8 de abril de 2012

El tercer bando (parte 4B/5)

Unos pasos lentos la hicieron abrir los párpados de nuevo y un segundo gemido brotó de su garganta junto con más sangre. El hombre pálido estaba frente a ella, con una rodilla en el suelo polvoriento y mirándola a la cara. Su expresión era neutra como la de una máscara de cera con ojos de obsidiana. ¿Era la muerte? Tatiana hubiera querido preguntárselo, pero ya no tenía fuerzas. Sin embargo, el hombre le dijo en un tono reconfortante.

—No te preocupes. Mi hermano llegará en pocos segundos.

Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de Tatiana. Esperó a escuchar el ruido de la llave de plata, pero en lugar de eso los pasos surgieron de la nada y acto seguido se oyó la voz de Ismael.

—¿Qué haces tú aquí?

—No deberías perder el tiempo conmigo —respondió el otro hombre, a quien iba dirigida la pregunta—. Su vida se extingue.

La presión sobre el pecho de Tatiana desapareció junto con la viga, y segundos después ella estaba en brazos de Ismael, quien apoyó una mano en su corazón.

—Te pondrás bien —dijo él. Sus ojos estaban velados por la pena, de tal forma que habían perdido el color. A Tatiana se le ocurrió que había más dolor en esos ojos del que ella misma sentía, aunque en realidad su propio dolor se estaba desvaneciendo poco a poco. Era como si saliera de su cuerpo a través del hombre. Ella levantó su diestra y la apoyó sobre la mano milagrosa. Minutos después el dolor se fue por completo y la joven se incorporó sin ayuda. Ismael la abrazó.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó él a su hermano.

—Ya sabes por qué. Estás transitando un camino prohibido. Abandona tu juego antes de que nuestro padre se enfade de verdad contigo.

—¿Mi juego? ¿Y qué es lo que hace nuestro padre exactamente sino jugar con la humanidad? Él y los exiliados. Mientras ellos se disputan el poder, la humanidad está en medio y no importa quién sufra o muera, ¿no?

Los ojos de Ismael habían recuperado el color, pero ahora se veían enrojecidos por la ira. El otro hombre suspiró.

—No empieces con eso otra vez. Ya has dejado bien claro lo que piensas. Nuestro padre está dispuesto a perdonarte por actuar en solitario, siempre y cuando vuelvas a casa de inmediato y pidas perdón.

—No voy a hacer tal cosa. Mi conciencia...

—Sí, sí, tu preciosa conciencia. Pero también tienes un corazón. Tal vez no te importe sufrir tu propio castigo, pero... el castigo podría recaer sobre alguien más. Lo de hoy fue un aviso.

Tatiana sintió que Ismael la abrazaba con más fuerza. La joven se atrevió a mirar de nuevo al hombre pálido y descubrió que ya no estaba ahí. Ismael la ayudó a ponerse de pie.

—Te llevaré a casa —dijo él. Sonaba derrotado.

—¿Y qué hay del incendio?

—Ya es tarde para eso. Vámonos.

Dieron unos pasos y, tal como habían llegado al otro mundo al salir del parque, al cruzar una puerta se hallaron en casa de Tatiana. Ismael la hizo recostarse en un sofá a pesar de que la joven insistió en que ya no le dolía nada.

—No discutas con el médico —respondió él, aunque no había humor en sus palabras.

—De acuerdo, me recostaré. Pero pienso levantarme cuando te vayas para darme un baño. Como sea... gracias por salvar mi vida. Le daré las gracias a Cristóbal también, por avisarte tan rápido.

—No lo supe por él. Lo supe... porque lo supe. Siempre sé dónde estás.

—Oh.

Por un rato no hablaron más. Él estaba de pie a dos metros de la joven, con la mirada perdida en algún otro punto de la habitación. No había encendido las luces, pero incluso en la penumbra Tatiana pudo ver que tenía una expresión desdichada.

—¿La amenaza de tu hermano era en serio? ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó ella.

—No lo sé.

—¿Se arruinó el plan?

—Puede arreglarse.

—¡Entonces hagámoslo! —exclamó Tatiana—. Esos millones de vidas...

—Te hice una promesa. Dije que nada malo te pasaría, ¿recuerdas?

Ismael fijó su mirada en la de ella. Había algo hermoso y a la vez terrible en su expresión, una lucha feroz entre objetivos opuestos pero igual de importantes para él. Tatiana supo por qué ella era parte del conflicto, y aunque le hubiera gustado ceder a sus propios deseos, el conocimiento que poseía la arrolló con una fuerza implacable: las muertes por el Holocausto, la hambruna causada por la reforma agrícola de Mao, los campos de concentración en los tiempos de la Unión Soviética. Muchas más tragedias a lo largo de los siglos, algunas de ellas también provocadas por los delirios de grandeza de unos pocos líderes. Si alguien los hubiera eliminado antes de que cometieran semejantes barbaridades...

La joven se puso de pie y dio unos pasos hacia Ismael.

—No puedes convertirme en tu prioridad. Sólo soy una mujer, y tú eres...

—Tu alma es como la mía —replicó él con una sencillez que no daba lugar a discusiones.

—De acuerdo. Entonces te libero de tu promesa, porque yo no dejaré que pongas mi vida ni mi alma por delante de las vidas de millones. Estoy dispuesta a aceptar el castigo tanto como tú. Haremos lo que nos parezca correcto y que tu padre se vaya al cuerno, por testarudo.

Ismael se rió. No fue la carcajada alegre y despreocupada que ella le había oído en la planicie, pero su buen humor estaba de vuelta y Tatiana dio las gracias por eso.

—¿Estás segura? —preguntó él a continuación. La joven asintió. Entonces Ismael cubrió el resto de la distancia que los separaba, sostuvo la cara de ella entre sus manos y la besó. Tatiana le respondió sin dudarlo, pensando que ese momento ya compensaba cualquier castigo que pudiera venir después. De nuevo se sintió como una plantita bajo el sol, o tal vez una flor que abriera sus pétalos por primera vez en la luz de la mañana. Sin embargo, más allá de lo que fuera él en realidad, sus caricias no se diferenciaban de las de cualquier hombre de carne y hueso.

Se desplazaron hacia la ducha, para quitarse bajo el agua caliente la sangre, el polvo y la ropa sucia, y luego pasaron el resto de la noche en la cama. Todo lo demás dejó de importar hasta el día siguiente.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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