15 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 3B/3)

—Aquí estabas —dijo Osvaldo desde la puerta—. Empezaba a extrañarte. ¿Acaso te has cansado de mí?

—Sabes que te amo. Desde siempre y para siempre.

—Es bueno escucharlo. Serías tonta si rechazaras nuestro hermoso final feliz.

Osvaldo tomó a la joven en sus brazos y ella bajó la cabeza antes de decir:

—Yo sólo te quería a ti. ¿Acaso pedí demasiado? ¿Cómo podría ser demasiado? No debería sufrir un castigo por obtener la única cosa, una cosa no tan grande, que mi corazón deseaba.

—No sé de qué estás hablando, querida.

Camelia miró a su esposo a los ojos, suplicándole en silencio; sin embargo, él comenzó a besarla en lugar de comprender el mensaje, obligando a la joven a poner su idea en palabras.

—Tú y yo no necesitamos nada más que nuestro amor. Vayámonos lejos de aquí, a un lugar donde la hierba y los árboles aún sean verdes y sólo importe que nos amamos. Ninguna fuerza en este mundo podría castigar a dos personas que se aman, ¿no crees?

—¿A qué castigos te refieres? Nada de lo que dices tiene sentido alguno para mí. —Osvaldo continuó besándola—. Yo soy el rey, tú eres mi reina. No iremos a ninguna parte, menuda locura.

—Pero...

—Escucha: no debes preocuparte por nada. ¿Acaso no eres la criatura más bella y afortunada del reino? La sequía ha matado los campos pero tú aún eres hermosa como el sol y las estrellas, y me tienes a mí para amarte como mereces. No deberías quejarte.

Camelia trató de explicarse mejor pero él se lo impidió con otro beso y luego empezó a desnudarla. La muchacha no pudo seguirle el juego esta vez.

—Aquí no. Ahora no —dijo, separándose de Osvaldo con un fuerte empujón. En esta ocasión sí hubo enfado en los ojos del hombre, y Camelia se estremeció más que antes. Salió corriendo de la habitación antes de que él pudiera hacer algo malo, quizás hasta tomarla por la fuerza. La joven lloró mientras subía las escaleras, maldiciendo al hada muerta, el hechizo fallido y su propio corazón, que no se había resignado a cumplir su modesto destino. Camelia se encerró en el dormitorio y pasó allí el resto de la tarde... hasta que Osvaldo fue por ella.

La muchacha se demoró en abrir la puerta. Estaba recostada contra ella, respirando agitadamente como si se hallara al borde de un precipicio y a punto de perder el equilibrio, balanceándose frente al abismo e imaginando lo que sentiría durante la caída y el mortal aterrizaje. ¿Habría un segundo de dolor infinito cuando todos sus huesos se rompieran?

—Abre la puerta —le ordenó su esposo desde el otro lado.

Tenía que encontrar una forma de romper el hechizo, pensó ella. El tiempo se le agotaba...

—Abre la puerta —repitió Osvaldo—. No lo diré por tercera vez.

—Espera... espera sólo un minuto, querido. Por favor...

—No esperaré nada. Soy el rey y tú eres mi esposa. Si no me obedeces ahora mismo...

Más asustada que nunca en su vida, Camelia abrió. Por un instante creyó que Osvaldo le pegaría, pero lo que él hizo fue atrancar la puerta de nuevo, depositar la llave sobre una cómoda y sujetar el rostro de la muchacha para besarla. No había manera de soltarse de aquellas manos y brazos tan fuertes.

—Me estás lastimando —dijo ella.

—Eres mía —replicó el hombre con una voz muy grave—. Tu belleza me pertenece y me domina. Soy tu dueño y tu esclavo, Camelia.

—Lo que sientes por mí no es...

Osvaldo le tapó la boca para silenciarla y rasgó su vestido con la mano libre. Sus ojos eran como brasas y los gruñidos que salían de su garganta no parecían humanos. La joven descubrió con horror que el rostro de su marido también estaba dejando de parecer humano. Luego él la mordió en el hombro, haciéndola sangrar. ¿Qué les había pasado a sus dientes? ¡Eran como los de un animal!

En un arranque de desesperación, Camelia empleó todas sus fuerzas para liberarse. Consiguió desprenderse de su marido y trató de correr hacia la puerta, pero Osvaldo la atrapó por la cintura. Gritando, ella tomó de la cómoda un espejo de mano y golpeó al hombre en la cabeza; el espejo se rompió y los fragmentos cayeron al suelo produciendo un tintineo. La joven recuperó uno de esos fragmentos, hiriéndose la mano en el proceso, y exclamó:

—¿Es mi belleza lo que está causando esto? ¡Entonces me desharé de ella!

Chillando de dolor, Camelia usó el trozo de espejo para arruinar su cara, cortándose la frente y las mejillas hasta que la sangre llegó al piso. Osvaldo no trató de impedirlo; en lugar de eso, se la quedó mirando al tiempo que su propia figura sufría más cambios aterradores: su piel se oscureció y cubrió de pelo negro y sus manos y pies se convirtieron en patas. Aun a pesar del dolor insoportable en su cara, la joven vio que el hechizo no se había roto y dio un respingo cuando el monstruo que tenía frente a ella se inclinó para lamer la sangre del piso.

Camelia se volteó una vez más, usó la llave para abrir la puerta y salió de la habitación atrancándola tras de sí. Arrojó la llave por una ventana mientras corría, aunque dudaba de que una simple puerta de madera fuera a detener a la bestia. Los corredores del palacio se le antojaron un laberinto oscuro donde las estatuas semejaban gárgolas demoníacas y las sombras eran criaturas vivas que no tardarían en destrozarla. Camelia llegó a la puerta principal, sin embargo, y ordenó a gritos a los guardias que le abrieran. La muchacha no se detuvo a pensar que ellos no se veían sorprendidos ni notó que sus ojos estaban inyectados en sangre; lo único que quería era salir del palacio, rogando porque la magia abandonara su cuerpo como una fiebre maligna en el frescor de la noche.

Los guardias le abrieron y ella siguió corriendo. De igual manera llegó al portón del muro que rodeaba el palacio, donde también exigió que le abrieran. Los guardias se relamieron antes de dejarla salir, y olfatearon el aire como sabuesos registrando el olor de su futura presa. Le dieron a Camelia algo de ventaja antes de comenzar a perseguirla.

Había nubes espesas en el cielo, pero no tantas como para tapar la luna. ¡Y la luna estaba llena!

—¡Os regreso la magia! —exclamó la joven entre jadeos—. ¡Tomadla, ya no la quiero! ¡Por favor, perdonadme por lo que hice!

Camelia no sabía a quiénes se estaba dirigiendo, pero fuera quienes fuesen, no la escucharon. Los primeros aullidos, muy cercanos, hicieron que el corazón le diera un vuelco en el pecho, y a pesar de que le dolían la cara y los pies no se atrevió a reducir la velocidad. Segundos después escuchó a los animales trotar hacia ella. Eran lobos, una jauría entera.

Las lágrimas de Camelia se mezclaron con la sangre que aún manaba de su rostro. Había matado a Suna para conservar una belleza que no le pertenecía y muy pronto pagaría por ello; sin embargo, aún creía que su mayor error no había sido renegar del amor verdadero, sino ambicionar algo que el destino jamás había querido darle. Si hubiera nacido hermosa...

Giró la cabeza apenas un segundo para contemplar a los lobos. Eran unos veinte, y los guiaba un enorme macho negro con una herida en la sien: Osvaldo. Las nubes taparon la luna y en alguna parte se oyó un trueno; un relámpago destacó las siluetas desnudas de los árboles. Los lobos jadeaban por el ejercicio y el hambre, pero de ninguna manera estaban fatigados.

Camelia tropezó, maldiciendo aún a la belleza, y ése fue el final de su existencia. Sus gritos duraron un instante, y minutos después su cuerpo entero había sido despedazado por las potentes mandíbulas de los depredadores. Cuando empezó la tormenta, el agua empapó los jirones de ropa manchados de tierra y sangre y corrió por las plantas secas y el suelo, alimentando por fin las raíces y eliminando las grietas. Era muy temprano para que algo cambiara, pero algunas briznas de pasto asomaron desde la nada.

A la mañana siguiente, después de la tormenta, no había lobos alrededor del cadáver. Quienes estaban ahí eran Osvaldo y sus guardias y sirvientes, y todos se lamentaban por el horrible descubrimiento.

—Llegamos demasiado tarde —le dijo al rey uno de los hombres—. Lo siento mucho, alteza.

—¿Por qué escapó del palacio en plena noche? —replicó Osvaldo—. Tenía todo lo que pudiera desear, ¡y yo la amaba tanto! No puede ser que haya terminado... así. Era tan hermosa...

El rey sollozó frente a los huesos descarnados de su esposa. No se dio cuenta de que los árboles estaban verdes y frondosos de nuevo, pero daba lo mismo porque el recuerdo de la sequía ya se había borrado de su memoria. Lo que sí recordaba era haber salido del palacio en la madrugada para buscar a su bella esposa perdida.

Un largo rato después, Osvaldo se puso de pie y ordenó a sus súbditos:

—Reunid los despojos de mi adorada Camelia para darles la sepultura que merecen. Haré un monumento en su honor, y la gente hablará de su belleza por muchas generaciones.

Todos los presentes se mostraron de acuerdo y, luego de cumplir la orden, marcharon tras el rey de vuelta al palacio.

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario