14 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 2B/3)

—¡Suna! ¡Suna!, ¿puedes oírme? ¡Ven, por favor, te necesito! ¡Te necesito desesperadamente!

Camelia temió que el hada no se presentara, pero unos segundos después una enorme polilla blanca descendió en los rayos de luna y revoloteó frente a ella antes de convertirse en la dama vestida de rosas.

—Niña mía, ¿qué sucede? ¿Por qué estás aquí y no con el príncipe? ¡Debes regresar con él de inmediato, puesto que va a pedirte algo muy importante!

Camelia no retuvo más las lágrimas y éstas se deslizaron por sus mejillas como ácido.

—¿Y de qué va a servirme eso si todo se perderá cuando se rompa el hechizo? —gimió la muchacha.

—Oh. Oh, mi querida, cuánto lo siento. ¿Él no te ama de verdad, entonces?

—Sí, me ama, pero mi belleza es parte de ese amor. Suna, te lo ruego, ¡haz que perdure el hechizo! Sea cual sea el precio, lo pagaré. ¡Haré lo que sea!

—Ay, Camelia, lamento decirte que la magia no funciona así. No esta magia, por lo menos. Hay otras criaturas, criaturas malignas, que sí te darían lo que quieres por un precio, pero sería un precio terrible cuyo pago lamentarías por el resto de tu vida. Escúchame: sólo lo real es seguro, y sólo lo real vale la pena. Si crees que el amor del príncipe depende tanto de tu belleza hasta el punto de que no sobrevivirá sin ella, entonces no es amor de verdad. Tendrás que dejarlo ir, Camelia, aunque te cause dolor. El amor verdadero...

—¡Ya basta! ¡Deja de decir eso, pues el amor verdadero no existe! ¡Es todo una gran mentira! La belleza es demasiado poderosa, no puedo contra ella. He perdido. Lo perderé a él cuando el hechizo se rompa, y sin él no quiero vivir.

La joven prorrumpió en sollozos, aunque aún mantenía oculto detrás de su espalda el objeto que había traído desde el salón de baile. Suna apoyó una mano en su hombro.

—Querida, estás en un error —insistió el hada—. El amor verdadero es la fuerza más poderosa del universo, y si continúas buscando, tarde o temprano lo encontrarás. Quien te ame de verdad te verá hermosa aunque no lo seas por fuera, porque verá solamente la belleza dentro de ti. Ha pasado antes y volverá a pasar contigo. Sólo tienes que tener paciencia y esperar a un hombre que...

—No quiero esperar a otro hombre —dijo Camelia entre dientes—. Quiero al hombre que yo amo. No perderé a Osvaldo por unas leyes estúpidas.

La muchacha dejó ver por fin el cuchillo en su mano, y antes de que Suna pudiera huir o hacer cualquier otra cosa para evitarlo, Camelia le traspasó el corazón con la afilada hoja. Los ojos del hada se abrieron en una horrenda expresión de dolor y sorpresa, y su sangre transparente salpicó los brazos de la joven.

—Nadie me quitará mi sueño —agregó Camelia mientras Suna caía de espaldas sobre el césped, aferrando el mango del cuchillo que sobresalía en su pecho. El hada comenzó a apagarse como una vela dentro de un vaso vuelto del revés. Apenas respiraba, pero aun así consiguió decir unas palabras que la joven escuchó claramente:

—Acabas... de cometer... un grave error. Ojalá... mis dioses... se apiaden de ti.

Los ojos de Suna se tornaron blancos, y luego el hada se desintegró en un montón de polvillo nacarado que se esparció en el viento como cenizas. Al final sólo quedó el cuchillo, que la muchacha no se molestó en recuperar.

Camelia aspiró hondo. Sentía como si se hubiera quitado un gran peso de encima, y el alivio fue aún mayor al comprobar que la muerte del hada no había roto el hechizo. Seguía siendo hermosa; todavía conservaba la magia prestada. La chica sonrió.

¡El discurso! Osvaldo ya debía estar a punto de terminarlo, y ella debía regresar al palacio lo antes posible. Corrió, por lo tanto, de nuevo al salón de baile, y justo a tiempo para que el príncipe la llamara con un gesto mientras decía a la multitud:

—Hay algo más que debo hacer ahora, y quiero que todos vosotros seáis testigos. —Osvaldo tomó las manos de Camelia—. Hete aquí la mujer que me ha cautivado durante años, una doncella tan hermosa como inteligente y con un corazón de oro. Ya he hablado con mi padre y con el suyo, pero no le he hecho a ella la pregunta. Camelia, mi tesoro, ¿aceptarías ser mi esposa?

La joven se burló en su mente de la luna, que ya no podría hacerle daño, y respondió:

—Sí, mi querido príncipe Osvaldo, me casaré contigo.

Los invitados aplaudieron por segunda vez. El príncipe le dio a su amada un casto beso en los labios y el corazón de la muchacha se llenó de felicidad, olvidando por fin los temores y el rencor.

—Tus manos están mojadas —observó él en susurros.

—Sólo es agua de la fuente —contestó ella con voz risueña—. Nada de qué preocuparse.

Unos días más tarde, la luna llena pasó sin novedades.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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