22 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 2/4

La primavera es mi época favorita para caminar por lugares solitarios y también para trabajar en mi jardín, ya que las flores están bonitas pero no hace un calor insoportable. Hoy no ha sido un buen día en ese sentido, sin embargo. Primero apareció una de mis vecinas preguntándome si he visto a su hija con el vago del novio, luego vinieron esos mormones con acento anglosajón y por último se me acercó un joven repartidor de pizzas que buscaba una calle en particular. ¿Estoy siendo paranoico, o esta tarde se han puesto todos de acuerdo para molestarme? Uf, y ahora veo venir a mi vecino de al lado. ¿Qué demonios querrá? Lo averiguaré en un segundo, porque ya es demasiado tarde para escapar con discreción.

—¡Eh, hola, Lorenzo! —saluda. Me fastidia que me llame por mi nombre, ya que no somos amigos ni nada por el estilo—. Perdona que te moleste, pero ¿has visto a mi perro? Desapareció ayer y todavía no lo hemos encontrado. Debe haberse ido a perseguir una hembra en celo, pero ya comienzo a preocuparme.

—No, no lo he visto —respondo—. Tampoco lo he escuchado, y eso que se la pasa ladrando...

Aquí mi vecino tiene la decencia de ruborizarse un poco. Y más le vale, porque sí es verdad que su perro se la pasa ladrando como si fuera su jodido propósito en la vida. Día y noche, noche y día, ladra que te ladra. Le ladra incluso a las bolsas sueltas que pasan volando frente a él. Animalejo idiota.

—Bueno, sí —continúa mi vecino. Rambo se pone algo ruidoso de vez en cuando, pero es un buen perro. ¿Seguro que no lo has visto?

—Segurísimo. Pero te avisaré si lo veo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, gracias. Igual me iré a pegar unos carteles por ahí. Hasta luego —se despide mi vecino, y se va llamando a su ruidoso chucho a pesar de que no se lo ve por ningún lado. Ojalá se calle pronto, o tomaré el bozal de su perro y se lo pondré de mordaza. ¿Qué gracia tiene vivir en un barrio de clase media si uno no puede tener un mínimo de paz? Ah, perfecto, mi vecino ha entrado a su casa. Espero que al menos haya diez minutos de silencio mientras termino de plantar estos pensamientos.

¿Saben qué? No creo que Rambo vaya a aparecer. Apuesto a que alguien, cansado de sus irritantes ladridos, ha encontrado por fin la oportunidad para borrarlo del mapa, callándolo así para siempre. ¡Bien hecho! Los animales tendrán sus derechos y todo eso, pero vamos, las personas también. Y cuando alguien vuelve de su trabajo, cansado y hambriento, diría que merece un poco de tranquilidad para relajar los nervios, ¿no les parece? Hay muchas maneras de deshacerse de un perro. Creo que la más usual es el envenenamiento. Puedo imaginar a Rambo tragando un pedazo de carne envenenada, ya que los perros son glotones por naturaleza. Casi idiotas, diría yo. ¿Para qué tienen un olfato tan bueno si luego van a meterse cualquier porquería en la boca? No tiene mucho sentido. Pero volviendo a la cuestión del veneno, el más rápido debe ser la estricnina. No es que se consiga fácil, puesto que ya no se usa contra las ratas, pero bueno, todo se obtiene con algo de maña. Y si una persona estuviera muy determinada a liquidar a un chucho en particular...

Igual que al ladrón de la gorra y las pecas, puedo visualizar a Rambo en mi cabeza, sufriendo convulsiones y echando saliva como una babosa cubierta de sal. No es un espectáculo bonito, pero si pienso que el bicho no volverá a ladrar, hasta le encuentro cierta gracia poética.

¿Otra vez va a salir mi mujer? Acaba de atravesar la puerta, igual que arreglada que ayer.

—Voy a reunirme con unas amigas en el centro para comprar unas cosas —me dice ella—. Esos pensamientos están hermosos. ¿Te he felicitado ya por ser tan buen jardinero?

—Cada tanto lo haces —contesto, tratando de no hacer un gesto suspicaz.

—Bueno, me voy. Vuelvo en un rato. Adiós.

—Hasta la vista —le respondo, y ella se va a pie, acomodándose la correa del bolso sobre su hombro. Ha comprado muchas cosas últimamente. Espero que eso no deje un hoyo en el presupuesto para el resto del año, por más que yo gane un buen sueldo.

La tierra donde estoy plantando las flores está blanda, por lo que hacer los agujeros no me supone un gran esfuerzo. El trabajo de la pala hace aflorar unos cuantos gusanos blancos, pero vuelvo a taparlos sin mucho trámite. Eso me hace pensar de nuevo en el cadáver que yo creo está enterrado en el bosque. Claro que ése no debe tener gusanos, porque si ya no se ve la tierra excavada, seguro que los gusanos se han ido hace rato. Si de verdad hay un cuerpo ahí abajo, a estas alturas tiene que ser un esqueleto. Eso me alegra. Es que los gusanos son bastante asquerosos, en realidad, y si alguna vez decidiera regresar allá y comprobar mis sospechas, no me gustaría cavar y toparme con un millón de esos bichos repugnantes retorciéndose sobre un cadáver fresco y maloliente. Eso sería muy, pero que muy desagradable.

Bien, las flores ya están en su sitio y muy pronto el pasto volverá a crecer sobre el rectángulo de tierra recién excavada, disimulando la escena del crimen. No hay mayor satisfacción que un trabajo bien hecho...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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