27 de febrero de 2012

La canción del águila (44)

Kaylon y sus dos compañeros se prepararon unos días antes de emprender la escalada, sobre todo porque necesitaban descansar y reponer fuerzas. Al pie de la montaña, donde la presencia del agua favorecía la vida, encontraron lo que les hacía falta, pues no sólo había plantas comestibles sino que también habitaban unos roedores similares a marmotas que les proporcionaron alimento. La carne de estos animales era un tanto almizclada pero tierna, y con sus pellejos el muchacho fabricó unas bolsas que podría atar a las espinas de Gorgat.

Mientras tanto, el chico inspeccionó la ladera de la montaña palmo a palmo en busca de la mejor ruta para subir. Después de mucho mirar, decidió intentar primero un camino que llevaba a una cornisa, la cual ascendía en pendiente hasta arriba. Claro que no tenía forma de saber si al llegar a la cumbre podría seguir avanzando, pero no había muchas opciones dado que ya no tenía los dos tramos de cuerda con los que había salido de la granja (y menos un equipo completo de alpinismo, como el que Orantos le había mostrado una vez).

Finalmente empezaron a trepar, el chico empleando las salientes y ramas que surgían de las grietas y la bestia púrpura sus garras. En algunos tramos resultaba posible caminar, pero en otros la pendiente era casi vertical y varias veces estuvieron a punto de despeñarse.

Sin embargo, en general estaban haciendo un buen tiempo; en una tarde cubrieron la parte más difícil, y a la noche, cuando se acomodaron para dormir, ya tenían a la vista la cornisa. La misma ofrecía un mejor aspecto desde allí que vista de abajo: era amplia y de superficie bastante regular. Si se mantenía así todo el trayecto, Kaylon estaba seguro de que al mediodía siguiente, a más tardar, habrían llegado a la cima.

Recostado sobre su espalda, con un brazo a modo de almohada por detrás de la cabeza, el muchacho se dedicó a observar el cielo. No reconocía ninguna de las constelaciones pero la luna creciente estaba ahí, tan normal como de costumbre.

—¿Dónde estamos, Eles? —inquirió, pero el águila no contestó su pregunta.

Poco antes del amanecer, el chico tuvo un sueño de lo más inquietante. Al comienzo pensó que se había despertado, pero entonces vio que la luna estaba llena y que su color era el mismo que el pico de Eles. Le dio la impresión de que el satélite lo vigilaba, de que todo el paisaje, en realidad, se cernía sobre él. De repente se sintió en peligro y miró a su alrededor intentando localizar el origen de la amenaza. Eles y Gorgat continuaban durmiendo, demasiado profundamente, quizás.

En la roca aparecieron círculos amarillos por todas partes, idénticos a la luna: ojos que se abrían en la piedra misma como si la montaña fuera un ser viviente. Ojos que le daban a entender que no era bienvenido. La montaña se sacudió, generando un sonido de trueno, y empezó a desmoronarse con la intención de sepultar a los tres invasores...

El muchacho se incorporó con un grito que apenas pudo suprimir. Se frotó los párpados; le costaba creer que no hubiera sido más que un sueño. Pero ya era de día, y Gorgat y Eles lo esperaban. Kaylon, no obstante, permaneció quieto unos minutos, pues le parecía escuchar, en el viento que acariciaba la ladera de la montaña, una voz que le hablaba.

Cuuuuiiiii... aaateeeee... eeguuunnnnn... ooogaaaa... aaarrrdiiiiaaannn...

Este murmullo se repitió cual estribillo de una canción, grave y sinuoso. Un mensaje enviado por alguien. ¿Amalaide? ¿El centinela del báculo? ¿O su propia percepción, tal vez, agudizada por el aislamiento que había soportado últimamente?

Uniendo las sílabas de la supuesta frase, el muchacho consiguió descifrar su contenido.

Cuídate del segundo guardián... Cuídate del segundo guardián...

—¿Tyanna? ¿Eres tú?

Pero el murmullo se había apagado y sólo persistía el roce del aire sobre la piedra, arrebatando a su paso diminutas partículas en una milenaria labor de desgaste.

—Debo estar volviéndome loco —masculló el chico, y preparó un frugal desayuno para él y los dos animales. Luego se desplazaron hacia la cornisa, Kaylon por delante, con Eles en el arnés, y Gorgat por detrás. El cuadrúpedo trepaba con la ligereza de una cabra, pero por la forma en que evitaba mirar hacia abajo, el muchacho adivinó que sufría de vértigo.

El chico acabó por admitir que, excepto por la monótona llanura al oeste, la vista era estupenda. Además, el aire olía a limpio y no pasaba de una brisa; una preocupación menos. En otras circunstancias habría disfrutado incluso del ejercicio... pero tenía un mal presagio.

Unos granitos de polvo le cayeron en la nariz. Miró hacia lo alto: nada.

Kaylon retrocedió un paso; se le habían erizado los pelillos de los antebrazos y la nuca.

—Atrás, Gorgat, atrás... —susurró. Como la bestia no se moviera al principio, la empujó con los talones.

El derrumbe comenzó sin previo aviso: enormes pedruscos que rodaron por la pared de la montaña y se estrellaron contra la cornisa, rompiéndola o rebotando sobre ella. Kaylon y Gorgat se acurrucaron bajo un saliente para no ser aplastados; el chico se cubrió la boca y la nariz con la manga de su camisa y la bestia escondió la cabeza tras las piernas del joven humano. La montaña vibraba con un ruido ensordecedor y los desprendimientos se sucedían en cascada, crujiendo, quebrando y pulverizando todo a su paso. Los desafortunados árboles que se encontraban al final de la caída quedaron reducidos a astillas.

Todo esto no duró más de medio minuto, pero a Kaylon se le antojó una eternidad. No se atrevió a salir del refugio hasta que la montaña volvió a quedar inmóvil y silenciosa, y entonces vio, consternado, que gran parte de la cornisa había desaparecido, dejando un hueco insalvable entre ambos segmentos.

El chico notó que Eles temblaba y que con sus garras le pellizcaba la espalda. El desmoronamiento debía haberlo tomado por sorpresa, lo cual era perfectamente comprensible; ¿acaso montes y montañas no habían sido para él, hasta antes de perder su ala, simples bultos en el suelo que podía sobrevolar sin esfuerzo? El muchacho así lo dedujo. O tal vez, pensó, ahora el ave sentía lo mismo que él: había algo en la montaña que no quería dejarlos pasar.

Cuídate del segundo guardián...

Desanimados y tosiendo, los tres viajeros regresaron al sitio donde habían pasado la noche. Estaban cubiertos de polvo y guijarros; Gorgat se rascó por todos lados, molesto por el escozor que estos elementos le producían.

—Eso fue deliberado —le dijo Kaylon al águila, refiriéndose al desmoronamiento.

El animal parecía confundido y aterrorizado, como si recién se hubiera percatado de que cruzar la montaña a pie no iba a ser tan sencillo. Era posible, entonces, que el águila ignorara la esencia de aquello a lo que se enfrentaban. Pero ¿qué podían hacer? ¿Quedarse allí, estando tan próximos a la meta? ¡De ninguna manera!

—Hallaremos otro camino —le dijo el chico a Eles en un tono que no admitía discusión.

La rapaz se encogió como si Kaylon hubiera hecho ademán de pegarle. El muchacho le acarició la frente sin sentir ni una pizca de lástima. Le molestaba un poco que el águila hubiera decidido acobardarse ahora, después de tantas dificultades.

—Bueno, chicos, andando —dijo Kaylon—. No es buena idea permanecer mucho tiempo en el mismo lugar: somos un blanco fácil.

Reanudaron juntos la exploración de la montaña, atentos a cualquier señal de otro desprendimiento. Kaylon examinó cada protuberancia, concavidad y resquebrajadura en la piedra. Tenía que haber una manera de llegar al otro lado.

Cuídate del segundo guardián...

—Ni que lo digas —susurró el muchacho, y continuó registrando la sólida pared.

En el occidente, el sol se zambulló tras la planicie desnuda.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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