7 de abril de 2012

El tercer bando (parte 3A/5)

La siguiente misión de Tatiana fue en solitario, y aunque Cristóbal no le dio más detalles al momento de encomendársela, ella tuvo igualmente la certeza de que estaba relacionada al gran plan mencionado por el hombre.

La joven aún no sabía qué pensar sobre eso. Y no porque sintiera algún tipo de remordimiento; al fin y al cabo, muchas muertes se habrían evitado a lo largo de la historia si ciertas personas en cargos de poder hubieran sido liquidadas a tiempo. Lo que le preocupaba a Tatiana era la importancia de la tarea. Por más que las consecuencias fueran positivas... ¿habría acaso alguna fuerza mayor que se opusiera, algo así como el destino? ¿Era en verdad posible que un grupo de personas como ella alteraran el curso de la humanidad sin pagar un precio, aunque tuvieran un líder con poderes sobrenaturales? Lo que estaban por hacer parecía muy arriesgado.

Tatiana movió la cabeza de un lado a otro y se concentró en su labor. De nuevo se hallaba en un país extranjero, pero el idioma sonaba diferente. Ella tampoco lo entendía. No le hacía falta, sin embargo, puesto que su misión era muy sencilla: poner al alcance de cierta persona unos documentos que Cristóbal le había dado antes de salir. Documentos robados de algún lugar importante, a juzgar por su aspecto.

Allí estaba la chica, caminando hacia el parque. Tenía menos de veinticinco años y parecía una típica intelectual universitaria, tal vez la editora del periódico estudiantil... o incluso una joven activista política. Había fuerza en sus pasos y su mirada.

Tatiana supo que la chica se detendría en el parque a descansar un momento, aprovechando ese lapso para hablar por teléfono. Por unos diez o quince segundos no estaría pendiente de su bolsa, depositada junto a ella en la banca de madera.

Todo sucedió tal como Tatiana lo había anticipado, y la joven se sentó también en la banca con un libro en su mano para disimular. Cuando la estudiante sacó su teléfono móvil y marcó un número, Tatiana retiró a su vez, disimuladamente, el sobre con los documentos desde su propia bolsa. Los pocos segundos de distracción de la muchacha fueron más que suficientes para que el sobre cambiara de dueño, y terminado su descanso, la estudiante siguió su camino hacia donde fuera que iba. Tarde o temprano hallaría el sobre y, aunque nunca sabría quién se lo había dado, daría crédito a la información en los papeles. Ella no era una pieza grande del plan... pero sí las personas a las que reenviaría los datos. Tatiana imaginó a la chica como una ruedecilla dentada en un mecanismo de relojería que ya estaba en marcha, moviendo sus agujas en forma lenta pero constante hacia las doce, la hora mágica.

Tatiana se levantó del banco... y sintió que alguien la observaba. Miró hacia todos lados esperando ver de nuevo al tipo de los ojos negros, pero en lugar de eso divisó a otro hombre que la miraba sin pestañear. Poco después él dio media vuelta y se alejó, y Tatiana, luego de un titubeo, lo siguió a paso rápido por un sendero que se internaba en la arboleda del parque.

Estaba fresco ahí, bajo la sombra negra de las coníferas, y la joven cruzó los brazos a fin de conservar el calor. El desconocido no parecía tener la intención de escapar de ella, puesto que cada tanto giraba un poco la cabeza hacia atrás como si pretendiera hacerle entender a la joven que podía escuchar sus pasos.

Lo que estaba haciendo era peligroso, se dijo ella. ¿Seguir a un desconocido hacia un lugar oscuro y solitario, considerando además la cuestión del hombre pálido en la selva? Sin embargo, no tenía miedo. Buscó en el fondo de su mente y de su corazón para encontrarlo, pero simplemente no estaba ahí. El desconocido sólo le despertaba curiosidad.

Había una curva en el sendero. El hombre desapareció detrás de ella a causa de los grandes troncos, y cuando Tatiana rebasó ese punto vio que él la estaba esperando con las manos en los bolsillos del pantalón. La joven se detuvo.

El desconocido era alto e increíblemente apuesto, aunque no tanto por sus facciones sino por la expresión de sus ojos avellanados, los cuales producían la misma sensación que un atardecer en las montañas o la visión de un arco iris sobre un bosque milenario. Si Tatiana no había sentido miedo antes, ahora estaba segura de que aquel hombre era todo lo contrario a una amenaza, al menos para ella. Él la miraba como si hubiera esperado mucho tiempo para conocerla, y a la joven le costó recuperar el habla a fin de preguntar:

—¿Quién eres?

—¿No lo adivinas? —replicó él. Su voz era igual que la expresión de su rostro: evocaba paisajes hermosos y libres de toda contaminación humana.

—¿Eres... eres mi jefe? —Qué tonta sonaba aquella palabra para referirse a su interlocutor, pensó ella, así como el término “cuartel general” no le pegaba al edificio blanco. Aun así, el hombre asintió esbozando una sonrisa.

—Sí, soy tu jefe. Buen trabajo el de hoy, por cierto. Era fácil pero crucial. Nunca subestimes la importancia de los pequeños actos, Tatiana. Después de todo, ya has visto el enorme efecto que pueden tener.

—Lo sé. Como una bola de nieve en una ladera.

—Exacto. —El esbozo de sonrisa se convirtió en una sonrisa verdadera y el hombre extendió una mano hacia ella—. ¿Me acompañarías un rato? Creo que por fin ha llegado la hora de que tengamos una relación más cercana.

—Interesante elección de palabras. ¿Qué significa exactamente?

—Significa lo que acabo de decir, nada más y nada menos. No tengas miedo de mí.

—No lo tengo —respondió ella, y aunque no tomó la mano del hombre, sí caminó junto a él. Por un rato se mantuvieron en silencio; luego ella preguntó—: ¿Cómo te llamas?

—Quisiera decírtelo, pero los mortales no pueden saber mi verdadero nombre. Llámame Ismael.

—De acuerdo. —Tatiana recordó algo—. ¿Era cierto lo que dijo Cristóbal aquella primera noche en el tren, eso de que tenías un interés especial en mí?

—Cristóbal nunca diría algo sobre mí que no fuera verdad. Sí, era cierto. Todavía lo es.

—¿Y por qué?

El rostro de Ismael se ensombreció, como si el arco iris en el bosque dejara paso a una tormenta capaz de arrancar los árboles. El hombre suspiró y dijo:

—Es que hiciste lo mismo que yo, Tatiana. Le diste la espalda a lo que creías porque ya no te conformaba, incluso pensando que recibirías un castigo por ello. De igual manera yo renuncié a mi hogar y mi familia. Traicioné a mi padre, quebrantando todas sus enseñanzas y sus reglas, porque ya no podía con el peso de mi propia conciencia. Sé que puedes entender eso.

—Supongo que sí.

—No, no lo supones. De verdad lo entiendes. Lo que acabo de decirte también pasó por tu cabeza la primera vez que mataste a alguien en el hospital. ¿Hay una sola noche que no pienses en ello?

No la había. Tatiana recordaba hasta el último detalle, hechos y emociones por igual. El paciente era un ex marido celoso que había ido a la casa de su mujer para matarla... pero antes había asesinado también a la hija de ambos frente a su madre, agravando aún más su terrible venganza. A él le habían disparado en el pecho durante el arresto y probablemente moriría de alguna complicación postoperatoria, pero había una mínima posibilidad de que se salvara y tal idea le resultó insoportable a la joven. Ella no permitiría que aquel monstruo saliera del hospital con vida, y le daba igual si se condenaba eternamente por ello.

—Tienes razón —dijo Tatiana al fin—. Y tampoco he conseguido arrepentirme por lo que hice. Lo he intentado, pero siempre llego a la conclusión de que fue...

—Justo —terminó Ismael—. ¿Es la palabra que buscabas?

—Sí.

—Hay un número de veces que puedes doblar una rama antes de que se rompa. Al principio somos flexibles y toleramos cosas pensando que el tiempo nos volverá resistentes, pero cuando una rama es más vieja también se quiebra con mayor facilidad.

—¿Y qué hizo que tú te quebraras?

—Ocurrió hace años —contestó el hombre—. Vi muchas muertes y sufrimiento y de pronto decidí que estaba harto. No podía seguir la filosofía de mi padre, en la que todo obedece a un bien mayor que parece no llegar nunca. Elegí preocuparme por las víctimas aquí y ahora. En tu mundo la gente ya no piensa mucho en las víctimas tampoco, y el dichoso bien mayor termina causando más muertes que las malas intenciones.

La joven asintió. Estaba pensando en los ataques terroristas en nombre de alguna causa supuestamente elevada. Sin embargo, ella y los demás reclutados también mataban en nombre de una causa...

—¿Qué nos distingue? —reflexionó Tatiana en voz alta. Ismael tocó su hombro un segundo; fue como un rocío de agua fresca en el calor del desierto.

—Nos distingue el hecho de saber cuántas vidas se salvan por lo que hacemos y cuántas se perderían si no hiciéramos nada. Es por eso que no nos sentimos culpables. No es lo mismo actuar por un fanatismo ciego que con los ojos abiertos y aceptando lo que nos pueda caer encima por infringir las reglas. ¿Te sientes más tranquila ahora?

—No estaba preocupada.

—Claro. Pero si no dudaras de vez en cuando no me servirías para este trabajo. De hecho, es probable que algún día tenga que despedir a Cristóbal por la ligereza con que toma el asunto. Si empezara a divertirse podría pasarse de la raya alguna vez, a pesar de sus largos años de fiel servicio.

La mención de Cristóbal hizo que Tatiana recordara al hombre en la jungla.

—¿Te ha dicho él lo que Santiago y yo le contamos?

—Sí, y ya lo sabía. También sé de quién se trata.

Ismael no dijo una palabra más.

—¿Y quién es? —insistió la joven.

—Uno de mis hermanos. Si vuelves a verlo haz de cuenta que no está ahí, pues no te hará daño. Es de los que siguen las reglas. Yo me enfrentaré a él si acaso interviniera de alguna forma.

—Y eso es todo lo que vas a explicarme, ¿verdad?

—Por supuesto. No necesitas saber más, y en realidad tampoco he venido a buscarte para hablar de trabajo. ¿Te importaría si cambiamos de tema?

Estaban saliendo de la arboleda, pero no hacia la ciudad; Tatiana y su acompañante se hallaban ahora en el otro mundo, frente a la planicie llena de plantas y animales extraños. La joven se detuvo en seco. No había ningún tren a la vista.

—Tenía entendido que... —empezó Tatiana, pero Ismael la interrumpió con un ademán negativo a la vez que sonreía.

—Nada malo te pasará mientras estés conmigo. Ni aquí ni en ningún otro lugar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario