24 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 4/4)

Las noches de luna creciente o menguante son perfectas para ciertas tareas. No hay tanta luz como para que a uno lo vean ni tan poca como para que uno no vea nada. Especialmente en el bosque, donde no hay alumbrado público de ninguna clase. Claro que en el bosque podría usar una linterna, pero me gusta poner a trabajar mi visión nocturna por más que no sea tan buena como la de un gato. Me basta con saber dónde estoy pisando... y excavando.

Sí, lo han adivinado: me encuentro en el bosque, llevo una pala sobre mi hombro y pienso averiguar si es cierto lo de la tumba sin lápida. No tendré la visión nocturna de un gato pero sí su curiosidad. Aunque no voy a permitir que ésta me mate, desde luego.

El aire está fresco y huele a pino. También se siente el aroma suave de la tierra húmeda, por la tormenta de hace dos días. Estupendo. No me costará tanto abrir el agujero. Recuerdo el sitio exacto: había un árbol grueso, otro más joven a medio metro y se veía una zona en particular del cementerio desde ahí. Por fin lo encuentro, y de nuevo una voz desde abajo parece hablarles a mis pies. Me hace gracia la idea de que los pies escuchen como si tuvieran orejas, y luego me río al pensar en las dificultades que tendría un zapatero para crear los zapatos adecuados. Pero estoy divagando. Mejor será que me concentre en mi objetivo.

Dejo la pala en el suelo porque todavía tengo que hacer algo más antes de excavar la tumba. Regreso a mi coche, por lo tanto, y saco del maletero un bulto muy pesado. Uf. Cargar el bulto no será tan fácil como cargar la pala, pero no tiene sentido que trabaje de más; si voy a cavar ese hoyo para ver qué hay adentro, bien puedo aprovecharlo para depositar algo en él, ¿no les parece? Ya saben, por eso de los dos pájaros de un tiro.

Durante todo el trayecto verifico que nadie me esté observando. Es un día de semana y por ello no debería haber un alma, aunque siempre existe la posibilidad de toparse con un vagabundo, un grupo de adolescentes trasnochados o peor, algún patrullero. Tengo suerte: no hay nadie, y pronto me hallo de nuevo en la seguridad del bosque silencioso.

¡Rayos, cómo pesa el bulto! Unos ochenta kilos, al menos. Y eso que la envoltura es liviana. Qué bueno que no he perdido la sana costumbre de levantar pesas en el gimnasio. Ciertos pasatiempos requieren que uno esté en plena forma física.

Después de un recorrido extenuante y que se me antoja mucho más largo que el anterior, deposito el bulto junto al árbol grande y me tomo unos minutos para recuperar el aliento. Hace tiempo que no hacía esta clase de esfuerzos... Afortunadamente no tengo que preocuparme por mi corazón, ya que según el último control médico funciona tan bien como el de un muchacho de veinte años.

Bueno, ya he descansado bastante. Hora de cavar.

La tierra es negra y su olor se intensifica en mi nariz mientras la levanto con la pala. Me trae muchos recuerdos, aunque, en contra de lo que debería esperarse, todos me resultan agradables. Tal vez sea porque la tumba es demasiado vieja para apestar a amoníaco y carne putrefacta.

Los primeros huesos brillan un poco bajo el resplandor lunar que se cuela entre los árboles. Un cadáver enterrado hace mucho, efectivamente, porque no quedan restos de carne sobre él. No estoy sorprendido. Más bien me siento orgulloso de haber adivinado un secreto tan fascinante.

Entro al hoyo y quito algunos terrones con mis propias manos, tal como suelo hacer en mi jardín a la hora de plantar los bulbos de tulipanes. Es bueno estar en contacto con la Madre Tierra de vez en cuando, y la suciedad bajo las uñas se elimina con jabón y un cepillo. Cuesta más lavar las manchas de vino o de sangre. Mmm, otra vez estoy divagando. Lo que quiero es destapar el cráneo. Verle a la cara al difunto, por decirlo de alguna manera, aunque no pueda discernir sus facciones por la ausencia de piel y músculos.

¿Qué es eso que reluce sobre el cuello del esqueleto? Parece una cadena. Y de oro, seguramente, porque no se ha oxidado. Remuevo la cadena por entre las vértebras separadas y descubro que de ella pende una suerte de medallón. Lo limpio con mi camisa para distinguir mejor el grabado: un águila de dos cabezas.

Hablando de recuerdos, ¡qué extraordinaria coincidencia! Conocí a una persona que usaba un medallón igual a éste: mi propio hermano Lucas, dos años más joven que yo. Por ese entonces vivíamos con nuestros padres no muy lejos de este bosque, en una linda casa de dos plantas. Teníamos un perro, además, un labrador negro llamado Campeón.

Sin embargo, ahí se acaban los recuerdos placenteros. Mis padres no se llevaban bien en esa época: estaban a punto de divorciarse y peleaban dos o tres veces al día por cualquier estupidez. Eso me afectaba mucho. A decir verdad, me daban ganas de romper cosas, pero no podía romper nada porque eso me habría ganado una paliza. Mi padre creía en el valor disciplinario de los golpes.

Encima, la relación con Lucas también era un desastre. Al contrario de lo que suele pasar, yo era el hermano tímido y desadaptado, mientras que Lucas tenía muchos más amigos y mis padres lo trataban con menos dureza que a mí. Sentía celos de él. Es decir, hasta que Lucas desapareció una tarde y nadie supo jamás lo que le pasó.

Qué vueltas extrañas da la vida, ¿verdad? La tragedia volvió a unir a mis padres y, dado que mi hermano menor ya no estaba ahí para opacarme, yo conseguí mejorar mi autoestima y salir de mi capullo. Lloré mucho por Lucas, no obstante. Al menos en público.

El cráneo en la tumba tiene una depresión en la parte de atrás, como si lo hubieran golpeado con un objeto grande y pesado. Ésa debe haber sido la causa de muerte, y quién sabe, quizás mi propio hermano haya dejado este mundo de una forma parecida: sin enterarse de nada. No es una mala manera de estirar la pata, en realidad. Mejor eso que ser estrangulado lentamente por el marido de tu amante, por mencionar un ejemplo fácil.

Bien, ya confirmé el presentimiento que amenazaba con enloquecerme. He decidido no avisar a la policía, dado que voy a enterrar el bulto aquí y por lo tanto no me conviene ningún tipo de investigación. Pero me siento tranquilo al respecto; si nadie encontró el esqueleto después de tanto tiempo (aparte de mí, claro), tampoco hallarán mi paquete amortajado en sábanas.

Agrando un poco el agujero, ya que necesito algo más de espacio, y luego deposito ahí mi pesada carga. Menos mal que aún no está rígida, de modo que puedo doblarla a fin de que entre mejor. Je je, es como una pieza de Tetrix. Si la acomodas bien, ganas puntos. O, en este caso, evitas treinta años o más de encierro.

Cubrir el agujero me resulta más fácil que abrirlo, aunque después tengo que aplastar la tierra con la pala para que no quede un montículo. Acabo mi tarea sudando a mares. Oh, esperen, todavía falta algo: poner hojas y agujas de pino sobre la tierra suelta. Hay que cuidar esos detalles, y seguro que fue por eso que nadie encontró el primer cadáver.

Para cuando regreso a mi auto está amaneciendo y yo apesto. No puedo hacer nada al respecto todavía, pero sí he traído una muda de ropa y un bidón de agua para asearme un poco antes de volver a casa. Le regalé a mi mujer una estadía en un spa, así que no me verá llegar. Tendré tiempo de lavar mis ropas, la pala y el auto y de arreglar unos pocos asuntos más. De nuevo, hay que cuidar los detalles.

La cadena con su medallón cuelgan ahora de mi propio cuello. Siempre quise tener algo así, desde que mis padres le hicieron ese regalo a mi hermano por su cumpleaños. Fue su último cumpleaños, por cierto.

Aunque yo no sea madrugador, la visión del sol naciente alegra mi espíritu, y luego de encender la radio me pongo a tararear al ritmo de la música. Me siento de maravilla y vuelvo a felicitarme por mi agudeza mental. Al fin y al cabo, tuve la razón desde el principio: sí había un cuerpo enterrado en el bosque. Que siga descansando en paz. Se quedará de nuevo sin una lápida, pero... bueno, al menos ahora tendrá compañía.

Gissel Escudero

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