13 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 1B/3)

La gatita se volteó hacia ella. Ante la mirada de asombro de Camelia, su pelaje relumbró como el sol, cegándola por un instante, y cuando la luz se apagó ya no había una gata en el claro sino una bellísima dama vestida de rosas blancas, con unas alas transparentes de las que salían chispitas cada vez que las movía. El cabello de la dama era como hilos de nácar y le llegaba hasta las rodillas, suelto o en finas trenzas decoradas con perlas. Camelia trató de hacer una reverencia, pero las piernas le fallaron y se derrumbó hacia adelante, casi a los pies descalzos de aquella fantástica aparición.

—No te asustes, jovencita, pues no voy a lastimarte —dijo la dama con una voz que recordaba el tintineo de unas campanas de plata—. Te he observado desde hace un tiempo, y lo que hiciste hoy fue un acto de generosidad como no había visto en años. Sé que llevas una gran pena en tu corazón, y he decidido ayudarte para lograr que esa pena se vaya.

Camelia alzó la mirada. Le tomó un poco más ponerse de pie, porque aún sentía las piernas como si no tuvieran huesos.

—Me llamo Suna —agregó la dama—, y soy un hada.

—Las... las hadas no existen —balbuceó Camelia. Luego se dio cuenta de que tal vez había cometido una falta de cortesía al decir eso; sin embargo, Suna emitió una risa alegre y tan hermosa como ella misma.

—Bueno, he de admitir que mi gente ya no suele aparecer muy seguido ante los humanos, pero no por ello hemos dejado de existir. Dime, ¿amas al príncipe Osvaldo?

—¡Lo amo con toda mi alma! —respondió Camelia, superado el balbuceo—. ¡Nada me haría más feliz que estar a su lado por el resto de mi vida! ¡Si no fuera porque...!

La muchacha no pudo terminar la última frase. El recuerdo de su fealdad la dejó sin palabras, y se tapó el rostro con ambas manos para ocultarlo y al mismo tiempo ahogar un sollozo. Suna retiró las manos de ahí suavemente. Había una profunda compasión en sus ojos como zafiros.

—Querida niña, te diría que la belleza se encuentra en el interior, pero tú ya eres bella por dentro y aun así estás sola. No es tu culpa, pues, si los demás ignoran lo que es en verdad importante. Es por eso que voy a concederte tu deseo, aunque sólo hasta la próxima luna llena.

—¿Mi... deseo? ¿Me harás hermosa para que Osvaldo se fije en mí?

—Sí, eso es lo que haré. Hasta la próxima luna llena, tu vida será como si siempre hubieras sido hermosa. Así tendrás la oportunidad de ganarte el corazón del príncipe, y si su amor por ti es verdadero, éste perdurará cuando el hechizo se rompa. Entonces él te aceptará tal como eres en realidad, y estaréis juntos hasta el fin de vuestros días.

—Pero ¿por qué tiene que romperse el hechizo?

Suna acarició las mejillas de la chica, limpiando las lágrimas que había derramado bajo el árbol.

—Ah, mi niña, qué más quisiera yo que darte una perfección absoluta y eterna. Pero hay reglas. Mi magia obedece a unas leyes inquebrantables que están por encima de mí, y si no las cumpliera, las consecuencias serían desastrosas. Tendrás que conformarte con este favor limitado y obtener de él lo mejor posible. Sé que podrás hacerlo, eres lista.

Camelia no titubeó. Aquello era extraordinario, inverosímil, pero si era verdad, eso ponía a su alcance el mayor anhelo de su existencia. ¿Cómo negarse a ello? Lo peor que podría pasar era que se tratara de un sueño y todo se desvaneciera al despertar.

—Sí. Sí, acepto. Hazme hermosa hasta la próxima luna llena, querida Suna. Te lo agradeceré cada segundo de mi vida desde hoy en adelante.

—Acércate, Camelia, y dame la mano que todavía no he curado.

La muchacha extendió su mano. Las heridas comenzaban a hincharse pero Camelia ya no le prestaba atención al dolor, dado que la esperanza le había dado algo mucho mejor en qué pensar. Suna pinchó sus propios dedos con las espinas de sus rosas y luego depositó unas gotas de su sangre, transparente como el agua, sobre la palma de la joven. De nuevo ocurrió un milagro: la sangre del hada traspasó la piel de Camelia y recorrió todo su cuerpo, cambiándola desde adentro hacia afuera por el poder que contenía. La joven llegó a ver parte de la transformación, pues no sólo terminaron de sanar todas sus heridas, sino que además sus manos y su cuerpo adoptaron una nueva forma. De pronto su silueta ya no era poco agraciada; ahora tenía unos contornos exquisitos, como las modelos que usaban los grandes pintores para sus desnudos. Camelia palpó su rostro y allí también notó la diferencia, que confirmó con un rápido vistazo a su reflejo en la fuente. La muchacha dejó escapar una exclamación de deleite. Jamás había contemplado un rostro más hermoso o unos cabellos más espléndidos; era lo que siempre había querido ser, o como se había imaginado a sí misma en sueños y fantasías. Camelia rompió a llorar de nuevo, pero esta vez de alegría.

—Ya tienes lo necesario para conquistar al príncipe —dijo Suna, quien estaba sonriendo—. Que la suerte te favorezca, mi niña. Y recuerda: la magia es prestada y tendrás que devolvérmela...

—En la próxima luna llena —completó la joven—. ¡Oh, esto es maravilloso! ¡Gracias, mil gracias!

—De nada, Camelia. Debo irme ahora. Nos veremos de nuevo cuando la luna forme un círculo perfecto.

El hada se convirtió en una paloma blanca y se marchó volando hacia el sol. Camelia volvió a mirarse en la fuente, casi enamorada de su propia belleza; sin embargo, pensaba sobre todo en el príncipe Osvaldo, su querido, amable y apuesto príncipe Osvaldo.

—Por fin serás mío, y yo seré tuya —murmuró Camelia, y le mandó un beso a su reflejo antes de regresar al palacio.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario