23 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 3/4)

Soy una persona de hábitos vespertinos. Incluso desde más joven he tenido problemas para levantarme temprano; como si mi cuerpo supiera que ciertas tareas se realizan mejor en la tranquilidad del atardecer o la soledad de la noche, mis mayores niveles de energía se concentran en esas horas. Tengo suerte de que en la empresa donde trabajo tomen en cuenta esos detalles, porque si me obligaran a madrugar sería el programador más inservible en lugar de lo contrario.

A menudo me cruzo con los empleados del turno anterior cuando ellos van saliendo. Saludo a los pocos que conozco y paso junto a los demás sin decirles una sola palabra. Hoy me toca saludar, al encontrarme en la puerta con Martín Gutiérrez. No somos amigos porque, debido a la cuestión de los turnos y los ciclos circadianos, hacemos todas nuestras cosas en horarios diferentes, pero me pareció un tipo simpático cuando Natalia y yo charlamos con él en la última fiesta de fin de año de la empresa. Mi mujer es otra madrugadora, por cierto. A ella y a mí nos cuesta mantener el encanto de la relación por la falta de sincronía, pero bueno, ambos tenemos nuestras propias distracciones. Supongo que si llevamos la cosa día a día todo saldrá bien, más allá de un inconveniente o dos que debamos solucionar a lo largo de los años.

En fin, luego de saludar a Gutiérrez me acomodo en mi puesto de trabajo pensando en lo estúpido que es acudir a un edificio cuando la mayor parte de mi labor consiste en diseñar programas que podría enviar a la empresa desde mi casa por Internet. Eso me evitaría una hora diaria de traslados que podría dedicar a actividades mucho más interesantes, como mis pasatiempos. Oh, bueno, seguiré esperando a que mis anticuados jefes se modernicen. Soy bastante paciente en ese sentido, en realidad.

Mis compañeros de trabajo, excepto el que no ha llegado, también me saludan. Luego uno de ellos añade para todo el grupo:

—Creo que Paco no va a venir otra vez. ¿Alguien ha podido comunicarse con él?

—No contesta su teléfono —responde otro de mis colegas—. Acabo de hablar con el jefe. Dice que él tampoco sabe nada, y que si hoy tampoco viene llamará a la policía para que pasen por su casa. Esto es muy raro, ¿no les parece?

Todos asentimos, aunque los rostros de mis compañeros, al igual que el mío, no reflejan una preocupación intensa. ¿Y por qué habríamos de estar preocupados? Estos días sin Paco han sido estupendos. El tipo es un buen programador pero también un completo imbécil, y ninguno de nosotros lo aguanta. Encima, siempre se las arregla para distraernos cada quince minutos, ya sea con comentarios fuera de lugar, llamadas telefónicas o vídeos de YouTube que se pone a mirar en el horario de trabajo sin usar los auriculares. Creo que nuestro jefe estaba a punto de echarlo por improductivo, y desde luego que no lo extrañará si no regresa. Yo tampoco lo echaré de menos.

Mientras enciendo mi computadora y abro mi último proyecto me pongo a pensar, a modo de entretenimiento, en todo lo que puede haberle sucedido a Paco Herrera. ¿Una emergencia médica, como una apendicitis o un ataque cardíaco? ¿Lo habrá atacado alguna pandilla en un callejón? ¿O quizás...?

Después de unos segundos llego a mi conclusión favorita: un accidente doméstico. Un accidente doméstico fatal. Hay muchas maneras en las que una persona puede morir dentro de su propia casa, ¿saben? Escapes de gas o monóxido de carbono, electrocución, incendios, intoxicación por conservas en mal estado... o algo más simple, como una mala caída. En las escaleras del sótano, por ejemplo. Una persona se asoma al hueco oscuro, no enciende la luz, tropieza con algo y ¡zas!, al momento siguiente está abajo, con el cuello roto o una fractura de cráneo. Seguro que los policías, al ver escenas como ésa, se miran entre sí y hacen sendos ademanes negativos. Si se efectuara una autopsia, lo cual no ha de suceder a menudo cuando la situación es tan evidente, el forense también determinaría que la causa de la muerte fue accidental. Es decir, incluso aunque alguien hubiera empujado al infortunado Paco escaleras abajo, eso no requeriría tanta fuerza como para dejar moretones. Y si el asesino hubiera salido por una ventana, borrando previamente las señales de su presencia... Pero bueno, estoy conjeturando, nada más. Cosas que hace la mente para divertirse. Como dije antes, la rutina de un informático puede llegar a ser bastante aburrida, y esta clase de hipótesis estimulan la creatividad. ¡Eh, quizás hasta podría diseñar un videojuego en base a mis descabellados pensamientos! A los adolescentes les encantaría.

Después de un rato frente a la pantalla, vuelvo a reflexionar sobre la tumba sin lápida del bosque. Vaya que se ha vuelto una idea recurrente... Pero claro, hay una conexión entre el cadáver enterrado y el pobre Paco, al menos si imagino a Paco al pie de las escaleras de su sótano, pudriéndose tristemente en la oscuridad. No es un destino muy agradable, ¿cierto? Uno más bien preferiría que lo sepultaran lo antes posible, ya que la descomposición da un tono verdoso a la piel y los tejidos se hinchan por los gases. Luego hay que hacer el velatorio con el ataúd cerrado y nadie puede despedirse del difunto viéndolo a la cara. Qué tristeza. Como sea, espero que al cadáver del bosque lo hayan enterrado fresco con tal de preservar su dignidad. Si no te van a poner una lápida, al menos que cubran tu vergüenza por una simple cuestión de cortesía.

En medio de mi turno me llevo una mano al vientre y suelto un quejido lo bastante audible para llamar la atención de mis colegas.

—¿Te sientes mal? —me pregunta uno de ellos.

—Bastante —le contesto—. Mis tripas me han molestado desde la mañana. Tal vez sea un virus.

—Oh, oh. Aléjate de mí, que tengo hijos pequeños y no quiero contagiarles nada.

—Qué considerado —respondo con un tono algo sarcástico, aunque no estoy ofendido—. Iré a hablar con el jefe. Creo que me tomaré el resto del día para ir al médico.

Mis compañeros se muestran solidarios y apoyan mi decisión. Minutos después, mi jefe también lo hace y conduzco mi auto fuera del estacionamiento del edificio. Sin embargo, no me dirijo a casa. En lugar de eso, voy a una dirección que busqué hace unos días en los archivos de mi empresa. Supuestamente no tengo acceso a esa información, pero de algo sirven mis vastos conocimientos de informática y ningún sistema de seguridad es cien por ciento infalible.

La casa a la que llego está en un barrio residencial muy parecido al mío. Estaciono un poco más allá, a la vuelta de una esquina para que nadie que se aproxime a dicha casa vea mi auto. La discreción en estos casos es fundamental. A continuación me pongo unas gafas de sol y una gorra y me escondo detrás de un árbol, pendiente de las personas que van y vienen. Pienso que de nuevo la vigilancia será en vano, pero al cabo de un rato llega una mujer a la casa y toca el timbre. Ella también lleva gafas de sol, más un pañuelo rojo con un estampado de flores en lugar de una gorra. Debido a lo anterior es difícil distinguir su rostro, aunque el pañuelo me resulta muy familiar. De hecho, creo haberle comprado un pañuelo igual a ése a Natalia en unas rebajas. Interesante coincidencia, ¿verdad?

La mujer permanece en la casa hasta media hora antes de lo que acostumbro salir de mi trabajo, y se marcha rápidamente mirando hacia todos lados como si le preocupara que alguien la viera. Sus razones ha de tener para tanta suspicacia...

Yo también verifico que no haya nadie a la vista antes de dirigirme a la casa de Martín Gutiérrez. Todavía no sé lo que voy a hacer, pero algo se me ocurrirá en los próximos treinta segundos. Soy bueno para improvisar. Golpeo la puerta tres veces y espero.

Gutiérrez me reconoce al abrir. No le doy tiempo siquiera para saludar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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