29 de febrero de 2012

La canción del águila (46A)

A medida que progresaba la noche, las nubes empezaron a juntarse en el cielo tal que, hacia el amanecer, la cantidad de luz que penetraba en el interior de la montaña no varió demasiado. Kaylon, sin embargo, se despertó mucho antes a causa de los picotazos de Eles y los empujones de Gorgat. El águila se detuvo cuando el chico abrió los ojos, pero la criatura púrpura continuó clavándole el hocico en la espalda con la intención de obligarlo a incorporarse. Kaylon se sentó restregándose la cara. Había dormido muy poco, pero no recriminó a los dos animales por interrumpir su descanso; en vez de eso, dio a cada uno un poco de carne y agua y puso al ave en el arnés.

Eles y Gorgat tenían razón: cuanto antes salieran de las entrañas de aquel monstruo de piedra, mejor.

El viento seguía ululando a lo largo de los numerosos túneles que, como trayectos de lombriz de tierra, se unían y separaban y volvían a unirse de la manera más desordenada posible. Olía a roca alcalina, a metal y ligeramente a ozono. Esto último y un trueno lejano le anunciaron al muchacho que se estaba preparando una buena tormenta.

Rum... Rum... Rum...

El segundo guardián roncaba suavemente. Kaylon abrigó la esperanza de burlarlo, pero muy en el fondo, considerando que toda su vida no había sido más que una serie de reveses, estaba convencido de que no escaparía de este nuevo contratiempo.

Al rato, no obstante, su mente empezó a divagar. Las circunstancias no eran tan similares, pero mientras caminaba por aquel pasaje que discurría hacia el este, el muchacho no pudo menos que recordar su paseo a las cavernas.

—Ven —le había dicho Orantos ese día, unos tres años atrás—, hoy aprenderemos un poco sobre lo que me gusta denominar "ciencia del subsuelo".

—¿Ciencia del qué? —había preguntado él.

El inventor le hizo un guiño a modo de respuesta, pero luego explicó que acababa de encontrar una mina abandonada y que pensaba explorarla, para lo cual necesitaría algo de ayuda. A Kaylon no le había hecho mucha gracia la idea, aunque una vez dentro de la mina, la novedad del asunto captó su interés.

Orantos y él avanzaron siguiendo las vías dejadas por los mineros, haciendo conjeturas sobre las razones por las que ya nadie trabajaba ahí y por qué habían dejado tantas herramientas para que se oxidaran. Algo malo debía haber ocurrido: picos y palas yacían descuidadamente en el suelo o contra las paredes, y las excavaciones eran demasiado superficiales como para decretar que en la mina no había nada de valor. Más aún, en algunos carros destellaban unas esquirlas que parecían de platino.

Un par de horas más tarde, descubrieron la abertura que conducía a las cavernas y se quedaron mudos de asombro ante su belleza: pálidas estalactitas y estalagmitas que se extendían unas hacia otras como queriendo tocarse; pequeños estanques de agua mineral sobre los que caían gotas de condensación; columnas fosforescentes esculpidas en formas caprichosas, cubiertas en parte por una sustancia mohosa con aspecto de escarcha.

No había mucha evidencia, salvo en los primeros metros, de que otros humanos hubieran visitado semejante maravilla. Esto no le importó al inventor, quien con un gritito de entusiasmo se adentró en las cavernas; llevado por su espíritu de estudioso, no hubo estructura sobre la cual no efectuara un comentario o dos acerca de su apariencia, composición u origen. Kaylon apenas lo escuchó. A él le bastaba con observar la variedad de formas y colores a su alrededor, fascinado por su exquisita complejidad.

Entonces ambos empezaron a sentirse mareados... y a ver cosas peculiares: pilares moviéndose, gotas flotando hacia arriba desde los estanques, siluetas fantasmagóricas desfilando ante sus ojos...

¡Vaya que los había invadido el pánico! Cinco minutos después estaban fuera de la mina, mirándose espantados entre sí y al lugar de donde habían salido, comprendiendo el motivo de su abandono.

Kaylon le había dicho a Orantos que no quería volver a hablar de eso, pero el inventor, incapaz de dejar un cabo suelto, le propuso al cabo de una semana que compararan sus impresiones.

Los detalles no coincidían. Al hombre se le iluminó el rostro y esa misma tarde regresó a las cavernas; a la noche ya tenía la respuesta, bien guardada en un frasco de vidrio con tapa hermética. El contenido de dicho frasco era la sustancia mohosa que crecía sobre las húmedas y resbaladizas columnas.

—Debí imaginarlo —dijo Orantos con tono de satisfacción—. Estoy seguro de que este hongo despide un alucinógeno. Es por eso que tú y yo no vimos exactamente lo mismo.

—Ah. ¿Y qué vas a hacer con el hongo? —le preguntó el chico.

—Estudiarlo, por supuesto. Quizás pueda encontrarle alguna utilidad a sus propiedades...

Sintiendo un ramalazo de nostalgia ante estos recuerdos, el muchacho reflexionó que Orantos jamás le había comunicado el resultado de sus experimentos. Se quedaría, pues, sin saber si aquel estúpido hongo servía o no para algo.

El bueno de Orantos... Había sido casi como un padre para él, y lamentaba no habérselo dicho antes de partir.

Por centésima vez, los tres viajeros llegaron a una encrucijada. En esta ocasión, no obstante, tardaron mucho en escoger una alternativa, aunque a primera vista la elección fuera obvia. El camino a la derecha era amplio y llano, estaba bien ventilado y presentaba una suave inclinación hacia arriba; el camino a la izquierda, por el contrario, era como la boca de una madriguera: descendía hacia una espesa oscuridad y el aire que salía de ahí tenía un dejo amoniacal sospechoso. Aun así, Kaylon se aproximó a la entrada de este segundo pasaje y lo examinó con cuidado, porque le dio la impresión de que no estaba tan bien vigilado como el resto de la montaña. Tal vez su guardián inmaterial hubiera olvidado, simplemente, la existencia del mismo.

El camino a la izquierda, entonces, era menos cómodo pero más seguro, y el chico se hubiera decidido por él de inmediato... de no haber sido por el olor que salía de sus profundidades. Ese olor no le gustaba en absoluto, porque tenía una vaga idea de lo que podía representar.

El muchacho miró a Gorgat, quien lo esperaba a su derecha. Sus ojos violeta mostraban una expresión de "no vas a entrar ahí, ¿verdad?", por lo que Kaylon avanzó hacia él y le habló en voz baja.

—Tranquilo, estoy de acuerdo contigo. Será mejor que vayamos por aquí, a no ser que...

Pero no terminó el pensamiento, sino que llamó al animal y juntos tomaron el sendero menos escabroso.

Mientras tanto, las nubes continuaron espesándose y el ronquido del guardián se convirtió en un susurro especulativo.

¿Arruuuummm...? ¿Araaaaaaa...? ¿Adeeeeeee...?

El chico desconocía el idioma de aquella presencia, pero posiblemente estaba diciendo: "¿Quién anda ahí? ¿Quién eres?"

Y por debajo de eso había otro sonido, como el siseo de una víbora cuando un extraño entra en su morada; en cierta manera, una respuesta a las preguntas anteriores.

Aaaaaahssssaaahhh... Eeeesssshhhh...

Kaylon empezó a sentirse muy inquieto. El guardián lo había descubierto, sabía que su amenaza no había dado resultado y que el chico se encontraba ahora en el corazón de sus dominios. Y se estaba refiriendo a él como...

Intruso... Intruso... Intruso...

Gorgat también estaba al tanto de lo que ocurría: caminaba con la cabeza baja y el corto rabo aplastado entre las ancas. Eles no dejaba de removerse en el arnés.

El muchacho trató de guiarse por las paredes del túnel, pero tuvo que desistir porque no soportaba el tacto de la piedra. Una poderosa corriente de vida fluía a través del material inerte, una esencia antigua y terrible. Era algo muy distinto al primer guardián, tal vez lo opuesto, y aunque carecía de maldad, su poca inteligencia lo hacía mucho más peligroso. Kaylon percibía que esa cosa estaba pendiente de él, que su concentración aumentaba por momentos y que muy pronto intentaría aniquilarlo sin comprender (o sin que le importara) la inocuidad de sus intenciones.

La montaña ya no dormía, y poco a poco iba reuniendo todas sus fuerzas para desencadenarlas sobre el muchacho y sus acompañantes.

Al mismo tiempo que la lluvia comenzó a precipitarse desde los negros nubarrones, en cada sección de la inmensa piedra se inició un temblor. Las ondas de movimiento se propagaron como los impulsos de un corazón y convergieron, exacerbándose mutuamente, en un único punto: su objetivo. Gorgat se aferró con sus uñas; el muchacho, en cambio, resbaló a causa del agua que escurría por el túnel y se deslizó unos metros pendiente abajo antes de poder sujetarse. Eles chilló cuando se desprendieron fragmentos del techo, que los golpearon y cubrieron cual tierra de sepultura. Kaylon tomó al águila en sus brazos, se arrastró hacia Gorgat y cerró los ojos en espera del fin. Los truenos acompañaron el desmoronamiento y los relámpagos brillaron, a través de las grietas, sobre el polvo y las gotas que se mezclaban en barro al entrechocar. Luego todo volvió a quedar en calma.

Kaylon se enderezó, magullado y confundido. ¿Por qué el guardián no los había matado? Entonces miró hacia adelante y entendió: el camino estaba bloqueado. Las sacudidas de la montaña habían anulado el túnel, perdonándolos por muy poco.

Alrededor de ellos, omnipresente, el guardián esperaba.

Fue mi última advertencia. La próxima vez...

El chico interpretó este mensaje inarticulado en el rumor del agua que aún bajaba por las paredes, los ecos del viento en los túneles y bajo sus propios pies. Su rostro se puso muy serio. Irguiéndose resueltamente, Kaylon gritó:

—¡Está bien, tú ganas! ¡Ya nos vamos! ¿Estás conforme?

La montaña quedó en silencio salvo por el ruido de la lluvia. Kaylon lo tomó como un gesto de asentimiento y, procurando evidenciar al máximo su retirada, levantó a Eles y ayudó a Gorgat a liberar sus patas del montón de rocas que lo aprisionaban. Con aire malhumorado, desanduvo sus pasos dejando que el cuadrúpedo lo precediera, al tiempo que la montaña, creyendo haber disuadido a sus visitantes indeseados, se dormía nuevamente.

Rum... Rum... Rum... Rum...

Kaylon aminoró la marcha, presa de la ansiedad. Habían vuelto a la bifurcación.

—¡Pst! ¡Gorgat, ven acá!

El animal, que había seguido de largo, se volteó, y Kaylon le hizo señas de que se acercara; estaba sobre el túnel rechazado, el de la izquierda.

—Vamos.

Gorgat reculó, gruñendo.

—Lo sé, pero no nos queda otra. Andando.

Demostrando su renuencia, Gorgat se colocó junto al chico y se sumergió con él y la rapaz en la negrura total. El túnel se inclinaba hacia abajo, efectivamente, y como la lluvia siguiera cayendo con molesta persistencia, al poco rato estaban chapoteando en un palmo de líquido fétido.

El olor a amoníaco no hacía más que empeorar; una capa orgánica blanda y putrefacta tapizaba las superficies y la atmósfera del túnel estaba saturada de humedad. Resumiendo, era un ambiente muy poco saludable, pero a Kaylon le preocupaba menos eso que la posibilidad de confirmar sus temores. Gorgat también debía tener una noción de lo que podía haber allí, porque iba pegado al muchacho como un perrito temeroso.

El nivel del agua continuaba aumentando así como la pestilencia; tosiendo, Kaylon se ató un pañuelo sobre la congestionada nariz. Lo bueno era que la montaña parecía haberse desentendido de ellos. ¿Conseguirían engañar al guardián lo suficiente para llegar al otro lado? Ya se vería... Por si acaso, el muchacho cruzó los dedos de ambas manos.

La oscuridad era a estas alturas tan completa que las pupilas de Gorgat ya no resplandecían. El cuadrúpedo, sin embargo, se conducía sin mayores inconvenientes, y Kaylon agradeció para sus adentros el roce reconfortante del flanco del animal contra su pierna; le daba mayor confianza que la pared del túnel, aunque fuera ésta más sólida y constante.

El agua le llegaba ahora a las pantorrillas. Sin poder evitarlo, su mente se llenó de imágenes de pantanos, algas verdosas y... sanguijuelas. Pero era imposible que las hubiera ahí, ¿verdad?

El tufo amoniacal le recordó que existían cosas peores.

Un poco alarmado, se preguntó si en algún momento tendría que nadar a ciegas, pero entonces la pendiente invirtió su dirección. El chico y la bestia púrpura comenzaron a ascender contra la corriente, tanteando muy bien antes de apoyar los pies. La tormenta proseguía, implacable, derramando su contenido sobre la montaña con el aparente propósito de inundar su interior.

Poco a poco se hizo visible una luz al final del estrecho pasaje. Desde allí provenía una brisa un poco más fresca... y un sonido de cuerpos en movimiento claramente perceptible a pesar de la lluvia y los truenos.

Ay, no...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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