5 de abril de 2012

El tercer bando (parte 1A/5)

Segunda parte de El tren de las once, que pueden leer aquí: parte 1, parte 2, parte 3, parte 4 y parte 5.

La luz se estaba convirtiendo en una oscuridad verdosa a medida que las nubes de tormenta se juntaban en el cielo. Cada tanto algún relámpago permitía ver de nuevo los alrededores, aunque en realidad no servía de mucho: la vegetación era muy espesa y no existían puntos de referencia. Sin embargo, Tatiana sabía bien dónde se encontraba y también cómo llevar a cabo su misión. Si acaso, le preocupaba no terminar antes de que empezara la tormenta, ya que, a pesar de que el calor y la humedad eran insoportables, no le hacía gracia la idea de quedar ensopada.

A medida que se desplazaba entre los árboles y las plantas en completo silencio, una vez más se sorprendió de lo tranquila que estaba. Su corazón palpitaba con rapidez y el sudor resbalaba por todo su cuerpo, pero eran efectos del ejercicio y no de la tensión nerviosa. Pensó en los hombres a los que enfrentaría en pocos minutos: seres crueles y armados hasta los dientes, cada uno de ellos con un asesinato o dos, como mínimo, en su historial delictivo. Nada de esto despertó en ella una pizca de temor. En cambio, la invadió la frialdad que había sentido en el pasado, dentro del hospital, cuando usaba sus conocimientos de medicina para terminar vidas en lugar de salvarlas. Aún no conseguía sentirse culpable por eso, no cuando esas personas habían hecho cosas tan terribles como para que nadie con algo de sentido común lamentara sus muertes. Siguiendo con esa lógica, era muy probable que tampoco sintiera culpa en el futuro por los hombres a los que estaba a punto de condenar. Ellos también merecían un castigo. Tenía que haber algo de justicia en el mundo, y a Tatiana no le molestaba ser el medio para tal fin.

Guiada por una intuición y unos sentidos que no le pertenecían, la joven llegó al campamento. Oculta detrás de unas enredaderas, confiando en su camuflaje, detectó a cuatro de los doce hombres cuyos rostros estaban grabados en su mente como si los hubiera visto miles de veces. Simplemente habían aparecido ahí, recuerdos espontáneos con el máximo detalle. Doce caras de expresión inmisericorde que le habrían causado temor en otras circunstancias. Pero no ahora, claro. En ese instante los contemplaba con la superioridad de un leopardo frente a un grupo de monos, sabiendo que sus garras y dientes le proporcionaban una ventaja insuperable.

Tatiana siempre había odiado a los narcotraficantes, incluso cuando era enfermera y no conocía a ninguno en persona. Los odiaba porque destrozaban vidas inocentes con su veneno, sobre todo jóvenes que luego terminaban en el hospital con el cuerpo y la mente en ruinas. A ella le tocaba atender los despojos, y cada vez que alguno perdía la batalla, dejando atrás una familia desconsolada, Tatiana maldecía en silencio a todos los participantes en la cadena de fabricación y venta del veneno en cuestión.

No, sin duda no se sentiría culpable en ningún momento por lo que les haría en pocos minutos a esos desgraciados allí en la selva.

Se tomó un rato para meditar su estrategia. O más bien esperó a que dicha estrategia se le presentara igual que los doce rostros, como la lluvia que pronto mojaría la tierra. Gotas de conocimiento sobre la llanura expectante de su cerebro.

La estrategia se presentó. Tatiana avanzó hacia el campamento.

El nuevo "empleo" de la joven incluía ciertas habilidades que ella había aprendido a usar rápidamente. La primera consistía en saber. De alguna manera, como si las personas fueran las notas musicales de una pieza muy conocida, Tatiana podía predecir con bastante exactitud de qué manera reaccionaría cada uno de los involucrados en su tarea. Esto acompañaba la segunda habilidad: la capacidad de moverse entre dichas personas, incluso a plena vista, sin que la detectaran, aprovechando cada distracción y punto ciego.

La tercera habilidad era tirar de los hilos. Causa y consecuencia. Pequeñas acciones en el momento justo para lograr un objetivo determinado. Igual que el supuesto "efecto mariposa", a veces una modificación insignificante en el entorno podía hacer un mundo de diferencia, como aquel frasquito olvidado con el medicamento que ella había usado para matar a su último paciente en el hospital. Un detonante, la pieza clave para hacer andar la maquinaria. En esta ocasión serían tres cosas: una pistola automática, un juego de llaves y una roca. Todo lo demás caería por sí solo en su lugar, excepto que el resultado final del rompecabezas no sería una imagen sino un baño de sangre.

Los narcos tenían rehenes. Dos hombres y una mujer, los tres atados con cadenas, sucios y demacrados como prisioneros de alguna espantosa cárcel medieval. Uno de los hombres se veía demasiado enfermo para moverse, pero el otro y la mujer aún tenían un brillo en los ojos que mostraba su determinación. No se habían rendido, y sólo aguardaban que el destino pusiera a su alcance una mínima oportunidad de escape. Eso era justamente lo que Tatiana les daría.

La joven llegó a una carpa donde había más narcos discutiendo el procesamiento y el traslado de la droga que estaba por llegarles desde otra parte. Era una operación grande, por lo visto; hablaban de toneladas, aunque el tamaño de los bidones con los distintos solventes ya daba fe de ello. Tatiana sonrió al ver que muchos de los recipientes tenían un signo de producto inflamable. Aquello iba a ser todo un espectáculo...

No tuvo que aguardar mucho. Los traficantes se dispersaron y así ocurrió lo que ella había anticipado: por unos segundos un conjunto de llaves en particular y una pistola automática quedaron sin vigilancia. Aún había hombres en la tienda, pero dos de ellos se habían recostado para tomar una siesta, agobiados por el calor, y el tercero se hallaba de espaldas, limpiando un rifle. Ligera y silenciosa como el leopardo que había imaginado para sí, Tatiana se deslizó dentro de la carpa y tomó las llaves y la pistola. Un trueno cubrió el tintineo del metal, y la joven se retiró un segundo antes de que el hombre despierto terminara de armar el rifle y se diera vuelta. El traficante no se percató de nada, puesto que había muchas otras cosas en la mesa de las llaves y las armas abundaban en el interior de la carpa. Qué conveniente. La misión estaba resultando más fácil de lo que había esperado. Los siguientes pasos, sin embargo, serían más complicados.

Tatiana volvió junto a los prisioneros. Aunque los necesitaba, no podía dejar que ellos la vieran, de modo que se mantuvo lejos de su alcance. Su primer impulso era liberarlos con las llaves que tenía en su poder, abrir las cadenas y ordenarles que la siguieran a un lugar seguro. Se creía capaz de hacerlo... pero su trabajo funcionaba de otra manera. Tenía que seguir las reglas, le gustara o no, por lo que tiró las llaves en un punto específico y luego se trasladó hacia un segundo lugar donde al fin podría darse el gusto de hacer funcionar la maquinaria que ella misma había creado. La roca ya estaba en su mano, caliente y pesada como un animal con caparazón enrollado sobre sí mismo. Casi podía sentir sus latidos, aunque en realidad se trataba de sus propias arterias. En la otra mano sostenía la pistola.

El guardia apareció justo a tiempo. Esta vez la joven sí sufrió un pinchazo de nervios, pero aún no se debía al miedo sino a que todo se definiría en los próximos cuarenta segundos y había una diminuta posibilidad de que algo saliera mal. Tatiana no quería echar la misión a perder. Las vidas de los prisioneros estaban en juego, así como las muertes de los traficantes; ella no lo soportaría si estos últimos escapaban para seguir matando gente con sus armas y su veneno.

El guardia encontró las llaves y se agachó para recogerlas frunciendo el ceño. Por unos segundos miró a ambos lados del sendero, debatiéndose quizás entre seguir de largo o desandar sus pasos, pero luego hizo lo que Tatiana quería: continuó andando hacia los prisioneros. Excelente. Mientras el guardia se alejaba, ella depositó la pistola más o menos donde había tirado las llaves y, apretando más la roca, fue tras el guardia igual que una sombra.

La joven se detuvo, esperó a que el guardia se acercara bastante a los prisioneros y le lanzó la roca. Antes de que el viaje en tren cambiara su vida no habría podido hacer un tiro como ése, pero su puntería había mejorado desde entonces y la piedra voló certera, con una fuerza increíble, hacia la cabeza del traficante. Se oyó un sonido grave cuando el proyectil dio en el lugar correcto, y el hombre cayó de frente también en el lugar correcto: a los pies de la mujer encadenada.

La labor de Tatiana había finalizado por ese día. Ya podía irse... o quedarse a observar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Hola, ¿como va? Ok, me encantó la ambientación del principio, ese cielo verdoso, esa tormenta y esos truenos. Es obvio que es una zona tropical. Los nuevos poderes de Tatiana me gustaron, a pesar de que temo un "deus ex machine". Quiero decir que la chica parece invulnerable. Igual es muy pronto para decir nada. Me gusta eso de anticipar los "puntos ciegos", de cómo puede predecir lo que las personas van a hacer.
    Sigo leyendo, bye.

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    1. OK, gracias por comentar esta parte. Espero que te guste el resto. ¡Abrazos!

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