15 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 3B/3)

—Aquí estabas —dijo Osvaldo desde la puerta—. Empezaba a extrañarte. ¿Acaso te has cansado de mí?

—Sabes que te amo. Desde siempre y para siempre.

—Es bueno escucharlo. Serías tonta si rechazaras nuestro hermoso final feliz.

Osvaldo tomó a la joven en sus brazos y ella bajó la cabeza antes de decir:

—Yo sólo te quería a ti. ¿Acaso pedí demasiado? ¿Cómo podría ser demasiado? No debería sufrir un castigo por obtener la única cosa, una cosa no tan grande, que mi corazón deseaba.

—No sé de qué estás hablando, querida.

Camelia miró a su esposo a los ojos, suplicándole en silencio; sin embargo, él comenzó a besarla en lugar de comprender el mensaje, obligando a la joven a poner su idea en palabras.

—Tú y yo no necesitamos nada más que nuestro amor. Vayámonos lejos de aquí, a un lugar donde la hierba y los árboles aún sean verdes y sólo importe que nos amamos. Ninguna fuerza en este mundo podría castigar a dos personas que se aman, ¿no crees?

—¿A qué castigos te refieres? Nada de lo que dices tiene sentido alguno para mí. —Osvaldo continuó besándola—. Yo soy el rey, tú eres mi reina. No iremos a ninguna parte, menuda locura.

—Pero...

—Escucha: no debes preocuparte por nada. ¿Acaso no eres la criatura más bella y afortunada del reino? La sequía ha matado los campos pero tú aún eres hermosa como el sol y las estrellas, y me tienes a mí para amarte como mereces. No deberías quejarte.

Camelia trató de explicarse mejor pero él se lo impidió con otro beso y luego empezó a desnudarla. La muchacha no pudo seguirle el juego esta vez.

—Aquí no. Ahora no —dijo, separándose de Osvaldo con un fuerte empujón. En esta ocasión sí hubo enfado en los ojos del hombre, y Camelia se estremeció más que antes. Salió corriendo de la habitación antes de que él pudiera hacer algo malo, quizás hasta tomarla por la fuerza. La joven lloró mientras subía las escaleras, maldiciendo al hada muerta, el hechizo fallido y su propio corazón, que no se había resignado a cumplir su modesto destino. Camelia se encerró en el dormitorio y pasó allí el resto de la tarde... hasta que Osvaldo fue por ella.

La muchacha se demoró en abrir la puerta. Estaba recostada contra ella, respirando agitadamente como si se hallara al borde de un precipicio y a punto de perder el equilibrio, balanceándose frente al abismo e imaginando lo que sentiría durante la caída y el mortal aterrizaje. ¿Habría un segundo de dolor infinito cuando todos sus huesos se rompieran?

—Abre la puerta —le ordenó su esposo desde el otro lado.

Tenía que encontrar una forma de romper el hechizo, pensó ella. El tiempo se le agotaba...

—Abre la puerta —repitió Osvaldo—. No lo diré por tercera vez.

—Espera... espera sólo un minuto, querido. Por favor...

—No esperaré nada. Soy el rey y tú eres mi esposa. Si no me obedeces ahora mismo...

Más asustada que nunca en su vida, Camelia abrió. Por un instante creyó que Osvaldo le pegaría, pero lo que él hizo fue atrancar la puerta de nuevo, depositar la llave sobre una cómoda y sujetar el rostro de la muchacha para besarla. No había manera de soltarse de aquellas manos y brazos tan fuertes.

—Me estás lastimando —dijo ella.

—Eres mía —replicó el hombre con una voz muy grave—. Tu belleza me pertenece y me domina. Soy tu dueño y tu esclavo, Camelia.

—Lo que sientes por mí no es...

Osvaldo le tapó la boca para silenciarla y rasgó su vestido con la mano libre. Sus ojos eran como brasas y los gruñidos que salían de su garganta no parecían humanos. La joven descubrió con horror que el rostro de su marido también estaba dejando de parecer humano. Luego él la mordió en el hombro, haciéndola sangrar. ¿Qué les había pasado a sus dientes? ¡Eran como los de un animal!

En un arranque de desesperación, Camelia empleó todas sus fuerzas para liberarse. Consiguió desprenderse de su marido y trató de correr hacia la puerta, pero Osvaldo la atrapó por la cintura. Gritando, ella tomó de la cómoda un espejo de mano y golpeó al hombre en la cabeza; el espejo se rompió y los fragmentos cayeron al suelo produciendo un tintineo. La joven recuperó uno de esos fragmentos, hiriéndose la mano en el proceso, y exclamó:

—¿Es mi belleza lo que está causando esto? ¡Entonces me desharé de ella!

Chillando de dolor, Camelia usó el trozo de espejo para arruinar su cara, cortándose la frente y las mejillas hasta que la sangre llegó al piso. Osvaldo no trató de impedirlo; en lugar de eso, se la quedó mirando al tiempo que su propia figura sufría más cambios aterradores: su piel se oscureció y cubrió de pelo negro y sus manos y pies se convirtieron en patas. Aun a pesar del dolor insoportable en su cara, la joven vio que el hechizo no se había roto y dio un respingo cuando el monstruo que tenía frente a ella se inclinó para lamer la sangre del piso.

Camelia se volteó una vez más, usó la llave para abrir la puerta y salió de la habitación atrancándola tras de sí. Arrojó la llave por una ventana mientras corría, aunque dudaba de que una simple puerta de madera fuera a detener a la bestia. Los corredores del palacio se le antojaron un laberinto oscuro donde las estatuas semejaban gárgolas demoníacas y las sombras eran criaturas vivas que no tardarían en destrozarla. Camelia llegó a la puerta principal, sin embargo, y ordenó a gritos a los guardias que le abrieran. La muchacha no se detuvo a pensar que ellos no se veían sorprendidos ni notó que sus ojos estaban inyectados en sangre; lo único que quería era salir del palacio, rogando porque la magia abandonara su cuerpo como una fiebre maligna en el frescor de la noche.

Los guardias le abrieron y ella siguió corriendo. De igual manera llegó al portón del muro que rodeaba el palacio, donde también exigió que le abrieran. Los guardias se relamieron antes de dejarla salir, y olfatearon el aire como sabuesos registrando el olor de su futura presa. Le dieron a Camelia algo de ventaja antes de comenzar a perseguirla.

Había nubes espesas en el cielo, pero no tantas como para tapar la luna. ¡Y la luna estaba llena!

—¡Os regreso la magia! —exclamó la joven entre jadeos—. ¡Tomadla, ya no la quiero! ¡Por favor, perdonadme por lo que hice!

Camelia no sabía a quiénes se estaba dirigiendo, pero fuera quienes fuesen, no la escucharon. Los primeros aullidos, muy cercanos, hicieron que el corazón le diera un vuelco en el pecho, y a pesar de que le dolían la cara y los pies no se atrevió a reducir la velocidad. Segundos después escuchó a los animales trotar hacia ella. Eran lobos, una jauría entera.

Las lágrimas de Camelia se mezclaron con la sangre que aún manaba de su rostro. Había matado a Suna para conservar una belleza que no le pertenecía y muy pronto pagaría por ello; sin embargo, aún creía que su mayor error no había sido renegar del amor verdadero, sino ambicionar algo que el destino jamás había querido darle. Si hubiera nacido hermosa...

Giró la cabeza apenas un segundo para contemplar a los lobos. Eran unos veinte, y los guiaba un enorme macho negro con una herida en la sien: Osvaldo. Las nubes taparon la luna y en alguna parte se oyó un trueno; un relámpago destacó las siluetas desnudas de los árboles. Los lobos jadeaban por el ejercicio y el hambre, pero de ninguna manera estaban fatigados.

Camelia tropezó, maldiciendo aún a la belleza, y ése fue el final de su existencia. Sus gritos duraron un instante, y minutos después su cuerpo entero había sido despedazado por las potentes mandíbulas de los depredadores. Cuando empezó la tormenta, el agua empapó los jirones de ropa manchados de tierra y sangre y corrió por las plantas secas y el suelo, alimentando por fin las raíces y eliminando las grietas. Era muy temprano para que algo cambiara, pero algunas briznas de pasto asomaron desde la nada.

A la mañana siguiente, después de la tormenta, no había lobos alrededor del cadáver. Quienes estaban ahí eran Osvaldo y sus guardias y sirvientes, y todos se lamentaban por el horrible descubrimiento.

—Llegamos demasiado tarde —le dijo al rey uno de los hombres—. Lo siento mucho, alteza.

—¿Por qué escapó del palacio en plena noche? —replicó Osvaldo—. Tenía todo lo que pudiera desear, ¡y yo la amaba tanto! No puede ser que haya terminado... así. Era tan hermosa...

El rey sollozó frente a los huesos descarnados de su esposa. No se dio cuenta de que los árboles estaban verdes y frondosos de nuevo, pero daba lo mismo porque el recuerdo de la sequía ya se había borrado de su memoria. Lo que sí recordaba era haber salido del palacio en la madrugada para buscar a su bella esposa perdida.

Un largo rato después, Osvaldo se puso de pie y ordenó a sus súbditos:

—Reunid los despojos de mi adorada Camelia para darles la sepultura que merecen. Haré un monumento en su honor, y la gente hablará de su belleza por muchas generaciones.

Todos los presentes se mostraron de acuerdo y, luego de cumplir la orden, marcharon tras el rey de vuelta al palacio.

Gissel Escudero

Deseo de belleza (parte 3A/3)

Aunque habían transcurrido algunos meses desde la boda, Camelia aún despertaba cada mañana con una sonrisa en los labios. Osvaldo se encontraba junto a ella, con un brazo alrededor de su cintura, la mayor parte de las veces; otras veces, sin embargo, él se levantaba más temprano y se marchaba en silencio a atender sus deberes en la corte. La muerte de su padre, a causa de una enfermedad, lo había convertido en rey varias semanas atrás, y por tal motivo sus desapariciones eran más frecuentes que antes. Aun así no descuidaba a su esposa, a quien seguía tratando con la misma ternura del primer día. La satisfacción de la joven era completa, y ya no pensaba casi en el asesinato que había cometido a fin de obtener lo que ahora poseía. Su felicidad actual no dejaba espacio para la culpa.

Camelia abrió los ojos ese día y descubrió que estaba sola de nuevo. No le importó, ya que en el lado de su esposo en la cama había una bellísima flor roja y una nota diciéndole que él la esperaría abajo para el desayuno. Camelia besó la nota y caminó hacia la ventana. Abrió las cortinas deseando contemplar un bonito día de primavera... pero lo que halló en su lugar fue el mismo paisaje reseco que se había mantenido desde el final del invierno. La muchacha frunció el entrecejo. Solía llover bastante en esa época del año, pero la sequía no terminaba y solamente los jardines del palacio mostraban algo de color. ¿Qué había dicho Osvaldo hacía poco? ¿Que si las cosas no mejoraban empezaría a faltar la comida? Camelia movió la cabeza de un lado a otro. Ella no tenía que preocuparse por todo eso, ¿verdad? En el palacio nunca faltaría el alimento; ninguna sequía o hambruna estropearía su existencia perfecta.

La joven cerró las cortinas para no seguir viendo los árboles pelados y luego llamó a sus criadas. Una vez vestida, se dirigió al comedor esperando que Osvaldo ya se encontrara ahí. Verlo a él siempre la alegraba; su expresión amable y la forma en que le hablaba hacían que Camelia olvidara sus inquietudes. Claro que no tenía razón alguna para estar inquieta. No era la primera sequía que enfrentaba el reino, y la dolorosa enfermedad que había llevado al rey a la tumba era algo común en los hombres de su edad. Lo mismo se valía para la incipiente locura de la madre de Camelia. Esas cosas pasaban, y aunque producían una gran tristeza, sin duda eran parte del orden natural de la existencia humana y las hadas nada tenían que ver con ello.

La joven cruzó los brazos. ¿Por qué seguía haciendo tanto frío en el palacio si la primavera estaba en su apogeo? Tendría que ordenar a los sirvientes que encendieran las chimeneas. Leña seca no les faltaría.

Ah, allí estaba su esposo, junto a la mesa repleta de víveres y leyendo unos documentos. Qué apuesto se veía bajo la luz de la mañana, a pesar de la barba que se había dejado crecer sobre el rostro enflaquecido por el exceso de trabajo. Camelia lo amaba con toda su alma y estaba segura de que nada la haría cambiar de opinión, nada en absoluto. ¿Cómo podía no ser amor verdadero lo que había entre ellos dos? Qué ridículas se le antojaban aún las palabras de Suna, y qué equivocada había estado el hada al pedirle que renunciara al hombre de su vida. Aquello era lo mejor para Camelia, y desde luego que se sentía muy real.

Osvaldo la escuchó llegar y sus facciones se suavizaron mientras se volteaba hacia ella.

—Por fin llegas, querida. Siéntate. ¿Notas que no he empezado sin ti? Y eso que mi estómago lleva gruñendo un buen rato.

—Eres muy considerado, amor mío. Sabes que te amo por eso. Y por muchas otras cosas, además.

—Claro que sí.

Osvaldo sonrió, y por primera vez desde que lo conociera, la joven sintió un escalofrío. La barba de su marido era espesa y muy oscura, y si a eso le agregaba el pelo que caía en mechones despeinados sobre su frente, el resultado era un aspecto definitivamente salvaje, como el de los cazadores que traían los ciervos y las aves al palacio. Y la forma en que la miraba mientras ambos comían... Él no le quitaba los ojos de encima, y por momentos parecía que el hambre del que había hablado antes se extendía para abarcarla a ella. Pero tales pensamientos eran una locura, se reprendió Camelia; estaba imaginando cosas, ¿y por qué habría de tener fantasías desagradables si se hallaba frente a una mesa en la que no faltaba nada y su amado esposo le sonreía desde el otro lado? Que otra gente se angustiara por la soledad o un estómago vacío. Ella no.

El joven rey utilizó una campana para llamar a la servidumbre. Un criado que la joven nunca había visto se presentó cargando una bandeja, y de pronto Camelia perdió el apetito. ¿De dónde había salido ese hombre? Tenía los ojos de diferente tamaño, una enorme nariz torcida y se desplazaba cojeando, de tal modo que más de una vez estuvo a punto de tirar la bandeja.

—Mi rey. Mi reina —farfulló el sirviente al tiempo que depositaba en la mesa unos panecillos calientes. Se retiró balanceándose de un lado a otro igual que a la venida, y Camelia hizo una mueca al notar la joroba en su espalda. Se alegró mucho cuando aquel espantoso desconocido desapareció al fin tras la puerta.

—¿Quién... quién era él? —preguntó la muchacha.

—Ha estado aquí desde siempre —contestó Osvaldo con indiferencia.

—Me cuesta creerlo, pues yo lo recordaría. ¡Es horrible!

El rey enarcó las cejas.

—¿Y eso te molesta, querida? ¿No fuiste tú quien me recriminó una vez por alabar tu belleza?

—Sí, pero...

—Me extraña que juzgues por las apariencias, entonces. Él es un buen sirviente.

—Claro. Tienes razón, mi comentario estuvo fuera de lugar. —A continuación hubo una pausa muy incómoda. Tratando de arreglar las cosas, Camelia dijo—: Cariño, ¿ya has pensado en que deberíamos tratar de tener hijos? Eso aumentaría nuestra felicidad...

Osvaldo sonrió de nuevo.

—Me parece una idea estupenda. Y como eres tan hermosa, deberíamos engendrar por lo menos seis o siete niños, para que hereden tu belleza.

—S-sí.

—No se hable más, pues; empezaremos esta misma noche.

Otra vez apareció en el rostro de Osvaldo la expresión hambrienta, la cual no ayudó a devolverle el apetito a la joven. Camelia tuvo que esforzarse para terminar el desayuno, y después sintió algo de miedo cuando el rey se despidió de ella con un beso que le robó el aliento. Las manos de él la sujetaron por la espalda como garras, y su boca presionó los labios de la muchacha lo bastante fuerte para dejar una marca. Jamás había hecho eso antes.

—Espero que concibamos un hijo esta misma noche —dijo él, y se marchó dando largas zancadas que resonaron en los pasillos. Debía ser la tensión por los problemas del reino, pensó Camelia, y respiró hondo a fin de tranquilizarse. Todo volvería a la normalidad cuando lloviera...

No cayó una sola gota del cielo esa semana ni tampoco las siguientes. El cielo permaneció claro y sin nubes, y el paisaje amarillo se tornó pardo y por último negro. Incluso los jardines del palacio se marchitaron, y entonces ya no hubo más flores para Camelia en la mañana ni en ninguna otra hora del día. Por si lo anterior fuera poco, el paisaje no era lo único que estaba cambiando. Salvo la belleza de Camelia, todo parecía acompañar la decadencia del reino: los colores del palacio se veían menos brillantes, los sirvientes mostraban cada vez peores deformidades y los rostros de los súbditos que acudían al rey en busca de ayuda lucían duros y agrietados como el suelo. Cuando estos últimos miraban a Camelia, ella podía sentir sobre su alma el peso de la envidia y el rencor, como si su belleza los ofendiera. Pero ella no tenía la culpa de nada. ¿Qué efecto podría tener la hermosura sobre cosas tan grandes como el clima y el hambre? El hechizo era sólo magia barata de un hada que ni siquiera había podido evitar su propia muerte.

Osvaldo también había cambiado. Seguía siendo atractivo pero de una manera recia y feroz, y aunque continuaba amando a Camelia, ahora la mantenía mucho más cerca de él, protegiéndola con el celo de un dragón a su tesoro. Por las noches se arrojaba sobre ella como si pretendiera fundirse con la muchacha en un solo cuerpo, y en esos instantes Camelia se dejaba llevar porque no se atrevía a negarse, envuelta en una especie de torbellino que confundía sus sentidos y la dejaba exhausta por horas. Sin embargo, aún no crecía un hijo en su vientre.

Una tarde ella escapó de su marido un rato. Necesitaba estar sola para pensar. ¿Cuál era esa emoción que la acechaba incluso cuando dormía, royendo sus fuerzas igual que una rata? ¿Era miedo? No, se corrigió a sí misma, cruzando los brazos para aquietar sus temblores. Lo que sentía no era miedo sino terror. Algo se estiraba poco a poco desde las sombras para alcanzarla, y ya no podía seguir negando el origen de la amenaza: la magia del hada, esa magia que ella se había negado a devolver y que ahora se estaba corrompiendo en formas atroces. Pero Suna había muerto bajo su mano, y por lo tanto no era posible romper el hechizo. ¿O sí? Tal vez hallara la manera, si pensaba en ello lo suficiente...

(Continuará...)

Gissel Escudero

14 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 2B/3)

—¡Suna! ¡Suna!, ¿puedes oírme? ¡Ven, por favor, te necesito! ¡Te necesito desesperadamente!

Camelia temió que el hada no se presentara, pero unos segundos después una enorme polilla blanca descendió en los rayos de luna y revoloteó frente a ella antes de convertirse en la dama vestida de rosas.

—Niña mía, ¿qué sucede? ¿Por qué estás aquí y no con el príncipe? ¡Debes regresar con él de inmediato, puesto que va a pedirte algo muy importante!

Camelia no retuvo más las lágrimas y éstas se deslizaron por sus mejillas como ácido.

—¿Y de qué va a servirme eso si todo se perderá cuando se rompa el hechizo? —gimió la muchacha.

—Oh. Oh, mi querida, cuánto lo siento. ¿Él no te ama de verdad, entonces?

—Sí, me ama, pero mi belleza es parte de ese amor. Suna, te lo ruego, ¡haz que perdure el hechizo! Sea cual sea el precio, lo pagaré. ¡Haré lo que sea!

—Ay, Camelia, lamento decirte que la magia no funciona así. No esta magia, por lo menos. Hay otras criaturas, criaturas malignas, que sí te darían lo que quieres por un precio, pero sería un precio terrible cuyo pago lamentarías por el resto de tu vida. Escúchame: sólo lo real es seguro, y sólo lo real vale la pena. Si crees que el amor del príncipe depende tanto de tu belleza hasta el punto de que no sobrevivirá sin ella, entonces no es amor de verdad. Tendrás que dejarlo ir, Camelia, aunque te cause dolor. El amor verdadero...

—¡Ya basta! ¡Deja de decir eso, pues el amor verdadero no existe! ¡Es todo una gran mentira! La belleza es demasiado poderosa, no puedo contra ella. He perdido. Lo perderé a él cuando el hechizo se rompa, y sin él no quiero vivir.

La joven prorrumpió en sollozos, aunque aún mantenía oculto detrás de su espalda el objeto que había traído desde el salón de baile. Suna apoyó una mano en su hombro.

—Querida, estás en un error —insistió el hada—. El amor verdadero es la fuerza más poderosa del universo, y si continúas buscando, tarde o temprano lo encontrarás. Quien te ame de verdad te verá hermosa aunque no lo seas por fuera, porque verá solamente la belleza dentro de ti. Ha pasado antes y volverá a pasar contigo. Sólo tienes que tener paciencia y esperar a un hombre que...

—No quiero esperar a otro hombre —dijo Camelia entre dientes—. Quiero al hombre que yo amo. No perderé a Osvaldo por unas leyes estúpidas.

La muchacha dejó ver por fin el cuchillo en su mano, y antes de que Suna pudiera huir o hacer cualquier otra cosa para evitarlo, Camelia le traspasó el corazón con la afilada hoja. Los ojos del hada se abrieron en una horrenda expresión de dolor y sorpresa, y su sangre transparente salpicó los brazos de la joven.

—Nadie me quitará mi sueño —agregó Camelia mientras Suna caía de espaldas sobre el césped, aferrando el mango del cuchillo que sobresalía en su pecho. El hada comenzó a apagarse como una vela dentro de un vaso vuelto del revés. Apenas respiraba, pero aun así consiguió decir unas palabras que la joven escuchó claramente:

—Acabas... de cometer... un grave error. Ojalá... mis dioses... se apiaden de ti.

Los ojos de Suna se tornaron blancos, y luego el hada se desintegró en un montón de polvillo nacarado que se esparció en el viento como cenizas. Al final sólo quedó el cuchillo, que la muchacha no se molestó en recuperar.

Camelia aspiró hondo. Sentía como si se hubiera quitado un gran peso de encima, y el alivio fue aún mayor al comprobar que la muerte del hada no había roto el hechizo. Seguía siendo hermosa; todavía conservaba la magia prestada. La chica sonrió.

¡El discurso! Osvaldo ya debía estar a punto de terminarlo, y ella debía regresar al palacio lo antes posible. Corrió, por lo tanto, de nuevo al salón de baile, y justo a tiempo para que el príncipe la llamara con un gesto mientras decía a la multitud:

—Hay algo más que debo hacer ahora, y quiero que todos vosotros seáis testigos. —Osvaldo tomó las manos de Camelia—. Hete aquí la mujer que me ha cautivado durante años, una doncella tan hermosa como inteligente y con un corazón de oro. Ya he hablado con mi padre y con el suyo, pero no le he hecho a ella la pregunta. Camelia, mi tesoro, ¿aceptarías ser mi esposa?

La joven se burló en su mente de la luna, que ya no podría hacerle daño, y respondió:

—Sí, mi querido príncipe Osvaldo, me casaré contigo.

Los invitados aplaudieron por segunda vez. El príncipe le dio a su amada un casto beso en los labios y el corazón de la muchacha se llenó de felicidad, olvidando por fin los temores y el rencor.

—Tus manos están mojadas —observó él en susurros.

—Sólo es agua de la fuente —contestó ella con voz risueña—. Nada de qué preocuparse.

Unos días más tarde, la luna llena pasó sin novedades.

(Continuará...)

Gissel Escudero

Deseo de belleza (parte 2A/3)

Faltaban dos días para el cumpleaños del príncipe, el cual se celebraría con una gran fiesta en el palacio a la que asistiría toda la nobleza, incluyendo a Camelia. Osvaldo le había entregado personalmente la invitación y ella había besado, en secreto, el nombre de su amado escrito en letras de oro sobre el papel.

La joven apenas podía creer lo que estaba pasando. Aún temía que fuera un sueño o una ilusión, no el hechizo de una verdadera hada. Para Camelia habían sido los días más felices de su vida... aunque una sombra los empañaba, como un gusano en una fruta de aspecto saludable. La sombra era una punzada de rencor.

En la vida falsa creada por la magia, el príncipe Osvaldo había cortejado a Camelia desde que ella tenía unos doce años. La muchacha poseía numerosos regalos suyos: libros, joyas, vestidos, un arpa y un violín con incrustaciones de oro e incluso un magnífico caballo rojo para cuando ambos salían a cabalgar. Habían pasado tantas horas juntos que él parecía adivinar lo que ella pensaba, y se veía que el príncipe estaba enamorado hasta los huesos aunque no lo dijera. Y eso no era todo. Los padres de Camelia también la trataban mucho mejor, prestándole más atención y dando un mayor crédito a sus palabras. Los cortesanos, los sirvientes, los visitantes extranjeros, hasta el rey y la reina se fijaban en la muchacha a pesar de que antes solían pasar a su lado sin mirarla. Y todo eso se debía a una sola cosa: la belleza. Camelia había imaginado que la belleza haría un mundo de diferencia, pero no era lo mismo comprobarlo en persona. El cambio resultaba desconcertante, enloquecedor, y a menudo la joven se sentía como si hubiera usurpado una existencia ajena en lugar de alterar la suya. Sin embargo, ésa no era la causa del rencor. El rencor provenía de entender hasta qué grado la admiración ajena dependía de las apariencias; considerando eso, ¿de qué le había servido a ella ser buena y talentosa? Nadie lo había notado, nadie, y cuando alguien lo notaba ahora, era después de haber superado el filtro de la belleza. La belleza era la máscara que la volvía visible. Sin ella no existía.

Sin embargo, el príncipe la amaba. Camelia podía pasar por alto lo demás mientras tuviera ese único don, porque cuando estaba con Osvaldo su corazón se aligeraba y la vida con la que ella había soñado desde que era una chiquilla parecía al alcance de su mano. Sólo necesitaba conservar el amor del príncipe más allá del hechizo, y entonces le daría igual volver a ser invisible para el resto del mundo.

Osvaldo fue a buscarla al jardín. Iba muy bien vestido, tenía una sonrisa en los labios y cuando llegó hasta Camelia tomó sus manos para depositar un beso en cada una. Hacía tiempo que el príncipe no le permitía inclinarse ante él, ni siquiera cuando lo demandaba el protocolo, pero semejante saludo hizo que la muchacha inclinara la cabeza para disimular el rubor de sus mejillas. No obstante, él se percató de esto último y su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Aún te sonrojas, hermosa Camelia? —dijo el príncipe con una voz tan dulce y traviesa que la joven se estremeció de placer—. No es la primera vez que beso tus manos.

—No, pero sí es la primera vez que lo hacéis de un modo tan familiar, alteza.

—Y aun así tampoco te atreves a hablarme de tú ni a llamarme por mi nombre. El día que por fin lo hagas estoy seguro de que mis pies dejarán de tocar el suelo.

La muchacha rió sin levantar la cabeza. Nunca antes había tenido ese poder sobre un hombre, y vaya que lo disfrutaba. En poco tiempo había dominado el arte de seducir con gestos y palabras, tocando sus rizos o agitando un abanico frente a su cara. Había notado incluso que un movimiento de sus faldas, revelando sus pies y tobillos, podía lograr que el príncipe se derritiera como mantequilla. En cierta manera, la belleza era igual de poderosa que una espada o un ejército.

—Mi adorable Camelia —continuó el príncipe—, hubiera deseado pedirte esto cuando te di la invitación, pero en ese momento había mucha gente alrededor y no me pareció adecuado. Por eso he venido a pedírtelo ahora: ¿serías mi pareja en la fiesta por mi cumpleaños? Nada me alegraría más que tenerte a mi lado toda la noche y bailar contigo solamente. No me dirás que no, ¿verdad? En cada baile siempre hay decenas de caballeros suplicándote un baile, pero quizás podrías hacer una excepción esta vez, por ser mi cumpleaños. ¿Me concederías ese gran honor?

Camelia miró al príncipe a los ojos. Él tenía la expresión de un cachorrito y la joven se tomó unos segundos para saborearla. En la vida falsa, el príncipe no contemplaba así a ninguna otra mujer. Ella era la única. Ella era la afortunada.

—Oh, pero el honor sería todo mío —replicó ella, sonriendo y parpadeando—. ¿Cómo podría negarme a tal favor? Sí, seré vuestra pareja y no bailaré con nadie más en la fiesta, alteza. —Camelia hizo una pausa bien calculada y añadió—: Bailaré contigo hasta el amanecer, mi querido Osvaldo.

El príncipe estrechó las manos de Camelia con más fuerza, tal vez para no irse volando como había sugerido antes. A ella le hizo gracia pensar que Osvaldo no le había hecho la petición en público por miedo a un rechazo; hasta ese punto la joven tenía el control sobre él.

—Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo —dijo él, empleando un tono serio para dar más énfasis a sus palabras—. Será la noche más maravillosa de nuestras vidas, te lo prometo. Una que nunca olvidarás. Haré que las sirvientas te lleven el vestido esta misma tarde. Lo encargué hace meses, aun sin saber qué me responderías. Serás la dama más hermosa en toda la fiesta, y los invitados se quedarán tan embobados mirándote que nadie recordará que es mi cumpleaños. Pero ése será mi mayor regalo: tenerte junto a mí en la celebración. Ni la corona de mi padre o mil reinos podrían superar eso.

Camelia sintió que se quedaba sin aliento. Tardó un poco en recuperarse y contestar:

—Será mi mayor regalo también, aunque no sea mi cumpleaños.

—Está arreglado, pues. Y espero que te agrade el vestido. Es magnífico, aunque no tanto como tú, por supuesto. Debo irme ahora, mi padre me espera con los ministros en el salón del trono. Si te quedas aquí vendré a buscarte más tarde.

—Entonces me quedaré en el jardín, Osvaldo.

—¡Ah, nunca mi propio nombre sonó mejor en mis oídos! Nos vemos luego, mi bella flor.

El príncipe se retiró de camino al palacio y ella lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Compartía su entusiasmo... salvo por esa espina de rencor que nunca parecía alejarse del todo, ni siquiera cuando estaba con su amado. ¡Oh, pero qué más daba! Tal como había dicho Suna, la magia no podía otorgarle la perfección.

Horas después, cuando subió a su habitación, el vestido se hallaba sobre la cama. Era aún más impresionante de lo que el príncipe había insinuado: estaba hecho de seda azul con bordados en plata y oro y pequeñas flores de piedras preciosas. El resplandor de las joyas deslumbraba incluso a la luz de las velas, pero lo que más le gustó a la joven fue la nota que acompañaba el vestido, con una rosa de verdad y unas palabras tan tiernas que un vulgar trozo de papel no parecía el mejor soporte para ellas. Camelia estrechó la nota contra su corazón.

—Él es mío —susurró—. Siempre será mío. Gracias, Suna.

Y así, ataviada con el espléndido vestido azul, la joven asistió a la fiesta de cumpleaños del príncipe Osvaldo. Descendieron juntos las escaleras, la mano de ella sobre el brazo de él, y la joven escuchó de inmediato los murmullos de admiración del público. Ella estaba radiante, también el príncipe Osvaldo, y los dos formaban una pareja estupenda. Ninguna persona que los viera lado a lado podría dudar de que estaban hechos el uno para el otro.

La multitud estalló en un aplauso, y una vez que la pareja llegó al pie de las escaleras, la orquesta empezó a tocar y el príncipe tomó a Camelia en sus brazos para el primer baile.

La joven pensó que había nacido para esa noche y ese instante en particular. Era la culminación de sus deseos, la máxima gloria: ella bailando con el príncipe y admirada por él y por todos en la corte. Miles de velas derramaban su luz desde arriba, la seda de su vestido susurraba acompañando la música y el aire olía a flores, perfumes y deliciosos manjares. Camelia hubiera detenido el tiempo ahí mismo para disfrutar de esos minutos durante años antes de seguir adelante. Entonces el príncipe sonrió y le dijo:

—Te amo, Camelia. ¿Tú también me amas?

Los ojos de la muchacha centellearon cuando ella respondió:

—Te amo más que a nada en el mundo, mi querido príncipe Osvaldo.

—Ah, no sabes cuánto he esperado para oírte decir eso, hermosa mía. Desde que te vi por primera vez supe que no podría querer a nadie más. Tu belleza ilumina mi corazón todos los días.

Los ojos de Camelia perdieron su brillo.

—¿Desde que me viste? ¿Y si yo no hubiera sido hermosa? ¿Y si no fuera hermosa ahora? ¿Me amarías de igual manera?

—¿Por qué preguntas eso? No tiene sentido hacer conjeturas sobre lo que no es verdad. Eras hermosa, eres hermosa y yo te amo.

—Sí, pero... ¿sólo te importa que sea bella?

—Claro que no, tienes muchas otras cualidades. ¿Crees que no lo he notado? ¿Cuántos libros te he regalado, a cuántas obras de teatro hemos asistido juntos, cuántas horas hemos pasado hablando de historia y filosofía bajo los árboles frondosos del jardín?

—Y si aún conservara todas esas cualidades excepto mi belleza, ¿me seguirías amando?

El príncipe acarició las mejillas de Camelia.

—Amor mío, no debes preocuparte por nada de eso. ¿Por qué renegar de tu belleza con tanto ahínco, como si fuera una maldición? Es una parte más de ti misma, y yo amo el conjunto. Te amo tal como eres.

Los ojos de Camelia brillaron de nuevo, pero en esta ocasión fue a causa de las lágrimas que pretendían escapar de ellos. La joven ya no pudo insistir. El príncipe le había respondido al evadir la pregunta, y ella sintió que su mundo de ensueño se hacía trizas como un espejo roto cuyos pedazos se le estuvieran clavando en el corazón.

La orquesta dejó de tocar. Osvaldo soltó a la muchacha y dijo:

—Mi padre quiere que dé un discurso antes de proseguir con la fiesta. Pero voy a anunciar algo más cuando termine, así que no te vayas muy lejos. Te llamaré cuando sea el momento, mi flor adorada, y ojalá respondas que sí a la pregunta que voy a hacerte.

—Puedes... puedes estar seguro de ello —respondió Camelia fingiendo una sonrisa. El príncipe se separó de ella después de besar su mano y fue a dar el discurso.

Todavía conteniendo las lágrimas, Camelia miró por una ventana. La luna estaba casi llena, y aunque en cualquier otra ocasión le habría parecido bonita y luminosa, ahora se le antojaba amenazadora y sombría. La maldita luna iba a arrebatarle su sueño.

Pensando a medias, la muchacha tomó un objeto de una de las mesas y se escabulló al jardín. Sus zapatitos hicieron en la oscuridad un ruido similar a los latidos de un pájaro asustado, y la joven sintió su propia respiración como un viento frío en sus labios. La esperanza en su pecho estaba muriendo y sólo había una manera de salvarla...

(Continuará...)

Gissel Escudero

13 de abril de 2012

Deseo de belleza (parte 1B/3)

La gatita se volteó hacia ella. Ante la mirada de asombro de Camelia, su pelaje relumbró como el sol, cegándola por un instante, y cuando la luz se apagó ya no había una gata en el claro sino una bellísima dama vestida de rosas blancas, con unas alas transparentes de las que salían chispitas cada vez que las movía. El cabello de la dama era como hilos de nácar y le llegaba hasta las rodillas, suelto o en finas trenzas decoradas con perlas. Camelia trató de hacer una reverencia, pero las piernas le fallaron y se derrumbó hacia adelante, casi a los pies descalzos de aquella fantástica aparición.

—No te asustes, jovencita, pues no voy a lastimarte —dijo la dama con una voz que recordaba el tintineo de unas campanas de plata—. Te he observado desde hace un tiempo, y lo que hiciste hoy fue un acto de generosidad como no había visto en años. Sé que llevas una gran pena en tu corazón, y he decidido ayudarte para lograr que esa pena se vaya.

Camelia alzó la mirada. Le tomó un poco más ponerse de pie, porque aún sentía las piernas como si no tuvieran huesos.

—Me llamo Suna —agregó la dama—, y soy un hada.

—Las... las hadas no existen —balbuceó Camelia. Luego se dio cuenta de que tal vez había cometido una falta de cortesía al decir eso; sin embargo, Suna emitió una risa alegre y tan hermosa como ella misma.

—Bueno, he de admitir que mi gente ya no suele aparecer muy seguido ante los humanos, pero no por ello hemos dejado de existir. Dime, ¿amas al príncipe Osvaldo?

—¡Lo amo con toda mi alma! —respondió Camelia, superado el balbuceo—. ¡Nada me haría más feliz que estar a su lado por el resto de mi vida! ¡Si no fuera porque...!

La muchacha no pudo terminar la última frase. El recuerdo de su fealdad la dejó sin palabras, y se tapó el rostro con ambas manos para ocultarlo y al mismo tiempo ahogar un sollozo. Suna retiró las manos de ahí suavemente. Había una profunda compasión en sus ojos como zafiros.

—Querida niña, te diría que la belleza se encuentra en el interior, pero tú ya eres bella por dentro y aun así estás sola. No es tu culpa, pues, si los demás ignoran lo que es en verdad importante. Es por eso que voy a concederte tu deseo, aunque sólo hasta la próxima luna llena.

—¿Mi... deseo? ¿Me harás hermosa para que Osvaldo se fije en mí?

—Sí, eso es lo que haré. Hasta la próxima luna llena, tu vida será como si siempre hubieras sido hermosa. Así tendrás la oportunidad de ganarte el corazón del príncipe, y si su amor por ti es verdadero, éste perdurará cuando el hechizo se rompa. Entonces él te aceptará tal como eres en realidad, y estaréis juntos hasta el fin de vuestros días.

—Pero ¿por qué tiene que romperse el hechizo?

Suna acarició las mejillas de la chica, limpiando las lágrimas que había derramado bajo el árbol.

—Ah, mi niña, qué más quisiera yo que darte una perfección absoluta y eterna. Pero hay reglas. Mi magia obedece a unas leyes inquebrantables que están por encima de mí, y si no las cumpliera, las consecuencias serían desastrosas. Tendrás que conformarte con este favor limitado y obtener de él lo mejor posible. Sé que podrás hacerlo, eres lista.

Camelia no titubeó. Aquello era extraordinario, inverosímil, pero si era verdad, eso ponía a su alcance el mayor anhelo de su existencia. ¿Cómo negarse a ello? Lo peor que podría pasar era que se tratara de un sueño y todo se desvaneciera al despertar.

—Sí. Sí, acepto. Hazme hermosa hasta la próxima luna llena, querida Suna. Te lo agradeceré cada segundo de mi vida desde hoy en adelante.

—Acércate, Camelia, y dame la mano que todavía no he curado.

La muchacha extendió su mano. Las heridas comenzaban a hincharse pero Camelia ya no le prestaba atención al dolor, dado que la esperanza le había dado algo mucho mejor en qué pensar. Suna pinchó sus propios dedos con las espinas de sus rosas y luego depositó unas gotas de su sangre, transparente como el agua, sobre la palma de la joven. De nuevo ocurrió un milagro: la sangre del hada traspasó la piel de Camelia y recorrió todo su cuerpo, cambiándola desde adentro hacia afuera por el poder que contenía. La joven llegó a ver parte de la transformación, pues no sólo terminaron de sanar todas sus heridas, sino que además sus manos y su cuerpo adoptaron una nueva forma. De pronto su silueta ya no era poco agraciada; ahora tenía unos contornos exquisitos, como las modelos que usaban los grandes pintores para sus desnudos. Camelia palpó su rostro y allí también notó la diferencia, que confirmó con un rápido vistazo a su reflejo en la fuente. La muchacha dejó escapar una exclamación de deleite. Jamás había contemplado un rostro más hermoso o unos cabellos más espléndidos; era lo que siempre había querido ser, o como se había imaginado a sí misma en sueños y fantasías. Camelia rompió a llorar de nuevo, pero esta vez de alegría.

—Ya tienes lo necesario para conquistar al príncipe —dijo Suna, quien estaba sonriendo—. Que la suerte te favorezca, mi niña. Y recuerda: la magia es prestada y tendrás que devolvérmela...

—En la próxima luna llena —completó la joven—. ¡Oh, esto es maravilloso! ¡Gracias, mil gracias!

—De nada, Camelia. Debo irme ahora. Nos veremos de nuevo cuando la luna forme un círculo perfecto.

El hada se convirtió en una paloma blanca y se marchó volando hacia el sol. Camelia volvió a mirarse en la fuente, casi enamorada de su propia belleza; sin embargo, pensaba sobre todo en el príncipe Osvaldo, su querido, amable y apuesto príncipe Osvaldo.

—Por fin serás mío, y yo seré tuya —murmuró Camelia, y le mandó un beso a su reflejo antes de regresar al palacio.

(Continuará...)

Gissel Escudero

Deseo de belleza (parte 1A/3)

Érase una vez, en uno de esos mundos mágicos donde ocurre la mayoría de los cuentos de hadas, una joven dama de la corte llamada Camelia. Ella reunía todas las cualidades que hacen atractiva a una mujer... excepto una. Camelia era bondadosa, inteligente y vivaz, pero su cuerpo y su rostro carecían de belleza. Aunque estaba muy lejos de ser horrible, no había un solo hombre que pasara junto a ella y la considerara digna de atención, e incluso cuando la joven hablaba, mostrando sus excelentes cualidades interiores, su falta de hermosura impedía que los caballeros sintieran por Camelia más que un respeto desinteresado. La muchacha simplemente pasaba desapercibida, y por tal razón ocupaba los días y las noches con sus libros y su arpa, que tocaba con maestría. Hubiera podido encontrar la felicidad de esta manera... de no haber sido porque amaba a alguien que la ignoraba por completo. Y no era cualquier persona, además, sino el mismísimo hijo del rey y heredero al trono, el príncipe Osvaldo. Su amor por él no era un anhelo descabellado puesto que la joven también pertenecía a la nobleza, pero el príncipe, al igual que los demás varones del palacio, nunca se había dignado a contemplarla. Ella no lo culpaba por eso. Lo quería demasiado, y cada vez que se miraba al espejo no encontraba un solo rasgo o atributo que pudiera utilizar en su favor. ¿Por qué habría de escogerla el príncipe si tenía a su disposición muchas otras damas y princesas con una mente igual a la de ella pero en un cuerpo más bonito? El amor de los hombres comenzaba por los ojos, pensaba Camelia amargamente, y los ojos escapaban de ella como el agua del aceite. El suyo era un amor condenado mucho antes de empezar, y la joven lloraba a menudo en la soledad de su habitación.

Una tarde de verano, Camelia paseaba por los jardines del palacio buscando un sitio agradable donde sentarse a leer. Como de costumbre, nadie la acompañaba, lo cual la hacía preguntarse si el resto de su vida habría de transcurrir la misma y triste manera. Tenía apenas veintiún años, y la perspectiva de otras cuatro o cinco décadas de rechazo estrujaba su corazón y su alma como un puño.

Unos gritos y chillidos la distrajeron de sus pensamientos. Esquivando canteros de flores y arbustos llegó a una sección del jardín con un árbol en el centro, al que rodeaban unos diez chiquillos armados con piedras. En las ramas más altas había algo que ellos intentaban derribar, y la joven dio un respingo al comprobar que se trataba de una gatita blanca. Camelia soltó el libro y corrió hacia los niños agitando los brazos.

—¡Ya basta! ¡Deteneos! —ordenó a gritos—. ¿Quién os ha enseñado a ser tan perversos? ¡Deteneos ahora mismo o llamaré a vuestros padres!

Los niños interrumpieron su juego y miraron a Camelia con patente desprecio.

—¿Y quién te haría caso a ti, con lo fea que eres? —respondió uno de ellos, y sus compañeros se echaron a reír—. ¡Vete o te arrojaremos las piedras a ti!

—¡Haced tal cosa y os daré una tunda! ¡Y no creáis que no puedo, ya que mi padre es el primer ministro del rey! ¡Largaos de aquí, y que no vuelva a descubriros maltratando a los animales, pequeñas sabandijas! ¡Fuera ya!

El tono firme de Camelia logró el efecto deseado y los chicos se retiraron, aunque uno de ellos sí se tomó el tiempo para lanzarle una piedra a la cara. La joven reprimió un gritito de dolor y se llevó una mano a la frente, donde en pocos segundos le apareció un chichón. Los niños, sin embargo, ya estaban fuera de su alcance. Murmurando imprecaciones, la joven se volteó hacia el árbol.

—Ya puedes bajar —le dijo a la gata—. Esos malcriados se han ido, estás a salvo ahora.

La gatita maulló pero no se movió de donde estaba. Aún tenía los pelos erizados y una expresión de miedo en sus ojitos azules. Se quedaría en el árbol durante días, pensó Camelia, hasta que el hambre y la sed vencieran su temor. Sería mejor que ella hiciera algo al respecto.

La muchacha se aseguró de que nadie estuviera observando y, tras quitarse el vestido para que las amplias faldas no la estorbaran, comenzó a trepar el árbol. No le resultó nada fácil, pues el tronco y las ramas tenían agudas espinas que se clavaron más de una vez en su piel. La sangre de Camelia manchó la corteza y sus calzas como una especie de sacrificio, y aunque ella contuvo los gemidos, no logró impedir que unas lágrimas brotaran de sus ojos. Consiguió llegar hasta la gatita, sin embargo, y extendió una mano herida hacia ella. Ambas se encontraban a una gran distancia del suelo; el animal quizás no se haría daño si caía, pero la joven seguramente se rompería unos cuantos huesos.

—Ven aquí —dijo Camelia con voz dulce—. Ven aquí, bonita, sólo quiero ayudarte. Te ayudaré a bajar de este horrible árbol espinoso.

Al principio pareció que la gata no obedecería a causa del susto, pero poco a poco avanzó por la rama hasta la mano de la chica. Era suave como un montoncito de plumas, e igual de ligera. Camelia desató los lazos de su camisa para meter allí a la gata, puesto que necesitaría ambas manos en el descenso. La gatita se le aferró al pecho con las uñas y de nuevo Camelia reprimió un gemido. Bajó del árbol tal como había subido: padeciendo un gran dolor y temiendo que alguna rama se partiera sin previo aviso, enviándola al suelo. Esto último no sucedió, por suerte, y de nuevo al pie del árbol, la muchacha se sentó en la hierba, desprendió a la gatita de su cuerpo y se echó a llorar. No pudo evitarlo; de pronto se sentía muy infeliz, pensando que ninguna buena acción sería suficiente para ganarle el amor de nadie y todo porque el destino, o lo que fuera, se había negado a otorgarle un poquito de belleza. Oh, ¿por qué no podía ser hermosa, si hasta la flor más humilde era agradable a la vista? ¿Por qué las coloridas mariposas que todos los años revoloteaban por los jardines del palacio eran más afortunadas que ella? No parecía justo.

Camelia percibió un contacto suave en una de sus manos: era la nariz de la gatita, y allí donde el animal la tocaba, las perforaciones de las espinas sanaban de inmediato. La muchacha dejó de llorar y se restregó los ojos con la otra mano, pues no podía creer lo que estaba viendo. Pero era cierto. Las heridas que había tocado la gata ya no estaban ahí.

—¿Qué clase de prodigio es éste? —murmuró Camelia, y la gatita le respondió con un maullido antes de alejarse—. ¡Eh, no te vayas! —exclamó la joven, pero el animal no estaba escapando de ella sino que la guiaba hacia una parte más aislada del jardín. La joven corrió tras la gata llevando su vestido en las manos, y de esta manera llegó a un claro donde había una fuente de mármol muy antigua rodeada de árboles igualmente centenarios. Camelia no reconoció el lugar, y eso que creía haber explorado hasta el último rincón del palacio y sus alrededores. Entonces la muchacha tembló de miedo, porque algo sobrenatural estaba pasando y, a pesar de la curación milagrosa, quizás no fuera del todo benigno.

(Continuará...)

Gissel Escudero

9 de abril de 2012

El tercer bando (parte 5B/5)

Los dos corrieron siguiendo a la multitud enloquecida, tomados de la mano a fin de no separarse, hasta que salieron de la plaza y se escabulleron por una calle menos transitada. La joven estaba exhausta y adolorida por los golpes; Ismael ni siquiera se había despeinado, pero tenía una expresión de alarma en el rostro y sujetaba a Tatiana como si temiera que alguien fuera a arrebatársela.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella.

—Iremos a...

—Ustedes no irán a ningún lado todavía —dijo una tercera voz, y los fugitivos se detuvieron en seco al ver que estaban rodeados de policías. Mas no eran policías, en realidad, porque entre ellos se encontraba el hermano de Ismael. Los demás, hombres y mujeres con idéntica actitud, también debían ser sus parientes.

—Fueron ustedes, ¿verdad? —preguntó Ismael.

—Por supuesto. ¿Acaso no te lo advertí? —dijo el hombre de los ojos negros. Ismael lo encaró poniéndose ante la joven a modo de escudo.

—Pues resolví no hacer caso de la advertencia —contestó él.

Ambos lo decidimos —puntualizó Tatiana. Ella no tenía miedo. Estaba rodeada de seres sobrenaturales que habían estado a punto de matarla una vez, pero aun así lo que sentía era una extraña paz. Tal vez fuera porque se había mantenido fiel a sus principios o porque Ismael estaba a su lado y eso le transmitía fuerza; en todo caso, mantuvo la cabeza en alto frente a sus adversarios, apretando la mano que sostenía la suya.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ismael. El círculo se cerró un poco más sobre él y Tatiana.

—Se acabó —dijo el hombre pálido—. Aquí termina tu pequeña revolución.

¿Qué le seguiría a eso?, pensó la joven. ¿La muerte? ¿Una condena infinita? Sin embargo, nada de eso ocurrió, sino que el hermano de Ismael continuó hablando.

—Puedes irte a donde quieras, pero desde hoy ya no tendrás las habilidades que te permitían intervenir. Ni tú ni tus cómplices. Ellos aún podrían hacer de las suyas como antes de conocerte, pero bueno, eso se llama libre albedrío y tarde o temprano les tocará padecer las consecuencias, si no se arrepienten y piden perdón. Sabes cómo funciona eso.

Ismael frunció el entrecejo.

—¿Eso es todo? ¿Y lo que dijiste el otro día sobre...?

—Eres afortunado, hermanito. Nuestro padre simplemente decidió no ser tan duro contigo, aunque no te dejará volver a casa en mucho tiempo, por cuestionar sus designios. Ya tiene bastante con los exiliados como para lidiar encima con un hijo caprichoso que se cree moralmente superior.

—Entonces es lo de siempre, ¿no? Él decide, los demás obedecemos y los millones de personas que van a morir no importan. Y luego resulta que yo soy el traidor por atreverme a pensar diferente.

Tatiana se aproximó a Ismael para apoyarse contra su espalda. La voz de él sonaba como si la falta de un castigo le sentara mucho peor que una horrible sentencia, tal vez porque salir bien librado no era consuelo suficiente. A ella le pasaba lo mismo, aunque seguramente lo sentía con mucha menor intensidad. Al fin y al cabo, sólo era humana. Sin embargo, el hombre pálido se adelantó un paso y replicó:

—El futuro que anticipaste no sucederá. Aunque el presidente no haya muerto en el atentado, caerá enfermo en unos pocos meses y tendrá que ceder el mando.

—¿Qué? ¿Es cierto eso? —preguntó Ismael. Su hermano les hizo un gesto a sus acompañantes pidiéndoles que se retiraran. Ellos se marcharon. El hombre pálido bajó la voz para decir:

—Esto quedará entre nosotros, y pobre de ti si tratas de sacarle provecho. Verás, hermano... existe una pequeña, muy pequeña posibilidad de que tu rebelión haya causado cierto efecto en los demás. La mayoría de nosotros comprende y apoya los designios de nuestro padre, pero no eres el único que siente lástima por los humanos, aunque sean un montón de ovejas descarriadas. Ya enfrentamos una guerra y nuestro padre no desea que ocurra otra. Es decir, no por el momento, dado que más adelante tendremos que hacernos cargo de los exiliados. Como sea, por esta vez él ha intervenido para evitar más problemas. Y tendrás que darte por satisfecho con eso, porque es todo lo que vas a obtener. ¿Te alcanza para quedarte tranquilo y callado?

Ismael había cerrado la mano libre en un puño, pero ahora aflojó la presión y el resto de su cuerpo tenso también pareció ablandarse.

—Me habría gustado que hiciera algo más, pero supongo que eso es mejor que nada —replicó él. Su hermano suspiró.

—Bueno, es que no se puede volver al principio, cuando todo era más simple. Todavía no, por lo menos. En fin, ya debo irme. Cuídate, hermano, y que seas muy feliz. En lo personal, reconozco que tenías buenas intenciones.

—Gracias. Adiós.

El hermano de Ismael se marchó en la dirección contraria, de tal forma que sólo quedó la pareja en la calle. Los gritos de la muchedumbre ya se habían apagado. Ismael dio media vuelta, sostuvo ambas manos de Tatiana y recostó su frente en la de ella. El alivio había devuelto a su cara la expresión que tanto admiraba la joven, ese reflejo de paz y grandeza en el que no existía lugar para la miseria.

—¿De verdad somos libres? —preguntó ella.

—Eso parece. ¿Vendrás conmigo?

—¿A ese mundo extraño que tanto te agrada? ¿Al edificio blanco?

—A mi casa, sí.

Tatiana sonrió.

—Te he seguido hasta aquí, ¿verdad? Iría contigo a cualquier otra parte. Y no estaría mal alejarnos de este mundo por un tiempo. Creo que ya no queda mucho en él para la gente como nosotros.

Ismael la besó en la frente, en las mejillas y por último en los labios. Aunque sintiera alivio, también se veía muy cansado, y Tatiana supuso que ella debía lucir igual.

—Vamos a casa, entonces —dijo él, y los dos caminaron calle abajo tomados de la mano hasta que llegaron a las vías y un tren se detuvo frente a ellos.

Gissel Escudero

El tercer bando (parte 5A/5)

Después de una larga preparación, y aun a pesar de los contratiempos, el plan estaba por llegar a su dramático final. Una gran parte de los reclutados participarían en él, cada uno haciendo su parte para que todo funcionara como era debido. El gatillo, no obstante, lo oprimirían los activistas. Ellos no eran precisamente trigo limpio; su organización caería junto con el presidente corrupto, y de este modo se resolverían dos problemas de una sola vez. O sea, siempre y cuando nadie lo echara a perder.

Ismael estaba más preocupado que Tatiana, si tal cosa era posible. Ella temía por el éxito de la misión, las vidas que estaban en juego y la seguridad de sus compañeros. Igualmente temía por ella e Ismael. Entre los dos habían creado algo muy hermoso y frágil, una conexión entre espíritus afines que iba más allá del amor. Ambos estaban dispuestos a sacrificar ese tesoro por sus ideales... pero dolería, vaya que sí. Como destruir un árbol cargado de flores y frutos en medio del desierto.

El atentado ocurriría en una plaza pública. El presidente daría un discurso y la vigilancia era estricta; el plan de Ismael consistía en desviar la atención de los policías y guardaespaldas el tiempo suficiente para exponer a la víctima al disparo fatal. Tatiana ayudaría en esa labor, aunque debido al accidente en el edificio, Ismael se rehusaba a perderla de vista. En algún momento se paró junto a ella y le preguntó si estaba nerviosa. Ella le respondió:

—Siento que voy a explotar como un globo, pero dado que las personas no explotamos, diría que estaré bien.

—Me alegra saberlo.

Ismael la abrazó por detrás y la besó en el cuello antes de apartarse una vez más. Tatiana quiso decirle que lo amaba, pero no era el lugar apropiado; no ahí, tan cerca de un asesinato y con todo pendiendo de un hilo. Además, estaba segura de que él lo sabía y también de que el sentimiento era recíproco. Con eso le bastaba. Con eso le bastaría si todo lo demás se caía en pedazos debido a lo que estaban por hacer.

Había llegado la hora de empezar a moverse. Puesto que carecían de un francotirador, los activistas actuarían directamente desde la plaza, y por lo tanto necesitaban mezclarse entre la multitud, recuperar las armas que habían escondido allí días antes y disparar. Sonaba a pan comido... excepto que fracasarían sin algo de ayuda extra. Para eso estaban ahí Tatiana y los demás: se interpondrían en el campo visual de los guardaespaldas y también en el de las cámaras de seguridad. Cuando los activistas dieran por fin la cara sería demasiado tarde para frenarlos.

Tatiana se desplazó entre la muchedumbre. Aún sentía sobre ella la mirada vigilante de Ismael, pero en ese instante su concentración estaba enfocada en sus propios pasos. Era como una especie de baile: tenía que moverse de un lado a otro en perfecta sincronía con sus compañeros de trabajo. El presidente ya había asomado al podio para dar su discurso, y la joven se atrevió a pensar que, a pesar de la amenaza que pendía sobre ella e Ismael, quizás lograran acabar la misión de todas maneras. Después de eso, Tatiana se daría el lujo de...

El tumulto comenzó en algún sitio sobre el lado norte de la plaza y se extendió como una ola al resto de los presentes. Los guardaespaldas debían haber notado algo, porque todos sacaron sus armas y los que estaban junto al presidente arrastraron al hombre por los brazos al interior de un edificio. Ninguno de los tres disparos que sonaron entonces llegó a rozarlo.

Los balazos hicieron que la multitud entrara en pánico. La ola del disturbio se había convertido en una marejada, y Tatiana recibió puntapiés y codazos desde varias direcciones por parte de las personas que intentaban huir. Luego ella tropezó y cayó al suelo con las manos por delante, y entonces se sintió como un pequeño animal en medio de una estampida de búfalos. Se oyeron más balazos por encima de los gritos y el ruido de los zapatos golpeando el pavimento, aunque en ese instante la joven estaba tan ocupada tratando de levantarse que no se dio cuenta de ello. De pronto alguien la sujetó por el brazo y tiró de ella hacia arriba, empujándola luego contra una pared donde por fin estuvo a salvo. Tatiana iba a darle las gracias al desconocido cuando vio que se trataba de Ismael.

—¿Qué está sucediendo? —le preguntó ella.

—Nos han saboteado. Tenemos que salir de aquí.

—¿Y los demás?

—Se las arreglarán sin ayuda. ¡Vamos!

(Continuará...)

Gissel Escudero

8 de abril de 2012

El tercer bando (parte 4B/5)

Unos pasos lentos la hicieron abrir los párpados de nuevo y un segundo gemido brotó de su garganta junto con más sangre. El hombre pálido estaba frente a ella, con una rodilla en el suelo polvoriento y mirándola a la cara. Su expresión era neutra como la de una máscara de cera con ojos de obsidiana. ¿Era la muerte? Tatiana hubiera querido preguntárselo, pero ya no tenía fuerzas. Sin embargo, el hombre le dijo en un tono reconfortante.

—No te preocupes. Mi hermano llegará en pocos segundos.

Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de Tatiana. Esperó a escuchar el ruido de la llave de plata, pero en lugar de eso los pasos surgieron de la nada y acto seguido se oyó la voz de Ismael.

—¿Qué haces tú aquí?

—No deberías perder el tiempo conmigo —respondió el otro hombre, a quien iba dirigida la pregunta—. Su vida se extingue.

La presión sobre el pecho de Tatiana desapareció junto con la viga, y segundos después ella estaba en brazos de Ismael, quien apoyó una mano en su corazón.

—Te pondrás bien —dijo él. Sus ojos estaban velados por la pena, de tal forma que habían perdido el color. A Tatiana se le ocurrió que había más dolor en esos ojos del que ella misma sentía, aunque en realidad su propio dolor se estaba desvaneciendo poco a poco. Era como si saliera de su cuerpo a través del hombre. Ella levantó su diestra y la apoyó sobre la mano milagrosa. Minutos después el dolor se fue por completo y la joven se incorporó sin ayuda. Ismael la abrazó.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó él a su hermano.

—Ya sabes por qué. Estás transitando un camino prohibido. Abandona tu juego antes de que nuestro padre se enfade de verdad contigo.

—¿Mi juego? ¿Y qué es lo que hace nuestro padre exactamente sino jugar con la humanidad? Él y los exiliados. Mientras ellos se disputan el poder, la humanidad está en medio y no importa quién sufra o muera, ¿no?

Los ojos de Ismael habían recuperado el color, pero ahora se veían enrojecidos por la ira. El otro hombre suspiró.

—No empieces con eso otra vez. Ya has dejado bien claro lo que piensas. Nuestro padre está dispuesto a perdonarte por actuar en solitario, siempre y cuando vuelvas a casa de inmediato y pidas perdón.

—No voy a hacer tal cosa. Mi conciencia...

—Sí, sí, tu preciosa conciencia. Pero también tienes un corazón. Tal vez no te importe sufrir tu propio castigo, pero... el castigo podría recaer sobre alguien más. Lo de hoy fue un aviso.

Tatiana sintió que Ismael la abrazaba con más fuerza. La joven se atrevió a mirar de nuevo al hombre pálido y descubrió que ya no estaba ahí. Ismael la ayudó a ponerse de pie.

—Te llevaré a casa —dijo él. Sonaba derrotado.

—¿Y qué hay del incendio?

—Ya es tarde para eso. Vámonos.

Dieron unos pasos y, tal como habían llegado al otro mundo al salir del parque, al cruzar una puerta se hallaron en casa de Tatiana. Ismael la hizo recostarse en un sofá a pesar de que la joven insistió en que ya no le dolía nada.

—No discutas con el médico —respondió él, aunque no había humor en sus palabras.

—De acuerdo, me recostaré. Pero pienso levantarme cuando te vayas para darme un baño. Como sea... gracias por salvar mi vida. Le daré las gracias a Cristóbal también, por avisarte tan rápido.

—No lo supe por él. Lo supe... porque lo supe. Siempre sé dónde estás.

—Oh.

Por un rato no hablaron más. Él estaba de pie a dos metros de la joven, con la mirada perdida en algún otro punto de la habitación. No había encendido las luces, pero incluso en la penumbra Tatiana pudo ver que tenía una expresión desdichada.

—¿La amenaza de tu hermano era en serio? ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó ella.

—No lo sé.

—¿Se arruinó el plan?

—Puede arreglarse.

—¡Entonces hagámoslo! —exclamó Tatiana—. Esos millones de vidas...

—Te hice una promesa. Dije que nada malo te pasaría, ¿recuerdas?

Ismael fijó su mirada en la de ella. Había algo hermoso y a la vez terrible en su expresión, una lucha feroz entre objetivos opuestos pero igual de importantes para él. Tatiana supo por qué ella era parte del conflicto, y aunque le hubiera gustado ceder a sus propios deseos, el conocimiento que poseía la arrolló con una fuerza implacable: las muertes por el Holocausto, la hambruna causada por la reforma agrícola de Mao, los campos de concentración en los tiempos de la Unión Soviética. Muchas más tragedias a lo largo de los siglos, algunas de ellas también provocadas por los delirios de grandeza de unos pocos líderes. Si alguien los hubiera eliminado antes de que cometieran semejantes barbaridades...

La joven se puso de pie y dio unos pasos hacia Ismael.

—No puedes convertirme en tu prioridad. Sólo soy una mujer, y tú eres...

—Tu alma es como la mía —replicó él con una sencillez que no daba lugar a discusiones.

—De acuerdo. Entonces te libero de tu promesa, porque yo no dejaré que pongas mi vida ni mi alma por delante de las vidas de millones. Estoy dispuesta a aceptar el castigo tanto como tú. Haremos lo que nos parezca correcto y que tu padre se vaya al cuerno, por testarudo.

Ismael se rió. No fue la carcajada alegre y despreocupada que ella le había oído en la planicie, pero su buen humor estaba de vuelta y Tatiana dio las gracias por eso.

—¿Estás segura? —preguntó él a continuación. La joven asintió. Entonces Ismael cubrió el resto de la distancia que los separaba, sostuvo la cara de ella entre sus manos y la besó. Tatiana le respondió sin dudarlo, pensando que ese momento ya compensaba cualquier castigo que pudiera venir después. De nuevo se sintió como una plantita bajo el sol, o tal vez una flor que abriera sus pétalos por primera vez en la luz de la mañana. Sin embargo, más allá de lo que fuera él en realidad, sus caricias no se diferenciaban de las de cualquier hombre de carne y hueso.

Se desplazaron hacia la ducha, para quitarse bajo el agua caliente la sangre, el polvo y la ropa sucia, y luego pasaron el resto de la noche en la cama. Todo lo demás dejó de importar hasta el día siguiente.

(Continuará...)

Gissel Escudero

El tercer bando (parte 4A/5)

Una de las mayores características de Cristóbal era que jamás perdía la calma, sin importar qué tan compleja o tensa fuera la situación. Tatiana se creía bastante buena en ese sentido, pero el hombre era un verdadero témpano de hielo. En esta ocasión, no obstante, lucía nervioso, y la joven pensó que debía ser una muy mala señal.

Se encontraban por tercera vez en un país extranjero, al que habían llegado desde el edificio blanco por medio de una llave. No hubieran podido realizar la misión de otra manera, porque debían trabajar en una construcción que estaba abandonada pero llena de candados y rejas por todas partes. Habían entrado a ella desde un baño y saldrían de la misma forma apenas terminaran su labor del día, que incluía tres bidones de gasolina y una caja de fósforos.

Tatiana vio a Cristóbal enjugarse el sudor de la frente mientras ambos rociaban de combustible las cajas apiladas aquí y allá. Finalmente la joven no pudo aguantarlo más y preguntó:

—¿Te sientes bien? ¿Le tienes miedo al fuego?

Cristóbal miró su reloj. Era temprano, por lo que se tomó un descanso para responder:

—No, no me asusta el fuego. Pero tienes el derecho de saber qué pasa, y algo no anda bien. Han pasado cosas extrañas últimamente, como si alguien nos estuviera haciendo a nosotros lo que nosotros hacemos. Pequeños inconvenientes inexplicables. Por ejemplo, tú no deberías estar aquí para empezar.

—¿No?

—No. —El hombre habló cada vez más rápido—. Se suponía que iba a traer a alguien más, pero ¡oh casualidad!, esa persona se fracturó una pierna en un accidente doméstico. Y los demás candidatos para esta misión estaban ocupados resolviendo complicaciones que surgieron de la nada en otros lugares. Es como si estuviéramos perdiendo el control poco a poco, y la falta de control me pone los pelos de punta. Quiero terminar aquí y largarme cuanto antes. Echa más gasolina por ahí. Yo acabaré por este lado. ¡Deprisa!

—Sí, claro —respondió Tatiana, y no perdió un segundo en hacer lo que su compañero le había ordenado. El nerviosismo se contagiaba con facilidad, y si era cierto lo que él le había dicho, pues ella también deseaba irse de ahí lo antes posible.

Había unas personas reunidas clandestinamente en un edificio de apartamentos al otro lado de la calle. En unos minutos vendrían unos agentes secretos del gobierno para arrestarlos, lo cual no debía suceder; el plan de rescate consistía en generar un incendio, de tal manera que los carros de bomberos bloquearan las calles y las personas reunidas pudieran escapar durante la confusión. Eso resultaría más fácil y efectivo que intervenir directamente, y también menos arriesgado para ella y Cristóbal.

La joven vació su bidón de gasolina y se dispuso a regresar a la puerta por la que habían llegado. Pensó que quizás los temores de Cristóbal habían sido infundados... hasta que se oyó un crujido y el techo cayó sobre ella.

Por unos minutos que parecieron eternos, el mundo se convirtió en un relámpago de dolor. A la joven le tomó bastante poder abrir los ojos, y después de eso tuvo que esperar un rato a que su vista se aclarara para comprender la situación. Se había desprendido una viga de hierro y ella estaba atrapada debajo. Debía tener varios huesos rotos y unas cuantas heridas internas, porque todo su cuerpo parecía gritar. Ella también intentó gritar, pero su rostro estaba casi pegado al suelo y la presión en sus costillas y su espalda apenas le permitía tomar aire. Lo único que salió de su boca fue un gemido como de animal atropellado. Iba a morir, pensó. Moriría igual que un perro al que le hubiera pasado un autobús por encima.

Tardó en darse cuenta de que Cristóbal le hablaba, aunque no comprendió del todo lo que él le decía. Su mente comenzaba a apagarse.

—... quila... ayuda... ya regreso. Aguan...

La voz de Cristóbal se alejó al mismo tiempo que sus pasos. Luego se oyó el chasquido de una llave y por último el silencio.

¿Ayuda? ¿De qué clase? Ningún médico podría reparar su cuerpo destrozado. Sería mejor dejarse ir. Eso le evitaría un mayor sufrimiento, pues los bomberos y los paramédicos no conseguirían más que prolongar su muerte.

Tatiana cerró los ojos. Tenía sangre en la boca, abundante y cálida. Pronto se inundarían sus pulmones y la falta de oxígeno la dejaría inconsciente. Estupendo.

(Continuará...)

Gissel Escudero

7 de abril de 2012

El tercer bando (parte 3B/5)

El hombre extendió la mano de nuevo y esta vez Tatiana sí la tomó. Caminaron lado a lado por la planicie como si fuera un recorrido turístico normal, a pesar de que cada tanto alguna bestia rarísima pasaba frente a ellos. Algunos de esos animales hasta se detenían para contemplar a la pareja con expresión ávida, pero Ismael los espantaba con un movimiento brusco de su brazo.

—Haz de cuenta que son vacas —le dijo él a Tatiana, y la joven soltó una carcajada.

—¿Qué es este sitio? —preguntó ella después.

—Hay muchas realidades diferentes. Los humanos sólo conocen una, pero mi gente y yo nos movemos entre esas realidades como si fueran distintos países. Vine aquí después de abandonar mi hogar. Es mi mundo preferido. La vida aquí se siente... más simple. Tal vez sea porque puedes juzgar todo lo que ves por su apariencia. La falsedad es agotadora, ¿a que sí?

—Desde luego. A veces quisiera que las personas tuvieran aureolas o cuernos que reflejaran sus verdaderas intenciones, aunque eso nos dejara sin trabajo.

En esta ocasión fue Ismael quien soltó una carcajada, y el sonido hizo que todo el paisaje se iluminara con un brillo dorado. Por un instante la joven se quedó fascinada contemplando el fenómeno y a su compañero. Seguramente Ismael no le contestaría qué era él en realidad, pero Tatiana creía saber la respuesta de todas maneras. De pronto se sintió muy importante por ir de la mano con aquel hombre tan especial. No obstante, había una pregunta menos comprometedora, de modo que abrió la boca para formularla.

—¿Por qué los trenes? ¿Podríamos trasladarnos de otra manera? ¿Algo más rápido, como esa llave plateada que usó Cristóbal?

—Sí, eso podría arreglarse. Lo que pasa es que... me gustan los trenes. Así de simple. Es mi medio de transporte favorito entre todos los que ha inventado la humanidad. Además, dan tiempo para pensar, y quienes están a mi cargo a menudo lo necesitan. Pero te daría una de mis llaves si me lo pidieras.

Ella lo meditó unos segundos y luego hizo un gesto negativo.

—No, gracias. Pensándolo bien, creo que a mí también me gustan los trenes.

—Como quieras, entonces. La oferta seguirá en pie por un tiempo indefinido. Aun así te diré que, ya sea en tren o usando una llave, puedes venir a visitarme cuando te plazca.

—¿Al edificio blanco?

—Al edificio blanco —confirmó Ismael, y la joven sintió que el corazón le latía más rápido. Se dijo a sí misma que no debía dejarse llevar por tonterías de adolescente, pero la mirada de aquel hombre ejercía un poderoso efecto sobre ella, como la luz del sol en una plantita. Era vida y calor.

Se detuvieron medio minuto después frente a unas vías e Ismael dijo:

—Ya es tarde. Vete a casa y duerme, Tatiana. Nuestra misión se volverá más complicada en los próximos días, y necesito que estés descansada.

El tren se aproximaba a ellos por la derecha, traqueteando igual que las viejas locomotoras de vapor a través del desierto norteamericano. Se trataba, efectivamente, de una locomotora de vapor, con un vagón para su negro combustible y otro para los viajeros. Antes de soltar la mano de Ismael y subir al vehículo, Tatiana hizo una última pregunta:

—Lo que vamos a hacer podría costarnos caro, ¿verdad? Estamos hablando del presidente de un país. Afectaríamos miles de vidas, ¿no?

Millones de vidas —respondió Ismael en voz baja y mortalmente seria—. Si no neutralizamos a ese hombre cuanto antes, será la peor tragedia de la humanidad. Pero no temas por tu seguridad. Si alguien tuviera que pagar el precio, sería yo; como dije antes, no permitiré que nada malo te pase.

—A mí tampoco me gustaría que algo malo te pasara.

—Vete a casa, Tatiana. Cristóbal te mandará una carta en pocos días.

Suspirando de resignación, la joven subió al tren y éste se puso en marcha. Ella hubiera querido ver a Ismael hasta que desapareciera en la distancia, pero las ventanas se oscurecieron y al cabo de diez minutos estaba de vuelta en su país y su vecindario. Entró a su hogar sintiéndose vacía, como si hubiera dejado atrás la mitad de su alma.

Su último pensamiento antes de dormirse fue sobre Ismael: había estado con él sólo un rato, pero ese lapso le había bastado para conocerlo mejor que a sus amistades de muchos años.

(Continuará...)

Gissel Escudero

El tercer bando (parte 3A/5)

La siguiente misión de Tatiana fue en solitario, y aunque Cristóbal no le dio más detalles al momento de encomendársela, ella tuvo igualmente la certeza de que estaba relacionada al gran plan mencionado por el hombre.

La joven aún no sabía qué pensar sobre eso. Y no porque sintiera algún tipo de remordimiento; al fin y al cabo, muchas muertes se habrían evitado a lo largo de la historia si ciertas personas en cargos de poder hubieran sido liquidadas a tiempo. Lo que le preocupaba a Tatiana era la importancia de la tarea. Por más que las consecuencias fueran positivas... ¿habría acaso alguna fuerza mayor que se opusiera, algo así como el destino? ¿Era en verdad posible que un grupo de personas como ella alteraran el curso de la humanidad sin pagar un precio, aunque tuvieran un líder con poderes sobrenaturales? Lo que estaban por hacer parecía muy arriesgado.

Tatiana movió la cabeza de un lado a otro y se concentró en su labor. De nuevo se hallaba en un país extranjero, pero el idioma sonaba diferente. Ella tampoco lo entendía. No le hacía falta, sin embargo, puesto que su misión era muy sencilla: poner al alcance de cierta persona unos documentos que Cristóbal le había dado antes de salir. Documentos robados de algún lugar importante, a juzgar por su aspecto.

Allí estaba la chica, caminando hacia el parque. Tenía menos de veinticinco años y parecía una típica intelectual universitaria, tal vez la editora del periódico estudiantil... o incluso una joven activista política. Había fuerza en sus pasos y su mirada.

Tatiana supo que la chica se detendría en el parque a descansar un momento, aprovechando ese lapso para hablar por teléfono. Por unos diez o quince segundos no estaría pendiente de su bolsa, depositada junto a ella en la banca de madera.

Todo sucedió tal como Tatiana lo había anticipado, y la joven se sentó también en la banca con un libro en su mano para disimular. Cuando la estudiante sacó su teléfono móvil y marcó un número, Tatiana retiró a su vez, disimuladamente, el sobre con los documentos desde su propia bolsa. Los pocos segundos de distracción de la muchacha fueron más que suficientes para que el sobre cambiara de dueño, y terminado su descanso, la estudiante siguió su camino hacia donde fuera que iba. Tarde o temprano hallaría el sobre y, aunque nunca sabría quién se lo había dado, daría crédito a la información en los papeles. Ella no era una pieza grande del plan... pero sí las personas a las que reenviaría los datos. Tatiana imaginó a la chica como una ruedecilla dentada en un mecanismo de relojería que ya estaba en marcha, moviendo sus agujas en forma lenta pero constante hacia las doce, la hora mágica.

Tatiana se levantó del banco... y sintió que alguien la observaba. Miró hacia todos lados esperando ver de nuevo al tipo de los ojos negros, pero en lugar de eso divisó a otro hombre que la miraba sin pestañear. Poco después él dio media vuelta y se alejó, y Tatiana, luego de un titubeo, lo siguió a paso rápido por un sendero que se internaba en la arboleda del parque.

Estaba fresco ahí, bajo la sombra negra de las coníferas, y la joven cruzó los brazos a fin de conservar el calor. El desconocido no parecía tener la intención de escapar de ella, puesto que cada tanto giraba un poco la cabeza hacia atrás como si pretendiera hacerle entender a la joven que podía escuchar sus pasos.

Lo que estaba haciendo era peligroso, se dijo ella. ¿Seguir a un desconocido hacia un lugar oscuro y solitario, considerando además la cuestión del hombre pálido en la selva? Sin embargo, no tenía miedo. Buscó en el fondo de su mente y de su corazón para encontrarlo, pero simplemente no estaba ahí. El desconocido sólo le despertaba curiosidad.

Había una curva en el sendero. El hombre desapareció detrás de ella a causa de los grandes troncos, y cuando Tatiana rebasó ese punto vio que él la estaba esperando con las manos en los bolsillos del pantalón. La joven se detuvo.

El desconocido era alto e increíblemente apuesto, aunque no tanto por sus facciones sino por la expresión de sus ojos avellanados, los cuales producían la misma sensación que un atardecer en las montañas o la visión de un arco iris sobre un bosque milenario. Si Tatiana no había sentido miedo antes, ahora estaba segura de que aquel hombre era todo lo contrario a una amenaza, al menos para ella. Él la miraba como si hubiera esperado mucho tiempo para conocerla, y a la joven le costó recuperar el habla a fin de preguntar:

—¿Quién eres?

—¿No lo adivinas? —replicó él. Su voz era igual que la expresión de su rostro: evocaba paisajes hermosos y libres de toda contaminación humana.

—¿Eres... eres mi jefe? —Qué tonta sonaba aquella palabra para referirse a su interlocutor, pensó ella, así como el término “cuartel general” no le pegaba al edificio blanco. Aun así, el hombre asintió esbozando una sonrisa.

—Sí, soy tu jefe. Buen trabajo el de hoy, por cierto. Era fácil pero crucial. Nunca subestimes la importancia de los pequeños actos, Tatiana. Después de todo, ya has visto el enorme efecto que pueden tener.

—Lo sé. Como una bola de nieve en una ladera.

—Exacto. —El esbozo de sonrisa se convirtió en una sonrisa verdadera y el hombre extendió una mano hacia ella—. ¿Me acompañarías un rato? Creo que por fin ha llegado la hora de que tengamos una relación más cercana.

—Interesante elección de palabras. ¿Qué significa exactamente?

—Significa lo que acabo de decir, nada más y nada menos. No tengas miedo de mí.

—No lo tengo —respondió ella, y aunque no tomó la mano del hombre, sí caminó junto a él. Por un rato se mantuvieron en silencio; luego ella preguntó—: ¿Cómo te llamas?

—Quisiera decírtelo, pero los mortales no pueden saber mi verdadero nombre. Llámame Ismael.

—De acuerdo. —Tatiana recordó algo—. ¿Era cierto lo que dijo Cristóbal aquella primera noche en el tren, eso de que tenías un interés especial en mí?

—Cristóbal nunca diría algo sobre mí que no fuera verdad. Sí, era cierto. Todavía lo es.

—¿Y por qué?

El rostro de Ismael se ensombreció, como si el arco iris en el bosque dejara paso a una tormenta capaz de arrancar los árboles. El hombre suspiró y dijo:

—Es que hiciste lo mismo que yo, Tatiana. Le diste la espalda a lo que creías porque ya no te conformaba, incluso pensando que recibirías un castigo por ello. De igual manera yo renuncié a mi hogar y mi familia. Traicioné a mi padre, quebrantando todas sus enseñanzas y sus reglas, porque ya no podía con el peso de mi propia conciencia. Sé que puedes entender eso.

—Supongo que sí.

—No, no lo supones. De verdad lo entiendes. Lo que acabo de decirte también pasó por tu cabeza la primera vez que mataste a alguien en el hospital. ¿Hay una sola noche que no pienses en ello?

No la había. Tatiana recordaba hasta el último detalle, hechos y emociones por igual. El paciente era un ex marido celoso que había ido a la casa de su mujer para matarla... pero antes había asesinado también a la hija de ambos frente a su madre, agravando aún más su terrible venganza. A él le habían disparado en el pecho durante el arresto y probablemente moriría de alguna complicación postoperatoria, pero había una mínima posibilidad de que se salvara y tal idea le resultó insoportable a la joven. Ella no permitiría que aquel monstruo saliera del hospital con vida, y le daba igual si se condenaba eternamente por ello.

—Tienes razón —dijo Tatiana al fin—. Y tampoco he conseguido arrepentirme por lo que hice. Lo he intentado, pero siempre llego a la conclusión de que fue...

—Justo —terminó Ismael—. ¿Es la palabra que buscabas?

—Sí.

—Hay un número de veces que puedes doblar una rama antes de que se rompa. Al principio somos flexibles y toleramos cosas pensando que el tiempo nos volverá resistentes, pero cuando una rama es más vieja también se quiebra con mayor facilidad.

—¿Y qué hizo que tú te quebraras?

—Ocurrió hace años —contestó el hombre—. Vi muchas muertes y sufrimiento y de pronto decidí que estaba harto. No podía seguir la filosofía de mi padre, en la que todo obedece a un bien mayor que parece no llegar nunca. Elegí preocuparme por las víctimas aquí y ahora. En tu mundo la gente ya no piensa mucho en las víctimas tampoco, y el dichoso bien mayor termina causando más muertes que las malas intenciones.

La joven asintió. Estaba pensando en los ataques terroristas en nombre de alguna causa supuestamente elevada. Sin embargo, ella y los demás reclutados también mataban en nombre de una causa...

—¿Qué nos distingue? —reflexionó Tatiana en voz alta. Ismael tocó su hombro un segundo; fue como un rocío de agua fresca en el calor del desierto.

—Nos distingue el hecho de saber cuántas vidas se salvan por lo que hacemos y cuántas se perderían si no hiciéramos nada. Es por eso que no nos sentimos culpables. No es lo mismo actuar por un fanatismo ciego que con los ojos abiertos y aceptando lo que nos pueda caer encima por infringir las reglas. ¿Te sientes más tranquila ahora?

—No estaba preocupada.

—Claro. Pero si no dudaras de vez en cuando no me servirías para este trabajo. De hecho, es probable que algún día tenga que despedir a Cristóbal por la ligereza con que toma el asunto. Si empezara a divertirse podría pasarse de la raya alguna vez, a pesar de sus largos años de fiel servicio.

La mención de Cristóbal hizo que Tatiana recordara al hombre en la jungla.

—¿Te ha dicho él lo que Santiago y yo le contamos?

—Sí, y ya lo sabía. También sé de quién se trata.

Ismael no dijo una palabra más.

—¿Y quién es? —insistió la joven.

—Uno de mis hermanos. Si vuelves a verlo haz de cuenta que no está ahí, pues no te hará daño. Es de los que siguen las reglas. Yo me enfrentaré a él si acaso interviniera de alguna forma.

—Y eso es todo lo que vas a explicarme, ¿verdad?

—Por supuesto. No necesitas saber más, y en realidad tampoco he venido a buscarte para hablar de trabajo. ¿Te importaría si cambiamos de tema?

Estaban saliendo de la arboleda, pero no hacia la ciudad; Tatiana y su acompañante se hallaban ahora en el otro mundo, frente a la planicie llena de plantas y animales extraños. La joven se detuvo en seco. No había ningún tren a la vista.

—Tenía entendido que... —empezó Tatiana, pero Ismael la interrumpió con un ademán negativo a la vez que sonreía.

—Nada malo te pasará mientras estés conmigo. Ni aquí ni en ningún otro lugar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

6 de abril de 2012

El tercer bando (parte 2/5)

Tatiana recibió una carta en la mañana del jueves. Era de Cristóbal y le pedía que tomara el tren y se reuniera con él lo antes posible en el edificio blanco. Sintiendo que el corazón le latía más rápido, aunque sin poder determinar por qué, la joven se vistió y salió a la calle con el mensaje todavía en la mano.

Cristóbal nunca usaba el correo electrónico. Sin embargo, sus mensajes en papel eran igual de inmediatos, puesto que llegaban en días feriados o incluso en plena noche. Tatiana sospechaba que el cartero, a pesar de su uniforme oficial, era otro de los reclutados. El papel de las cartas parecía antiguo y Cristóbal escribía a mano con una caligrafía pasada de moda. Aun en su tiempo libre, estos detalles le recordaban a Tatiana cuán estrambótica era su realidad actual. Pero daba lo mismo al final del día, no obstante, siempre y cuando le gustara lo que hacía y tuviera un hogar bonito al cual regresar. Por el momento estaba satisfecha.

El tren la aguardaba en la misma calle de siempre como si ya fuera una estación de verdad. En esta ocasión no había nadie adentro y el vagón era pequeño, de modo que la joven se acomodó a sus anchas y sacó el teléfono móvil para leer una novela pendiente. Más tarde, sin embargo, su mirada se desvió a la ventanilla. El paisaje no se había oscurecido, y lo que se veía a través del cristal era ese mundo fantástico y algo tenebroso que los había impresionado a todos la noche del reclutamiento. A Santiago aún le producía rechazo, pero a ella... a ella le resultaba cada vez más familiar y agradable, como un perro tuerto y feo al que le hubiese tomado cariño por ninguna razón en particular. No tenía mucho sentido, considerando que a ella nunca le habían gustado escritores como Lovecraft o Clive Barker, pero bueno, tampoco era la norma que una enfermera se dedicara a matar pacientes que no merecían vivir, o narcotraficantes en medio de una jungla Sudamericana, o políticos corruptos asociados a las mafias. Y sin dudarlo un instante, además. Sí, en el fondo ella era rara y tal vez fuera por eso que aquel escenario se acomodaba a su estado mental.

Llegó al edificio blanco media hora después. Lo usaban como un cuartel general o centro de operaciones, pero ninguno de esos nombres parecía adecuado para describirlo. Era demasiado bonito, demasiado delicado en contraste con el entorno casi alienígena. Parecía hecho de nácar y marfil, con tantos detalles como una pieza de encaje. Tatiana se había quedado mirándolo un buen rato, muda y atontada a causa de tanta belleza, la primera vez que había estado ahí. Aún le quitaba el aliento. Semejante construcción era perfecta para cualquier niña que deseara imaginarse en su interior viviendo como una princesa de cuento de hadas.

El tren se detuvo luego de atravesar el arco principal de la entrada. Cristóbal le había dicho a Tatiana que era peligroso aventurarse fuera del edificio, pero las criaturas que vivían en los alrededores no debían representar una amenaza para aquel sitio en particular, ya que no había rejas ni guardias de ninguna clase. Tal vez la blancura radiante del edificio las espantaba, como la luz a las cucarachas.

Santiago se hallaba de pie en el andén para recibirla.

—Hola —saludó ella—. No es tarde, ¿verdad?

—Supongo que no. Yo llegué hace diez minutos y Cristóbal me dijo que no había prisa.

—¿Ya le hablaste de lo que vi?

—No exactamente —respondió Santiago, frunciendo el entrecejo—. Sólo le dije que tú y yo teníamos que contarle algo, especialmente porque...

—¿Qué?

—Creo que yo también vi a ese tipo. Y me dio mala espina, igual que a ti. No paraba de vigilarme, sentado en el vestíbulo de mi edificio. Iba a encararlo pero de pronto ya no estaba ahí.

Tatiana asintió en silencio mientras ella y Santiago marchaban a reunirse con Cristóbal. El hombre estaba hablando con alguien más, pero pronto quedó libre y cerró la puerta a fin de hablar en privado con los recién llegados. Como siempre, su expresión era serena con un ligero brillo sarcástico en los ojos. Era de los que más disfrutaban su trabajo, aunque tal vez se debiera más a una veta sádica que a un auténtico afán justiciero. Recibió a Tatiana y Santiago con una media sonrisa.

—Qué bien, ya estamos todos aquí. ¿Cuál es esa noticia tan misteriosa que tienen que darme?

Tatiana y su compañero intercambiaron una mirada. Sin decir una palabra, los dos decidieron que ella explicara la situación.

—Hemos notado que alguien nos observa de lejos —empezó la joven.

A medida que ella continuaba hablando, los ojos de Cristóbal se tornaron serios y la media sonrisa desapareció de sus labios. Guardó silencio un momento una vez que Tatiana acabó la explicación. No se veía muy preocupado, sin embargo, y al cabo de una pausa se encogió de hombros y respondió:

—De acuerdo, hicieron bien en decirme esto. Probablemente el jefe ya sepa algo al respecto, pero le haré llegar el mensaje a nuestro regreso. Ahora vámonos. Tenemos un pequeño trabajo que hacer.

—¿Trabajo? ¿Así de repente? ¿De qué se trata? —preguntó Santiago.

—Lo sabrán cuando estemos ahí. Andando. No, no iremos en tren —añadió Cristóbal al ver que sus compañeros daban media vuelta para salir del recinto—. Síganme.

Caminaron hacia una segunda puerta. Cristóbal la abrió con una llave que parecía de plata... mostrando que al otro lado había una ciudad. Una ciudad del mundo real.

—¡Eh, llaves mágicas! —exclamó Santiago—. ¿Por qué usamos trenes, entonces?

—Porque estas llaves son muy poderosas y muy escasas, y para usar una tienes que ganarte el derecho de piso, jovencito. Muévanse, que no tenemos todo el día. El jefe me cortará la cabeza si llegamos tarde. Y quizás a ustedes también.

Apenas salieron a la ciudad, Tatiana se volteó para mirar la puerta del edificio blanco, excepto que ya no era tal sino una puerta común y corriente de un local aparentemente vacío.

—Yo también quiero una de esas llaves —murmuró la joven para sí, y aceleró el paso a fin de no quedarse atrás. Se dio cuenta en ese instante de que era una ciudad extranjera. No reconoció el idioma.

—¿Dónde estamos? —preguntó Santiago.

—No tiene mucha importancia —respondió Cristóbal—. Lo único que deben saber por ahora es que alguien aquí está a punto de ser arrestado y nosotros tenemos que evitarlo. Ve por ahí, Tatiana. Y tú por ahí. Sabrán lo que tienen que hacer en unos segundos. Y compórtense como si fueran turistas.

Los tres visitantes se separaron. Siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, la joven se acomodó el bolso en el hombro, desplazándose con aire casual por las calles repletas de transeúntes. Aún no identificaba el idioma. Si acaso, por el color amarillento de los árboles dedujo que era un país del hemisferio norte.

Dejó de pensar en el asunto cuando algo más ocupó su mente: el impulso de hablar con un policía que tomaba café recostado contra la pared de una tienda de zapatos. La joven caminó hacia él sin tener la más pálida idea de lo que iba a decirle, y una vez frente al hombre, un repentino chispazo de inspiración la hizo preguntar el nombre de una calle. Habló en inglés, por las dudas. La calle la había inventado.

El policía frunció el ceño y contestó en su idioma, probablemente disculpándose por no entender la pregunta. Tatiana sacó una libreta de su bolso y escribió el nombre; el policía lo leyó pero aun así se veía desconcertado. Eso era lo que la joven pretendía. La misión, que se había revelado ante ella mientras caminaba, era entretener al hombre para que no viera pasar a alguien. Le bastaría con dos minutos, más o menos.

Al final de esos minutos, incluso con un margen de sobra, el policía hizo un gesto de resignación y señaló un restaurante. Dijo “mapa” en inglés y le indicó a Tatiana que se fuera, lo cual ella hizo después de dar las gracias con una sonrisa incluida. Entró y salió del restaurante para mantener las apariencias y volvió a reunirse con Santiago y Cristóbal, quienes la aguardaban frente a la puerta por la que habían llegado. En ese momento ni una sola persona estaba pendiente de ellos, como si se hubieran vuelto invisibles.

—La misión fue exitosa —anunció Cristóbal—. El hombre escapó. Ya podemos regresar.

Mientras cruzaban la puerta hacia el edificio blanco, Santiago preguntó:

—¿Nos dirás ahora para qué hicimos todo esto?

Cristóbal miró al otro hombre y a Tatiana muy fijamente. Con una voz más grave de lo usual, contestó:

—Acabamos de iniciar una cadena de eventos. Una cadena que terminará poniendo a un presidente en el camino de una bala.

(Continuará...)

Gissel Escudero

5 de abril de 2012

El tercer bando (parte 1B/5)

Los ojos de la prisionera se abrieron en un gesto de infinita sorpresa, como un niño hambriento que se topara de repente con una mesa llena de comida y sin un comensal a la vista. Por eso mismo tardó un poco en reaccionar, pero luego miró hacia todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie más y se estiró hacia el guardia inconsciente. Sus cadenas apenas le permitían llegar a él; sin embargo, el hombre se había derrumbado con las llaves en la mano y sólo hacía falta que la mujer se apoderara de ellas. Su rostro pálido y hundido se iluminó, y por un segundo pareció hermosa. Para ese entonces uno de sus compañeros, el que no estaba enfermo, también se había percatado de la situación, y siguió los movimientos de la mujer cuando ella trató de abrir los candados. Tatiana creyó adivinar que el hombre rezaba para sus adentros, y confirmó su impresión cuando él dijo "gracias a Dios" al ver que las llaves sí servían. Claro que Dios no había tenido nada que ver con eso, pensó la joven. Era cosa de su nuevo jefe, y aunque ella aún no lo conocía en persona ni sabía quién o qué era exactamente, estaba muy segura de que no se trataba de Dios.

Una vez libre, la mujer se aproximó a sus compañeros. El ansia de libertad había dado fuerzas a su cuerpo debilitado y enflaquecido por el hambre, de tal modo que soltó a los hombres rápidamente. El segundo de ellos apenas podía caminar.

—Déjenme aquí, sólo los retrasaré —protestó él con una voz muy débil.

—No seas idiota —le respondió su compañero, ayudándolo a levantarse—. Fíjate si tiene un arma —le pidió a la mujer. Ella hizo caso pero no encontró nada; después negó con la cabeza y preguntó:

—¿Qué hacemos ahora? ¿Correr?

—No llegaríamos lejos. Necesitamos la camioneta. Vamos para allá.

Los tres fugitivos se retiraron por donde había venido el guardia. Se desviaron del camino enseguida, pero no antes de encontrar la pistola que Tatiana había dejado en el suelo. La joven, desde su escondite, sonrió. Sabía que el hombre sano era un buen tirador. También sabía que ayudaría a sus dos compañeros a llegar hasta la camioneta, y aunque previamente ocurriría un intercambio de balazos, todos sus disparos darían en el blanco. No así los de sus enemigos, lo cual sería bastante raro, pero esas cosas extrañas sucedían a menudo cuando Tatiana cumplía una misión, y ella suponía que su jefe tenía mucho que ver con eso. Las habilidades de él debían ser por fuerza superiores a las que otorgaba a sus subordinados.

Tatiana se alejó un poco del escenario del tiroteo. No le preocupaba recibir un disparo, pero cuando uno de los bidones estallara, derramando su contenido inflamable, habría una explosión bastante grande. No duraría mucho a causa de la tormenta... aunque sí lo suficiente para que el fuego apareciera en las imágenes satelitales. Las brigadas antinarcóticos llegarían al sitio por la mañana, justo a tiempo para interceptar el cargamento de droga y desbaratar buena parte de la operación. Tatiana deseó que cayeran algunos peces gordos, de esos que nunca se ensuciaban las manos en persona pero que disfrutaban de grandes lujos pagados con un dinero manchado de sangre y muerte. No obstante, quizás no tuviera importancia si no los atrapaban en esta ocasión, ya que el jefe de Tatiana podría enviarla a ella a liquidarlos en cualquier otro momento. Eso le gustaría mucho.

La joven aguardó la explosión desde su escondite, pero algo desvió su atención por completo: un rostro blanco entre las matas, cuyos ojos negros estaban fijos en ella. La joven se sobresaltó. El contacto visual se mantuvo unos segundos más y luego el rostro se esfumó en un parpadeo como si nunca hubiera estado ahí. A Tatiana la recorrió un escalofrío a pesar del calor. Jamás había visto aquella cara, pero supo al instante que en realidad no pertenecía a un ser humano aunque así lo pareciera. ¿Sería su jefe? ¿Acaso el desconocido que los había reclutado a ella y a Santiago en el tren la había seguido para supervisarla, o...?

Las llamas iluminaron la selva oscurecida por las nubes. El rostro blanco no apareció de nuevo. Tatiana decidió que debía marcharse de ahí cuanto antes, ya fuera que el observador estuviera o no de su lado. Como mínimo, ella aún no deseaba que la pillara la tormenta.

Comenzó a alejarse del campamento en cualquier dirección. Daba igual hacia dónde, lo importante era pensar en un destino. Su mayor deseo era volver a casa, pero después de haber visto aquella cara misteriosa, tendría por fuerza que hacer una parada en otro lado. Su trabajo era muy inusual, cierto; aun así, Cristóbal les había advertido a ella y a Santiago que reportaran cualquier detalle que se saliera de los parámetros. "Órdenes del jefe", había sido la única explicación. Pues bien, un rostro inesperado que desaparecía en la nada escapaba sin duda a los parámetros, de modo que lo reportaría. Ya le dirían si había hecho o no lo correcto, pero no podrían acusarla de negligente. Incluso en su época de enfermera, Tatiana se había enorgullecido siempre de hacer su labor lo mejor posible.

Cristóbal era la mano derecha del jefe y el hombre que había organizado el espectáculo del tren, con el drogadicto enloquecido y todo lo demás. No era un mal tipo. Tatiana no sabía mucho más de él, pero por algunas historias que contaba a veces, a ella le daba la impresión de que su apariencia no reflejaba su verdadera edad. ¿Sería un efecto secundario del trabajo, no envejecer? Tendría que preguntarlo en algún momento. Quizás fuera otro de los beneficios.

Dándose vuelta de vez en cuando para verificar que nadie la estuviera siguiendo, la joven continuó andando hasta encontrar lo que buscaba: las vías.

La cuestión de los trenes no paraba de hacerle gracia. La traían y llevaban desde cualquier parte y hacia cualquier parte, incluso en lugares insólitos como aquella selva. Nunca podía ver al conductor, aunque a veces sí viajaba con otros pasajeros, personas normales reclutadas igual que ella. No conocía a la mayor parte salvo de vista, quizás porque un trabajo que implicaba asesinatos no invitaba precisamente a charlar sobre él. Y considerando la vida solitaria de Tatiana, el trabajo era su único tema de conversación.

El tren no se hizo esperar. Apareció entre los árboles y comenzó a frenar de tal modo que la joven no tuvo que caminar mucho para llegar a una puerta. Apenas ella estuvo adentro, el vehículo reanudó la marcha.

En el vagón sólo había cinco personas, tres de ellas durmiendo. Tatiana se dirigió al asiento más próximo... y se detuvo un segundo al identificar a uno de los pasajeros. Éste la reconoció a su vez y le hizo un gesto con la mano para que se sentara junto a él. Era Santiago.

La joven aceptó la invitación. Mientras tanto, la lluvia al fin empezó a caer y el paisaje se emborronó detrás de los cristales. Luego las ventanas se oscurecieron y Tatiana no vio nada más. Casi siempre ocurría eso.

—Buenas tardes —la saludó Santiago—. ¿Paseando por la jungla? ¿Viste algún papagayo?

—Estoy viendo uno ahora mismo.

—Auch, eso me dolió. ¿La humedad te pone de mal humor?

—Más o menos. Estoy deseando llegar a casa y darme una ducha tibia, aunque antes...

—¿Antes qué?

La joven se demoró en contestar. Santiago no era Cristóbal, pero...

—¿Has notado algo raro últimamente? —dijo ella al fin.

—¿Algo raro? ¿Estás bromeando? Lo raro sería tener un día normal. Tienes que ser más específica.

—De acuerdo, tienes razón. Es que hoy... vi a alguien que no debía estar ahí. Un hombre pálido y de ojos negros que me observaba. Desapareció como por arte de magia.

—No me ha pasado nada de eso —replicó Santiago, y por un momento guardó silencio. Tatiana se dispuso a cambiar de tema, pero entonces él añadió—: Sin embargo, sí me he sentido vigilado desde hace un tiempo. Pero pensé que estaba siendo paranoico, nada más, o que tal vez ese dichoso jefe al que nunca hemos visto me estaba vigilando a escondidas. Deberíamos preguntárselo a Cristóbal.

—Es lo que yo pensé. De hecho, ahora mismo me dirigía a donde sea que esté para hablar con él. ¿Vienes conmigo?

—No. Es decir, es que no lo encontraremos hoy. Cuando me encargó la última misión dijo que no estaría disponible hasta el jueves. Mejor vete a casa y date esa ducha tibia.

—Oh. Está bien, gracias por el aviso.

Las ventanas se iluminaron de nuevo y el tren se detuvo en una estación de metro vacía. Santiago se puso de pie.

—Ésta es mi parada. Oye, ¿qué tal si me acompañas y te das esa ducha en mi nuevo apartamento? Tiene un baño de lujo, y puedo conseguirte una muda de ropa en el hipermercado. Dormirías en la habitación de huéspedes, claro. O donde quieras.

La expresión de Santiago era algo traviesa. No era la primera vez que coqueteaba con ella, pero nunca lo había hecho tan abiertamente. Tatiana compuso una sonrisa fatigada de disculpa.

—Lo siento. Estoy muy cansada, preferiría irme a casa. Espero que no te ofendas.

Santiago pareció desilusionado, pero luego se encogió de hombros.

—No hay problema. Dejaré la invitación pendiente, entonces. Nos vemos el jueves para hablar con Cristóbal, y prestaré atención por si veo al tipo que mencionaste.

—Claro. Adiós.

—Adiós.

Las ventanas se oscurecieron de nuevo y el tren siguió adelante. Minutos después paró en una calle desierta; era el vecindario de Tatiana, y su casa quedaba a menos de cien metros. La joven se apeó.

No había nadie en los alrededores y las farolas iluminaban bien el entorno, pero aun así Tatiana se apresuró a llegar a su casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de ella con llave y pasador. Tal vez lo del hombre desconocido no tuviera importancia, pero... una parte de su mente comenzaba a advertirle que algo no estaba bien.

(Continuará...)

Gissel Escudero