3 de marzo de 2012

La canción del águila (49)

Una mañana, a finales de la primavera, Orantos se lavó la cara y levantó la mirada hacia el espejo. No había caso: se veía tan viejo como se sentía por dentro. En su barba mojada y su cabello se distinguían unas cuantas canas y en las esquinas de sus ojos había arrugas que ya podía considerar permanentes. Y no era que dichas señales fueran algo anormal para un hombre bien entrado en su quinta década... pero él estaba seguro de que todo eso había comenzado a aparecer desde hacía dos años aproximadamente.

Desde la partida del chico, a decir verdad.

Para alguien que valoraba tanto su independencia y la soledad necesaria para la labor creativa, era increíble cómo la falta de aquel muchacho podía pesar tanto sobre su ánimo. Lo extrañaba muchísimo, y lo peor era no tener ni idea de qué había sido de él. La visita de los jóvenes errantes, acontecida el pasado otoño, no había logrado más que agravar sus inquietudes.

Aún la recordaba perfectamente: los golpes en su puerta, el sonido amortiguado de una conversación, un relincho que le resultó conocido... y luego los rostros de aquellos tres muchachos y la visión de Nela pastando en la entrada de su casa. Se dio cuenta enseguida de que los chicos eran errantes, y aunque físicamente no se parecían en nada (rubio y rechoncho, flaco y pelirrojo, moreno y musculoso), al inventor le llamó la atención lo deprimidos que se veían. Sumando a eso la presencia de la yegua, sola, la conexión resultante despertó su alarma, y sin dar tiempo a que los errantes hablaran, él les preguntó:

—¿Dónde está el dueño de esa yegua? ¿Qué le sucedió?

Los jóvenes se miraron entre sí, azorados e indecisos. Finalmente uno de ellos, el moreno, se adelantó para contestar.

—No lo sabemos, señor inventor. Él abandonó nuestra caravana hace unos meses junto con una amiga, y sólo Nela regresó. Sabemos que su acompañante murió —aquí el rostro del joven se contrajo de dolor—, pero él nos envió esto, así que en ese entonces seguía vivo.

El errante le entregó a Orantos el colgante de metal de Kaylon y le resumió cómo el chico se había unido a la tribu. Cuando llegó a la parte en que un viajero les devolvía la yegua, al joven se le quebró la voz y ya no pudo seguir hablando. Entonces el pelirrojo tomó la palabra.

—Kay nos contó sobre usted, así que vinimos a dejarle a Nela. Y... y eso es todo, me parece.

—¿Eso es todo? —repitió el inventor—. ¿No saben nada más?

El muchacho rubio intervino en voz baja.

—Hay una mujer en nuestra tribu. Ella... ve cosas. Cuando fuimos a preguntarle, nos dijo que nunca volveríamos a verlo tal como era porque su imagen se había esfumado para siempre de la faz de este mundo. Pero eso no significa necesariamente que esté muerto... ¿verdad, muchachos?

El chico inquirió esto en tono de duda y las miradas que le respondieron eran igualmente dubitativas. A Orantos se le cayó el alma a los pies.

Los jóvenes errantes no aceptaron quedarse a cenar y se marcharon por donde habían venido. Ahora, de frente al espejo, el inventor reflexionó que jamás había visto personas más tristes que ellos, sobre todo el moreno... y hete aquí que en su propio rostro la misma tristeza alteraba unas facciones que por lo general irradiaban optimismo.

Afuera, el potrillo de Nela retozaba a poca distancia de su madre. El vivaracho retoño de la yegua habría sido también de Kaylon, pero como él ya no estaba, Orantos supuso que lo mejor sería dejar a ambos animales vivir tranquilamente en estado salvaje. La yegua, sin embargo, todavía se acercaba de vez en cuando a Orantos para pedirle algo de fruta, que el inventor le concedía. El potrillo prefería mantenerse lejos de él; Orantos no le había puesto nombre porque esa tarea le correspondía al muchacho.

Así pues, considerando las circunstancias, era muy probable que nadie bautizara al animalito, pero con algo de suerte tampoco lo molestarían. Ni siquiera el estúpido de Fael.

El inventor salió a refrescarse y disipar su enojo, porque al pensar en el capataz de la granja se le ocurrió que éste era el culpable de todo. El único consuelo de Orantos era la certeza de que los días de mandamás de Fael se habían acabado: ya no quedaba nadie en el pueblo, y ni siquiera en la granja, que sintiera por él un mínimo de respeto. Orantos se había encargado de que todos supieran muy bien con qué clase de persona trataban.

El potrillo de Nela corrió a refugiarse bajo un árbol, un tanto despavorido.

—¿Qué rayos...?

El hombre examinó los alrededores y no encontró nada que ameritara la huida... pero luego sus ojos volvieron a posarse en Nela, cuya silueta había cambiado: tenía una especie de bulto sobre su lomo. La yegua, no obstante, lucía en calma.

Orantos caminó lentamente hacia ella. El bulto en el lomo de Nela, tan negro como su pelaje, se definió a medida que el hombre se aproximaba, y poco a poco éste entendió que se trataba de un ave. Un ave grande... un águila.

—¿Eles? —llamó el inventor, pero no podía ser. El animal tenía las dos alas completas y su plumaje era como de cuervo.

Sus miradas se encontraron a dos pasos de distancia y entonces a Orantos se le aceleró el corazón, porque los ojos de la rapaz eran del mismo color que el cielo. Y de las garras del ave, colgando sobre el flanco de la yegua, pendía un objeto que él había fabricado, en una época lejana, con sus propias manos.

Su brújula, quebrada pero aún reconocible.

Orantos tuvo que tragar saliva para desatar el nudo en su garganta antes de hablar.

—¿Kay? ¿Eres tú?

El pico del ave pareció curvarse en una sonrisa. Las garras aflojaron su presa y la brújula cayó al pasto; helado hasta los huesos, Orantos la recogió y volvió a encarar al animal, que en esos momentos acariciaba la nariz de la yegua, vuelta hacia él, con tierna familiaridad.

El inventor nunca había visto algo tan hermoso como esa rapaz. Era la combinación perfecta de formas armoniosas, vitalidad y fortaleza, una obra maestra en carne y hueso. Realmente inspiraba admiración.

Cuando el águila se separó de la cabeza de Nela, el inventor notó que había una pequeña piedra roja y ovalada en su pecho. La piedra de Eles. Pero esos ojos celestes, y ese plumaje de cuervo...

Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas del inventor, quien, sin embargo, estaba sonriendo. Alargando los dedos, tocó el lomo de la rapaz. Sí, era real.

—Increíble. ¿Qué te pasó, Kay? ¿Cómo lo hiciste?

El águila negra lo miró fijamente y estiró el cuello con aire travieso.

Un secreto. ¿Una promesa?

De pronto el ave levantó vuelo y se dirigió, planeando, hacia el valle que precedía la colina. Nela galopó tras la rapaz; Orantos corrió en pos de ambos animales. Esquivando los árboles, sudando por el ejercicio, preguntándose qué le esperaba, el inventor persiguió la sombra de la rapaz que se proyectaba sobre la hierba. Y se detuvo.

En el valle, por todo el valle, incontables águilas iban de un lado a otro, posándose aquí y allá mientras aguardaban la llegada del animal con plumas de cuervo. Cuando lo vieron aparecer su agitación fue aún mayor: lo saludaron emitiendo chillidos y agitando las alas.

Con un largo y poderoso grito de convocatoria, el águila negra llamó a los suyos y todas las aves despegaron del suelo y se remontaron hacia el este, una bandada inverosímil de rapaces como no existía en la naturaleza. Pero no oscurecieron el firmamento porque sobre ellas, y entre ellas, un águila mucho más grande, un ave de luz condensada, relucía en esa red de siluetas tanto como el sol. Nela se quedó mirando el espectáculo sin parpadear, con una pata algo levantada y el viento arremolinando sus crines, y Orantos sonrió de nuevo sintiéndose diez años más joven.

Muchos levantaron la cabeza para ver la procesión de las águilas, pero entre todas esas personas sólo una comprendió lo que ello representaba: que un querido amigo, quien jamás volvería a estar solo, se encaminaba hacia el lugar escogido para él por el destino.

A su hogar.

FIN

Gissel Escudero

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