6 de abril de 2012

El tercer bando (parte 2/5)

Tatiana recibió una carta en la mañana del jueves. Era de Cristóbal y le pedía que tomara el tren y se reuniera con él lo antes posible en el edificio blanco. Sintiendo que el corazón le latía más rápido, aunque sin poder determinar por qué, la joven se vistió y salió a la calle con el mensaje todavía en la mano.

Cristóbal nunca usaba el correo electrónico. Sin embargo, sus mensajes en papel eran igual de inmediatos, puesto que llegaban en días feriados o incluso en plena noche. Tatiana sospechaba que el cartero, a pesar de su uniforme oficial, era otro de los reclutados. El papel de las cartas parecía antiguo y Cristóbal escribía a mano con una caligrafía pasada de moda. Aun en su tiempo libre, estos detalles le recordaban a Tatiana cuán estrambótica era su realidad actual. Pero daba lo mismo al final del día, no obstante, siempre y cuando le gustara lo que hacía y tuviera un hogar bonito al cual regresar. Por el momento estaba satisfecha.

El tren la aguardaba en la misma calle de siempre como si ya fuera una estación de verdad. En esta ocasión no había nadie adentro y el vagón era pequeño, de modo que la joven se acomodó a sus anchas y sacó el teléfono móvil para leer una novela pendiente. Más tarde, sin embargo, su mirada se desvió a la ventanilla. El paisaje no se había oscurecido, y lo que se veía a través del cristal era ese mundo fantástico y algo tenebroso que los había impresionado a todos la noche del reclutamiento. A Santiago aún le producía rechazo, pero a ella... a ella le resultaba cada vez más familiar y agradable, como un perro tuerto y feo al que le hubiese tomado cariño por ninguna razón en particular. No tenía mucho sentido, considerando que a ella nunca le habían gustado escritores como Lovecraft o Clive Barker, pero bueno, tampoco era la norma que una enfermera se dedicara a matar pacientes que no merecían vivir, o narcotraficantes en medio de una jungla Sudamericana, o políticos corruptos asociados a las mafias. Y sin dudarlo un instante, además. Sí, en el fondo ella era rara y tal vez fuera por eso que aquel escenario se acomodaba a su estado mental.

Llegó al edificio blanco media hora después. Lo usaban como un cuartel general o centro de operaciones, pero ninguno de esos nombres parecía adecuado para describirlo. Era demasiado bonito, demasiado delicado en contraste con el entorno casi alienígena. Parecía hecho de nácar y marfil, con tantos detalles como una pieza de encaje. Tatiana se había quedado mirándolo un buen rato, muda y atontada a causa de tanta belleza, la primera vez que había estado ahí. Aún le quitaba el aliento. Semejante construcción era perfecta para cualquier niña que deseara imaginarse en su interior viviendo como una princesa de cuento de hadas.

El tren se detuvo luego de atravesar el arco principal de la entrada. Cristóbal le había dicho a Tatiana que era peligroso aventurarse fuera del edificio, pero las criaturas que vivían en los alrededores no debían representar una amenaza para aquel sitio en particular, ya que no había rejas ni guardias de ninguna clase. Tal vez la blancura radiante del edificio las espantaba, como la luz a las cucarachas.

Santiago se hallaba de pie en el andén para recibirla.

—Hola —saludó ella—. No es tarde, ¿verdad?

—Supongo que no. Yo llegué hace diez minutos y Cristóbal me dijo que no había prisa.

—¿Ya le hablaste de lo que vi?

—No exactamente —respondió Santiago, frunciendo el entrecejo—. Sólo le dije que tú y yo teníamos que contarle algo, especialmente porque...

—¿Qué?

—Creo que yo también vi a ese tipo. Y me dio mala espina, igual que a ti. No paraba de vigilarme, sentado en el vestíbulo de mi edificio. Iba a encararlo pero de pronto ya no estaba ahí.

Tatiana asintió en silencio mientras ella y Santiago marchaban a reunirse con Cristóbal. El hombre estaba hablando con alguien más, pero pronto quedó libre y cerró la puerta a fin de hablar en privado con los recién llegados. Como siempre, su expresión era serena con un ligero brillo sarcástico en los ojos. Era de los que más disfrutaban su trabajo, aunque tal vez se debiera más a una veta sádica que a un auténtico afán justiciero. Recibió a Tatiana y Santiago con una media sonrisa.

—Qué bien, ya estamos todos aquí. ¿Cuál es esa noticia tan misteriosa que tienen que darme?

Tatiana y su compañero intercambiaron una mirada. Sin decir una palabra, los dos decidieron que ella explicara la situación.

—Hemos notado que alguien nos observa de lejos —empezó la joven.

A medida que ella continuaba hablando, los ojos de Cristóbal se tornaron serios y la media sonrisa desapareció de sus labios. Guardó silencio un momento una vez que Tatiana acabó la explicación. No se veía muy preocupado, sin embargo, y al cabo de una pausa se encogió de hombros y respondió:

—De acuerdo, hicieron bien en decirme esto. Probablemente el jefe ya sepa algo al respecto, pero le haré llegar el mensaje a nuestro regreso. Ahora vámonos. Tenemos un pequeño trabajo que hacer.

—¿Trabajo? ¿Así de repente? ¿De qué se trata? —preguntó Santiago.

—Lo sabrán cuando estemos ahí. Andando. No, no iremos en tren —añadió Cristóbal al ver que sus compañeros daban media vuelta para salir del recinto—. Síganme.

Caminaron hacia una segunda puerta. Cristóbal la abrió con una llave que parecía de plata... mostrando que al otro lado había una ciudad. Una ciudad del mundo real.

—¡Eh, llaves mágicas! —exclamó Santiago—. ¿Por qué usamos trenes, entonces?

—Porque estas llaves son muy poderosas y muy escasas, y para usar una tienes que ganarte el derecho de piso, jovencito. Muévanse, que no tenemos todo el día. El jefe me cortará la cabeza si llegamos tarde. Y quizás a ustedes también.

Apenas salieron a la ciudad, Tatiana se volteó para mirar la puerta del edificio blanco, excepto que ya no era tal sino una puerta común y corriente de un local aparentemente vacío.

—Yo también quiero una de esas llaves —murmuró la joven para sí, y aceleró el paso a fin de no quedarse atrás. Se dio cuenta en ese instante de que era una ciudad extranjera. No reconoció el idioma.

—¿Dónde estamos? —preguntó Santiago.

—No tiene mucha importancia —respondió Cristóbal—. Lo único que deben saber por ahora es que alguien aquí está a punto de ser arrestado y nosotros tenemos que evitarlo. Ve por ahí, Tatiana. Y tú por ahí. Sabrán lo que tienen que hacer en unos segundos. Y compórtense como si fueran turistas.

Los tres visitantes se separaron. Siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, la joven se acomodó el bolso en el hombro, desplazándose con aire casual por las calles repletas de transeúntes. Aún no identificaba el idioma. Si acaso, por el color amarillento de los árboles dedujo que era un país del hemisferio norte.

Dejó de pensar en el asunto cuando algo más ocupó su mente: el impulso de hablar con un policía que tomaba café recostado contra la pared de una tienda de zapatos. La joven caminó hacia él sin tener la más pálida idea de lo que iba a decirle, y una vez frente al hombre, un repentino chispazo de inspiración la hizo preguntar el nombre de una calle. Habló en inglés, por las dudas. La calle la había inventado.

El policía frunció el ceño y contestó en su idioma, probablemente disculpándose por no entender la pregunta. Tatiana sacó una libreta de su bolso y escribió el nombre; el policía lo leyó pero aun así se veía desconcertado. Eso era lo que la joven pretendía. La misión, que se había revelado ante ella mientras caminaba, era entretener al hombre para que no viera pasar a alguien. Le bastaría con dos minutos, más o menos.

Al final de esos minutos, incluso con un margen de sobra, el policía hizo un gesto de resignación y señaló un restaurante. Dijo “mapa” en inglés y le indicó a Tatiana que se fuera, lo cual ella hizo después de dar las gracias con una sonrisa incluida. Entró y salió del restaurante para mantener las apariencias y volvió a reunirse con Santiago y Cristóbal, quienes la aguardaban frente a la puerta por la que habían llegado. En ese momento ni una sola persona estaba pendiente de ellos, como si se hubieran vuelto invisibles.

—La misión fue exitosa —anunció Cristóbal—. El hombre escapó. Ya podemos regresar.

Mientras cruzaban la puerta hacia el edificio blanco, Santiago preguntó:

—¿Nos dirás ahora para qué hicimos todo esto?

Cristóbal miró al otro hombre y a Tatiana muy fijamente. Con una voz más grave de lo usual, contestó:

—Acabamos de iniciar una cadena de eventos. Una cadena que terminará poniendo a un presidente en el camino de una bala.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. ¡Qué remate tiene! Ok, una cosa que eché en falta fue la descripción del tren, no sé, me puse medio nostálgico en ese sentido porque cuando era chico viajaba en los viejos ganz. Mirá justo lo que encontré:

    http://www.youtube.com/watch?v=gN0e8mxXlxw

    Sabés, me llamó mucho eso de "en unos segundos sabrán qué hacer", al estilo misión imposible. En un primer momento pensé que Tatiana y Santiago eran así como recipientes vacíos a los que se programaba, pero luego me di cuenta que en ningún momento estás "poseídos" por estos mandatos, sino que lo siguen una idea más que una orden. No sé si estoy muy errado en esto.
    Bueno, sigo...

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    1. Pues me encantan los trenes y podría haberlos descripto más en detalle, pero preferí dejar el asunto en la imaginación de los lectores, para que visualicen el que les guste más :-) Y sí, los personajes no están programados sino que se les aparece el plan en la mente y ellos lo siguen por voluntad propia. O algo así :-P Gracias de nuevo por comentar.

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