2 de marzo de 2012

La canción del águila (48)

Kaylon despertó a la mañana y se lavó una vez más en una cascada próxima. En una sola noche estas aguas habían sanado en gran medida sus propias heridas y las de Gorgat, quien no muy lejos de ahí saciaba su hambre con un pez recién capturado en el estanque.

Después de lavarse retornó al sitio por donde había llegado el día anterior. Los restos de su equipaje estaban allí, escasos y maltrechos: la brújula, una manta, una navaja embotada, su cantimplora, algo de carne de roedor... y un saquito de cuero del que no se habría deshecho por nada del mundo, aunque contenía solamente un corto mechón de cabello castaño. Fue esto lo que tomó de entre el conjunto, y se dirigió con ello hacia una rama muy gruesa cubierta de flores perfumadas. Allí ató el saquito de cuero y lo observó por unos minutos con una extraña mezcla de sentimientos rondándole el corazón.

—Lo hicimos, Tyanna —dijo, y acarició la diminuta bolsa percibiendo el tesoro que guardaba en su interior. Era la despedida definitiva. Se alejó del saquito y de la rama, delegando la custodia del objeto a un millar de pétalos sedosos, y se concentró en lo que tenía por delante.

Había pensado toda la noche en la piedra roja, considerando qué hacer. Pero ¿existía una alternativa?

No era ésa, sin embargo, la pregunta correcta, sino otra mucho más elemental.

¿Había encontrado, en efecto, su destino?

Quizás. Muchas puertas se habían cerrado tras él, pero ahora se le abría una y cada vez estaba más convencido de que no podía equivocarse al cruzarla. Eles lo había conducido hasta ahí porque anhelaba volver a su mundo... y también porque quería compartir dicho mundo con quien lo había rescatado de la muerte.

A Kaylon le pareció muy justo.

De la misma manera que el águila se había despojado de sus plumas, el muchacho se quitó los harapos que lo cubrían. Él no lo sabía, pero hacía exactamente un año desde que abandonara la granja. No lo hubiera creído, empero, porque en ese único año había transcurrido para él toda una existencia humana, con sus bondades y sus penas más devastadoras. Afortunadamente, todo eso estaba por terminar.

La piedra roja se hallaba a sus pies. Frente a él, sobre una de las cabezas talladas, un águila de luz vigilaba sus movimientos, y los cantos de las rapaces servían de fondo para aquel momento solemne.

Kaylon se agachó y volvió a levantarse con la piedrecilla en su mano, de la cual emanaba un calor que se extendió por su brazo y luego a todo su organismo, llenándolo hasta lo más recóndito de su ser. Debido a esto recordó al fin las últimas palabras de Tyanna.

Soñé que... tenías una piedra roja en tu mano... y alas en tu espalda.

Eles creció y creció hasta confundirse con el sol naciente, y cuando el muchacho sintió que empezaba la transformación, sostuvo la piedra contra su pecho.

Era el inicio de un nuevo día.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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