1 de marzo de 2012

La canción del águila (47)

A medida que se acercaban a la salida, Kaylon notó que al mismo tiempo se estaban alejando de la zona de influencia de los uxoles y el guardián. Presintió a su vez que algo por completo distinto los aguardaba a continuación: un santuario lleno de vida; el mundo del que provenía Eles.

Agotado, mordido por los carnívoros y con el brazo desgarrado goteando sobre el camino, el chico descubrió también algo muy interesante: aún tenía deseos de vivir.

Era bueno saberlo.

Kaylon se detuvo para abrazar a Gorgat, a quien le costó asociar dicha muestra de cariño con un agradecimiento tardío.

Los tres viajeros se hallaban en condiciones deplorables, pero el brillo del águila empezó a aumentar con cada paso que daban; sus plumas sucias adquirieron tonalidades doradas e incluso la sangre de sus heridas se volvió del color de los rubíes. Al emitir uno de sus gritos, éste sonó más bien como la nota aguda y penetrante de un cuerno de metal, que no sólo se vio multiplicada por el eco sino por un sinfín de notas similares, pero no iguales, que le respondían desde el este.

Sí, aquél era el sitio. Habían llegado a la meta.

Al abandonar el túnel, y aunque tenían el sol de espaldas, la claridad los deslumbró por un instante. Luego Kaylon abrió los ojos y se quedó mudo de asombro.

Estaban sobre un saliente en la ladera de la montaña, la cual caía sobre un abismo ilimitado. No había un término más preciso para definirlo, porque de dicho abismo no se veía el fondo; a cierta profundidad era el cielo lo que se reflejaba en él, de modo que hacia arriba y hacia abajo se apreciaba exactamente lo mismo: la eternidad. Pero de aquel abismo surgían, materializándose desde su propia imagen en un espejo impalpable, columnas de granito tan amplias como las torres de un castillo. Más allá de las columnas había otras paredes de piedra, que se prolongaban formando una especie de laberinto.

Desde las cumbres surgían cascadas retumbantes, velos de blanca espuma que sorteaban la vegetación cargada de frutos, formaban remansos y lagunas y terminaban encontrándose consigo mismas en el abismo. Y donde la roca asomaba por entre todo esto, inexplicablemente talladas por el clima a través de los siglos, cientos de rostros se miraban unos a otros, surcados por vetas de oro y destellos de piedras preciosas: rostros de águilas como el de Eles, más grandes y más pequeños pero todos magníficos e imponentes.

La rapaz, desde el lomo de Gorgat, soltó de nuevo su llamado, y fue entonces que el muchacho se percató de que ahí estaban ellas. Eran tantas que no pudo calcular su número, y se irguieron en sus nidos para contestar el saludo de su congénere o acudieron volando con el propósito de recibirlo.

Eles bajó de Gorgat y caminó hacia la parte más elevada del saliente, donde se reunió con las demás águilas. Las aves se turnaron para dar la bienvenida y celebrar el regreso de quien se había extraviado, y pese a que diferían en tamaño y coloración, cada una ostentaba una piedra como la de Eles en alguna parte de su cuerpo.

La alegría de la reunión fue tan grande, tan evidente, que Kaylon se sintió contagiado por ella y sonrió.

Pasó un buen rato y Eles volvió a quedarse solo sobre el saliente. Las demás águilas se había posado donde pudieran verlo, y con actitud serena lo contemplaban desde la distancia.

Eles llamó al chico, quien se colocó a su lado.

—Por fin estás en casa, amigo mío —le dijo Kaylon a la rapaz, acariciándole la cabeza con su mano sana—. ¿Estás feliz ahora?

Eles parecía feliz, sin duda, pero rozó con su pico las heridas que Gorgat le había producido al muchacho en el brazo. Kaylon se rió a pesar del dolor.

—Sí, bueno, ahora estamos parejos. Pero ¿qué sigue ahora, eh? Dime.

La rapaz lo miró fijamente con sus hermosos ojos como cuentas de ámbar. Si el guardián de la montaña apenas comprendía lo que pasaba a su alrededor, la expresión del águila mostraba, en cambio, una inteligencia indiscutible.

—¿Por qué te fuiste de aquí, Eles? —preguntó el muchacho de repente—. En este sitio sin duda no te faltaba nada y estabas protegido de todo mal. ¿Qué saliste a buscar?

El águila le sujetó los dedos con sus garras, tal como lo hiciera aquella primera noche después de la amputación. Pero Kaylon no supo si se trataba de una respuesta, aunque supuso que en realidad no importaba.

Eles soltó la mano del chico y retrocedió hacia el abismo. Empezaba a atardecer, y a través de una depresión en la cumbre de la ladera se colaron unos rayos de sol que dieron justo sobre él. El ave aleteó, lanzando su grito a los cuatro vientos, y una por una sus plumas se desprendieron y flotaron en el aire cálido; llevadas por la corriente, se perdieron en la inmensidad de aquel fantástico entorno.

Así se reveló la maravilla que ocultaban, porque al desaparecer las plumas quedó en su lugar el cuerpo de Eles, pero hecho solamente de luz como antes se había visto el fantasma de su miembro cercenado. Ahora el águila estiró sus dos alas y gritó una vez más, libre de todas las imperfecciones terrenales, y girando sobre sí misma se echó a volar. Las otras águilas imitaron a Eles en su danza aérea, subiendo, bajando y dando vueltas en torno a las columnas de granito, sobre los nidos, sobre las cabezas esculpidas y a través de algún arco iris, los cuales, al originarse en las cascadas y verse reflejados, eran de forma circular. En su vuelo las rapaces dejaron oír sus voces al unísono, pero ya no sonaban como gritos sino como la canción de una familia de ballenas en el azul de los océanos. Era una melodía hecha para tocar hasta las fibras más insensibles del alma.

Después de la danza, cada águila regresó a su puesto y Eles al saliente donde había dejado al muchacho. La rapaz alzó la pata derecha y la piedra roja cayó al suelo, donde permaneció enmarcada por la roca y el oro. Eles la empujó con el pico hacia el muchacho, quien se quedó paralizado a causa de la inesperada situación.

—¿Qué significa esto?

El atardecer culminó con unos matices escarlata, y al aparecer los violetas que precedían la noche, Eles se desvaneció. En el punto donde había estado la rapaz no quedaba más que la piedra ovalada, visible apenas en la creciente oscuridad. Sin embargo, la invitación del águila susurraba desde el pequeño objeto con una fuerza irresistible.

Susurraba en espera de que el chico aceptara el obsequio que acababa de ofrecérsele.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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