13 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 1A/3)

Érase una vez, en uno de esos mundos mágicos donde ocurre la mayoría de los cuentos de hadas, una joven dama de la corte llamada Camelia. Ella reunía todas las cualidades que hacen atractiva a una mujer... excepto una. Camelia era bondadosa, inteligente y vivaz, pero su cuerpo y su rostro carecían de belleza. Aunque estaba muy lejos de ser horrible, no había un solo hombre que pasara junto a ella y la considerara digna de atención, e incluso cuando la joven hablaba, mostrando sus excelentes cualidades interiores, su falta de hermosura impedía que los caballeros sintieran por Camelia más que un respeto desinteresado. La muchacha simplemente pasaba desapercibida, y por tal razón ocupaba los días y las noches con sus libros y su arpa, que tocaba con maestría. Hubiera podido encontrar la felicidad de esta manera... de no haber sido porque amaba a alguien que la ignoraba por completo. Y no era cualquier persona, además, sino el mismísimo hijo del rey y heredero al trono, el príncipe Osvaldo. Su amor por él no era un anhelo descabellado puesto que la joven también pertenecía a la nobleza, pero el príncipe, al igual que los demás varones del palacio, nunca se había dignado a contemplarla. Ella no lo culpaba por eso. Lo quería demasiado, y cada vez que se miraba al espejo no encontraba un solo rasgo o atributo que pudiera utilizar en su favor. ¿Por qué habría de escogerla el príncipe si tenía a su disposición muchas otras damas y princesas con una mente igual a la de ella pero en un cuerpo más bonito? El amor de los hombres comenzaba por los ojos, pensaba Camelia amargamente, y los ojos escapaban de ella como el agua del aceite. El suyo era un amor condenado mucho antes de empezar, y la joven lloraba a menudo en la soledad de su habitación.

Una tarde de verano, Camelia paseaba por los jardines del palacio buscando un sitio agradable donde sentarse a leer. Como de costumbre, nadie la acompañaba, lo cual la hacía preguntarse si el resto de su vida habría de transcurrir la misma y triste manera. Tenía apenas veintiún años, y la perspectiva de otras cuatro o cinco décadas de rechazo estrujaba su corazón y su alma como un puño.

Unos gritos y chillidos la distrajeron de sus pensamientos. Esquivando canteros de flores y arbustos llegó a una sección del jardín con un árbol en el centro, al que rodeaban unos diez chiquillos armados con piedras. En las ramas más altas había algo que ellos intentaban derribar, y la joven dio un respingo al comprobar que se trataba de una gatita blanca. Camelia soltó el libro y corrió hacia los niños agitando los brazos.

—¡Ya basta! ¡Deteneos! —ordenó a gritos—. ¿Quién os ha enseñado a ser tan perversos? ¡Deteneos ahora mismo o llamaré a vuestros padres!

Los niños interrumpieron su juego y miraron a Camelia con patente desprecio.

—¿Y quién te haría caso a ti, con lo fea que eres? —respondió uno de ellos, y sus compañeros se echaron a reír—. ¡Vete o te arrojaremos las piedras a ti!

—¡Haced tal cosa y os daré una tunda! ¡Y no creáis que no puedo, ya que mi padre es el primer ministro del rey! ¡Largaos de aquí, y que no vuelva a descubriros maltratando a los animales, pequeñas sabandijas! ¡Fuera ya!

El tono firme de Camelia logró el efecto deseado y los chicos se retiraron, aunque uno de ellos sí se tomó el tiempo para lanzarle una piedra a la cara. La joven reprimió un gritito de dolor y se llevó una mano a la frente, donde en pocos segundos le apareció un chichón. Los niños, sin embargo, ya estaban fuera de su alcance. Murmurando imprecaciones, la joven se volteó hacia el árbol.

—Ya puedes bajar —le dijo a la gata—. Esos malcriados se han ido, estás a salvo ahora.

La gatita maulló pero no se movió de donde estaba. Aún tenía los pelos erizados y una expresión de miedo en sus ojitos azules. Se quedaría en el árbol durante días, pensó Camelia, hasta que el hambre y la sed vencieran su temor. Sería mejor que ella hiciera algo al respecto.

La muchacha se aseguró de que nadie estuviera observando y, tras quitarse el vestido para que las amplias faldas no la estorbaran, comenzó a trepar el árbol. No le resultó nada fácil, pues el tronco y las ramas tenían agudas espinas que se clavaron más de una vez en su piel. La sangre de Camelia manchó la corteza y sus calzas como una especie de sacrificio, y aunque ella contuvo los gemidos, no logró impedir que unas lágrimas brotaran de sus ojos. Consiguió llegar hasta la gatita, sin embargo, y extendió una mano herida hacia ella. Ambas se encontraban a una gran distancia del suelo; el animal quizás no se haría daño si caía, pero la joven seguramente se rompería unos cuantos huesos.

—Ven aquí —dijo Camelia con voz dulce—. Ven aquí, bonita, sólo quiero ayudarte. Te ayudaré a bajar de este horrible árbol espinoso.

Al principio pareció que la gata no obedecería a causa del susto, pero poco a poco avanzó por la rama hasta la mano de la chica. Era suave como un montoncito de plumas, e igual de ligera. Camelia desató los lazos de su camisa para meter allí a la gata, puesto que necesitaría ambas manos en el descenso. La gatita se le aferró al pecho con las uñas y de nuevo Camelia reprimió un gemido. Bajó del árbol tal como había subido: padeciendo un gran dolor y temiendo que alguna rama se partiera sin previo aviso, enviándola al suelo. Esto último no sucedió, por suerte, y de nuevo al pie del árbol, la muchacha se sentó en la hierba, desprendió a la gatita de su cuerpo y se echó a llorar. No pudo evitarlo; de pronto se sentía muy infeliz, pensando que ninguna buena acción sería suficiente para ganarle el amor de nadie y todo porque el destino, o lo que fuera, se había negado a otorgarle un poquito de belleza. Oh, ¿por qué no podía ser hermosa, si hasta la flor más humilde era agradable a la vista? ¿Por qué las coloridas mariposas que todos los años revoloteaban por los jardines del palacio eran más afortunadas que ella? No parecía justo.

Camelia percibió un contacto suave en una de sus manos: era la nariz de la gatita, y allí donde el animal la tocaba, las perforaciones de las espinas sanaban de inmediato. La muchacha dejó de llorar y se restregó los ojos con la otra mano, pues no podía creer lo que estaba viendo. Pero era cierto. Las heridas que había tocado la gata ya no estaban ahí.

—¿Qué clase de prodigio es éste? —murmuró Camelia, y la gatita le respondió con un maullido antes de alejarse—. ¡Eh, no te vayas! —exclamó la joven, pero el animal no estaba escapando de ella sino que la guiaba hacia una parte más aislada del jardín. La joven corrió tras la gata llevando su vestido en las manos, y de esta manera llegó a un claro donde había una fuente de mármol muy antigua rodeada de árboles igualmente centenarios. Camelia no reconoció el lugar, y eso que creía haber explorado hasta el último rincón del palacio y sus alrededores. Entonces la muchacha tembló de miedo, porque algo sobrenatural estaba pasando y, a pesar de la curación milagrosa, quizás no fuera del todo benigno.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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