8 de abril de 2012

El tercer bando (parte 4A/5)

Una de las mayores características de Cristóbal era que jamás perdía la calma, sin importar qué tan compleja o tensa fuera la situación. Tatiana se creía bastante buena en ese sentido, pero el hombre era un verdadero témpano de hielo. En esta ocasión, no obstante, lucía nervioso, y la joven pensó que debía ser una muy mala señal.

Se encontraban por tercera vez en un país extranjero, al que habían llegado desde el edificio blanco por medio de una llave. No hubieran podido realizar la misión de otra manera, porque debían trabajar en una construcción que estaba abandonada pero llena de candados y rejas por todas partes. Habían entrado a ella desde un baño y saldrían de la misma forma apenas terminaran su labor del día, que incluía tres bidones de gasolina y una caja de fósforos.

Tatiana vio a Cristóbal enjugarse el sudor de la frente mientras ambos rociaban de combustible las cajas apiladas aquí y allá. Finalmente la joven no pudo aguantarlo más y preguntó:

—¿Te sientes bien? ¿Le tienes miedo al fuego?

Cristóbal miró su reloj. Era temprano, por lo que se tomó un descanso para responder:

—No, no me asusta el fuego. Pero tienes el derecho de saber qué pasa, y algo no anda bien. Han pasado cosas extrañas últimamente, como si alguien nos estuviera haciendo a nosotros lo que nosotros hacemos. Pequeños inconvenientes inexplicables. Por ejemplo, tú no deberías estar aquí para empezar.

—¿No?

—No. —El hombre habló cada vez más rápido—. Se suponía que iba a traer a alguien más, pero ¡oh casualidad!, esa persona se fracturó una pierna en un accidente doméstico. Y los demás candidatos para esta misión estaban ocupados resolviendo complicaciones que surgieron de la nada en otros lugares. Es como si estuviéramos perdiendo el control poco a poco, y la falta de control me pone los pelos de punta. Quiero terminar aquí y largarme cuanto antes. Echa más gasolina por ahí. Yo acabaré por este lado. ¡Deprisa!

—Sí, claro —respondió Tatiana, y no perdió un segundo en hacer lo que su compañero le había ordenado. El nerviosismo se contagiaba con facilidad, y si era cierto lo que él le había dicho, pues ella también deseaba irse de ahí lo antes posible.

Había unas personas reunidas clandestinamente en un edificio de apartamentos al otro lado de la calle. En unos minutos vendrían unos agentes secretos del gobierno para arrestarlos, lo cual no debía suceder; el plan de rescate consistía en generar un incendio, de tal manera que los carros de bomberos bloquearan las calles y las personas reunidas pudieran escapar durante la confusión. Eso resultaría más fácil y efectivo que intervenir directamente, y también menos arriesgado para ella y Cristóbal.

La joven vació su bidón de gasolina y se dispuso a regresar a la puerta por la que habían llegado. Pensó que quizás los temores de Cristóbal habían sido infundados... hasta que se oyó un crujido y el techo cayó sobre ella.

Por unos minutos que parecieron eternos, el mundo se convirtió en un relámpago de dolor. A la joven le tomó bastante poder abrir los ojos, y después de eso tuvo que esperar un rato a que su vista se aclarara para comprender la situación. Se había desprendido una viga de hierro y ella estaba atrapada debajo. Debía tener varios huesos rotos y unas cuantas heridas internas, porque todo su cuerpo parecía gritar. Ella también intentó gritar, pero su rostro estaba casi pegado al suelo y la presión en sus costillas y su espalda apenas le permitía tomar aire. Lo único que salió de su boca fue un gemido como de animal atropellado. Iba a morir, pensó. Moriría igual que un perro al que le hubiera pasado un autobús por encima.

Tardó en darse cuenta de que Cristóbal le hablaba, aunque no comprendió del todo lo que él le decía. Su mente comenzaba a apagarse.

—... quila... ayuda... ya regreso. Aguan...

La voz de Cristóbal se alejó al mismo tiempo que sus pasos. Luego se oyó el chasquido de una llave y por último el silencio.

¿Ayuda? ¿De qué clase? Ningún médico podría reparar su cuerpo destrozado. Sería mejor dejarse ir. Eso le evitaría un mayor sufrimiento, pues los bomberos y los paramédicos no conseguirían más que prolongar su muerte.

Tatiana cerró los ojos. Tenía sangre en la boca, abundante y cálida. Pronto se inundarían sus pulmones y la falta de oxígeno la dejaría inconsciente. Estupendo.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Totalmente enganchado, Gissel. Muchas gracias por estos buenos momentos. Con decirte que estaba leyendo Choque de Reyes. Entre tandas y temas sigo leyendo.
    Abrazo.

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    1. ¡Yay, me alegra haberle ganado al sr. Martin! No lo conseguí ni con mi madre :-D ¡Gracias por el comentario!

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