28 de febrero de 2012

La canción del águila (45)

Con el resplandor lunar por único guía, descubrieron al fin un agujero en la montaña; un agujero que era, más bien, la entrada de un túnel que se ramificaba a poca distancia antes de esfumarse en la oscuridad.

—¿Será un callejón sin salida? —le preguntó Kaylon a Gorgat. La bestia olfateó la boca del túnel... y se echó hacia atrás gimiendo. Eles le picoteó la oreja al muchacho dándole a entender que tampoco quería entrar ahí.

El chico dejó a la rapaz sobre el piso, junto a Gorgat, y le habló con severidad.

—¿Y qué sugieres tú que hagamos? Yo no puedo volar, tú no puedes volar, y Gorgat definitivamente no podría volar ni aunque tuviera alas, porque pesa más que un cerdo. Diría que no tenemos muchas alternativas, ¿no crees? ¿Eles? ¿Gorgat?

El águila bajó la mirada; Gorgat arañó el suelo. Parecían dos niños pequeños que se hubieran portado mal y aceptaran de buen grado la reprimenda.

—Aquí afuera tampoco estamos a salvo. Algo... alguien... quien sea, nos ha ubicado ya; la montaña podría desplomarse sobre nosotros incluso si descendemos. Y no sé ustedes, pero yo me niego a volver. Antes preferiría morir.

Tanto Gorgat como Eles lo contemplaron con sendas expresiones de resignación.

—Bien. Me alegra haber dejado las cosas claras.

Poco después estaban dentro del túnel, iluminados por una antorcha que Kaylon había fabricado con grasa de roedor, una tira de su camisa y una rama verde procedente de unas matas cercanas a la entrada. El invento funcionó durante más de una hora, pese a que despedía una luz espectral y un tufo asqueroso.

Durante los primeros doscientos metros caminaron despacio y sin detenerse hasta que, tras unas pocas bifurcaciones, el chico resolvió poner marcas a fin de no extraviarse en caso de que necesitaran dar la vuelta. Empezó, pues, a rasguñar las paredes con su navaja, pero al cabo de un rato, cuando comprendió de qué iba el asunto, Gorgat propuso una mejor solución: señalizar con su propia orina igual que los animales en el bosque. Kaylon premió la iniciativa de la bestia púrpura con una sonrisa, unas palmadas y un trozo de carne seca.

La antorcha se apagó poco a poco. Kaylon no intentó avivarla; sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, en parte porque había hoyos en el techo por los que se colaba la claridad exterior y en parte porque las pupilas de Gorgat eran focos anaranjados que lo orientaban como luciérnagas cada vez que el animal tomaba la delantera.

Por encima y por debajo de ellos, la montaña respiraba igual que una fiera en su cubil.

Rum... Rum... Rum...

¿O era acaso el murmullo del aire (eso esperaba él) que circulaba de un lado a otro de la masa rocosa a través de aquella maraña de túneles?

El muchacho ordenó hacer un alto. Pese a su estado de alerta, los párpados se le cerraban solos y no tenía forma de saber cuánto tiempo más les llevaría la expedición. Mejor reposar ahora... mientras la montaña también dormía.

Kaylon se desembarazó del arnés, dejó a Eles a lomos de Gorgat y se recostó. El sueño se apoderó de él al instante, pero alcanzó a notar, a la vez que su conciencia se desconectaba de la realidad, que los dos animales permanecían despiertos, montando guardia.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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