9 de abril de 2012

El tercer bando (parte 5A/5)

Después de una larga preparación, y aun a pesar de los contratiempos, el plan estaba por llegar a su dramático final. Una gran parte de los reclutados participarían en él, cada uno haciendo su parte para que todo funcionara como era debido. El gatillo, no obstante, lo oprimirían los activistas. Ellos no eran precisamente trigo limpio; su organización caería junto con el presidente corrupto, y de este modo se resolverían dos problemas de una sola vez. O sea, siempre y cuando nadie lo echara a perder.

Ismael estaba más preocupado que Tatiana, si tal cosa era posible. Ella temía por el éxito de la misión, las vidas que estaban en juego y la seguridad de sus compañeros. Igualmente temía por ella e Ismael. Entre los dos habían creado algo muy hermoso y frágil, una conexión entre espíritus afines que iba más allá del amor. Ambos estaban dispuestos a sacrificar ese tesoro por sus ideales... pero dolería, vaya que sí. Como destruir un árbol cargado de flores y frutos en medio del desierto.

El atentado ocurriría en una plaza pública. El presidente daría un discurso y la vigilancia era estricta; el plan de Ismael consistía en desviar la atención de los policías y guardaespaldas el tiempo suficiente para exponer a la víctima al disparo fatal. Tatiana ayudaría en esa labor, aunque debido al accidente en el edificio, Ismael se rehusaba a perderla de vista. En algún momento se paró junto a ella y le preguntó si estaba nerviosa. Ella le respondió:

—Siento que voy a explotar como un globo, pero dado que las personas no explotamos, diría que estaré bien.

—Me alegra saberlo.

Ismael la abrazó por detrás y la besó en el cuello antes de apartarse una vez más. Tatiana quiso decirle que lo amaba, pero no era el lugar apropiado; no ahí, tan cerca de un asesinato y con todo pendiendo de un hilo. Además, estaba segura de que él lo sabía y también de que el sentimiento era recíproco. Con eso le bastaba. Con eso le bastaría si todo lo demás se caía en pedazos debido a lo que estaban por hacer.

Había llegado la hora de empezar a moverse. Puesto que carecían de un francotirador, los activistas actuarían directamente desde la plaza, y por lo tanto necesitaban mezclarse entre la multitud, recuperar las armas que habían escondido allí días antes y disparar. Sonaba a pan comido... excepto que fracasarían sin algo de ayuda extra. Para eso estaban ahí Tatiana y los demás: se interpondrían en el campo visual de los guardaespaldas y también en el de las cámaras de seguridad. Cuando los activistas dieran por fin la cara sería demasiado tarde para frenarlos.

Tatiana se desplazó entre la muchedumbre. Aún sentía sobre ella la mirada vigilante de Ismael, pero en ese instante su concentración estaba enfocada en sus propios pasos. Era como una especie de baile: tenía que moverse de un lado a otro en perfecta sincronía con sus compañeros de trabajo. El presidente ya había asomado al podio para dar su discurso, y la joven se atrevió a pensar que, a pesar de la amenaza que pendía sobre ella e Ismael, quizás lograran acabar la misión de todas maneras. Después de eso, Tatiana se daría el lujo de...

El tumulto comenzó en algún sitio sobre el lado norte de la plaza y se extendió como una ola al resto de los presentes. Los guardaespaldas debían haber notado algo, porque todos sacaron sus armas y los que estaban junto al presidente arrastraron al hombre por los brazos al interior de un edificio. Ninguno de los tres disparos que sonaron entonces llegó a rozarlo.

Los balazos hicieron que la multitud entrara en pánico. La ola del disturbio se había convertido en una marejada, y Tatiana recibió puntapiés y codazos desde varias direcciones por parte de las personas que intentaban huir. Luego ella tropezó y cayó al suelo con las manos por delante, y entonces se sintió como un pequeño animal en medio de una estampida de búfalos. Se oyeron más balazos por encima de los gritos y el ruido de los zapatos golpeando el pavimento, aunque en ese instante la joven estaba tan ocupada tratando de levantarse que no se dio cuenta de ello. De pronto alguien la sujetó por el brazo y tiró de ella hacia arriba, empujándola luego contra una pared donde por fin estuvo a salvo. Tatiana iba a darle las gracias al desconocido cuando vio que se trataba de Ismael.

—¿Qué está sucediendo? —le preguntó ella.

—Nos han saboteado. Tenemos que salir de aquí.

—¿Y los demás?

—Se las arreglarán sin ayuda. ¡Vamos!

(Continuará...)

Gissel Escudero

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