24 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 4/4)

Las noches de luna creciente o menguante son perfectas para ciertas tareas. No hay tanta luz como para que a uno lo vean ni tan poca como para que uno no vea nada. Especialmente en el bosque, donde no hay alumbrado público de ninguna clase. Claro que en el bosque podría usar una linterna, pero me gusta poner a trabajar mi visión nocturna por más que no sea tan buena como la de un gato. Me basta con saber dónde estoy pisando... y excavando.

Sí, lo han adivinado: me encuentro en el bosque, llevo una pala sobre mi hombro y pienso averiguar si es cierto lo de la tumba sin lápida. No tendré la visión nocturna de un gato pero sí su curiosidad. Aunque no voy a permitir que ésta me mate, desde luego.

El aire está fresco y huele a pino. También se siente el aroma suave de la tierra húmeda, por la tormenta de hace dos días. Estupendo. No me costará tanto abrir el agujero. Recuerdo el sitio exacto: había un árbol grueso, otro más joven a medio metro y se veía una zona en particular del cementerio desde ahí. Por fin lo encuentro, y de nuevo una voz desde abajo parece hablarles a mis pies. Me hace gracia la idea de que los pies escuchen como si tuvieran orejas, y luego me río al pensar en las dificultades que tendría un zapatero para crear los zapatos adecuados. Pero estoy divagando. Mejor será que me concentre en mi objetivo.

Dejo la pala en el suelo porque todavía tengo que hacer algo más antes de excavar la tumba. Regreso a mi coche, por lo tanto, y saco del maletero un bulto muy pesado. Uf. Cargar el bulto no será tan fácil como cargar la pala, pero no tiene sentido que trabaje de más; si voy a cavar ese hoyo para ver qué hay adentro, bien puedo aprovecharlo para depositar algo en él, ¿no les parece? Ya saben, por eso de los dos pájaros de un tiro.

Durante todo el trayecto verifico que nadie me esté observando. Es un día de semana y por ello no debería haber un alma, aunque siempre existe la posibilidad de toparse con un vagabundo, un grupo de adolescentes trasnochados o peor, algún patrullero. Tengo suerte: no hay nadie, y pronto me hallo de nuevo en la seguridad del bosque silencioso.

¡Rayos, cómo pesa el bulto! Unos ochenta kilos, al menos. Y eso que la envoltura es liviana. Qué bueno que no he perdido la sana costumbre de levantar pesas en el gimnasio. Ciertos pasatiempos requieren que uno esté en plena forma física.

Después de un recorrido extenuante y que se me antoja mucho más largo que el anterior, deposito el bulto junto al árbol grande y me tomo unos minutos para recuperar el aliento. Hace tiempo que no hacía esta clase de esfuerzos... Afortunadamente no tengo que preocuparme por mi corazón, ya que según el último control médico funciona tan bien como el de un muchacho de veinte años.

Bueno, ya he descansado bastante. Hora de cavar.

La tierra es negra y su olor se intensifica en mi nariz mientras la levanto con la pala. Me trae muchos recuerdos, aunque, en contra de lo que debería esperarse, todos me resultan agradables. Tal vez sea porque la tumba es demasiado vieja para apestar a amoníaco y carne putrefacta.

Los primeros huesos brillan un poco bajo el resplandor lunar que se cuela entre los árboles. Un cadáver enterrado hace mucho, efectivamente, porque no quedan restos de carne sobre él. No estoy sorprendido. Más bien me siento orgulloso de haber adivinado un secreto tan fascinante.

Entro al hoyo y quito algunos terrones con mis propias manos, tal como suelo hacer en mi jardín a la hora de plantar los bulbos de tulipanes. Es bueno estar en contacto con la Madre Tierra de vez en cuando, y la suciedad bajo las uñas se elimina con jabón y un cepillo. Cuesta más lavar las manchas de vino o de sangre. Mmm, otra vez estoy divagando. Lo que quiero es destapar el cráneo. Verle a la cara al difunto, por decirlo de alguna manera, aunque no pueda discernir sus facciones por la ausencia de piel y músculos.

¿Qué es eso que reluce sobre el cuello del esqueleto? Parece una cadena. Y de oro, seguramente, porque no se ha oxidado. Remuevo la cadena por entre las vértebras separadas y descubro que de ella pende una suerte de medallón. Lo limpio con mi camisa para distinguir mejor el grabado: un águila de dos cabezas.

Hablando de recuerdos, ¡qué extraordinaria coincidencia! Conocí a una persona que usaba un medallón igual a éste: mi propio hermano Lucas, dos años más joven que yo. Por ese entonces vivíamos con nuestros padres no muy lejos de este bosque, en una linda casa de dos plantas. Teníamos un perro, además, un labrador negro llamado Campeón.

Sin embargo, ahí se acaban los recuerdos placenteros. Mis padres no se llevaban bien en esa época: estaban a punto de divorciarse y peleaban dos o tres veces al día por cualquier estupidez. Eso me afectaba mucho. A decir verdad, me daban ganas de romper cosas, pero no podía romper nada porque eso me habría ganado una paliza. Mi padre creía en el valor disciplinario de los golpes.

Encima, la relación con Lucas también era un desastre. Al contrario de lo que suele pasar, yo era el hermano tímido y desadaptado, mientras que Lucas tenía muchos más amigos y mis padres lo trataban con menos dureza que a mí. Sentía celos de él. Es decir, hasta que Lucas desapareció una tarde y nadie supo jamás lo que le pasó.

Qué vueltas extrañas da la vida, ¿verdad? La tragedia volvió a unir a mis padres y, dado que mi hermano menor ya no estaba ahí para opacarme, yo conseguí mejorar mi autoestima y salir de mi capullo. Lloré mucho por Lucas, no obstante. Al menos en público.

El cráneo en la tumba tiene una depresión en la parte de atrás, como si lo hubieran golpeado con un objeto grande y pesado. Ésa debe haber sido la causa de muerte, y quién sabe, quizás mi propio hermano haya dejado este mundo de una forma parecida: sin enterarse de nada. No es una mala manera de estirar la pata, en realidad. Mejor eso que ser estrangulado lentamente por el marido de tu amante, por mencionar un ejemplo fácil.

Bien, ya confirmé el presentimiento que amenazaba con enloquecerme. He decidido no avisar a la policía, dado que voy a enterrar el bulto aquí y por lo tanto no me conviene ningún tipo de investigación. Pero me siento tranquilo al respecto; si nadie encontró el esqueleto después de tanto tiempo (aparte de mí, claro), tampoco hallarán mi paquete amortajado en sábanas.

Agrando un poco el agujero, ya que necesito algo más de espacio, y luego deposito ahí mi pesada carga. Menos mal que aún no está rígida, de modo que puedo doblarla a fin de que entre mejor. Je je, es como una pieza de Tetrix. Si la acomodas bien, ganas puntos. O, en este caso, evitas treinta años o más de encierro.

Cubrir el agujero me resulta más fácil que abrirlo, aunque después tengo que aplastar la tierra con la pala para que no quede un montículo. Acabo mi tarea sudando a mares. Oh, esperen, todavía falta algo: poner hojas y agujas de pino sobre la tierra suelta. Hay que cuidar esos detalles, y seguro que fue por eso que nadie encontró el primer cadáver.

Para cuando regreso a mi auto está amaneciendo y yo apesto. No puedo hacer nada al respecto todavía, pero sí he traído una muda de ropa y un bidón de agua para asearme un poco antes de volver a casa. Le regalé a mi mujer una estadía en un spa, así que no me verá llegar. Tendré tiempo de lavar mis ropas, la pala y el auto y de arreglar unos pocos asuntos más. De nuevo, hay que cuidar los detalles.

La cadena con su medallón cuelgan ahora de mi propio cuello. Siempre quise tener algo así, desde que mis padres le hicieron ese regalo a mi hermano por su cumpleaños. Fue su último cumpleaños, por cierto.

Aunque yo no sea madrugador, la visión del sol naciente alegra mi espíritu, y luego de encender la radio me pongo a tararear al ritmo de la música. Me siento de maravilla y vuelvo a felicitarme por mi agudeza mental. Al fin y al cabo, tuve la razón desde el principio: sí había un cuerpo enterrado en el bosque. Que siga descansando en paz. Se quedará de nuevo sin una lápida, pero... bueno, al menos ahora tendrá compañía.

Gissel Escudero

23 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 3/4)

Soy una persona de hábitos vespertinos. Incluso desde más joven he tenido problemas para levantarme temprano; como si mi cuerpo supiera que ciertas tareas se realizan mejor en la tranquilidad del atardecer o la soledad de la noche, mis mayores niveles de energía se concentran en esas horas. Tengo suerte de que en la empresa donde trabajo tomen en cuenta esos detalles, porque si me obligaran a madrugar sería el programador más inservible en lugar de lo contrario.

A menudo me cruzo con los empleados del turno anterior cuando ellos van saliendo. Saludo a los pocos que conozco y paso junto a los demás sin decirles una sola palabra. Hoy me toca saludar, al encontrarme en la puerta con Martín Gutiérrez. No somos amigos porque, debido a la cuestión de los turnos y los ciclos circadianos, hacemos todas nuestras cosas en horarios diferentes, pero me pareció un tipo simpático cuando Natalia y yo charlamos con él en la última fiesta de fin de año de la empresa. Mi mujer es otra madrugadora, por cierto. A ella y a mí nos cuesta mantener el encanto de la relación por la falta de sincronía, pero bueno, ambos tenemos nuestras propias distracciones. Supongo que si llevamos la cosa día a día todo saldrá bien, más allá de un inconveniente o dos que debamos solucionar a lo largo de los años.

En fin, luego de saludar a Gutiérrez me acomodo en mi puesto de trabajo pensando en lo estúpido que es acudir a un edificio cuando la mayor parte de mi labor consiste en diseñar programas que podría enviar a la empresa desde mi casa por Internet. Eso me evitaría una hora diaria de traslados que podría dedicar a actividades mucho más interesantes, como mis pasatiempos. Oh, bueno, seguiré esperando a que mis anticuados jefes se modernicen. Soy bastante paciente en ese sentido, en realidad.

Mis compañeros de trabajo, excepto el que no ha llegado, también me saludan. Luego uno de ellos añade para todo el grupo:

—Creo que Paco no va a venir otra vez. ¿Alguien ha podido comunicarse con él?

—No contesta su teléfono —responde otro de mis colegas—. Acabo de hablar con el jefe. Dice que él tampoco sabe nada, y que si hoy tampoco viene llamará a la policía para que pasen por su casa. Esto es muy raro, ¿no les parece?

Todos asentimos, aunque los rostros de mis compañeros, al igual que el mío, no reflejan una preocupación intensa. ¿Y por qué habríamos de estar preocupados? Estos días sin Paco han sido estupendos. El tipo es un buen programador pero también un completo imbécil, y ninguno de nosotros lo aguanta. Encima, siempre se las arregla para distraernos cada quince minutos, ya sea con comentarios fuera de lugar, llamadas telefónicas o vídeos de YouTube que se pone a mirar en el horario de trabajo sin usar los auriculares. Creo que nuestro jefe estaba a punto de echarlo por improductivo, y desde luego que no lo extrañará si no regresa. Yo tampoco lo echaré de menos.

Mientras enciendo mi computadora y abro mi último proyecto me pongo a pensar, a modo de entretenimiento, en todo lo que puede haberle sucedido a Paco Herrera. ¿Una emergencia médica, como una apendicitis o un ataque cardíaco? ¿Lo habrá atacado alguna pandilla en un callejón? ¿O quizás...?

Después de unos segundos llego a mi conclusión favorita: un accidente doméstico. Un accidente doméstico fatal. Hay muchas maneras en las que una persona puede morir dentro de su propia casa, ¿saben? Escapes de gas o monóxido de carbono, electrocución, incendios, intoxicación por conservas en mal estado... o algo más simple, como una mala caída. En las escaleras del sótano, por ejemplo. Una persona se asoma al hueco oscuro, no enciende la luz, tropieza con algo y ¡zas!, al momento siguiente está abajo, con el cuello roto o una fractura de cráneo. Seguro que los policías, al ver escenas como ésa, se miran entre sí y hacen sendos ademanes negativos. Si se efectuara una autopsia, lo cual no ha de suceder a menudo cuando la situación es tan evidente, el forense también determinaría que la causa de la muerte fue accidental. Es decir, incluso aunque alguien hubiera empujado al infortunado Paco escaleras abajo, eso no requeriría tanta fuerza como para dejar moretones. Y si el asesino hubiera salido por una ventana, borrando previamente las señales de su presencia... Pero bueno, estoy conjeturando, nada más. Cosas que hace la mente para divertirse. Como dije antes, la rutina de un informático puede llegar a ser bastante aburrida, y esta clase de hipótesis estimulan la creatividad. ¡Eh, quizás hasta podría diseñar un videojuego en base a mis descabellados pensamientos! A los adolescentes les encantaría.

Después de un rato frente a la pantalla, vuelvo a reflexionar sobre la tumba sin lápida del bosque. Vaya que se ha vuelto una idea recurrente... Pero claro, hay una conexión entre el cadáver enterrado y el pobre Paco, al menos si imagino a Paco al pie de las escaleras de su sótano, pudriéndose tristemente en la oscuridad. No es un destino muy agradable, ¿cierto? Uno más bien preferiría que lo sepultaran lo antes posible, ya que la descomposición da un tono verdoso a la piel y los tejidos se hinchan por los gases. Luego hay que hacer el velatorio con el ataúd cerrado y nadie puede despedirse del difunto viéndolo a la cara. Qué tristeza. Como sea, espero que al cadáver del bosque lo hayan enterrado fresco con tal de preservar su dignidad. Si no te van a poner una lápida, al menos que cubran tu vergüenza por una simple cuestión de cortesía.

En medio de mi turno me llevo una mano al vientre y suelto un quejido lo bastante audible para llamar la atención de mis colegas.

—¿Te sientes mal? —me pregunta uno de ellos.

—Bastante —le contesto—. Mis tripas me han molestado desde la mañana. Tal vez sea un virus.

—Oh, oh. Aléjate de mí, que tengo hijos pequeños y no quiero contagiarles nada.

—Qué considerado —respondo con un tono algo sarcástico, aunque no estoy ofendido—. Iré a hablar con el jefe. Creo que me tomaré el resto del día para ir al médico.

Mis compañeros se muestran solidarios y apoyan mi decisión. Minutos después, mi jefe también lo hace y conduzco mi auto fuera del estacionamiento del edificio. Sin embargo, no me dirijo a casa. En lugar de eso, voy a una dirección que busqué hace unos días en los archivos de mi empresa. Supuestamente no tengo acceso a esa información, pero de algo sirven mis vastos conocimientos de informática y ningún sistema de seguridad es cien por ciento infalible.

La casa a la que llego está en un barrio residencial muy parecido al mío. Estaciono un poco más allá, a la vuelta de una esquina para que nadie que se aproxime a dicha casa vea mi auto. La discreción en estos casos es fundamental. A continuación me pongo unas gafas de sol y una gorra y me escondo detrás de un árbol, pendiente de las personas que van y vienen. Pienso que de nuevo la vigilancia será en vano, pero al cabo de un rato llega una mujer a la casa y toca el timbre. Ella también lleva gafas de sol, más un pañuelo rojo con un estampado de flores en lugar de una gorra. Debido a lo anterior es difícil distinguir su rostro, aunque el pañuelo me resulta muy familiar. De hecho, creo haberle comprado un pañuelo igual a ése a Natalia en unas rebajas. Interesante coincidencia, ¿verdad?

La mujer permanece en la casa hasta media hora antes de lo que acostumbro salir de mi trabajo, y se marcha rápidamente mirando hacia todos lados como si le preocupara que alguien la viera. Sus razones ha de tener para tanta suspicacia...

Yo también verifico que no haya nadie a la vista antes de dirigirme a la casa de Martín Gutiérrez. Todavía no sé lo que voy a hacer, pero algo se me ocurrirá en los próximos treinta segundos. Soy bueno para improvisar. Golpeo la puerta tres veces y espero.

Gutiérrez me reconoce al abrir. No le doy tiempo siquiera para saludar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

22 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 2/4

La primavera es mi época favorita para caminar por lugares solitarios y también para trabajar en mi jardín, ya que las flores están bonitas pero no hace un calor insoportable. Hoy no ha sido un buen día en ese sentido, sin embargo. Primero apareció una de mis vecinas preguntándome si he visto a su hija con el vago del novio, luego vinieron esos mormones con acento anglosajón y por último se me acercó un joven repartidor de pizzas que buscaba una calle en particular. ¿Estoy siendo paranoico, o esta tarde se han puesto todos de acuerdo para molestarme? Uf, y ahora veo venir a mi vecino de al lado. ¿Qué demonios querrá? Lo averiguaré en un segundo, porque ya es demasiado tarde para escapar con discreción.

—¡Eh, hola, Lorenzo! —saluda. Me fastidia que me llame por mi nombre, ya que no somos amigos ni nada por el estilo—. Perdona que te moleste, pero ¿has visto a mi perro? Desapareció ayer y todavía no lo hemos encontrado. Debe haberse ido a perseguir una hembra en celo, pero ya comienzo a preocuparme.

—No, no lo he visto —respondo—. Tampoco lo he escuchado, y eso que se la pasa ladrando...

Aquí mi vecino tiene la decencia de ruborizarse un poco. Y más le vale, porque sí es verdad que su perro se la pasa ladrando como si fuera su jodido propósito en la vida. Día y noche, noche y día, ladra que te ladra. Le ladra incluso a las bolsas sueltas que pasan volando frente a él. Animalejo idiota.

—Bueno, sí —continúa mi vecino. Rambo se pone algo ruidoso de vez en cuando, pero es un buen perro. ¿Seguro que no lo has visto?

—Segurísimo. Pero te avisaré si lo veo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, gracias. Igual me iré a pegar unos carteles por ahí. Hasta luego —se despide mi vecino, y se va llamando a su ruidoso chucho a pesar de que no se lo ve por ningún lado. Ojalá se calle pronto, o tomaré el bozal de su perro y se lo pondré de mordaza. ¿Qué gracia tiene vivir en un barrio de clase media si uno no puede tener un mínimo de paz? Ah, perfecto, mi vecino ha entrado a su casa. Espero que al menos haya diez minutos de silencio mientras termino de plantar estos pensamientos.

¿Saben qué? No creo que Rambo vaya a aparecer. Apuesto a que alguien, cansado de sus irritantes ladridos, ha encontrado por fin la oportunidad para borrarlo del mapa, callándolo así para siempre. ¡Bien hecho! Los animales tendrán sus derechos y todo eso, pero vamos, las personas también. Y cuando alguien vuelve de su trabajo, cansado y hambriento, diría que merece un poco de tranquilidad para relajar los nervios, ¿no les parece? Hay muchas maneras de deshacerse de un perro. Creo que la más usual es el envenenamiento. Puedo imaginar a Rambo tragando un pedazo de carne envenenada, ya que los perros son glotones por naturaleza. Casi idiotas, diría yo. ¿Para qué tienen un olfato tan bueno si luego van a meterse cualquier porquería en la boca? No tiene mucho sentido. Pero volviendo a la cuestión del veneno, el más rápido debe ser la estricnina. No es que se consiga fácil, puesto que ya no se usa contra las ratas, pero bueno, todo se obtiene con algo de maña. Y si una persona estuviera muy determinada a liquidar a un chucho en particular...

Igual que al ladrón de la gorra y las pecas, puedo visualizar a Rambo en mi cabeza, sufriendo convulsiones y echando saliva como una babosa cubierta de sal. No es un espectáculo bonito, pero si pienso que el bicho no volverá a ladrar, hasta le encuentro cierta gracia poética.

¿Otra vez va a salir mi mujer? Acaba de atravesar la puerta, igual que arreglada que ayer.

—Voy a reunirme con unas amigas en el centro para comprar unas cosas —me dice ella—. Esos pensamientos están hermosos. ¿Te he felicitado ya por ser tan buen jardinero?

—Cada tanto lo haces —contesto, tratando de no hacer un gesto suspicaz.

—Bueno, me voy. Vuelvo en un rato. Adiós.

—Hasta la vista —le respondo, y ella se va a pie, acomodándose la correa del bolso sobre su hombro. Ha comprado muchas cosas últimamente. Espero que eso no deje un hoyo en el presupuesto para el resto del año, por más que yo gane un buen sueldo.

La tierra donde estoy plantando las flores está blanda, por lo que hacer los agujeros no me supone un gran esfuerzo. El trabajo de la pala hace aflorar unos cuantos gusanos blancos, pero vuelvo a taparlos sin mucho trámite. Eso me hace pensar de nuevo en el cadáver que yo creo está enterrado en el bosque. Claro que ése no debe tener gusanos, porque si ya no se ve la tierra excavada, seguro que los gusanos se han ido hace rato. Si de verdad hay un cuerpo ahí abajo, a estas alturas tiene que ser un esqueleto. Eso me alegra. Es que los gusanos son bastante asquerosos, en realidad, y si alguna vez decidiera regresar allá y comprobar mis sospechas, no me gustaría cavar y toparme con un millón de esos bichos repugnantes retorciéndose sobre un cadáver fresco y maloliente. Eso sería muy, pero que muy desagradable.

Bien, las flores ya están en su sitio y muy pronto el pasto volverá a crecer sobre el rectángulo de tierra recién excavada, disimulando la escena del crimen. No hay mayor satisfacción que un trabajo bien hecho...

(Continuará...)

Gissel Escudero

21 de marzo de 2012

La tumba sin lápida (parte 1/4)

Adoro pasear por lugares solitarios. Estar lejos de los automóviles, los edificios, los niños gritones y las personas que caminan sin mirar por dónde con tal de no despegar la vista de sus teléfonos móviles. La playa en invierno es un buen sitio, por ejemplo, aunque a veces los dueños de perros llevan a sus estúpidos chuchos a correr por la arena y perseguir gaviotas, arruinando la paz. Los bosques como éste también sirven, especialmente si están apartados de las carreteras o próximos a algún lugar donde no se permita hacer escándalo. En este caso, el cementerio al pie de la colina garantiza un ambiente tranquilo. Llevo dos horas caminando por aquí sin ver un alma. El viento sopla entre las hojas y los pajaritos cantan en las ramas, ¿no es encantador? Así da gusto la primavera.

Cada tanto me detengo para contemplar el cementerio desde aquí arriba. Las lápidas se ven como rectángulos grises sobre un fondo verde. Se nota que los empleados cuidan mucho ese pasto, y hacen bien, desde luego; la pena de los dolientes ha de ser mucho menos intensa que si la hierba estuviera amarilla y reseca. Debe haber sido difícil mantener el verdor el año pasado a causa de la sequía, a menos que...

Mmm... qué curioso. ¿Alguna vez han tenido un presentimiento tan intenso que es como si una persona invisible les hablara al oído? Pues esto es lo que me dice la voz ahora mismo: "Estás parado sobre una tumba."

¿Una tumba? ¿En serio? Excepto por mis huellas, no hay una sola marca en el terreno. La tierra es igual de firme, la capa de hojas secas y agujas de pino no muestra interrupción alguna. Sin embargo, la sensación se mantiene.

Soy raro, lo sé. Cualquier otra persona con un presentimiento como el mío escaparía de inmediato, pero a mí me dan ganas de buscar una pala y averiguar si tengo razón. ¿Y por qué no habría de estar intrigado, en realidad? No soy forense, pero un cuerpo enterrado fuera de un cementerio, sin ninguna lápida, ha de tener muchas cosas interesantes que decir. ¿Quién era el muerto? ¿Quién lo puso ahí? ¿Qué fue lo que pasó? Algo turbio, seguramente. Las personas que fallecen en circunstancias normales acaban en cementerios como el de allá abajo. El cuerpo bajo la tierra del bosque tiene que haber sido la infortunada víctima de un asesino, como mínimo. Un asesino que se tomó muchas molestias para que el cadáver no fuera encontrado. Y vaya que tuvo éxito.

Me pregunto qué debería hacer. Vine hasta aquí desde mi auto, pero no suelo cargar el equipo necesario para excavar tumbas. Es decir, soy un programador informático, más bien llevo elementos de computación. Y a veces ni eso. Bien, supongo que no hay prisa. El cuerpo debe haber estado ahí mucho tiempo, ¿qué importan unos días más? Es decir, si decidiera hacer algo al respecto; al fin y al cabo, es sólo un presentimiento.

Es bueno encontrar mi auto donde lo dejé y sin un rasguño, considerando el aumento de la delincuencia. A veces me dan ganas de portar un arma, y si viera a alguien tratando de llevarse mi auto, o la radio, ¡pum!, le pegaría un tiro en la pierna. Sería fácil, tengo buena puntería, y la verdad es que me alegraría la tarde ver a uno de esos gamberros tirado en el piso, retorciéndose de dolor y sangrando. De pronto casi puedo ver la cara del maleante como si en verdad le hubiera disparado: un joven, claro, de esos que nunca respetan la propiedad ajena ni a las autoridades; gorra, zapatillas de deporte, una pelusa en las mejillas que no llega a ser barba y quizás algunas pecas en el rostro pálido debido a la hemorragia. La imagen me hace sonreír mientras conduzco de camino a casa, alternando con algún tarareo de mis canciones favoritas. De todos modos, la idea del cuerpo sepultado en el bosque no se va por completo de mi cabeza. Por un segundo se me ocurre que podría dar aviso a la policía, aunque sea en forma anónima, pero lo descarto de inmediato por ridículo. La policía jamás me haría caso, y además... bueno, ¿por qué les daría a ellos el privilegio de resolver el misterio? La vida de un informático puede llegar a ser tan tediosa... El trabajo, para empezar. De acuerdo, me pagan bien, pero pasar frente a la pantalla la mitad del día, escribiendo códigos, no es muy emocionante que digamos, y encima llegan a mis oídos todos esos ridículos chismes de oficina. Luego están los vecinos en mi típico barrio de clase media. Eso ya garantiza otra cuota de chismes indeseados, más el ruido esporádico de las cortadoras de césped, las pequeñas envidias de la gente mediocre, la rutina, la monotonía... Dicen que a veces los lugares más tranquilos esconden los peores horrores, pero mi vecindario debe ser la excepción porque nunca ha habido un solo escándalo. ¿O será que todos saben disimular muy bien? Pfff, ojalá fueran menos cuidadosos y dejaran ver los trapos sucios alguna vez, como un caso de violencia doméstica o quizás un hijo retrasado y deforme encerrado en un sótano por muchos años. Cualquier cosa, en fin. Me quitaría la pesada responsabilidad de sacudirme el aburrimiento yo solito.

¿Ven? Esa señora que va paseando a su caniche sirve para ilustrar lo que digo. Está retirada, sus hijos y nietos la visitan cada tanto y hace pasteles para las reuniones vecinales. No me quejo de los pasteles, por supuesto, pero el único defecto de la señora es su voz chillona. No acumula gatos ni basura, no ha envenenado a su marido ni anda por ahí desnuda y despistada a causa del Alzheimer porque está bien de la cabeza. Aunque esa voz... Uf, cada vez que la oigo hablar tengo ganas de meterle un trapo con cloroformo en su boca. Primero le haría escupir la dentadura postiza, eso sí, para evitar que me mordiera. Hay que contemplar todas las posibilidades.

Mi casa no se distingue mucho de las demás, con su techo a dos aguas, las paredes de color amarillo canario y un jardín del que yo mismo me encargo. Lo sé, la jardinería me convierte en uno más de los habitantes comunes y corrientes de mi vecindario, ¿verdad? Por desgracia, la normalidad tiende a contagiarse. También voy a la iglesia y al club de lectura los sábados. Sí, doy asco en ese sentido. Pero ¿qué le voy a hacer, si salirse del estándar es visto por aquí como una especie de herejía? Si no puedes con ellos, úneteles. Es un buen consejo.

Apenas entro, veo que mi esposa se está arreglando para salir.

—Eh, ¿acabo de llegar y tú te vas? —le pregunto. Qué gracioso, se está ruborizando y de repente parece incómoda. Con un tono tembloroso, me contesta:

—No te esperaba tan pronto, querido. Siempre que sales a pasear llegas más tarde. Pensaba estar de vuelta antes de que regresaras. Y la cena ya está hecha, sólo hay que calentarla.

Todo lo que ella ha dicho suena razonable, pero le ha faltado un detalle...

—¿Y adónde vas? —insisto.

—Oh, sólo tengo que hacer unos recados de último momento. Nada importante. Volveré enseguida. Te quiero.

Me da un beso rápido en la mejilla antes de salir. Seguro me ha manchado, porque se ha pintado los labios de rojo intenso. Uno de esos caprichos femeninos, ya saben, aunque esté un poco fuera de lugar si sólo va a hacer unos recados. Sin embargo, no tiene mucha importancia. No ahora, al menos, ya que tengo otras cosas en qué pensar. Parte de mi mente sigue en el bosque, rondando el sitio donde, según mi intuición, se halla la tumba sin lápida. ¿Quién rayos estará ahí sepultado? ¿Y en qué forma lo habrán asesinado?

Díganme, ¿no es molesto cuando a uno lo carcomen esta clase de dudas?

(Continuará...)

Gissel Escudero

3 de marzo de 2012

La canción del águila (49)

Una mañana, a finales de la primavera, Orantos se lavó la cara y levantó la mirada hacia el espejo. No había caso: se veía tan viejo como se sentía por dentro. En su barba mojada y su cabello se distinguían unas cuantas canas y en las esquinas de sus ojos había arrugas que ya podía considerar permanentes. Y no era que dichas señales fueran algo anormal para un hombre bien entrado en su quinta década... pero él estaba seguro de que todo eso había comenzado a aparecer desde hacía dos años aproximadamente.

Desde la partida del chico, a decir verdad.

Para alguien que valoraba tanto su independencia y la soledad necesaria para la labor creativa, era increíble cómo la falta de aquel muchacho podía pesar tanto sobre su ánimo. Lo extrañaba muchísimo, y lo peor era no tener ni idea de qué había sido de él. La visita de los jóvenes errantes, acontecida el pasado otoño, no había logrado más que agravar sus inquietudes.

Aún la recordaba perfectamente: los golpes en su puerta, el sonido amortiguado de una conversación, un relincho que le resultó conocido... y luego los rostros de aquellos tres muchachos y la visión de Nela pastando en la entrada de su casa. Se dio cuenta enseguida de que los chicos eran errantes, y aunque físicamente no se parecían en nada (rubio y rechoncho, flaco y pelirrojo, moreno y musculoso), al inventor le llamó la atención lo deprimidos que se veían. Sumando a eso la presencia de la yegua, sola, la conexión resultante despertó su alarma, y sin dar tiempo a que los errantes hablaran, él les preguntó:

—¿Dónde está el dueño de esa yegua? ¿Qué le sucedió?

Los jóvenes se miraron entre sí, azorados e indecisos. Finalmente uno de ellos, el moreno, se adelantó para contestar.

—No lo sabemos, señor inventor. Él abandonó nuestra caravana hace unos meses junto con una amiga, y sólo Nela regresó. Sabemos que su acompañante murió —aquí el rostro del joven se contrajo de dolor—, pero él nos envió esto, así que en ese entonces seguía vivo.

El errante le entregó a Orantos el colgante de metal de Kaylon y le resumió cómo el chico se había unido a la tribu. Cuando llegó a la parte en que un viajero les devolvía la yegua, al joven se le quebró la voz y ya no pudo seguir hablando. Entonces el pelirrojo tomó la palabra.

—Kay nos contó sobre usted, así que vinimos a dejarle a Nela. Y... y eso es todo, me parece.

—¿Eso es todo? —repitió el inventor—. ¿No saben nada más?

El muchacho rubio intervino en voz baja.

—Hay una mujer en nuestra tribu. Ella... ve cosas. Cuando fuimos a preguntarle, nos dijo que nunca volveríamos a verlo tal como era porque su imagen se había esfumado para siempre de la faz de este mundo. Pero eso no significa necesariamente que esté muerto... ¿verdad, muchachos?

El chico inquirió esto en tono de duda y las miradas que le respondieron eran igualmente dubitativas. A Orantos se le cayó el alma a los pies.

Los jóvenes errantes no aceptaron quedarse a cenar y se marcharon por donde habían venido. Ahora, de frente al espejo, el inventor reflexionó que jamás había visto personas más tristes que ellos, sobre todo el moreno... y hete aquí que en su propio rostro la misma tristeza alteraba unas facciones que por lo general irradiaban optimismo.

Afuera, el potrillo de Nela retozaba a poca distancia de su madre. El vivaracho retoño de la yegua habría sido también de Kaylon, pero como él ya no estaba, Orantos supuso que lo mejor sería dejar a ambos animales vivir tranquilamente en estado salvaje. La yegua, sin embargo, todavía se acercaba de vez en cuando a Orantos para pedirle algo de fruta, que el inventor le concedía. El potrillo prefería mantenerse lejos de él; Orantos no le había puesto nombre porque esa tarea le correspondía al muchacho.

Así pues, considerando las circunstancias, era muy probable que nadie bautizara al animalito, pero con algo de suerte tampoco lo molestarían. Ni siquiera el estúpido de Fael.

El inventor salió a refrescarse y disipar su enojo, porque al pensar en el capataz de la granja se le ocurrió que éste era el culpable de todo. El único consuelo de Orantos era la certeza de que los días de mandamás de Fael se habían acabado: ya no quedaba nadie en el pueblo, y ni siquiera en la granja, que sintiera por él un mínimo de respeto. Orantos se había encargado de que todos supieran muy bien con qué clase de persona trataban.

El potrillo de Nela corrió a refugiarse bajo un árbol, un tanto despavorido.

—¿Qué rayos...?

El hombre examinó los alrededores y no encontró nada que ameritara la huida... pero luego sus ojos volvieron a posarse en Nela, cuya silueta había cambiado: tenía una especie de bulto sobre su lomo. La yegua, no obstante, lucía en calma.

Orantos caminó lentamente hacia ella. El bulto en el lomo de Nela, tan negro como su pelaje, se definió a medida que el hombre se aproximaba, y poco a poco éste entendió que se trataba de un ave. Un ave grande... un águila.

—¿Eles? —llamó el inventor, pero no podía ser. El animal tenía las dos alas completas y su plumaje era como de cuervo.

Sus miradas se encontraron a dos pasos de distancia y entonces a Orantos se le aceleró el corazón, porque los ojos de la rapaz eran del mismo color que el cielo. Y de las garras del ave, colgando sobre el flanco de la yegua, pendía un objeto que él había fabricado, en una época lejana, con sus propias manos.

Su brújula, quebrada pero aún reconocible.

Orantos tuvo que tragar saliva para desatar el nudo en su garganta antes de hablar.

—¿Kay? ¿Eres tú?

El pico del ave pareció curvarse en una sonrisa. Las garras aflojaron su presa y la brújula cayó al pasto; helado hasta los huesos, Orantos la recogió y volvió a encarar al animal, que en esos momentos acariciaba la nariz de la yegua, vuelta hacia él, con tierna familiaridad.

El inventor nunca había visto algo tan hermoso como esa rapaz. Era la combinación perfecta de formas armoniosas, vitalidad y fortaleza, una obra maestra en carne y hueso. Realmente inspiraba admiración.

Cuando el águila se separó de la cabeza de Nela, el inventor notó que había una pequeña piedra roja y ovalada en su pecho. La piedra de Eles. Pero esos ojos celestes, y ese plumaje de cuervo...

Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas del inventor, quien, sin embargo, estaba sonriendo. Alargando los dedos, tocó el lomo de la rapaz. Sí, era real.

—Increíble. ¿Qué te pasó, Kay? ¿Cómo lo hiciste?

El águila negra lo miró fijamente y estiró el cuello con aire travieso.

Un secreto. ¿Una promesa?

De pronto el ave levantó vuelo y se dirigió, planeando, hacia el valle que precedía la colina. Nela galopó tras la rapaz; Orantos corrió en pos de ambos animales. Esquivando los árboles, sudando por el ejercicio, preguntándose qué le esperaba, el inventor persiguió la sombra de la rapaz que se proyectaba sobre la hierba. Y se detuvo.

En el valle, por todo el valle, incontables águilas iban de un lado a otro, posándose aquí y allá mientras aguardaban la llegada del animal con plumas de cuervo. Cuando lo vieron aparecer su agitación fue aún mayor: lo saludaron emitiendo chillidos y agitando las alas.

Con un largo y poderoso grito de convocatoria, el águila negra llamó a los suyos y todas las aves despegaron del suelo y se remontaron hacia el este, una bandada inverosímil de rapaces como no existía en la naturaleza. Pero no oscurecieron el firmamento porque sobre ellas, y entre ellas, un águila mucho más grande, un ave de luz condensada, relucía en esa red de siluetas tanto como el sol. Nela se quedó mirando el espectáculo sin parpadear, con una pata algo levantada y el viento arremolinando sus crines, y Orantos sonrió de nuevo sintiéndose diez años más joven.

Muchos levantaron la cabeza para ver la procesión de las águilas, pero entre todas esas personas sólo una comprendió lo que ello representaba: que un querido amigo, quien jamás volvería a estar solo, se encaminaba hacia el lugar escogido para él por el destino.

A su hogar.

FIN

Gissel Escudero

2 de marzo de 2012

La canción del águila (48)

Kaylon despertó a la mañana y se lavó una vez más en una cascada próxima. En una sola noche estas aguas habían sanado en gran medida sus propias heridas y las de Gorgat, quien no muy lejos de ahí saciaba su hambre con un pez recién capturado en el estanque.

Después de lavarse retornó al sitio por donde había llegado el día anterior. Los restos de su equipaje estaban allí, escasos y maltrechos: la brújula, una manta, una navaja embotada, su cantimplora, algo de carne de roedor... y un saquito de cuero del que no se habría deshecho por nada del mundo, aunque contenía solamente un corto mechón de cabello castaño. Fue esto lo que tomó de entre el conjunto, y se dirigió con ello hacia una rama muy gruesa cubierta de flores perfumadas. Allí ató el saquito de cuero y lo observó por unos minutos con una extraña mezcla de sentimientos rondándole el corazón.

—Lo hicimos, Tyanna —dijo, y acarició la diminuta bolsa percibiendo el tesoro que guardaba en su interior. Era la despedida definitiva. Se alejó del saquito y de la rama, delegando la custodia del objeto a un millar de pétalos sedosos, y se concentró en lo que tenía por delante.

Había pensado toda la noche en la piedra roja, considerando qué hacer. Pero ¿existía una alternativa?

No era ésa, sin embargo, la pregunta correcta, sino otra mucho más elemental.

¿Había encontrado, en efecto, su destino?

Quizás. Muchas puertas se habían cerrado tras él, pero ahora se le abría una y cada vez estaba más convencido de que no podía equivocarse al cruzarla. Eles lo había conducido hasta ahí porque anhelaba volver a su mundo... y también porque quería compartir dicho mundo con quien lo había rescatado de la muerte.

A Kaylon le pareció muy justo.

De la misma manera que el águila se había despojado de sus plumas, el muchacho se quitó los harapos que lo cubrían. Él no lo sabía, pero hacía exactamente un año desde que abandonara la granja. No lo hubiera creído, empero, porque en ese único año había transcurrido para él toda una existencia humana, con sus bondades y sus penas más devastadoras. Afortunadamente, todo eso estaba por terminar.

La piedra roja se hallaba a sus pies. Frente a él, sobre una de las cabezas talladas, un águila de luz vigilaba sus movimientos, y los cantos de las rapaces servían de fondo para aquel momento solemne.

Kaylon se agachó y volvió a levantarse con la piedrecilla en su mano, de la cual emanaba un calor que se extendió por su brazo y luego a todo su organismo, llenándolo hasta lo más recóndito de su ser. Debido a esto recordó al fin las últimas palabras de Tyanna.

Soñé que... tenías una piedra roja en tu mano... y alas en tu espalda.

Eles creció y creció hasta confundirse con el sol naciente, y cuando el muchacho sintió que empezaba la transformación, sostuvo la piedra contra su pecho.

Era el inicio de un nuevo día.

(Continuará...)

Gissel Escudero

1 de marzo de 2012

La canción del águila (47)

A medida que se acercaban a la salida, Kaylon notó que al mismo tiempo se estaban alejando de la zona de influencia de los uxoles y el guardián. Presintió a su vez que algo por completo distinto los aguardaba a continuación: un santuario lleno de vida; el mundo del que provenía Eles.

Agotado, mordido por los carnívoros y con el brazo desgarrado goteando sobre el camino, el chico descubrió también algo muy interesante: aún tenía deseos de vivir.

Era bueno saberlo.

Kaylon se detuvo para abrazar a Gorgat, a quien le costó asociar dicha muestra de cariño con un agradecimiento tardío.

Los tres viajeros se hallaban en condiciones deplorables, pero el brillo del águila empezó a aumentar con cada paso que daban; sus plumas sucias adquirieron tonalidades doradas e incluso la sangre de sus heridas se volvió del color de los rubíes. Al emitir uno de sus gritos, éste sonó más bien como la nota aguda y penetrante de un cuerno de metal, que no sólo se vio multiplicada por el eco sino por un sinfín de notas similares, pero no iguales, que le respondían desde el este.

Sí, aquél era el sitio. Habían llegado a la meta.

Al abandonar el túnel, y aunque tenían el sol de espaldas, la claridad los deslumbró por un instante. Luego Kaylon abrió los ojos y se quedó mudo de asombro.

Estaban sobre un saliente en la ladera de la montaña, la cual caía sobre un abismo ilimitado. No había un término más preciso para definirlo, porque de dicho abismo no se veía el fondo; a cierta profundidad era el cielo lo que se reflejaba en él, de modo que hacia arriba y hacia abajo se apreciaba exactamente lo mismo: la eternidad. Pero de aquel abismo surgían, materializándose desde su propia imagen en un espejo impalpable, columnas de granito tan amplias como las torres de un castillo. Más allá de las columnas había otras paredes de piedra, que se prolongaban formando una especie de laberinto.

Desde las cumbres surgían cascadas retumbantes, velos de blanca espuma que sorteaban la vegetación cargada de frutos, formaban remansos y lagunas y terminaban encontrándose consigo mismas en el abismo. Y donde la roca asomaba por entre todo esto, inexplicablemente talladas por el clima a través de los siglos, cientos de rostros se miraban unos a otros, surcados por vetas de oro y destellos de piedras preciosas: rostros de águilas como el de Eles, más grandes y más pequeños pero todos magníficos e imponentes.

La rapaz, desde el lomo de Gorgat, soltó de nuevo su llamado, y fue entonces que el muchacho se percató de que ahí estaban ellas. Eran tantas que no pudo calcular su número, y se irguieron en sus nidos para contestar el saludo de su congénere o acudieron volando con el propósito de recibirlo.

Eles bajó de Gorgat y caminó hacia la parte más elevada del saliente, donde se reunió con las demás águilas. Las aves se turnaron para dar la bienvenida y celebrar el regreso de quien se había extraviado, y pese a que diferían en tamaño y coloración, cada una ostentaba una piedra como la de Eles en alguna parte de su cuerpo.

La alegría de la reunión fue tan grande, tan evidente, que Kaylon se sintió contagiado por ella y sonrió.

Pasó un buen rato y Eles volvió a quedarse solo sobre el saliente. Las demás águilas se había posado donde pudieran verlo, y con actitud serena lo contemplaban desde la distancia.

Eles llamó al chico, quien se colocó a su lado.

—Por fin estás en casa, amigo mío —le dijo Kaylon a la rapaz, acariciándole la cabeza con su mano sana—. ¿Estás feliz ahora?

Eles parecía feliz, sin duda, pero rozó con su pico las heridas que Gorgat le había producido al muchacho en el brazo. Kaylon se rió a pesar del dolor.

—Sí, bueno, ahora estamos parejos. Pero ¿qué sigue ahora, eh? Dime.

La rapaz lo miró fijamente con sus hermosos ojos como cuentas de ámbar. Si el guardián de la montaña apenas comprendía lo que pasaba a su alrededor, la expresión del águila mostraba, en cambio, una inteligencia indiscutible.

—¿Por qué te fuiste de aquí, Eles? —preguntó el muchacho de repente—. En este sitio sin duda no te faltaba nada y estabas protegido de todo mal. ¿Qué saliste a buscar?

El águila le sujetó los dedos con sus garras, tal como lo hiciera aquella primera noche después de la amputación. Pero Kaylon no supo si se trataba de una respuesta, aunque supuso que en realidad no importaba.

Eles soltó la mano del chico y retrocedió hacia el abismo. Empezaba a atardecer, y a través de una depresión en la cumbre de la ladera se colaron unos rayos de sol que dieron justo sobre él. El ave aleteó, lanzando su grito a los cuatro vientos, y una por una sus plumas se desprendieron y flotaron en el aire cálido; llevadas por la corriente, se perdieron en la inmensidad de aquel fantástico entorno.

Así se reveló la maravilla que ocultaban, porque al desaparecer las plumas quedó en su lugar el cuerpo de Eles, pero hecho solamente de luz como antes se había visto el fantasma de su miembro cercenado. Ahora el águila estiró sus dos alas y gritó una vez más, libre de todas las imperfecciones terrenales, y girando sobre sí misma se echó a volar. Las otras águilas imitaron a Eles en su danza aérea, subiendo, bajando y dando vueltas en torno a las columnas de granito, sobre los nidos, sobre las cabezas esculpidas y a través de algún arco iris, los cuales, al originarse en las cascadas y verse reflejados, eran de forma circular. En su vuelo las rapaces dejaron oír sus voces al unísono, pero ya no sonaban como gritos sino como la canción de una familia de ballenas en el azul de los océanos. Era una melodía hecha para tocar hasta las fibras más insensibles del alma.

Después de la danza, cada águila regresó a su puesto y Eles al saliente donde había dejado al muchacho. La rapaz alzó la pata derecha y la piedra roja cayó al suelo, donde permaneció enmarcada por la roca y el oro. Eles la empujó con el pico hacia el muchacho, quien se quedó paralizado a causa de la inesperada situación.

—¿Qué significa esto?

El atardecer culminó con unos matices escarlata, y al aparecer los violetas que precedían la noche, Eles se desvaneció. En el punto donde había estado la rapaz no quedaba más que la piedra ovalada, visible apenas en la creciente oscuridad. Sin embargo, la invitación del águila susurraba desde el pequeño objeto con una fuerza irresistible.

Susurraba en espera de que el chico aceptara el obsequio que acababa de ofrecérsele.

(Continuará...)

Gissel Escudero