7 de abril de 2012

El tercer bando (parte 3B/5)

El hombre extendió la mano de nuevo y esta vez Tatiana sí la tomó. Caminaron lado a lado por la planicie como si fuera un recorrido turístico normal, a pesar de que cada tanto alguna bestia rarísima pasaba frente a ellos. Algunos de esos animales hasta se detenían para contemplar a la pareja con expresión ávida, pero Ismael los espantaba con un movimiento brusco de su brazo.

—Haz de cuenta que son vacas —le dijo él a Tatiana, y la joven soltó una carcajada.

—¿Qué es este sitio? —preguntó ella después.

—Hay muchas realidades diferentes. Los humanos sólo conocen una, pero mi gente y yo nos movemos entre esas realidades como si fueran distintos países. Vine aquí después de abandonar mi hogar. Es mi mundo preferido. La vida aquí se siente... más simple. Tal vez sea porque puedes juzgar todo lo que ves por su apariencia. La falsedad es agotadora, ¿a que sí?

—Desde luego. A veces quisiera que las personas tuvieran aureolas o cuernos que reflejaran sus verdaderas intenciones, aunque eso nos dejara sin trabajo.

En esta ocasión fue Ismael quien soltó una carcajada, y el sonido hizo que todo el paisaje se iluminara con un brillo dorado. Por un instante la joven se quedó fascinada contemplando el fenómeno y a su compañero. Seguramente Ismael no le contestaría qué era él en realidad, pero Tatiana creía saber la respuesta de todas maneras. De pronto se sintió muy importante por ir de la mano con aquel hombre tan especial. No obstante, había una pregunta menos comprometedora, de modo que abrió la boca para formularla.

—¿Por qué los trenes? ¿Podríamos trasladarnos de otra manera? ¿Algo más rápido, como esa llave plateada que usó Cristóbal?

—Sí, eso podría arreglarse. Lo que pasa es que... me gustan los trenes. Así de simple. Es mi medio de transporte favorito entre todos los que ha inventado la humanidad. Además, dan tiempo para pensar, y quienes están a mi cargo a menudo lo necesitan. Pero te daría una de mis llaves si me lo pidieras.

Ella lo meditó unos segundos y luego hizo un gesto negativo.

—No, gracias. Pensándolo bien, creo que a mí también me gustan los trenes.

—Como quieras, entonces. La oferta seguirá en pie por un tiempo indefinido. Aun así te diré que, ya sea en tren o usando una llave, puedes venir a visitarme cuando te plazca.

—¿Al edificio blanco?

—Al edificio blanco —confirmó Ismael, y la joven sintió que el corazón le latía más rápido. Se dijo a sí misma que no debía dejarse llevar por tonterías de adolescente, pero la mirada de aquel hombre ejercía un poderoso efecto sobre ella, como la luz del sol en una plantita. Era vida y calor.

Se detuvieron medio minuto después frente a unas vías e Ismael dijo:

—Ya es tarde. Vete a casa y duerme, Tatiana. Nuestra misión se volverá más complicada en los próximos días, y necesito que estés descansada.

El tren se aproximaba a ellos por la derecha, traqueteando igual que las viejas locomotoras de vapor a través del desierto norteamericano. Se trataba, efectivamente, de una locomotora de vapor, con un vagón para su negro combustible y otro para los viajeros. Antes de soltar la mano de Ismael y subir al vehículo, Tatiana hizo una última pregunta:

—Lo que vamos a hacer podría costarnos caro, ¿verdad? Estamos hablando del presidente de un país. Afectaríamos miles de vidas, ¿no?

Millones de vidas —respondió Ismael en voz baja y mortalmente seria—. Si no neutralizamos a ese hombre cuanto antes, será la peor tragedia de la humanidad. Pero no temas por tu seguridad. Si alguien tuviera que pagar el precio, sería yo; como dije antes, no permitiré que nada malo te pase.

—A mí tampoco me gustaría que algo malo te pasara.

—Vete a casa, Tatiana. Cristóbal te mandará una carta en pocos días.

Suspirando de resignación, la joven subió al tren y éste se puso en marcha. Ella hubiera querido ver a Ismael hasta que desapareciera en la distancia, pero las ventanas se oscurecieron y al cabo de diez minutos estaba de vuelta en su país y su vecindario. Entró a su hogar sintiéndose vacía, como si hubiera dejado atrás la mitad de su alma.

Su último pensamiento antes de dormirse fue sobre Ismael: había estado con él sólo un rato, pero ese lapso le había bastado para conocerlo mejor que a sus amistades de muchos años.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario