5 de abril de 2012

El tercer bando (parte 1B/5)

Los ojos de la prisionera se abrieron en un gesto de infinita sorpresa, como un niño hambriento que se topara de repente con una mesa llena de comida y sin un comensal a la vista. Por eso mismo tardó un poco en reaccionar, pero luego miró hacia todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie más y se estiró hacia el guardia inconsciente. Sus cadenas apenas le permitían llegar a él; sin embargo, el hombre se había derrumbado con las llaves en la mano y sólo hacía falta que la mujer se apoderara de ellas. Su rostro pálido y hundido se iluminó, y por un segundo pareció hermosa. Para ese entonces uno de sus compañeros, el que no estaba enfermo, también se había percatado de la situación, y siguió los movimientos de la mujer cuando ella trató de abrir los candados. Tatiana creyó adivinar que el hombre rezaba para sus adentros, y confirmó su impresión cuando él dijo "gracias a Dios" al ver que las llaves sí servían. Claro que Dios no había tenido nada que ver con eso, pensó la joven. Era cosa de su nuevo jefe, y aunque ella aún no lo conocía en persona ni sabía quién o qué era exactamente, estaba muy segura de que no se trataba de Dios.

Una vez libre, la mujer se aproximó a sus compañeros. El ansia de libertad había dado fuerzas a su cuerpo debilitado y enflaquecido por el hambre, de tal modo que soltó a los hombres rápidamente. El segundo de ellos apenas podía caminar.

—Déjenme aquí, sólo los retrasaré —protestó él con una voz muy débil.

—No seas idiota —le respondió su compañero, ayudándolo a levantarse—. Fíjate si tiene un arma —le pidió a la mujer. Ella hizo caso pero no encontró nada; después negó con la cabeza y preguntó:

—¿Qué hacemos ahora? ¿Correr?

—No llegaríamos lejos. Necesitamos la camioneta. Vamos para allá.

Los tres fugitivos se retiraron por donde había venido el guardia. Se desviaron del camino enseguida, pero no antes de encontrar la pistola que Tatiana había dejado en el suelo. La joven, desde su escondite, sonrió. Sabía que el hombre sano era un buen tirador. También sabía que ayudaría a sus dos compañeros a llegar hasta la camioneta, y aunque previamente ocurriría un intercambio de balazos, todos sus disparos darían en el blanco. No así los de sus enemigos, lo cual sería bastante raro, pero esas cosas extrañas sucedían a menudo cuando Tatiana cumplía una misión, y ella suponía que su jefe tenía mucho que ver con eso. Las habilidades de él debían ser por fuerza superiores a las que otorgaba a sus subordinados.

Tatiana se alejó un poco del escenario del tiroteo. No le preocupaba recibir un disparo, pero cuando uno de los bidones estallara, derramando su contenido inflamable, habría una explosión bastante grande. No duraría mucho a causa de la tormenta... aunque sí lo suficiente para que el fuego apareciera en las imágenes satelitales. Las brigadas antinarcóticos llegarían al sitio por la mañana, justo a tiempo para interceptar el cargamento de droga y desbaratar buena parte de la operación. Tatiana deseó que cayeran algunos peces gordos, de esos que nunca se ensuciaban las manos en persona pero que disfrutaban de grandes lujos pagados con un dinero manchado de sangre y muerte. No obstante, quizás no tuviera importancia si no los atrapaban en esta ocasión, ya que el jefe de Tatiana podría enviarla a ella a liquidarlos en cualquier otro momento. Eso le gustaría mucho.

La joven aguardó la explosión desde su escondite, pero algo desvió su atención por completo: un rostro blanco entre las matas, cuyos ojos negros estaban fijos en ella. La joven se sobresaltó. El contacto visual se mantuvo unos segundos más y luego el rostro se esfumó en un parpadeo como si nunca hubiera estado ahí. A Tatiana la recorrió un escalofrío a pesar del calor. Jamás había visto aquella cara, pero supo al instante que en realidad no pertenecía a un ser humano aunque así lo pareciera. ¿Sería su jefe? ¿Acaso el desconocido que los había reclutado a ella y a Santiago en el tren la había seguido para supervisarla, o...?

Las llamas iluminaron la selva oscurecida por las nubes. El rostro blanco no apareció de nuevo. Tatiana decidió que debía marcharse de ahí cuanto antes, ya fuera que el observador estuviera o no de su lado. Como mínimo, ella aún no deseaba que la pillara la tormenta.

Comenzó a alejarse del campamento en cualquier dirección. Daba igual hacia dónde, lo importante era pensar en un destino. Su mayor deseo era volver a casa, pero después de haber visto aquella cara misteriosa, tendría por fuerza que hacer una parada en otro lado. Su trabajo era muy inusual, cierto; aun así, Cristóbal les había advertido a ella y a Santiago que reportaran cualquier detalle que se saliera de los parámetros. "Órdenes del jefe", había sido la única explicación. Pues bien, un rostro inesperado que desaparecía en la nada escapaba sin duda a los parámetros, de modo que lo reportaría. Ya le dirían si había hecho o no lo correcto, pero no podrían acusarla de negligente. Incluso en su época de enfermera, Tatiana se había enorgullecido siempre de hacer su labor lo mejor posible.

Cristóbal era la mano derecha del jefe y el hombre que había organizado el espectáculo del tren, con el drogadicto enloquecido y todo lo demás. No era un mal tipo. Tatiana no sabía mucho más de él, pero por algunas historias que contaba a veces, a ella le daba la impresión de que su apariencia no reflejaba su verdadera edad. ¿Sería un efecto secundario del trabajo, no envejecer? Tendría que preguntarlo en algún momento. Quizás fuera otro de los beneficios.

Dándose vuelta de vez en cuando para verificar que nadie la estuviera siguiendo, la joven continuó andando hasta encontrar lo que buscaba: las vías.

La cuestión de los trenes no paraba de hacerle gracia. La traían y llevaban desde cualquier parte y hacia cualquier parte, incluso en lugares insólitos como aquella selva. Nunca podía ver al conductor, aunque a veces sí viajaba con otros pasajeros, personas normales reclutadas igual que ella. No conocía a la mayor parte salvo de vista, quizás porque un trabajo que implicaba asesinatos no invitaba precisamente a charlar sobre él. Y considerando la vida solitaria de Tatiana, el trabajo era su único tema de conversación.

El tren no se hizo esperar. Apareció entre los árboles y comenzó a frenar de tal modo que la joven no tuvo que caminar mucho para llegar a una puerta. Apenas ella estuvo adentro, el vehículo reanudó la marcha.

En el vagón sólo había cinco personas, tres de ellas durmiendo. Tatiana se dirigió al asiento más próximo... y se detuvo un segundo al identificar a uno de los pasajeros. Éste la reconoció a su vez y le hizo un gesto con la mano para que se sentara junto a él. Era Santiago.

La joven aceptó la invitación. Mientras tanto, la lluvia al fin empezó a caer y el paisaje se emborronó detrás de los cristales. Luego las ventanas se oscurecieron y Tatiana no vio nada más. Casi siempre ocurría eso.

—Buenas tardes —la saludó Santiago—. ¿Paseando por la jungla? ¿Viste algún papagayo?

—Estoy viendo uno ahora mismo.

—Auch, eso me dolió. ¿La humedad te pone de mal humor?

—Más o menos. Estoy deseando llegar a casa y darme una ducha tibia, aunque antes...

—¿Antes qué?

La joven se demoró en contestar. Santiago no era Cristóbal, pero...

—¿Has notado algo raro últimamente? —dijo ella al fin.

—¿Algo raro? ¿Estás bromeando? Lo raro sería tener un día normal. Tienes que ser más específica.

—De acuerdo, tienes razón. Es que hoy... vi a alguien que no debía estar ahí. Un hombre pálido y de ojos negros que me observaba. Desapareció como por arte de magia.

—No me ha pasado nada de eso —replicó Santiago, y por un momento guardó silencio. Tatiana se dispuso a cambiar de tema, pero entonces él añadió—: Sin embargo, sí me he sentido vigilado desde hace un tiempo. Pero pensé que estaba siendo paranoico, nada más, o que tal vez ese dichoso jefe al que nunca hemos visto me estaba vigilando a escondidas. Deberíamos preguntárselo a Cristóbal.

—Es lo que yo pensé. De hecho, ahora mismo me dirigía a donde sea que esté para hablar con él. ¿Vienes conmigo?

—No. Es decir, es que no lo encontraremos hoy. Cuando me encargó la última misión dijo que no estaría disponible hasta el jueves. Mejor vete a casa y date esa ducha tibia.

—Oh. Está bien, gracias por el aviso.

Las ventanas se iluminaron de nuevo y el tren se detuvo en una estación de metro vacía. Santiago se puso de pie.

—Ésta es mi parada. Oye, ¿qué tal si me acompañas y te das esa ducha en mi nuevo apartamento? Tiene un baño de lujo, y puedo conseguirte una muda de ropa en el hipermercado. Dormirías en la habitación de huéspedes, claro. O donde quieras.

La expresión de Santiago era algo traviesa. No era la primera vez que coqueteaba con ella, pero nunca lo había hecho tan abiertamente. Tatiana compuso una sonrisa fatigada de disculpa.

—Lo siento. Estoy muy cansada, preferiría irme a casa. Espero que no te ofendas.

Santiago pareció desilusionado, pero luego se encogió de hombros.

—No hay problema. Dejaré la invitación pendiente, entonces. Nos vemos el jueves para hablar con Cristóbal, y prestaré atención por si veo al tipo que mencionaste.

—Claro. Adiós.

—Adiós.

Las ventanas se oscurecieron de nuevo y el tren siguió adelante. Minutos después paró en una calle desierta; era el vecindario de Tatiana, y su casa quedaba a menos de cien metros. La joven se apeó.

No había nadie en los alrededores y las farolas iluminaban bien el entorno, pero aun así Tatiana se apresuró a llegar a su casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de ella con llave y pasador. Tal vez lo del hombre desconocido no tuviera importancia, pero... una parte de su mente comenzaba a advertirle que algo no estaba bien.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Bueno, G, de nuevo un placer leerte. Estas logrando que esta mañana monótona de lunes se esté transformando en algo muy entretenido; me estoy metiendo de lleno en este mundo, a veces surrealista, a veces tan real. Se me vino a la mente un comentario de William, ¿te acordás que hablaba que mezclabas HP con King (supongo que con HP se refería a Harry Potter) Bueno, en su momento no me había dado cuenta que era por el tren... ¿era por el tren, no? Bueno, eso, sigo leyendo.

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    1. Sí, debía ser por lo del tren. Desde luego, los trenes son sitios estupendos para que pasen cosas :-D Me alegra saber que he podido aliviar la monotonía en la mañana de alguien :-)

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