15 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 3A/3)

Aunque habían transcurrido algunos meses desde la boda, Camelia aún despertaba cada mañana con una sonrisa en los labios. Osvaldo se encontraba junto a ella, con un brazo alrededor de su cintura, la mayor parte de las veces; otras veces, sin embargo, él se levantaba más temprano y se marchaba en silencio a atender sus deberes en la corte. La muerte de su padre, a causa de una enfermedad, lo había convertido en rey varias semanas atrás, y por tal motivo sus desapariciones eran más frecuentes que antes. Aun así no descuidaba a su esposa, a quien seguía tratando con la misma ternura del primer día. La satisfacción de la joven era completa, y ya no pensaba casi en el asesinato que había cometido a fin de obtener lo que ahora poseía. Su felicidad actual no dejaba espacio para la culpa.

Camelia abrió los ojos ese día y descubrió que estaba sola de nuevo. No le importó, ya que en el lado de su esposo en la cama había una bellísima flor roja y una nota diciéndole que él la esperaría abajo para el desayuno. Camelia besó la nota y caminó hacia la ventana. Abrió las cortinas deseando contemplar un bonito día de primavera... pero lo que halló en su lugar fue el mismo paisaje reseco que se había mantenido desde el final del invierno. La muchacha frunció el entrecejo. Solía llover bastante en esa época del año, pero la sequía no terminaba y solamente los jardines del palacio mostraban algo de color. ¿Qué había dicho Osvaldo hacía poco? ¿Que si las cosas no mejoraban empezaría a faltar la comida? Camelia movió la cabeza de un lado a otro. Ella no tenía que preocuparse por todo eso, ¿verdad? En el palacio nunca faltaría el alimento; ninguna sequía o hambruna estropearía su existencia perfecta.

La joven cerró las cortinas para no seguir viendo los árboles pelados y luego llamó a sus criadas. Una vez vestida, se dirigió al comedor esperando que Osvaldo ya se encontrara ahí. Verlo a él siempre la alegraba; su expresión amable y la forma en que le hablaba hacían que Camelia olvidara sus inquietudes. Claro que no tenía razón alguna para estar inquieta. No era la primera sequía que enfrentaba el reino, y la dolorosa enfermedad que había llevado al rey a la tumba era algo común en los hombres de su edad. Lo mismo se valía para la incipiente locura de la madre de Camelia. Esas cosas pasaban, y aunque producían una gran tristeza, sin duda eran parte del orden natural de la existencia humana y las hadas nada tenían que ver con ello.

La joven cruzó los brazos. ¿Por qué seguía haciendo tanto frío en el palacio si la primavera estaba en su apogeo? Tendría que ordenar a los sirvientes que encendieran las chimeneas. Leña seca no les faltaría.

Ah, allí estaba su esposo, junto a la mesa repleta de víveres y leyendo unos documentos. Qué apuesto se veía bajo la luz de la mañana, a pesar de la barba que se había dejado crecer sobre el rostro enflaquecido por el exceso de trabajo. Camelia lo amaba con toda su alma y estaba segura de que nada la haría cambiar de opinión, nada en absoluto. ¿Cómo podía no ser amor verdadero lo que había entre ellos dos? Qué ridículas se le antojaban aún las palabras de Suna, y qué equivocada había estado el hada al pedirle que renunciara al hombre de su vida. Aquello era lo mejor para Camelia, y desde luego que se sentía muy real.

Osvaldo la escuchó llegar y sus facciones se suavizaron mientras se volteaba hacia ella.

—Por fin llegas, querida. Siéntate. ¿Notas que no he empezado sin ti? Y eso que mi estómago lleva gruñendo un buen rato.

—Eres muy considerado, amor mío. Sabes que te amo por eso. Y por muchas otras cosas, además.

—Claro que sí.

Osvaldo sonrió, y por primera vez desde que lo conociera, la joven sintió un escalofrío. La barba de su marido era espesa y muy oscura, y si a eso le agregaba el pelo que caía en mechones despeinados sobre su frente, el resultado era un aspecto definitivamente salvaje, como el de los cazadores que traían los ciervos y las aves al palacio. Y la forma en que la miraba mientras ambos comían... Él no le quitaba los ojos de encima, y por momentos parecía que el hambre del que había hablado antes se extendía para abarcarla a ella. Pero tales pensamientos eran una locura, se reprendió Camelia; estaba imaginando cosas, ¿y por qué habría de tener fantasías desagradables si se hallaba frente a una mesa en la que no faltaba nada y su amado esposo le sonreía desde el otro lado? Que otra gente se angustiara por la soledad o un estómago vacío. Ella no.

El joven rey utilizó una campana para llamar a la servidumbre. Un criado que la joven nunca había visto se presentó cargando una bandeja, y de pronto Camelia perdió el apetito. ¿De dónde había salido ese hombre? Tenía los ojos de diferente tamaño, una enorme nariz torcida y se desplazaba cojeando, de tal modo que más de una vez estuvo a punto de tirar la bandeja.

—Mi rey. Mi reina —farfulló el sirviente al tiempo que depositaba en la mesa unos panecillos calientes. Se retiró balanceándose de un lado a otro igual que a la venida, y Camelia hizo una mueca al notar la joroba en su espalda. Se alegró mucho cuando aquel espantoso desconocido desapareció al fin tras la puerta.

—¿Quién... quién era él? —preguntó la muchacha.

—Ha estado aquí desde siempre —contestó Osvaldo con indiferencia.

—Me cuesta creerlo, pues yo lo recordaría. ¡Es horrible!

El rey enarcó las cejas.

—¿Y eso te molesta, querida? ¿No fuiste tú quien me recriminó una vez por alabar tu belleza?

—Sí, pero...

—Me extraña que juzgues por las apariencias, entonces. Él es un buen sirviente.

—Claro. Tienes razón, mi comentario estuvo fuera de lugar. —A continuación hubo una pausa muy incómoda. Tratando de arreglar las cosas, Camelia dijo—: Cariño, ¿ya has pensado en que deberíamos tratar de tener hijos? Eso aumentaría nuestra felicidad...

Osvaldo sonrió de nuevo.

—Me parece una idea estupenda. Y como eres tan hermosa, deberíamos engendrar por lo menos seis o siete niños, para que hereden tu belleza.

—S-sí.

—No se hable más, pues; empezaremos esta misma noche.

Otra vez apareció en el rostro de Osvaldo la expresión hambrienta, la cual no ayudó a devolverle el apetito a la joven. Camelia tuvo que esforzarse para terminar el desayuno, y después sintió algo de miedo cuando el rey se despidió de ella con un beso que le robó el aliento. Las manos de él la sujetaron por la espalda como garras, y su boca presionó los labios de la muchacha lo bastante fuerte para dejar una marca. Jamás había hecho eso antes.

—Espero que concibamos un hijo esta misma noche —dijo él, y se marchó dando largas zancadas que resonaron en los pasillos. Debía ser la tensión por los problemas del reino, pensó Camelia, y respiró hondo a fin de tranquilizarse. Todo volvería a la normalidad cuando lloviera...

No cayó una sola gota del cielo esa semana ni tampoco las siguientes. El cielo permaneció claro y sin nubes, y el paisaje amarillo se tornó pardo y por último negro. Incluso los jardines del palacio se marchitaron, y entonces ya no hubo más flores para Camelia en la mañana ni en ninguna otra hora del día. Por si lo anterior fuera poco, el paisaje no era lo único que estaba cambiando. Salvo la belleza de Camelia, todo parecía acompañar la decadencia del reino: los colores del palacio se veían menos brillantes, los sirvientes mostraban cada vez peores deformidades y los rostros de los súbditos que acudían al rey en busca de ayuda lucían duros y agrietados como el suelo. Cuando estos últimos miraban a Camelia, ella podía sentir sobre su alma el peso de la envidia y el rencor, como si su belleza los ofendiera. Pero ella no tenía la culpa de nada. ¿Qué efecto podría tener la hermosura sobre cosas tan grandes como el clima y el hambre? El hechizo era sólo magia barata de un hada que ni siquiera había podido evitar su propia muerte.

Osvaldo también había cambiado. Seguía siendo atractivo pero de una manera recia y feroz, y aunque continuaba amando a Camelia, ahora la mantenía mucho más cerca de él, protegiéndola con el celo de un dragón a su tesoro. Por las noches se arrojaba sobre ella como si pretendiera fundirse con la muchacha en un solo cuerpo, y en esos instantes Camelia se dejaba llevar porque no se atrevía a negarse, envuelta en una especie de torbellino que confundía sus sentidos y la dejaba exhausta por horas. Sin embargo, aún no crecía un hijo en su vientre.

Una tarde ella escapó de su marido un rato. Necesitaba estar sola para pensar. ¿Cuál era esa emoción que la acechaba incluso cuando dormía, royendo sus fuerzas igual que una rata? ¿Era miedo? No, se corrigió a sí misma, cruzando los brazos para aquietar sus temblores. Lo que sentía no era miedo sino terror. Algo se estiraba poco a poco desde las sombras para alcanzarla, y ya no podía seguir negando el origen de la amenaza: la magia del hada, esa magia que ella se había negado a devolver y que ahora se estaba corrompiendo en formas atroces. Pero Suna había muerto bajo su mano, y por lo tanto no era posible romper el hechizo. ¿O sí? Tal vez hallara la manera, si pensaba en ello lo suficiente...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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