14 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 2A/3)

Faltaban dos días para el cumpleaños del príncipe, el cual se celebraría con una gran fiesta en el palacio a la que asistiría toda la nobleza, incluyendo a Camelia. Osvaldo le había entregado personalmente la invitación y ella había besado, en secreto, el nombre de su amado escrito en letras de oro sobre el papel.

La joven apenas podía creer lo que estaba pasando. Aún temía que fuera un sueño o una ilusión, no el hechizo de una verdadera hada. Para Camelia habían sido los días más felices de su vida... aunque una sombra los empañaba, como un gusano en una fruta de aspecto saludable. La sombra era una punzada de rencor.

En la vida falsa creada por la magia, el príncipe Osvaldo había cortejado a Camelia desde que ella tenía unos doce años. La muchacha poseía numerosos regalos suyos: libros, joyas, vestidos, un arpa y un violín con incrustaciones de oro e incluso un magnífico caballo rojo para cuando ambos salían a cabalgar. Habían pasado tantas horas juntos que él parecía adivinar lo que ella pensaba, y se veía que el príncipe estaba enamorado hasta los huesos aunque no lo dijera. Y eso no era todo. Los padres de Camelia también la trataban mucho mejor, prestándole más atención y dando un mayor crédito a sus palabras. Los cortesanos, los sirvientes, los visitantes extranjeros, hasta el rey y la reina se fijaban en la muchacha a pesar de que antes solían pasar a su lado sin mirarla. Y todo eso se debía a una sola cosa: la belleza. Camelia había imaginado que la belleza haría un mundo de diferencia, pero no era lo mismo comprobarlo en persona. El cambio resultaba desconcertante, enloquecedor, y a menudo la joven se sentía como si hubiera usurpado una existencia ajena en lugar de alterar la suya. Sin embargo, ésa no era la causa del rencor. El rencor provenía de entender hasta qué grado la admiración ajena dependía de las apariencias; considerando eso, ¿de qué le había servido a ella ser buena y talentosa? Nadie lo había notado, nadie, y cuando alguien lo notaba ahora, era después de haber superado el filtro de la belleza. La belleza era la máscara que la volvía visible. Sin ella no existía.

Sin embargo, el príncipe la amaba. Camelia podía pasar por alto lo demás mientras tuviera ese único don, porque cuando estaba con Osvaldo su corazón se aligeraba y la vida con la que ella había soñado desde que era una chiquilla parecía al alcance de su mano. Sólo necesitaba conservar el amor del príncipe más allá del hechizo, y entonces le daría igual volver a ser invisible para el resto del mundo.

Osvaldo fue a buscarla al jardín. Iba muy bien vestido, tenía una sonrisa en los labios y cuando llegó hasta Camelia tomó sus manos para depositar un beso en cada una. Hacía tiempo que el príncipe no le permitía inclinarse ante él, ni siquiera cuando lo demandaba el protocolo, pero semejante saludo hizo que la muchacha inclinara la cabeza para disimular el rubor de sus mejillas. No obstante, él se percató de esto último y su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Aún te sonrojas, hermosa Camelia? —dijo el príncipe con una voz tan dulce y traviesa que la joven se estremeció de placer—. No es la primera vez que beso tus manos.

—No, pero sí es la primera vez que lo hacéis de un modo tan familiar, alteza.

—Y aun así tampoco te atreves a hablarme de tú ni a llamarme por mi nombre. El día que por fin lo hagas estoy seguro de que mis pies dejarán de tocar el suelo.

La muchacha rió sin levantar la cabeza. Nunca antes había tenido ese poder sobre un hombre, y vaya que lo disfrutaba. En poco tiempo había dominado el arte de seducir con gestos y palabras, tocando sus rizos o agitando un abanico frente a su cara. Había notado incluso que un movimiento de sus faldas, revelando sus pies y tobillos, podía lograr que el príncipe se derritiera como mantequilla. En cierta manera, la belleza era igual de poderosa que una espada o un ejército.

—Mi adorable Camelia —continuó el príncipe—, hubiera deseado pedirte esto cuando te di la invitación, pero en ese momento había mucha gente alrededor y no me pareció adecuado. Por eso he venido a pedírtelo ahora: ¿serías mi pareja en la fiesta por mi cumpleaños? Nada me alegraría más que tenerte a mi lado toda la noche y bailar contigo solamente. No me dirás que no, ¿verdad? En cada baile siempre hay decenas de caballeros suplicándote un baile, pero quizás podrías hacer una excepción esta vez, por ser mi cumpleaños. ¿Me concederías ese gran honor?

Camelia miró al príncipe a los ojos. Él tenía la expresión de un cachorrito y la joven se tomó unos segundos para saborearla. En la vida falsa, el príncipe no contemplaba así a ninguna otra mujer. Ella era la única. Ella era la afortunada.

—Oh, pero el honor sería todo mío —replicó ella, sonriendo y parpadeando—. ¿Cómo podría negarme a tal favor? Sí, seré vuestra pareja y no bailaré con nadie más en la fiesta, alteza. —Camelia hizo una pausa bien calculada y añadió—: Bailaré contigo hasta el amanecer, mi querido Osvaldo.

El príncipe estrechó las manos de Camelia con más fuerza, tal vez para no irse volando como había sugerido antes. A ella le hizo gracia pensar que Osvaldo no le había hecho la petición en público por miedo a un rechazo; hasta ese punto la joven tenía el control sobre él.

—Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo —dijo él, empleando un tono serio para dar más énfasis a sus palabras—. Será la noche más maravillosa de nuestras vidas, te lo prometo. Una que nunca olvidarás. Haré que las sirvientas te lleven el vestido esta misma tarde. Lo encargué hace meses, aun sin saber qué me responderías. Serás la dama más hermosa en toda la fiesta, y los invitados se quedarán tan embobados mirándote que nadie recordará que es mi cumpleaños. Pero ése será mi mayor regalo: tenerte junto a mí en la celebración. Ni la corona de mi padre o mil reinos podrían superar eso.

Camelia sintió que se quedaba sin aliento. Tardó un poco en recuperarse y contestar:

—Será mi mayor regalo también, aunque no sea mi cumpleaños.

—Está arreglado, pues. Y espero que te agrade el vestido. Es magnífico, aunque no tanto como tú, por supuesto. Debo irme ahora, mi padre me espera con los ministros en el salón del trono. Si te quedas aquí vendré a buscarte más tarde.

—Entonces me quedaré en el jardín, Osvaldo.

—¡Ah, nunca mi propio nombre sonó mejor en mis oídos! Nos vemos luego, mi bella flor.

El príncipe se retiró de camino al palacio y ella lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Compartía su entusiasmo... salvo por esa espina de rencor que nunca parecía alejarse del todo, ni siquiera cuando estaba con su amado. ¡Oh, pero qué más daba! Tal como había dicho Suna, la magia no podía otorgarle la perfección.

Horas después, cuando subió a su habitación, el vestido se hallaba sobre la cama. Era aún más impresionante de lo que el príncipe había insinuado: estaba hecho de seda azul con bordados en plata y oro y pequeñas flores de piedras preciosas. El resplandor de las joyas deslumbraba incluso a la luz de las velas, pero lo que más le gustó a la joven fue la nota que acompañaba el vestido, con una rosa de verdad y unas palabras tan tiernas que un vulgar trozo de papel no parecía el mejor soporte para ellas. Camelia estrechó la nota contra su corazón.

—Él es mío —susurró—. Siempre será mío. Gracias, Suna.

Y así, ataviada con el espléndido vestido azul, la joven asistió a la fiesta de cumpleaños del príncipe Osvaldo. Descendieron juntos las escaleras, la mano de ella sobre el brazo de él, y la joven escuchó de inmediato los murmullos de admiración del público. Ella estaba radiante, también el príncipe Osvaldo, y los dos formaban una pareja estupenda. Ninguna persona que los viera lado a lado podría dudar de que estaban hechos el uno para el otro.

La multitud estalló en un aplauso, y una vez que la pareja llegó al pie de las escaleras, la orquesta empezó a tocar y el príncipe tomó a Camelia en sus brazos para el primer baile.

La joven pensó que había nacido para esa noche y ese instante en particular. Era la culminación de sus deseos, la máxima gloria: ella bailando con el príncipe y admirada por él y por todos en la corte. Miles de velas derramaban su luz desde arriba, la seda de su vestido susurraba acompañando la música y el aire olía a flores, perfumes y deliciosos manjares. Camelia hubiera detenido el tiempo ahí mismo para disfrutar de esos minutos durante años antes de seguir adelante. Entonces el príncipe sonrió y le dijo:

—Te amo, Camelia. ¿Tú también me amas?

Los ojos de la muchacha centellearon cuando ella respondió:

—Te amo más que a nada en el mundo, mi querido príncipe Osvaldo.

—Ah, no sabes cuánto he esperado para oírte decir eso, hermosa mía. Desde que te vi por primera vez supe que no podría querer a nadie más. Tu belleza ilumina mi corazón todos los días.

Los ojos de Camelia perdieron su brillo.

—¿Desde que me viste? ¿Y si yo no hubiera sido hermosa? ¿Y si no fuera hermosa ahora? ¿Me amarías de igual manera?

—¿Por qué preguntas eso? No tiene sentido hacer conjeturas sobre lo que no es verdad. Eras hermosa, eres hermosa y yo te amo.

—Sí, pero... ¿sólo te importa que sea bella?

—Claro que no, tienes muchas otras cualidades. ¿Crees que no lo he notado? ¿Cuántos libros te he regalado, a cuántas obras de teatro hemos asistido juntos, cuántas horas hemos pasado hablando de historia y filosofía bajo los árboles frondosos del jardín?

—Y si aún conservara todas esas cualidades excepto mi belleza, ¿me seguirías amando?

El príncipe acarició las mejillas de Camelia.

—Amor mío, no debes preocuparte por nada de eso. ¿Por qué renegar de tu belleza con tanto ahínco, como si fuera una maldición? Es una parte más de ti misma, y yo amo el conjunto. Te amo tal como eres.

Los ojos de Camelia brillaron de nuevo, pero en esta ocasión fue a causa de las lágrimas que pretendían escapar de ellos. La joven ya no pudo insistir. El príncipe le había respondido al evadir la pregunta, y ella sintió que su mundo de ensueño se hacía trizas como un espejo roto cuyos pedazos se le estuvieran clavando en el corazón.

La orquesta dejó de tocar. Osvaldo soltó a la muchacha y dijo:

—Mi padre quiere que dé un discurso antes de proseguir con la fiesta. Pero voy a anunciar algo más cuando termine, así que no te vayas muy lejos. Te llamaré cuando sea el momento, mi flor adorada, y ojalá respondas que sí a la pregunta que voy a hacerte.

—Puedes... puedes estar seguro de ello —respondió Camelia fingiendo una sonrisa. El príncipe se separó de ella después de besar su mano y fue a dar el discurso.

Todavía conteniendo las lágrimas, Camelia miró por una ventana. La luna estaba casi llena, y aunque en cualquier otra ocasión le habría parecido bonita y luminosa, ahora se le antojaba amenazadora y sombría. La maldita luna iba a arrebatarle su sueño.

Pensando a medias, la muchacha tomó un objeto de una de las mesas y se escabulló al jardín. Sus zapatitos hicieron en la oscuridad un ruido similar a los latidos de un pájaro asustado, y la joven sintió su propia respiración como un viento frío en sus labios. La esperanza en su pecho estaba muriendo y sólo había una manera de salvarla...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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