21 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 1/4)

Adoro pasear por lugares solitarios. Estar lejos de los automóviles, los edificios, los niños gritones y las personas que caminan sin mirar por dónde con tal de no despegar la vista de sus teléfonos móviles. La playa en invierno es un buen sitio, por ejemplo, aunque a veces los dueños de perros llevan a sus estúpidos chuchos a correr por la arena y perseguir gaviotas, arruinando la paz. Los bosques como éste también sirven, especialmente si están apartados de las carreteras o próximos a algún lugar donde no se permita hacer escándalo. En este caso, el cementerio al pie de la colina garantiza un ambiente tranquilo. Llevo dos horas caminando por aquí sin ver un alma. El viento sopla entre las hojas y los pajaritos cantan en las ramas, ¿no es encantador? Así da gusto la primavera.

Cada tanto me detengo para contemplar el cementerio desde aquí arriba. Las lápidas se ven como rectángulos grises sobre un fondo verde. Se nota que los empleados cuidan mucho ese pasto, y hacen bien, desde luego; la pena de los dolientes ha de ser mucho menos intensa que si la hierba estuviera amarilla y reseca. Debe haber sido difícil mantener el verdor el año pasado a causa de la sequía, a menos que...

Mmm... qué curioso. ¿Alguna vez han tenido un presentimiento tan intenso que es como si una persona invisible les hablara al oído? Pues esto es lo que me dice la voz ahora mismo: "Estás parado sobre una tumba."

¿Una tumba? ¿En serio? Excepto por mis huellas, no hay una sola marca en el terreno. La tierra es igual de firme, la capa de hojas secas y agujas de pino no muestra interrupción alguna. Sin embargo, la sensación se mantiene.

Soy raro, lo sé. Cualquier otra persona con un presentimiento como el mío escaparía de inmediato, pero a mí me dan ganas de buscar una pala y averiguar si tengo razón. ¿Y por qué no habría de estar intrigado, en realidad? No soy forense, pero un cuerpo enterrado fuera de un cementerio, sin ninguna lápida, ha de tener muchas cosas interesantes que decir. ¿Quién era el muerto? ¿Quién lo puso ahí? ¿Qué fue lo que pasó? Algo turbio, seguramente. Las personas que fallecen en circunstancias normales acaban en cementerios como el de allá abajo. El cuerpo bajo la tierra del bosque tiene que haber sido la infortunada víctima de un asesino, como mínimo. Un asesino que se tomó muchas molestias para que el cadáver no fuera encontrado. Y vaya que tuvo éxito.

Me pregunto qué debería hacer. Vine hasta aquí desde mi auto, pero no suelo cargar el equipo necesario para excavar tumbas. Es decir, soy un programador informático, más bien llevo elementos de computación. Y a veces ni eso. Bien, supongo que no hay prisa. El cuerpo debe haber estado ahí mucho tiempo, ¿qué importan unos días más? Es decir, si decidiera hacer algo al respecto; al fin y al cabo, es sólo un presentimiento.

Es bueno encontrar mi auto donde lo dejé y sin un rasguño, considerando el aumento de la delincuencia. A veces me dan ganas de portar un arma, y si viera a alguien tratando de llevarse mi auto, o la radio, ¡pum!, le pegaría un tiro en la pierna. Sería fácil, tengo buena puntería, y la verdad es que me alegraría la tarde ver a uno de esos gamberros tirado en el piso, retorciéndose de dolor y sangrando. De pronto casi puedo ver la cara del maleante como si en verdad le hubiera disparado: un joven, claro, de esos que nunca respetan la propiedad ajena ni a las autoridades; gorra, zapatillas de deporte, una pelusa en las mejillas que no llega a ser barba y quizás algunas pecas en el rostro pálido debido a la hemorragia. La imagen me hace sonreír mientras conduzco de camino a casa, alternando con algún tarareo de mis canciones favoritas. De todos modos, la idea del cuerpo sepultado en el bosque no se va por completo de mi cabeza. Por un segundo se me ocurre que podría dar aviso a la policía, aunque sea en forma anónima, pero lo descarto de inmediato por ridículo. La policía jamás me haría caso, y además... bueno, ¿por qué les daría a ellos el privilegio de resolver el misterio? La vida de un informático puede llegar a ser tan tediosa... El trabajo, para empezar. De acuerdo, me pagan bien, pero pasar frente a la pantalla la mitad del día, escribiendo códigos, no es muy emocionante que digamos, y encima llegan a mis oídos todos esos ridículos chismes de oficina. Luego están los vecinos en mi típico barrio de clase media. Eso ya garantiza otra cuota de chismes indeseados, más el ruido esporádico de las cortadoras de césped, las pequeñas envidias de la gente mediocre, la rutina, la monotonía... Dicen que a veces los lugares más tranquilos esconden los peores horrores, pero mi vecindario debe ser la excepción porque nunca ha habido un solo escándalo. ¿O será que todos saben disimular muy bien? Pfff, ojalá fueran menos cuidadosos y dejaran ver los trapos sucios alguna vez, como un caso de violencia doméstica o quizás un hijo retrasado y deforme encerrado en un sótano por muchos años. Cualquier cosa, en fin. Me quitaría la pesada responsabilidad de sacudirme el aburrimiento yo solito.

¿Ven? Esa señora que va paseando a su caniche sirve para ilustrar lo que digo. Está retirada, sus hijos y nietos la visitan cada tanto y hace pasteles para las reuniones vecinales. No me quejo de los pasteles, por supuesto, pero el único defecto de la señora es su voz chillona. No acumula gatos ni basura, no ha envenenado a su marido ni anda por ahí desnuda y despistada a causa del Alzheimer porque está bien de la cabeza. Aunque esa voz... Uf, cada vez que la oigo hablar tengo ganas de meterle un trapo con cloroformo en su boca. Primero le haría escupir la dentadura postiza, eso sí, para evitar que me mordiera. Hay que contemplar todas las posibilidades.

Mi casa no se distingue mucho de las demás, con su techo a dos aguas, las paredes de color amarillo canario y un jardín del que yo mismo me encargo. Lo sé, la jardinería me convierte en uno más de los habitantes comunes y corrientes de mi vecindario, ¿verdad? Por desgracia, la normalidad tiende a contagiarse. También voy a la iglesia y al club de lectura los sábados. Sí, doy asco en ese sentido. Pero ¿qué le voy a hacer, si salirse del estándar es visto por aquí como una especie de herejía? Si no puedes con ellos, úneteles. Es un buen consejo.

Apenas entro, veo que mi esposa se está arreglando para salir.

—Eh, ¿acabo de llegar y tú te vas? —le pregunto. Qué gracioso, se está ruborizando y de repente parece incómoda. Con un tono tembloroso, me contesta:

—No te esperaba tan pronto, querido. Siempre que sales a pasear llegas más tarde. Pensaba estar de vuelta antes de que regresaras. Y la cena ya está hecha, sólo hay que calentarla.

Todo lo que ella ha dicho suena razonable, pero le ha faltado un detalle...

—¿Y adónde vas? —insisto.

—Oh, sólo tengo que hacer unos recados de último momento. Nada importante. Volveré enseguida. Te quiero.

Me da un beso rápido en la mejilla antes de salir. Seguro me ha manchado, porque se ha pintado los labios de rojo intenso. Uno de esos caprichos femeninos, ya saben, aunque esté un poco fuera de lugar si sólo va a hacer unos recados. Sin embargo, no tiene mucha importancia. No ahora, al menos, ya que tengo otras cosas en qué pensar. Parte de mi mente sigue en el bosque, rondando el sitio donde, según mi intuición, se halla la tumba sin lápida. ¿Quién rayos estará ahí sepultado? ¿Y en qué forma lo habrán asesinado?

Díganme, ¿no es molesto cuando a uno lo carcomen esta clase de dudas?

(Continuará...)

Gissel Escudero

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