29 de febrero de 2012

La canción del águila (46B)

Al muchacho se le cortó la respiración. Odiaba estar en lo correcto cuando de cosas malas se trataba, pero como había dicho Orantos, él era listo y asimilaba con rapidez sus lecciones. Y ésta era una que había aprendido muy bien.

—Suelen vivir en cuevas o bosques —le había informado el inventor—, en grupos muy numerosos. Duermen durante el día y salen de noche a buscar su alimento. Puedes saber dónde están mucho antes de verlos, porque debido a lo que comen, sus excrementos tienen un olor muy fuerte.

Luego le había mostrado un dibujo hecho por él mismo.

—Si alguna vez llegas a toparte con uno de éstos, aléjate lo más rápido que puedas, puesto que nunca están solos y pueden destrozar a un humano en pocos minutos.

Teniendo en cuenta las palabras de Orantos, Kaylon dejó a Gorgat atrás y se asomó al lugar iluminado que remataba el túnel. Y los vio.

No eran unos pocos cientos, como había esperado, sino miles de ellos. De color pardo mate, se apretujaban en los huecos de la pared, aletargados por la hora temprana y la lluvia que se colaba a través de los hoyos en la bóveda. No obstante, debido a que las nubes ocultaban el sol, algunos se desperezaban lentamente, indecisos. Aunque estaban a unos cien metros por encima de su cabeza, el muchacho calculó que debían ser más grandes que las gaviotas.

Nada de murciélagos, oh no. Ni siquiera de los que chupaban la sangre, lo cual ya hubiera sido bastante malo. Eran uxoles.

Orantos los definía como aberraciones de la naturaleza, bichos horribles de apetito hipertrofiado. En las escasas regiones donde prosperaban, todas las mañanas se encontraban los esqueletos pelados de sus víctimas. Según el dibujo del inventor, parecían felinos muy peludos, aunque más flexibles, con membranas que unían sus miembros anteriores y posteriores. Las membranas no les permitían volar pero sí planear de un lugar a otro... o dejarse caer sobre sus presas como búhos. Nada se les escapaba.

¿Sería por eso que el guardián de la montaña los dejaba permanecer ahí, sin perturbarlos? ¿Porque eran un medio eficaz para deshacerse de los invasores?

Más allá de la estancia el túnel continuaba... aparentemente. Era difícil afirmarlo en la penumbra. Pero para llegar hasta ahí tendrían que pasar bajo los uxoles, y Kaylon sabía que, de día o no y con lluvia o sin ella, al más mínimo ruido los voraces animales atacarían. Cualquier cosa, de hecho, podría llamar su atención.

Gorgat miró al chico con cara de espanto. Kaylon le palmeó el cuello y volvió a contemplar los uxoles. Eran tantos... El chico tragó saliva y apretó los puños, tratando de dilucidar qué sería mejor: ¿ir por el perímetro de la cueva, camuflándose con la piedra, o cruzar en línea recta, que era la ruta más corta? ¿Caminar despacio o correr?

Al final resolvió que irían por el borde, deprisa pero sigilosamente. Dado que no era su momento de mayor actividad, quizá los uxoles no se fijaran en ellos.

Kaylon aseguró las correas del arnés, cubrió a Eles en parte con su capa y agarró a Gorgat por una de sus espinas. El cuadrúpedo, a regañadientes, se dejó llevar.

Pisando con extremo cuidado, se internaron en el refugio de los carnívoros.

No tardaron en quedar ensopados. El agua de lluvia se deslizaba como una cortina por los muros de la cueva y luego sobre sus visitantes, estancándose finalmente en el centro de aquel recinto; como hacía ya un buen rato desde el comienzo de la tormenta, se había formado un charco bastante profundo en el que flotaba toda clase de inmundicias. Kaylon, empero, tenía la mirada puesta en los uxoles y en el suelo delante de él. Unos ojillos verdosos relucían esporádicamente en la multitud, pero como los uxoles permanecieran quietos, el muchacho supuso que él y sus compañeros, de tan sucios, se confundían bien con el suelo.

Iban por la mitad del trayecto cuando un rayo impactó en la cumbre de la montaña. Unos cuantos pedruscos se precipitaron sobre el estanque central; las paredes de la cueva vibraron, despertando a sus ocupantes, y Kaylon, a quien sobresaltó el golpe eléctrico, dio un paso en falso y se torció el tobillo. Incapaz de hallar un asidero, perdió el equilibrio y aterrizó a orillas del gran charco.

En grupos de veinte a treinta, los uxoles se precipitaron desde sus refugios. El hueco en la montaña se llenó de siluetas flotantes que, en absoluto silencio y guiándose por el oído, intentaban localizar a la ruidosa criatura que había interrumpido su descanso. El olor de la carne fresca estimulaba su agresividad.

Llevado por un acceso de terror, Gorgat partió al galope. Los uxoles lo descubrieron a él también y volaron a su encuentro.

Kaylon se levantó y corrió a su vez tras la bestia púrpura, pero antes de que alcanzaran el túnel, los uxoles se lanzaron en picado sobre ellos y empezaron a morderlos con sus largos colmillos de gato, buscando la piel expuesta. Varios se les engancharon en el pelo y permanecieron ahí, escarbando con sus garras hasta encontrar un sitio donde pudieran arrancar un sangriento bocado. Gorgat se los quitó de encima a dentelladas, pero por cada uno que mataba, tres tomaban su lugar. A Kaylon lo mordieron en los brazos y el cuero cabelludo mientras Eles giraba la cabeza de un lado a otro, dando picotazos y gritando para confundirlos. La voz del águila era demasiado potente para los delicados oídos de los uxoles, pero aun así no desistieron de su ataque. En medio de la confusión, ni Kaylon ni Gorgat disminuyeron la velocidad, intuyendo que si tropezaban, aquellos engendros no les permitirían volver a levantarse. Los cuerpos de los uxoles reducían la visibilidad a un par de metros como máximo; los fugitivos se mantuvieron, sin embargo, firmes en su rumbo hacia el túnel, Gorgat gimiendo a causa del dolor y Kaylon imaginándose de nuevo rodeado por las langostas, creyendo que de un momento a otro los mercenarios regresarían del mundo de los muertos a terminar su obra. Era una tontería, sin duda, pero desde los primeros mordiscos había dejado de pensar de manera coherente.

El muchacho y la criatura púrpura salieron al mismo tiempo de la cueva. Los uxoles que seguían en el aire planearon en pos de ambos, organizándose en una rápida columna horizontal; una vez escogida su presa, no se detenían hasta derribarla. Otro rayo estalló en la cumbre de la montaña, haciendo saltar chispas y retumbando hacia las raíces mismas de la piedra. El agua cargada de minerales transmitió su increíble energía; Kaylon y Gorgat sintieron un cosquilleo en los pies mojados, aunque en su afán por escapar de los uxoles ni siquiera lo notaron.

El túnel desembocó en un recinto mucho más extenso que el anterior. Allí el suelo no era liso sino irregular, con desniveles de hasta dos metros. Gorgat brincó por encima de ellos con la agilidad que lo caracterizaba; Kaylon trató de imitarlo, pero no se impulsó bastante en uno de los saltos y rodó aparatosamente, a veces aplastando al águila bajo su torso, hasta que una oquedad lo retuvo. Los uxoles se abalanzaron sobre él, dispuestos a devorarlo...

... pero el guardián había despertado, furioso al comprobar que los intrusos continuaban en su territorio. Fue como si cada partícula que componía la montaña expresara su enojo con un rugido, produciendo en conjunto tal estruendo que debió escucharlo hasta el primer centinela apostado allá en la neblina. Kaylon se protegió del sonido con los antebrazos, que no llegaron a amortiguarlo; los uxoles decidieron que ya no tenían hambre y treparon en caótica retirada hacia el exterior, prefiriendo el viento y la lluvia a enfrentar la ira de aquel ser que tanto los atemorizaba.

La montaña empezó a derrumbarse por tercera vez, pero ahora sin esperanzas de tregua o misericordia. Anchas y profundas grietas aparecieron en el suelo y las paredes, como negros relámpagos, dividiendo la roca en pedazos libres de moverse por su cuenta. No había forma de mantenerse en pie en medio de semejante vaivén, por lo que el muchacho se levantó y volvió a deslizarse sin posibilidad de frenar. Cayó sobre un peñasco que iba justo en ascenso y después sobre otro más grande que se bamboleaba de aquí para allá como un péndulo invertido. El chico sólo atinó a pensar que había llegado su hora, que todo estaba por acabar, pero su cuerpo no dejó de reaccionar y continuó tratando de aferrarse a la vida. Aunque Gorgat no se veía por ninguna parte, Kaylon lo oyó gruñir en algún punto cercano.

Llevado por los bamboleos de la montaña, en uno de los tumbos el chico sintió dos cosas: primera, un dolor intenso en el costado al rompérsele unas costillas, y segunda, el chillido de Eles cuando el ave se desprendió del arnés y la inercia lo apartó de él.

—¡Eles! —gritó Kaylon. Ya casi había renunciado a luchar, pero al ver al águila indefensa, su voluntad regresó a él de inmediato. Rodando sobre sí mismo para evitar que un pedrusco lo machacara como trigo en un molino, se puso primero a gatas y luego saltó para alcanzar al animal, quien se dirigía irremisiblemente hacia un precipicio recién formado. Consiguió agarrarlo por el ala en el último momento... antes de precipitarse él mismo por la grieta. Eles se le prendió a la espalda con sus garras y pico, permitiéndole sujetarse con ambas manos del borde del precipicio. La montaña no dejaba de sacudirse; los dedos del chico empezaron a fallarle. No había un punto de apoyo bajo sus pies, que se agitaban sobre la nada.

Invadido por una sensación de abandono, Kaylon se preparó para morir.

Un dolor aún más intenso que el de sus costillas lo devolvió a la realidad. Era Gorgat, cuya boca se había cerrado sobre su muñeca izquierda y tiraba de él, hundiéndole los dientes hasta el hueso. El animal estaba anclado a la piedra con sus uñas y parecía determinado a no soltarlo, aunque tuviera que dejarlo sin brazo. Kaylon se afianzó mejor con la mano derecha y pugnó por elevarse, prácticamente al límite de sus fuerzas. Un par de truenos quedaron sofocados debido al desmoronamiento: el guardián de la montaña no había cejado en su empeño por deshacerse de los invasores.

Viéndolo todo de repente con curiosa lentitud, una verdad crucial se abrió paso por sí misma en el cerebro del muchacho. Mientras la lluvia y el derrumbe hacían de las suyas, mientras Gorgat y él peleaban por vencer la fuerza de gravedad, Kaylon entendió que el guardián no pretendía destruirlos a los tres. Era él quien provocaba su rechazo; él solo, por ser humano. Eles y Gorgat no le importaban.

El cuadrúpedo asomaba cada vez más sobre el precipicio; detrás de él iba dejando las muescas producidas por las uñas de sus patas traseras, ocho hendiduras pálidas y zigzagueantes. En cuestión de segundos caerían todos al vacío.

Kaylon dejó de sostenerse con su diestra y tanteó en cambio hasta encontrar a Eles; una vez que lo tuvo bien apresado por el muñón, lo desprendió de un tirón de su espalda y se lo arrojó a la bestia púrpura, donde el ave quedó enganchada en pelo y espinas.

—Llévatelo —le dijo el chico a Gorgat con voz enronquecida—. Saca a Eles de aquí. Váyanse. Es una orden.

El animal apenas captó las palabras, pero el gesto del muchacho era claro y conciso. La sangre fluía entre los dientes de la criatura, rojo contra blanco, derramándose sobre el rostro de Kaylon; los huesos jóvenes pero frágiles no tardarían en astillarse bajo la presión, aunque antes de eso ya habrían caído los tres por el precipicio. Gorgat, sin embargo, no obedeció, sino que continuó tirando infructuosamente del muchacho al tiempo que sus uñas perdían terreno a causa del movimiento del suelo.

—¡Vete! —gritó Kaylon, y golpeó a Gorgat en el hocico. ¿Por qué el animal no lo soltaba? Casi la mitad de su cuerpo colgaba ya sobre el abismo; un poco más y no habría manera de impedir el desastre.

Entonces Gorgat volvió a tirar y en esta ocasión sí dio resultado. Centímetro a centímetro, Kaylon percibió que subían y de nuevo empleó su mano derecha para sujetarse. Finalmente consiguió elevar una pierna por encima del borde y, sin poder creerlo todavía, al instante siguiente estaba a salvo. Gorgat aflojó las mandíbulas; temblando, el chico recogió el brazo herido contra su pecho, con lágrimas en los ojos y resollando a causa del alivio, la fatiga y el polvo.

Tardó medio minuto en darse cuenta de que la montaña había dejado de sacudirse y un poco más en descubrir que lo observaban. Cuando levantó la mirada se encontró frente a frente con una cara muy peculiar, y a diferencia de lo ocurrido en las cavernas, con Orantos, no se trataba de una alucinación.

Al principio sólo vio dos círculos amarillos englobando unas pupilas ovaladas, pero luego se definieron mejor, sin perder su transparencia, los rasgos de aquella criatura. Los rasgos del guardián.

Era un ave o algo muy similar. Tenía un pico alargado, cubierto de escamas y con dientecillos de reptil, pero no se trataba de un reptil porque su cabeza estaba coronada por un copete de plumas anaranjadas y desparejas. También se distinguían plumas en el esbozo de su cuello.

¿De dónde había surgido aquel ser primitivo que existía en fusión con la montaña? ¿Desde el inicio quizá de alguna era remota? Imposible saberlo. Su mirada era vacua, como la de las palomas o las lagartijas, pero había en ella un pequeño brillo que denotaba cierta capacidad de pensamiento.

El guardián había visto al humano intentar sacrificarse por sus compañeros, y ese acto de generosidad lo había conmovido hasta donde se lo permitía su estrecha mentalidad. Ahora contemplaba al trío de visitantes sin tener idea de qué hacer con ellos; en unos minutos probablemente olvidaría el motivo por el que había cesado su ataque y entraría en cólera una vez más. Por el momento, sin embargo, permanecía quieto, y el agua circulaba con suavidad por la piedra silenciosa.

El muchacho se estremeció. La imagen de la cabeza del guardián, de ese ser que había sobrevivido a su época como los fósiles marinos en la planicie desértica, no tenía nada de agradable o tranquilizadora. Aunque fuera pariente de Eles, la distancia entre ellos era demasiado grande; no había elementos en común ni señales de reconocimiento.

Los ojos amarillos parpadearon y el pico escamoso se abrió y volvió a cerrar mostrando una lengua que terminaba en punta.

Kaylon decidió que no podían demorarse más; junto a Gorgat y Eles, marchó en busca de la salida.

Poco a poco la lluvia dejó de arreciar, y luego de soltar una última llovizna, las nubes se disiparon. Al despejarse el cielo, los rayos oblicuos del sol mostraron a los peregrinos el camino hacia el este y el final del túnel.

Trastabillando, se dirigieron hacia allá.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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