalmente vio una segunda puerta ante él. A su lado había un tablero con números y un pequeño panel rectangular sin marca alguna. Sin pensar en lo que hacía, como si lo hubiera hecho mil veces, Abel marcó una contraseña de seis dígitos y presionó la yema del pulgar contra el rectángulo.

La puerta se abrió. Abel estaba frente al cubículo de un ascensor, aunque no era un ascensor precisamente sino una plataforma móvil. No parecía haber luz alguna debajo de ella.

El hombre entró a la plataforma y marcó una segunda contraseña del lado interno. Al presionar de nuevo con el pulgar, la plataforma comenzó a moverse muy despacio, haciendo unos cansados ruidos mecánicos.

La oscuridad cegó al hombre una vez más mientras bajaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 3/5)

A Abel le gustaba mirar cómo su esposa se arreglaba para salir. Cuidaba todos los detalles: la ropa, los zapatos, el peinado y los accesorios. Se convertía a sí misma en algo muy parecido a una obra de arte, o al menos él la apreciaba de esa manera. No podía concebir una vida sin ella; era el centro de su universo, su mayor razón para vivir.

—¿Estás seguro de que no quieres venir conmigo? —le preguntó Delia mientras ajustaba unos broches frente al espejo—. El doctor dijo que no hay nada malo en ti y que debes continuar haciendo ejercicio.

—Sí, lo sé, pero... hoy me apetece quedarme en casa. Espero que tú y tus amigas se diviertan mucho.

—Gracias. Aunque deberías venir a ayudarnos alguna vez. Esos regalos no se harán solos.

Abel se encogió de hombros. Delia y las otras damas del barrio habían organizado un grupo para fabricar artesanías que supuestamente darían a los extraterrestres cuando llegaran. Era una buena idea, en realidad, aunque un tanto romántica; sin embargo, el hombre ya no podía pensar siquiera en los alienígenas sin que se le revolviera el estómago. A veces hasta le daban ganas de gritar.

No le había dicho una palabra al médico acerca de las alucinaciones. En lugar de eso inventó que tenía fuertes dolores de cabeza y visión doble, sabiendo que eso le garantizaría unos rayos X y con suerte una tomografía. Consiguió ambos estudios... y ninguno de ellos mostró nada anormal. Su cerebro se veía “bonito y simétrico”, según el neurólogo. Muy simpático, el hombre. En cuanto a los análisis de sangre, sus valores también eran normales. Sí tenía la presión baja, pero nada que requiriera medicación.

Eso es porque no todo tiene una explicación científica, había pensado Abel en el consultorio. Como las profecías de Nostradamus o la telepatía. Y ahora vienen los extraterrestres, ¿no? Antes ellos sólo estaban en las películas de ciencia ficción, y los que decían haberlos visto eran considerados unos locos de remate. Yo no estoy loco. No estoy loco. No estoy loco...

No había podido convencerse a sí mismo del todo, claro, porque había enfermedades mentales que no se veían en los estudios de imagen, pero puestos en ello las radiografías tampoco detectaban la precognición. ¡Dios, ya no aguantaba pensar en todo eso! Una vez que Delia se marchó, él puso música al volumen más fuerte que podía tolerar y se dedicó a quitar el polvo de los libros. Amaba sus libros. Cada tanto sacaba alguno de su estante y lo hojeaba sólo por el placer de tocarlo.

Luego de la limpieza guardó el plumero en el armario y se preparó para hacerse una taza de té, pero entonces, incluso por encima de la música, escuchó unos rasguños dentro del aparador donde estaban las bolsas de harina y otros alimentos envasados. ¿Cucarachas? No, había algo más grande ahí, escurriéndose de un lado a otro en busca de una salida. Abel tragó saliva, tomó una escoba, cambió la escoba por el palo de amasar y sujetó el pomo de la puerta. La abrió de golpe y retrocedió.

La rata era del tamaño de un chihuahua pero mucho más robusta y peluda que esos perros. Miró a Abel cara a cara, fijando en el hombre su único ojo pardo; el otro ojo era una masa tumoral sanguinolenta.

El hombre reprimió un grito. ¿Qué hacía aquel animal en su casa y cómo había logrado meterse en el aparador? Daba igual. Tenía que sacarlo de ahí antes de que Delia regresara o se llevaría un susto de muerte. Sin embargo, el hombre no se atrevió a pegarle con el palo de amasar. La sola idea de tocar al bicho, aunque fuera de manera indirecta, le producía un asco tremendo; además, parecía el tipo de rata callejera que no dudaría en devolver el ataque. Abel dio un paso atrás.

—Sal de ahí —le dijo a la horrenda criatura. Ésta se irguió sobre sus patas traseras y, cosa rara, le mostró los incisivos como si fueran colmillos de serpiente. “Puedo hacerte mucho daño con estos dientes”, decía el gesto, y Abel no lo puso en duda.

Dejó el palo de amasar sobre el mármol del fregadero y cogió el bote de insecticida en aerosol, que agitó en forma amenazadora. Tal vez la rata no fuera una cucaracha, pero si el bote tenía una advertencia sobre intoxicaciones en humanos, algún efecto le haría al roedor.

—Todavía puedes irte, ¿eh?, y así no tendré que tirar toda esa comida. Pero ¿qué estoy diciendo? Ya debes haber contaminado el aparador. Tendré que tirar la comida de todas maneras. Date por muerta, rata asquerosa.

La criatura saltó sobre él justo cuando apretaba el gatillo del insecticida. Abel se cubrió el rostro con el brazo libre mientras retrocedía, de tal modo que tropezó con una silla y casi cayó despatarrado al suelo. El bote escapó de su mano. Por un instante el hombre pensó que se rompería un hueso al chocar contra el suelo, pero logró afirmarse a tiempo y recuperar el equilibrio. Le tomó un poco más darse cuenta de que la rata no lo había tocado.

¿Dónde estaba el animal? No se veía por ningún lado y ningún ruido delataba su presencia. Abel apagó la música y revisó toda la cocina. No halló a la rata. Tampoco había señales de ella en el aparador, como cajas masticadas o paquetes abiertos.

¿Otra alucinación? ¿Dentro de su propia casa? No, por favor, que no fuera así. Prefería enfrentar una plaga antes que perder la cabeza, ya que al menos las plagas se corregían llamando a un exterminador.

Entonces sí escuchó un ruido cerca de él, pero más tenue y en el piso. El hombre volvió a esgrimir el bote de insecticida y el palo de amasar, una cosa en cada mano.

La cucaracha salió de debajo de la heladera, caminó por encima de su pie y se ocultó en un rincón en sombras. Luego la siguió otra. Y otra. Segundos después eran seis cucarachas las que rondaban la cocina, y al igual que la rata, eran bastante más grandes de lo normal. Abel las roció con el insecticida sin darse cuenta de que un gemido desesperado salía de su garganta, como si la visión de los insectos y la rata le hubieran provocado un ataque de asma. Encima, el veneno no tardó en hacerlo toser y lagrimear, y tuvo que salir de la habitación a pesar de que las malditas cucarachas aún estaban con vida.

Regresó a la cocina tras abrir un par de ventanas. Los insectos habían desaparecido de la misma forma inexplicable que el roedor. Abel se pasó una mano por sus blancos cabellos, pensando que sí estaba viendo cosas de nuevo y preguntándose cómo se lo diría a su mujer, ya que si continuaba empeorando seguramente acabaría por hacerse daño a sí mismo o a ella.

Necesitaba aire fresco. Tenía que salir afuera y meditar una solución, o por lo menos el mejor camino a seguir. Escribió una nota para Delia, la pegó a la heladera con un imán y salió de su casa aún tosiendo y con la nariz goteando por el dichoso insecticida. Genial. Lo único que le faltaba ahora era acabar en el hospital con un envenenamiento por piretroides.

Al cabo de un rato, no obstante, la caminata alivió los efectos del insecticida y también sus nervios crispados. Hablaría con el médico primero, decidió. Sólo si su mal era grave se lo diría a Delia, porque ¿para qué iba a preocuparla sin necesidad?

Un perro callejero pasó a su lado. Era un chucho común y corriente, de pelo blanco con manchas pardas... y una pata adicional que le salía del lomo. Abel parpadeó varias veces. La pata extra desapareció... y también media cara del perro, sustituida por costras y pústulas en medio de una carne que se caía a pedazos. Abel aceleró el paso y el chucho quedó atrás. Mientras tanto, él comenzó a sudar como si estuviera en un sauna, por lo que abrió algunos botones de su camisa y usó un pañuelo para secarse la frente. Se detuvo unos momentos bajo la sombra de un árbol para descansar, preguntándose si habría alguna droga efectiva para sus síntomas. La medicina había avanzado tanto desde que él era joven...

—Ellos vienen —dijo una vocecita detrás de él, sobresaltándolo. El hombre se dio vuelta para enfrentarse a un niño de siete u ocho años que lo contemplaba con una pelota en las manos. La pelota era un detalle normal, claro, pero no así el rostro inflamado y enrojecido del niño, quien además estaba calvo y sin cejas.

—¿Q-qué dijiste? —preguntó Abel, dudando que el chiquillo estuviera realmente ahí. Le habló porque existía la remota posibilidad de que fuera un niño normal al que él, debido a su extraño mal, veía en su mente como un monstruo posapocalíptico.

—Ellos vienen —repitió el chiquillo, señalando el cielo con un dedo.

—Sí, lo sé. ¿Estás contento?

El niño lo miró en silencio con ojos como de pez. Abel se dio cuenta de que no tenía párpados.

—Sabes lo que tienes que hacer —sentenció por último el muchachito, y se alejó del hombre haciendo rebotar su pelota.

¿Hacer? ¿Qué tenía que hacer él, salvo ir al médico de urgencia? ¿Había alucinado también esas palabras?

Abel emprendió el camino de regreso con la intención de refugiarse en su dormitorio y su cama, bajo las sábanas, lo antes posible, como cuando él mismo tenía siete años y le temía al coco y al hombre de la bolsa.

Se percató en algún momento de que sus pasos no lo estaban llevando en la dirección correcta. No reconocía las calles a su alrededor y el paisaje se había vuelto decididamente urbano, con edificios en lugar de casas. ¿Dónde rayos estaba? ¿Y por qué no había más personas circulando? A esa hora la gente ya debía estar saliendo del trabajo, pero Abel no se cruzó con más de diez o quince transeúntes que marchaban con la cabeza baja como si una gran infelicidad los oprimiera.

El hombre siguió caminando. En realidad quería salir de ahí porque a cada minuto se sentía más desorientado, pero sus pasos insistían en llevarlo adelante, tirando de él como imanes en busca de hierro.

Se detuvo al llegar a un edificio alto. Éste daba la impresión de haber estado vacío y sin mantenimiento durante cincuenta años, lo cual no casaba con su estilo arquitectónico ultramoderno. Al hombre le resultó familiar, pero no lo suficiente considerando que había vivido en la misma ciudad y el mismo vecindario desde su matrimonio. Y puestos en ello, ¿cómo era posible que tampoco supiera dónde se encontraba? ¿Acaso todo era un sueño en lugar de una alucinación?

El edificio no era de apartamentos. Más bien parecía un centro de investigaciones, probablemente de alto riesgo ya que la estructura completa estaba fortificada: muros gruesos, ventanas pequeñas, vidrios que las pandillas no habían conseguido romper a pedradas, y una puerta doble de acero que hubiera quedado mejor en una cárcel o un castillo. Había unas pocas letras de bronce sobre dicha puerta, pero no las suficientes para determinar qué palabras habían formado antes de que desaparecieran las demás.

La visión del edificio hizo que a Abel se le aflojaran las piernas a causa del mareo. Seguía sin reconocer el lugar, pero algo en aquella construcción le provocaba una sensación horrible, una falta absoluta de esperanza que lo carcomía por dentro igual que una enfermedad. Tal vez fuera que todas las cosas alrededor del edificio lucían descoloridas y que en un radio de varios metros las plantas estaban marchitas. Era como si el edificio fuera un agujero negro que succionara vida en lugar de luz. ¿Estaba haciendo eso con él también mientras lo contemplaba?

Tenía que alejarse de ahí cuanto antes.

Empezó a dar media vuelta pero se detuvo al ver un hombre que se arrastraba hacia él por una calle desierta, arañando el polvo. No había manera de saber si era joven o viejo, porque constituía apenas un despojo descarnado y cubierto de harapos, carcomido por el hambre y, de igual forma que las personas en la heladería, algún tipo de radiación. Iba dejando un rastro sanguinolento a su paso, y estando cerca de Abel extendió un brazo para tocarle la pierna. El anciano dio un paso atrás.

—Sabes lo que tienes que hacer —resolló el pobre ser moribundo—. Ellos vienen.

Desde el edificio se oyó un chasquido pesado: la cerradura de la puerta de acero. Le siguió un chirrido cuando ésta comenzó a abrirse de par en par. Abel la miró de reojo. No vio más que oscuridad.

—Detenlos —dijo el hombre en el suelo.

Abel gimió. Luego terminó de dar media vuelta y se alejó corriendo por donde había llegado, ignorando el reuma, su vejez y los latidos precipitados de su corazón. Se arriesgaba a matarse de un paro cardíaco, pero no le importó; no le importaba nada salvo alejarse de aquel edificio a donde no quería entrar por nada del mundo, aunque se lo ordenaran mil monstruos como el niño y el hombre en la calle. De alguna manera regresó a su vecindario y después a su casa, y lo primero que hizo allí fue atrancar todas las puertas y ventanas y cerrar las persianas. Delia aún no estaba ahí. Menos mal, porque no debía verlo así.

El hombre se dirigió al baño, abrió el botiquín y tomó las pastillas de dormir que su médico le recetaba cuando tenía malos sueños de su época de soldado. Ingirió dos con un vaso de agua, resistiendo la tentación de vaciar el frasco entero directamente en su boca; luego se sentó en el piso del baño hasta que las pastillas comenzaron a hacer efecto, y recién entonces marchó a su cuarto y se derrumbó sobre la cama. En ningún momento perdió la conciencia, pero sí logró lo que deseaba: poco a poco la droga en su sistema lo envolvió en una maravillosa burbuja de indiferencia. No le hacía falta más que eso: desconectarse. Pretender por un rato que su vida era la de siempre, tranquila y rutinaria, quizás hasta un poco aburrida de vez en cuando. El aburrimiento era bueno. El aburrimiento significaba la ausencia de calamidades.

Delia llegó una hora más tarde, y si acaso no creyó la excusa de su marido de que se había encerrado a oscuras porque le dolía la cabeza, no dio señales de ello.

(Continuará...)

Gissel Escudero

25 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 2/5)

El verano continuaba, cálido y exuberante. Una vez superado el caos de los primeros días luego de la noticia, con algunos accidentes, fanáticos anunciando el Apocalipsis y hasta un desplome o dos de la bolsa de valores, las cosas habían vuelto a una relativa normalidad. Puestos en ello, los cambios eran mayormente positivos: las personas se veían más contentas, los gobiernos estaban pensando en la mejor manera de recibir a los visitantes, e incluso algunas naciones en pie de guerra habían cesado las hostilidades para poner los ojos en el cielo.

Abel y su esposa caminaban juntos esa tarde, tomados de la mano. Ella sonreía más que de costumbre, y no paraba de señalar los numerosos arreglos que el municipio por fin estaba llevando a cabo en el vecindario.

—¿Puedes creerlo, mi amor? —dijo ella—. ¡Tendremos que agradecer a los extraterrestres por lograr que los políticos hagan un buen uso de nuestros impuestos! Es otro milagro, ¿a que sí?

—Por supuesto —respondió Abel con tono ausente.

—Querido, ¡qué poco entusiasmo! ¿Acaso estás con esos paranoicos que dicen que los extraterrestres vendrán a llevarse nuestra agua?

Ésa era una posibilidad, reflexionó el hombre: que todo fuera un engaño y los visitantes tuvieran malas intenciones. No lo deseaba, por supuesto, pero le daría sentido a la opresión que sentía en el pecho cada vez que pensaba en ellos.

—Aunque en parte te entiendo —prosiguió ella.

—¿Ah, sí?

—Claro. Es que en el fondo es algo triste que se estén haciendo todas estas cosas buenas para mantener las apariencias. Vamos, es que deberían haberse hecho antes y por convencimiento. Pero supongo que lo importante es el resultado.

—Tienes razón —contestó Abel, fingiendo un ánimo que no tenía. No le sentaba mal que Delia no compartiera su inquietud, pero eso lo dejaba solo.

Los empleados del municipio estaban plantando árboles nuevos y podando las ramas muertas de los viejos, tal vez con el propósito de imitar las escenas de la transmisión alienígena. Si los extraterrestres tenían conciencia ecológica, la humanidad no podía ser menos, ¿verdad? Abel le dio la razón a su mujer: sí era algo triste que las personas sólo se ocuparan del ambiente por cualquier motivo excepto el amor a la naturaleza. No hablaba muy bien de la especie.

—¿Sabes? —continuó Delia—, más que sentir miedo de los extraterrestres, empiezo a sentir miedo por los extraterrestres. —Abel frunció el ceño—. Piénsalo bien, querido: ¿y si ellos vienen con buenas intenciones y algún gobierno corrupto trata de aprovecharse de su buena voluntad? Eso sería espantoso. Como la conquista de América, pero al revés. Espero que los extraterrestres sean listos y no se dejen engañar. Aunque no sé qué tan listos serán si saben cómo somos y aun así quieren conocernos. Deben haber visto las zonas de guerra y a la gente que muere de hambre, ¿no te parece?

—No lo sé —masculló el hombre. Por algún motivo, aquella charla comenzaba a ponerlo incómodo.

—Oye, ¡tal vez conozcan la solución a nuestros problemas y es por eso justamente que vendrán a la Tierra! ¿No sería fantástico?

—Sí, mi amor —contestó el hombre devolviendo el apretón de manos de su esposa. Sin embargo, había algo en el razonamiento de ella que no lo convencía del todo, aunque no lograba determinar qué era.

Delia siguió hablando de otras cosas, pero Abel, sin desearlo, le dio más vueltas a la conversación anterior. De verdad, ¿qué tanto conocerían los extraterrestres la historia de la humanidad, cosas como las guerras mundiales, el Holocausto y las bombas de Hiroshima y Nagasaki? ¿Habrían tenido ellos sus propias catástrofes y por tal motivo no se horrorizaban con facilidad? ¿O no se habían horrorizado porque ellos eran mucho más crueles y traicioneros y planeaban tomar el planeta por la fuerza? Menudos pensamientos, lo bastante sombríos como para quitarle el sueño esa noche.

Abel cerró los ojos y trató de calmarse. De nada le servía alterar sus nervios con puras especulaciones; sería lo que tuviera que ser. Respiró hondo y abrió los ojos. El cambio de luz hizo que todo el paisaje se viera rojizo por un momento, como si de pronto estuviera en una colonia marciana o algo así. El sol pegaba fuerte, sin embargo. ¿Había hecho tanto calor el verano pasado? Tal vez debiera ponerse un protector solar más fuerte. Su piel vieja se irritaba con facilidad.

Una niña pasó junto a Delia y él saltando la cuerda. Su madre venía detrás hablando por teléfono. Ambas eran muy guapas... pero entonces Abel se dio cuenta de que tenían úlceras en los brazos, las piernas y la cara. Las de la niña incluso supuraban un líquido amarillento. El hombre se detuvo en seco y giró la cabeza para no perderlas de vista, pensando que debía decirle algo a la mujer. ¡Ella y su hija tenían que ir al hospital cuanto antes!

—Abel, ¿qué ocurre? —le preguntó Delia.

—¿No te fijaste en...?

El hombre no acabó la frase. Había desviado la mirada cuando Delia le habló, y al voltearse de nuevo hacia la madre y la niña vio que las dos estaban perfectamente sanas. Como máximo, la chiquilla tenía algunos moretones y raspaduras en las piernas, pero eso era normal para su edad.

—¿Que si me fijé en qué, querido? —insistió Delia.

—Nada. Yo... creí que conocía a esa señora. Mis ojos deben haberse confundido por tanta luz. Ojalá hubiera traído mis gafas de sol.

—Viejo tonto y olvidadizo. Pero yo te quiero igual. Vamos a tomar un helado para refrescarnos.

La heladería quedaba a un par de cuadras de donde ellos estaban. Era un lugar muy bonito, con un toldo de colores y mesas en el exterior con sombrillas a juego. Había mucha gente a esa hora de la tarde, pero no tanta como para que Abel y su esposa no encontraran un espacio.

Fue Delia quien pidió los helados. El hombre aún estaba demasiado aturdido y no supo qué responder cuando la empleada le preguntó qué sabor quería.

—De verdad, querido, si sigues así voy a preocuparme en serio —afirmó Delia unos minutos después, tomando las primeras cucharadas—. ¿Dormiste bien anoche?

—Sí —mintió Abel. En realidad no había vuelto a dormir bien desde el día de la noticia sobre los extraterrestres—. Es el calor, seguro. Debo tener la presión baja. ¿Y eso no hace que llegue menos sangre al cerebro?

—No me sorprendería lo de la presión baja, pero es que además tienes una cara... Como si hubieras visto un fantasma.

—Qué va, es sólo la presión. Iré al médico mañana si no estoy mejor, ¿de acuerdo?

—Bueno, de acuerdo. Tómate el helado. El frío y el azúcar te harán bien.

Abel falsificó una sonrisa e ingirió una cucharada grande de helado. Recién entonces se dio cuenta de que era de chocolate, aunque le pareció desabrido y algo... ¿rancio? No, eso no podía ser. Había demasiados clientes como para que les vendieran un producto pasado de fecha. Seguramente eso también se debía al calor.

Iba por la mitad del vaso cuando volvió a ver cosas raras. El entorno se puso rojo una vez más y los árboles que rodeaban el lugar se convirtieron de pronto en esqueletos calcinados y sin hojas. Lo que restaba de su helado se derritió en pocos segundos y luego se evaporó, dejando una costra negra y coagulada. Los demás clientes, normales al principio, se llenaron de úlceras igual que la mujer y la niña de la cuerda, y a algunos se les empezaron a caer los dientes, la piel y el cabello. Eran síntomas de envenenamiento por radiación. Estaba viendo las consecuencias de un desastre nuclear.

Esto no está sucediendo, pensó Abel. Es sólo mi imaginación. El miedo me está haciendo ver cosas. Apretó los párpados con tanta fuerza que su campo visual oscurecido se llenó de puntitos blancos, pero se mantuvo así al menos por un minuto. Sin embargo, esconder la mirada no solucionó el problema, porque sus oídos estaban destapados y lo que escuchaban era... nada. No, no precisamente nada. Oían el viento tal como debía sonar en una planicie desértica, sobre arena, tierra agrietada y plantas resecas. Y por si todo eso no fuera lo bastante extraño, en el fondo percibía unos pitidos electrónicos que le resultaron familiares, aunque lo logró identificarlos. Como fuera, no captaba las voces de los clientes de la heladería ni las risas de los niños que llenaban el vecindario, tampoco el ruido de los automóviles. Lo que sonaba a su alrededor eran, quizás, los últimos lamentos de un mundo agonizante.

Una palmada en su mano lo devolvió a la realidad. Delia le había pegado, y su rostro delicado ostentaba una expresión de alarma.

—Ay —dijo Abel con unos segundos de retraso.

—¡Por Dios, creí que te estaba dando algo! ¡Debería arrastrarte al médico ahora mismo!

—No, tranquila, lo siento. Es que... tragué mucho helado de golpe y me dio como una punzada en el estómago. Estaba esperando a que se me pasara.

—Mentira.

—No, te juro que fue eso. Perdona. No quería asustarte.

Abel se sintió culpable por mentir, y más culpable todavía al ver lágrimas en los ojos de su querida esposa. Ella tomó su mano golpeada y la besó.

—Bueno, entonces lamento haberte pegado. Es que no reaccionabas.

—Estaba muy concentrado en mis tripas.

Ella se rió y todo volvió a su sitio. Es decir, casi todo. Abel aún sentía que su mente estaba muy próxima a jugarle otra mala pasada, como una enfermedad crónica con rebrotes agudos.

—Tu helado se está derritiendo —observó Delia. El hombre le echó un vistazo. Era cierto, pero no se había derretido más de lo que correspondía a la temperatura reinante. Las risas, las voces y los bocinazos también habían vuelto al paisaje. Por ahora. Abel acabó su postre en diez cucharadas rápidas y dijo:

—Será mejor que volvamos a casa. Mi cerebro necesita aire acondicionado.

Delia sonrió, aliviada pero sin perder del todo su miedo.

—Necesitas más que eso, viejo atolondrado, aunque el aire acondicionado tendrá que bastar por hoy. Vámonos ya.

Se ayudaron uno al otro a levantarse y emprendieron el camino de regreso de igual manera que a la ida. Abel, sin embargo, trató de no mirar a los lados. No deseaba ver más cosas raras en lo que restaba del día, y por si acaso también se abstuvo de escuchar las noticias porque sólo hablaban de los dichosos extraterrestres.

Ojalá cambien de idea, hagan girar su nave y regresen a su planeta, pensó el hombre en medio de otra noche de insomnio. Quizás estuviera alucinando y con un pie al borde de la locura, pero a cada segundo que pasaba se sentía cada vez más seguro de que su mal presagio era auténtico.

(Continuará...)

Gissel Escudero

24 de julio de 2012

El último día del mundo (parte 1/5)

Abel despertó en la mañana por la luz que se colaba a través de las cortinas y el canto de los pájaros en su jardín. No le sorprendió que el lado derecho de su cama estuviera vacío; él solía levantarse temprano pero el reloj interno de su esposa sonaba antes del amanecer, sobre todo en el verano, cuando días como ése invitaban a salir de la cama lo antes posible. Abel sonrió... y luego su sonrisa se desvaneció poco a poco hasta convertirse en un gesto de preocupación. ¿Por qué tenía de pronto el horrible presentimiento de que algo estaba muy mal?

El hombre bajó al comedor sin ponerse encima más que la bata. Llevaba cincuenta años de casado y lo primero que se le ocurrió fue que su esposa estaba en problemas, tal vez sufriendo un ataque cardíaco o un derrame cerebral.

—Delia, Delia, ¿estás bien? —exclamó mientras bajaba las escaleras al paso más rápido que le permitía el reuma. Sintió un alivio tremendo cuando una voz alegre le respondió desde la cocina:

—Claro que estoy bien, querido. ¿Qué forma de saludar es ésa? Ven y siéntate a comer, que el desayuno está listo.

Abel se tomó unos segundos para recuperar el aliento antes de ocupar su lugar en la mesa. Su querida Delia se veía igual que siempre: frágil y suave, con el cabello blanco recogido en un moño y vistiendo su delantal favorito, el de las flores rojas. Abel aún pensaba que era hermosa, como una tarde en un bosque antiguo cubierto de nieve. El aroma de la comida que ella estaba preparando llenaba la habitación.

—Siéntate, querido —replicó Delia con una sonrisa—. ¿Quieres un huevo o dos?

—Sólo uno —consiguió responder él—. Y un poco de ese queso tan delicioso con mis tostadas.

—De acuerdo, pero con tomate y lechuga. Ya sabes lo que dijo el doctor: tienes que cuidar esas arterias.

—Sí, cariño. Por supuesto.

Abel pensó que el comentario sobre las arterias no podía ser más oportuno, porque el corazón aún le latía rápido a causa del susto. Ya estaba muy viejo para esos sobresaltos. Sin embargo, la mala sensación continuaba aferrada a su mente como un parásito, y así se mantuvo durante la media hora que le llevó terminar el desayuno. Le costó un poco saborear la comida, y eso sólo le pasaba cuando la inquietud era muy grande; es decir, había estado en el ejército, maldita sea, y ni siquiera de anciano se alteraba con facilidad. ¿Qué rayos le sucedía esa mañana?

—Estás algo pálido —observó Delia—. ¿Te sientes bien?

—Sí. Sí, estoy bien. Nada más un poco... agobiado por el calor.

—Pues afuera está más fresco que dentro de la casa. Deberías salir al jardín un rato. ¿Y no dijiste que ibas a quitar las malezas? ¿O prefieres que llame a...?

—No, yo lo haré. Tienes razón, me hará bien tomar un poco de aire.

—Eso es. Pero ayúdame a lavar los platos primero. Cumple con tu parte de los quehaceres domésticos, hombre.

—Sí, mujer.

Abel fingió una sonrisa y puso manos a la obra. El agua del grifo estaba tibia y su sonido calmaba los nervios; el detergente olía a limón. Le gustaban esos detalles.

—Deberíamos invitar a los chicos a cenar mañana —dijo ella. “Los chicos” eran sus hijos, aunque los dos pasaban de los cuarenta años—. Además, ¿hace cuánto que no vemos a nuestros nietos? Me muero por saber cómo les está yendo en sus nuevas actividades. Natalie me contó el otro día por teléfono que Pat ha empezado a tomar clases de violín.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Oh. Cierto. Como sea, espero que traiga el violín y toque algo para nosotros. Tal vez hasta podría acompañarlo al piano, si mis dedos no me fallan.

Habían terminado de lavar los platos. Abel tomó las manos de su mujer, le quitó los guantes y besó sus dedos algo deformados por la vejez.

—Te amo —dijo él—. Te amo tanto como el día que nos casamos.

Ella parpadeó, sorprendida pero halagada.

—¿A qué viene eso, querido?

—Por nada. Sólo quería que lo supieras.

—Pues yo también te amo, viejo tonto. Y ahora vete a trabajar al jardín antes de que empieces a recitarme algún poema cursi o te pongas a hablar de corazones y pajaritos.

Abel se rió y besó a su mujer en los labios. Sintió el sabor de su dentadura postiza, pero no le importó en lo más mínimo. Por lo menos ella no estaba mal. Podría soportar cualquier otra desgracia en camino, si acaso era verdad lo que su instinto le anunciaba, siempre y cuando tuviera a su querida Delia junto a él para darle apoyo. No pedía más que eso.

El hombre se cambió de ropa y se puso un sombrero de paja y los guantes de cuero antes de salir al jardín. Sí estaba fresco ahí afuera, o lo estaría por un rato, hasta que el sol trepara unos grados más en el horizonte y convirtiera la mañana en un sofocante día de verano. Pero él entraría a la casa mucho antes de eso, ya que era poco lo que tenía que hacer en el jardín.

Observó el entorno mientras arrancaba las malezas con la ayuda de su pala: flores de colores intensos, pasto bien verde, mariposas revoloteando y unas cuantas abejas en busca de su precioso néctar. Lo reconfortó ver tantas abejas. ¿No había leído en alguna parte que la vida en el planeta acabaría en pocos años si les pasaba algo a las abejas? ¿O era una exageración fatalista? Daba igual. Las abejas, y también las mariposas, eran signos de un ambiente saludable.

Un pájaro se puso a cantar en una rama próxima a él. Sus trinos eran maravillosos, casi tanto como las melodías que su esposa solía tocar en los conciertos, años atrás. El hombre volvió a mirar en derredor. Todo se veía más luminoso y perfecto que de costumbre, y sus propios sentidos parecían captar cosas que normalmente le pasaban desapercibidas. ¿Alguna vez le había olido el aire tan dulce? ¿Las flores siempre lucían así de radiantes? ¿Cómo podía entonces seguir pensando que algo no estaba bien? Nada en el entorno sugería tal idea. Era un estupendo día de julio, como cuando iba a pescar con sus amigos, siendo un niño, al lago junto a la cabaña de su abuelo, o como cuando cortejaba a Delia, a sus quince años, en el parque de la ciudad.

Al cabo de unas pocas horas le tocó a él preparar el almuerzo, que la pareja consumió en el comedor escuchando música de Schubert.

—Hoy te has lucido —dijo ella—. El salmón te quedó delicioso.

—Me alegra que te haya gustado —respondió Abel, y en parte era cierto. Otra parte de él, no obstante, mantenía la inquietud como una tos molesta en un recital.

—Dentro de un rato vendrán mis amigas del club de lectura. ¿Te quedarás en casa o vas a salir a caminar?

—¿Qué libro es?

—Una novela romántica —contestó Delia con una sonrisa pícara.

—Uf. Definitivamente saldré a caminar.

—Gallina. En el fondo te gustan esas historias, admítelo.

—Que no. Avísame cuando lean una novela de misterio o algo así.

—Bueno, de acuerdo. Disfruta tu paseo entonces. Pero tráenos un pastel de manzana si pasas por la panadería, ¿eh?, que a las chicas les encanta.

—Eso sí puedo hacerlo, con tal de no escuchar descripciones de tiernos guerreros musculosos y bobadas por el estilo.

Delia se rió. Dios, cuánto amaba él su risa, pensó Abel. Pasaba de las novelas románticas, pero no tenía problemas en admitir que había sido bendecido con un típico “vivieron felices para siempre”.

Más tarde se puso una gorra, sus zapatillas de deporte y una camisa blanca de algodón. Con eso ya podía enfrentar el calor de la tarde, y tras despedirse de su mujer con otro beso, emprendió el recorrido por el vecindario. Aunque amara a su esposa todavía le gustaban las caminatas solitarias, y vaya que ese día necesitaba una. Se volvería loco si no lograba determinar qué cables se le habían cruzado en la cabeza para estar de un humor tan agorero. Hasta empezaba a sentirse culpable, como si estuviera acusando a un inocente de un crimen espantoso.

El vecindario le despertó las mismas sensaciones que su jardín: colores, perfumes y sonidos en armonía, proporcionando alegría y bienestar. En verdad era ridículo que no pudiera disfrutarlos del todo. Los niños, felices por las vacaciones, iban de un lado a otro con sus padres o en pequeños grupos jugando a la pelota, desparramando energía como si la obtuvieran del sol y por lo tanto les sobrara. Algunos de ellos se parecían a los nietos de Abel, casi adolescentes pero sin perder aún la inocencia. Futuras generaciones saludables y prometedoras. No había nada fuera de lugar ahí tampoco, y el hombre sintió ganas de pedirle a algún transeúnte que lo sacudiera por los hombros y le ordenara que se dejara de tonterías. Estaba en un barrio de clase media, rodeado de árboles, casas y gente buena y trabajadora; no era una zona de guerra ni nada por el estilo, y ningún enemigo acechaba en los rincones. Todo estaba en orden. Abel se pellizcó el dorso de la mano. Le produjo un dolor horrible, pero por unos segundos se sintió mejor. Más... centrado.

Minutos después, cuando por fin comenzaba a ser él mismo de nuevo, notó que algunas personas se veían excitadas. Hablaban entre ellas con sendas expresiones de asombro y luego aceleraban el paso como si de repente tuvieran que llegar a alguna parte lo antes posible. Abel frunció el ceño. Luego detectó un elemento en común: teléfonos móviles y auriculares. ¡Quizás se tratara de una noticia importante!

Sintiendo un escalofrío, Abel se dirigió a su casa. Ahora estaba al borde del pánico, y su mente barajó diferentes posibilidades: un ataque terrorista, un accidente muy grave, alguna enfermedad contagiosa y mortal. Por el camino trató de escuchar las conversaciones, pero nada llegó a sus oídos que le desvelara el misterio y no quería pararse a preguntar. Su prioridad en ese momento era llegar junto a Delia para protegerla de lo que fuera, o para estar simplemente a su lado si la tragedia no podía evitarse. Sin embargo, no vio miedo en las caras que pasaban junto a él, sólo una intensa emoción. Qué extraño. ¿Cabía la posibilidad de que fuera una buena noticia, entonces?

Llegó jadeando a su casa y atravesó la puerta y los pasillos a toda máquina. Esperaba encontrar a Delia con sus amigas, hablando sobre la novela, pero su mujer estaba sola y sentada frente a la televisión con los ojos como platos.

—Delia, ¿qué...?

—¡Chist, cállate y escucha!

Abel se acomodó junto a su mujer y miró la pantalla. A los dos minutos él también tenía los ojos como platos, incapaz de creer lo que estaba viendo y escuchando. Sin embargo, el periodista parecía hablar muy en serio, y a menos que las imágenes fueran una broma muy atrevida creada por la industria cinematográfica, la secuencia que se repetía una y otra vez confirmaba las palabras y el texto del noticiero.

—Como pueden ver, según el informe de la NASA, la transmisión desde el espacio continúa. Ya se ha confirmado que es completamente real, aunque parezca imposible. De verdad estamos recibiendo una señal enviada por habitantes de otro planeta. —El periodista se veía tan emocionado como un niño que hubiera descubierto Narnia en su propio armario—. Damas y caballeros, éste es, sin duda, el acontecimiento más grande en la historia de la humanidad: no sólo sabemos ahora que no estamos solos en el universo, sino que estos seres son inteligentes, saben de nosotros y están en camino de llegar hasta aquí con intenciones pacíficas. Es... es un milagro, no encuentro una mejor forma de describirlo. De hecho, apenas puedo hablar, aunque la transmisión vale más que cualquier cosa que yo pueda decir. Por eso les pido: guarden silencio y vean estas maravillosas imágenes conmigo.

La cara del periodista desapareció de la esquina de la pantalla, dejando que la transmisión dominara por completo el espacio rectangular. Delia tomó la mano de su esposo. Tenía lágrimas en los ojos.

Lo que se veía en el televisor era quizás el sueño utópico de un escritor de ciencia ficción: un planeta lleno de vida, donde las criaturas dominantes parecían convivir con el resto en paz a la vez que usaban su tecnología para aprender y mejorar su existencia. Su aspecto era extraño pero no desagradable. El proceso de evolución los había dotado de escamas iridiscentes como las plumas de algunas aves, apéndices similares a manos y ojos de diversos colores. Daba la impresión de que se comunicaban por gestos en lugar de la voz, pero sus movimientos reflejaban velocidad mental. En algunas escenas aparecían construyendo unas estructuras como edificios, aunque más integradas al ambiente natural que las asfixiantes ciudades humanas. La vegetación, o su equivalente, era purpúrea, y el cielo de color turquesa. Entre escena y escena se mostraba el mismo dibujo: un alienígena y una mujer estrechando sus manos. ¿Cómo habían sabido los extraterrestres que ése era el gesto global de amistad entre los humanos? ¿Qué tanto habían aprendido ya sobre la Tierra?

—Oh, Abel, ¡es fabuloso! —exclamó Delia—. ¿Alguna vez pensaste que esto podría pasar de verdad?

—N-no.

—Tenemos que llamar a los chicos. ¡Aunque ellos también deben estar viendo esto! Sería raro que no lo supieran. A mí me pasó la noticia Sheila, cuando llamó para decirme que no vendría y que encendiera la televisión de inmediato. ¡Hoy en día todo se sabe enseguida!

A pesar de sus palabras, Delia corrió al teléfono y marcó un número. Lo intentó varias veces antes de darse por vencida.

—Me dice que las líneas no están disponibles por ahora. Pues claro. Todo el mundo debe estar llamando a todo el mundo. ¡Apuesto a que también se ha colapsado Internet!

Abel no respondió. Seguía con la vista fija en la pantalla, asombrado e indeciso a la vez. Asombrado porque no hubiera esperado tal noticia ni en un millón de años, e indeciso porque no lograba determinar qué debía sentir al respecto. ¿Se habría equivocado? ¿Había presentido simplemente que algo grande iba a pasar, e interpretado la sensación de manera negativa?

—Abel, ¿qué te pasa? ¿No estás feliz? ¡Hay vida en otros planetas y vamos a conocerla!

—S-sí, estoy feliz. Claro que estoy feliz.

Delia volvió a sentarse junto a él y le plantó un beso en la mejilla. Se veía tan contenta que de pronto parecía diez años más joven. Con una voz igualmente rejuvenecida, dijo:

—¿No te alegra que hayamos vivido lo suficiente para ver esto?

Abel tardó en contestar. Acabó por hacer un ademán afirmativo, pero no estaba convencido; por el contrario, el miedo volvía a atenazarlo con más fuerza que antes, dándole a entender que no se había equivocado en absoluto: algo sí estaba muy mal, y tenía mucho o todo que ver con lo que en esos momentos veía en la pantalla.

Sin proponérselo, pasó un brazo por los hombros de Delia en un acto instintivo de protección.

(Continuará...)

Gissel Escudero